Aun cuando el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), que este año llegó a su vigésimo sexta edición, congrega a especialistas en el séptimo arte de todo el mundo y es un verdadero mandar para cinéfilos, algunos críticos locales consideran que debe reorientarse. Consultados por Proceso Jalisco, ellos proponen darle una reorientación con sentido social para que las películas lleguen a la gente y no sirva sólo para la promoción de su organizador: Raúl Padilla López. Lo que más critican los entrevistados es que el festival tenga que reinventarse cada año.
Aun cuando el Festival Internacional de Cine (FICG) que se realiza cada año en Guadalajara resulta atractivo por el desfile de películas nacionales y de los grandes directores internacionales, lo que constituye un verdadero manjar para los cinéfilos, se ha convertido en una vitrina para el lucimiento personal de Raúl Padilla López, promotor del evento, asegura el crítico del séptimo arte Hugo Hernández.
Además, dice, es elitista, pues la mayor parte de los tapatíos ni se entera del magno evento que congrega a guionistas, documentalistas, actores, directores, periodistas, profesores, estudiantes y adictos al cine de todo el mundo.
“La gran deuda es con la gente, que no siente el encuentro como propio, a diferencia de lo que sucede con la Feria Internacional del Libro (FIL), a la que sí acuden multitudes cada noviembre”, sostiene el también catedrático universitario.
Anne Marie Meier, quien ha sido jurado en el encuentro fílmico que se realiza el mes de marzo, comenta que, para la ciudad y la región “es el único momento en el cual podemos asomarnos a las novedades cinematográficas nacionales, iberoamericanas y mundial, pues el resto del año la cartelera está dominada por las películas producidas en Estados Unidos”.
Meier insiste en que esos días son de verdadero banquete cinematográfico, pues además de la proyección de cintas, los organizadores ofrecen talleres didácticos donde todos los asistentes interactúan intercambiando experiencias y gustos. Muchos de los visitantes extranjeros logran contactos duraderos que refrendan cada año entablar contactos; además, la capital tapatía se convierte en un espacio de convivencia cultural, turística y de espectáculos.
Incluso destaca las actividades didácticas como el DocuLab y Talent Campus, en el que estuvo el director alemán Werner Herzog. Su presencia fue un aliento para impulsar un cine filosófico, poético y global.
Cine sin propuestas
Columnista en varios medios locales, Hugo Hernández, recuerda que en sus inicios el FICG era una simple muestra en la que se presentaban propuestas fílmicas mexicanas y locales.
Lamenta que hoy, el cine mexicano tenga poco que mostrar; carece de temática y su calidad es pobre, aun con los apoyos públicos. Dice que es significativo que este año la mejor película de ficción haya sido El premio, de la argentina Paula Markovitch, “que expone una temática de su país”.
Aunque también admite que el documental mexicano está teniendo un repunte significativo, mientras que las cintas de ficción se centran en historias rosas y comedias.
En su balance, Hernández asegura que en la ficción mexicana no hay competencia, de ahí que el filme de Markovich se impusiera a las “comedias insulsas y dramas sin sustancia” mexicanas.
Dice que en ficción iberoamericana sí hubo competencia; en ese rubro ganó la chilena Postmortem (2010), de Pablo Larraín, y en documental triunfó Patricio Guzmán con Nostalgia de la luz (2010). “Me gustaron Mauricio Bidault (Aquí sobre la tierra) y Jorge Creuheras Orozco (Ch’ulel) por su temática indígena, explica el crítico.
–¿A quién beneficia entonces el FICG? –pregunta Proceso Jalisco a Hugo Hernández.
–Al Imcine (Instituto Mexicano del Cine)… Ahí (en el FICG) hay pretextos para el lucimiento y la justificación; también a los directores, cuyas películas no tienen distribuidor; a los que recién empiezan, pues ahí pueden dar a conocer sus óperas primas, y al patronato que organiza el festival, pues los que lo conforman ganan notoriedad.
Hernández considera que una universidad pública no tendría por qué organizar festivales de este tamaño, pues no es parte de su vocación: En la UdeG “tienen vocación de formar gente, pero no de organizar shows con alfombras rojas para consagrados. En San Sebastián y Toronto premian a películas locales; aquí no. En Morelia tienen un premio similar. Esa es una de las deudas del FICG”.
Por su parte, Meier señala que en Europa hay dificultad para financiar festivales, pero la iniciativa privada y los gobiernos unen fuerzas. “Para mantener el festival Locarno, por ejemplo, colaboran la federación, el cantón Tessin, el ministerio de Turismo, tiendas departamentales y un banco. Esto asegura continuidad y recursos para mantener un equipo de profesionales”.
En el caso de México, aclara, la UdeG debe seguir a cargo de los contenidos, de los aspectos culturales y educativos del festival. Por lo que atañe a lo administrativo y al financiamiento, dice la especialista, “pienso que necesita colaboración y otras fuentes de recursos públicos y privados. (…) Un festival no puede inventarse cada año; necesita consolidarse”.
–¿A quién beneficia el FICG: a los productores de cine, a los cinéfilos…? –se le pregunta a Meier.
–Creo que a todos, aunque algunos –como nuestras autoridades y la iniciativa privada local– lo reconocen sólo cuando se toman la foto.
–¿En qué beneficia el FICG a la UdeG?
–En su tarea de la difusión de la cultura y el arte; en la formación de estudiantes y maestros y, desde luego, para su promoción.
Meier asegura que el FICG “suple el grave problema de la falta de difusión del cine diferente –el independiente y iberoamericano– en las salas comerciales celosas de la taquilla y dominadas por las distribuidoras de Hollywood”.
Incipiente política visual
Para Hugo Hernández, en Guadalajara hace falta una cultura de cine que involucre a la gente en el FICG. “La única sala que tenemos para ver las películas diferentes (no comerciales) es el Cineforo, que está casi en el abandono; lo demás es Cinépolis”.
E insiste en que no se sabe cuáles son fines de la UdeG con respecto al FICG: “Lo vemos en el canal 44, no hay claridad en su programación de películas diferentes (no comerciales); ni tienen idea de promover estas cosas. La FICG ha sido exitoso pero para hacer negocios”.
Por ello propone incrementar las producciones locales, los proyectos de cine ficción y los cortometrajes, en particular los documentales.
Por lo que atañe al financiamiento, Eduardo Quijano, coordinador de la maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), dice que hay un patronato en el que aportan recursos organismos públicos como el Conaculta e instituciones privadas.
–¿Cómo evalúa el FICG en la relativo a organización? –se le plantea.
–Pienso que la estructura es adecuada en cuanto al armado. La capacitación y el intercambio de experiencias y los talleres de proyectos cinematográficos para los jóvenes deben seguir.
Tanto él como Hugo Hernández consideran que la pasada edición del FICG –la 26– los documentales mexicanos e iberoamericanos tuvieron buenas propuestas temáticas: derechos humanos, migración, diversidad sexual y crítica social.
–¿El festival es responsable de la calidad de las películas que se presentan?
–En parte sí, porque los organizadores son los que invitan y admiten pero también son las películas que hay.








