Un plan excluyente

Durante siglos, el ayuntamiento de Guadalajara ha visto con desdén a los grupos minoritarios, sobre todo a los indígenas.

La administración de Aristóteles Sandoval ha seguido esa tradición. A mediados de mayo último anunció un Programa de Reordenamiento Humano de cara a los XVI Juegos Panamericanos que se inician el próximo 14 de octubre, denuncian organizaciones civiles.

El plan “limpieza social”, como lo califican las autoridades tapatías, se inició con el desalojo violento de artesanos huicholes que comercializan artículos de chaquira y ropa de manta bordada a mano en el Callejón del diablo, a un costado del Teatro Degollado, y de las mujeres otomíes que vendían papas fritas en ese entorno urbano.

El 28 de julio pasado llegaron al lugar 10 patrullas llenas de policías municipales, quienes arremetieron contra los indígenas, entre los que había mujeres y niños, y los retiraron de manera definitiva de la zona. En el operativo participaron también inspectores del ayuntamiento.

Para la activista indígena Sandra Espinoza, la “represión tiene que ver con los Juegos Panamericanos, pues el operativo se ejecutó dos meses antes de que arranque el evento. Y aun cuando el ayuntamiento ofreció reubicarlos en otra parte mientras se realiza la justa deportiva continental, para ella es ilógico que los quieran esconder.

“Somos parte de Guadalajara, aunque seamos indígenas. No somos delincuentes –dice –. Además, a los turistas les gustan mucho nuestras artesanías”.

Para Rogelio Padilla, del Movimiento de Apoyo a Menores Abandonados (MAMA), y Otilia Arellano, dirigente de Amigos en el Crucero, es claro que el ayuntamiento pretende “quitar” a los artesanos y vendedores indígenas del primer cuadro.

Otilia asegura que el programa de “limpieza social” se inició hace varios meses y está dirigido también contra los limpiaparabrisas, mendigos y niños trabajadores, como explicaron las autoridades a los organismos civiles el pasado 6 de mayo en la sede de Corporativa de Fundaciones, A.C.

Ese día, “nos mapearon la ciudad” y nos indicaron los sitios en los cuales se ubican a las poblaciones callejeras que estaban en la mira de ese plan”, dicen Padilla y Sergio Soto, miembro de la Fundación Mexicana para la Planificación Familiar (Mexfam).

“Diseñados para correr”

 

El día del desalojo, el alcalde tapatío declaró a los medios que los policías simplemente “aplicaron” el reglamento municipal con el propósito de retirar el comercio ambulante en los espacios públicos del Centro de Guadalajara.

Cuando los reporteros le preguntaron por qué retiró a los artesanos indígenas del Callejón del diablo, Sandoval respondió: los demás vendedores ambulantes (de papás y frutas) “están diseñados” para correr en cuanto vean a un inspector de la comuna. Y se comprometió a investigar los “posibles abusos” cometidos en ese operativo.

Rosa, una vendedora de papas de origen otomí, relata su historia a Proceso Jalisco en uno de los jardines del templo de San Francisco, a unas cuadras de la Catedral. Nerviosa, mira para todos lados. Ella vende papas y elotes, cuando es la temporada, así como artesanías hechas a mano, como servilletas bordadas, algunas blusas, muñecos.

Pide al reportero mencionar sólo su nombre completo. La entrevista se realizó en vísperas del Día del Indígena, que se celebró el martes 9.

“Yo y mis amigas hemos aprendido a cuidarnos de los inspectores. Así estamos todo el tiempo (corriendo), cuidándonos de los inspectores, dice. A su lado, sobre el pasto tiene envuelto a su pequeño Andrés, quien cumplirá dos años en unos meses. Su “equipaje” es en simple caja de cartón que utiliza como mesa paras vender sus bolsas de papas.

“Las primeras palabras de mi hijo son inspectores y policías y se espanta”, comenta Rosa. Ella llegó a Guadalajara hace 20 años. Ahora casi cumple 30, aunque aparenta un poco más de edad.

“Lo que no entienden es que necesitamos trabajar. No es fácil para nosotras conseguir empleo en otra parte. ¿Qué quieren? Nuestros hijos piden útiles y casi entran otra vez a clases”, expone.

–¿Cómo son los inspectores?

–El ejemplo más claro fue el desalojo del Callejón del diablo, cuando golpearon a niños y mujeres. Esa vez a mi no me tocó. Nos persiguen como animales por el centro, hasta que nos alcanzaron.

“En cuanto veo a una persona con ropa roja, le aviso a mis compañeras y corremos para todos lados. Cada día arriesgamos nuestra mercancía. Cuando nos atrapan, ¡pum! Nos trepan en las patrullas y se llevan todo; tenemos que endeudarnos para empezar de nuevo. En ocasiones pisotean las papas que vendo”.

Rosa asegura que los inspectores les recriminan que no paguen impuestos: “No es eso; nosotras sí queremos pagar, pero no nos ofrecen oportunidades. Los rateros, como los diputados, tienen más oportunidades que yo. No sé mucho de leyes, pero me da coraje que nos corran como animales”.

–¿Le piden mordida?

–Sí, pero, ¿de dónde sacamos? Apenas gano 80 pesos y hasta 100 en un día bueno. Les he dicho: vengo a trabajar, no a dar mochada.

–¿Qué la motivó a venir a Guadalajara?

–En Santiago, Querétaro se gana 30 pesos por jornal. Pensamos que aquí nos iría mejor, pero es casi lo mismo.

–¿Qué harán sus hijos cuando crezcan?

–Vender papas, no. Quiero que estudien. Este trabajo es difícil. Mi niña más grande quiere ser maestra, tiene 13 años; el más pequeño, de 10, quiere estudiar para licenciado, para defenderme.

–¿Qué piensa cada vez que le quitan sus productos?

–Me da coraje, a veces me deprimo. Pero les digo: si nos quitan, nos volveremos a poner. No tenemos opción…