La semana pasada se estrenó la obra teatral Beckett Circus del joven dramaturgo Carlos Nóhpal, el cual recibió el Premio Nacional de Poesía “Efraín Huerta” el año pasado por su libro de poemas En el árido ramaje.
En Beckett Circus descubrimos el mundo del trapecio, los payasos y la magia a través de los ojos del autor que le imprime misterio, poesía y un toque de absurdo para involucrarnos poco a poco en esa realidad. Cuando ya estamos dentro, queremos saber qué pasó con ese circo, por qué llegó a su fin, quién muere de amor y quién se aparece para rescatar a su amada.
La estructura de la obra es fragmentaria y juega con el tiempo. A partir de los números clásicos del circo se va entretejiendo su historia. Los personajes que la habitan y la habitaron, donde el presente se va volviendo subjetivo y el pasado parece cobrar vida y volverse presente. El entreveramiento de los sucesos nos conduce a un rompecabezas que lentamente se arma. La base son los números y los más sobresalientes son los de los payasos.
En la actualidad el circo ha venido a la baja y apenas subsisten unos cuantos como el Circo Atayde y Hermanos Vázquez; el resto son espectáculos con música grabada del momento donde se imitan artistas y se traen personajes de Disney. Lo más deplorable son los payasos, pues en vez de hacer reír hacen llorar a los niños y obligan a que las familias participen como en la escuela. Por eso, los payasos de Beckett Circus, interpretados por Zahin Serrano y Miguel Soto (que alterna con Erick Murias) son agua fresca que nos divierten con las rutinas típicas, el humor simple y los gags de acción.
Carlos Nóphal se inspiró en el Circo de los Hermanos Orrín surgido en 1881 y retoma algunas anécdotas y leyendas como la del famoso Ricardo Bell (empresario del circo de 1907 a 1911) que desapareció en un truco de magia. Añade fantasías como la del Trapecista, interpretado por José Ramón Berganza, quien nunca ha tocado el piso, o la Mujer Gorda que perdió la razón por la desaparición de su amado. La Mujer Gorda está bien caracterizada en un principio por Mayari Acosta, aunque después confunde la pérdida de la razón con el retraso mental. Mónica Cappalletti, hace un buen papel de la Mujer Tatuada al igual que Nuria Blanco. El Niño, interpretado por José Antonio Lavalle, es un personaje que el autor involucra para convertirlo en la línea del tiempo, en el testigo de este circo en decadencia. Desgraciadamente el trabajo actoral todavía se encuentra en un estado embrionario porque falta verosimilitud y técnica actoral en el desempeño de la compañía.
Los 12 actores en escena fueron entrenados en las artes circenses por el director de la obra, Raúl Zamora, y la asesoría actoral de Isaac Pérez Calzada. Es una obra difícil en su realización y logra sostenerse como propuesta. El vestuario y la iluminación estuvieron a cargo de Luis Conde, que si bien acierta en el primero, la segunda se convierte en el talón de Aquiles de la puesta en escena. Con la pretensión de utilizar oscuros breves o largos ininterrumpidamente para indicar paso de tiempo, cambio de actitud, momentos detenidos, el resultado es un árbol de Navidad donde sin ton ni son nos quitan o nos ponen la luz.
Carlos Nóphal escribió la obra a partir de escenas sueltas donde cada una representaba un número: la tragaespadas, el ventrílocuo, las pulgas que saltan y los actos de magia, entre muchos otros. Las tejió con breves anécdotas que relacionan a los personajes y van jugando con el tiempo individual y colectivo: un triángulo amoroso, un accidente que deja ciega a una niña, una historia de amor truncada, un deseo inacabado.
Beckett Circus es una obra de teatro, publicada por la revista Paso de Gato, que se presenta los miércoles en el Teatro la Capilla y que uno puede disfrutar.








