En esta adaptación de la aclamada novela de su paisano Jonas T. Bengtsson, el director danés Thomas Vinterberg abandona el ambiente de clase privilegiada con cierto olor a podrido (La celebración, 1998) para sumergirse, literalmente, en los bajos fondos de Copenhague; refugio para indigentes, alcohólicos, heroinómanos, presidiarios, que componen el paisaje y la fauna de Submarino (idem; Dinamarca-Suecia, 2010).
Al prólogo, un episodio funesto en la infancia de dos hermanos a cargo de un bebé con una madre alcohólica, le siguen tres actos, narrados como historias separadas, donde se muestra la fatalidad producto de esa infancia marcada por una herida atroz. Al espectador le corresponde llenar los huecos de los brincos narrativos e ir deduciendo quién es ese tipo, Nick (Jacob Cedergren), recién salido de la cárcel, que esconde sus emociones rehuyendo la posibilidad de vínculo, pero capaz de proteger y compadecerse de un psicópata.
La segunda historia, la de un heroinómano irredento que hace lo posible por proteger a su pequeño hijo sostenido por un cariño desbordado, resulta más fácil de armar con los datos de la primera. Todo se precipita en el tercer tiempo, donde es imposible dar marcha atrás.
La emoción empapa la personalidad y las acciones de los protagonistas, pero Vinterberg desarticula el melodrama con una forma de descarga eléctrica que el prólogo establece como ley. Así, esa madre que llega a casa ahogada en alcohol, maltratando a sus hijos que por encima hacen lo mejor que pueden por el bebé, casi se electrocuta cuando los muchachos colocan el tostador sobre el charco de orina sobre la que duerme la mujer. A lo largo de la cinta parece no haber tregua, en el programa de la culpa sólo cabe esperar una desdicha cada vez mayor hasta tocar fondo para entonces vislumbrar la posibilidad de redención.
Submarino no es una película deliberadamente cristiana; la culpa que impregna a la personalidad de Nick es un malentendido, producto de una injusticia social y cultural; pero es innegable el humanismo cristiano que corre por las venas del narrador. La mirada compasiva del director sobre sus personajes, aun con los más repelentes como el descomunal Iván (Morte Rose), funge como la de un dios sobre sus criaturas; la compasión es la gran virtud de Nick, su posibilidad de redención.
También son cristianos los ritos que establecen Nick y su hermano desde la infancia con el bautizo improvisado del hermanito bajo las sábanas; las circunstancias y el ambiente del que provienen estos niños son puro caos, violencia moral y social, el rito es entonces la única posibilidad de mantener un orden. El sentido lo marca ese nombre que busca Nick al azar en las páginas del directorio telefónico; azar que legitima el rito de nombrar y que sólo la última catástrofe puede revelar.
En Submarino, Vinterberg, pionero del Dogma 95, experimenta aquí como nunca con la luz y el espacio; luz casi siempre asociada al ambiente de hospital o cárcel; oscuridad más como privación de la luz que como sombra. La iglesia, templo arquitectónico o improvisado bajo las sábanas blancas, como espacio de revelación donde la muerte y la vida se tocan.








