La guerra de “los Julios” y “los Claudios” por la sucesión

La guerra de “los Julios” y “los Claudios” por la sucesión
El “resentimiento” de Tiberio y de Zedillo, según Marañón y Salinas
Antonio Jáquez
Corrían los días interminables que siguieron al asesinato de Luis Donaldo Colosio Encerrado en Los Pinos, el presidente Carlos Salinas barajaba las cartas para elegir al candidato sustituto Las apuestas de la clase dirigente iban y venían Un cercano colaborador —cuenta Salinas en su libro México, un paso difícil a la modernidad— realizó entonces una jugada decisiva:
“Me hizo ver tres cualidades del doctor Zedillo que resultaron oportunas para despejarle el camino a la candidatura: aprende rápido —me dijo—; suple la inexperiencia con su inteligencia, y es un ser humano noble Esa misma persona me hizo ver también el principal defecto de Zedillo: tiene problemas con su origen, me dijo, y eso lo hace un ser humano rencoroso En aquel momento esto último no me pareció relevante”
Y en una nota de pie de página, Salinas disparó en seguida otro dardo contra Zedillo:
“Tiempo después, un excolaborador mío me dijo: ‘Debías haber releído a Gregorio Marañón En Tiberio, historia de un resentimiento, Marañón escribió que el triunfo, lejos de curar al resentido, lo empeora, y es una de las razones de la violencia vengativa que el resentido ejerce cuando alcanza el poder De ahí la importancia que el resentimiento ha tenido en la historia’”
La analogía basada en el libro de Marañón empezó a citarse en círculos salinistas desde antes de la publicación de las memorias del expresidente, e incluso circularon copias fotostáticas subrayadas del texto del autor español, cuya primera edición, en Espasa-Calpe, data de 1939 y, hasta 1981, alcanzó otras 10 ediciones El libro está hoy agotado, pero al menos un editor mexicano se propone reimprimirlo
Médico de profesión, Marañón es más reconocido como erudito y divulgador de la ciencia que como literato, a diferencia de otros dos célebres contemporáneos suyos: Ramón Gómez de la Serna y José Ortega y Gasset De todos modos, su estilo es motivo de admiración, por su prosa “limpia, elegante y natural”, como afirman los críticos Díez Echarri y Roca Franquesa Entre sus obras más conocidas figuran Las ideas biológicas del padre Feijoo y Tres ensayos sobre la vida sexual
Dueño de una curiosidad insaciable, Marañón explora lo mismo en los campos de las “ciencias positivas” que en los de la historia o la psicología, “en busca de personajes o de mitos en quienes encarnar sus teorías”, de acuerdo con los críticos citados en su Historia general de la literatura española e hispanoamericana De ahí que se interese en individuos con historias clínicas, como la de Enrique IV de Castilla, Antonio Pérez —“una especie de Córdoba Montoya”— o Tiberio, comenta a Proceso el escritor José Emilio Pacheco
Los Julios contra los Claudios
Marañón reconstruye libremente la vida del emperador romano, siguiendo fuentes clásicas y autores modernos Además, interpreta aspectos de la biografía, ya que, afirma, la historia “no se hace sólo con datos, sino también con interpretaciones” Y Tiberio, dice, “es acaso uno de los grandes héroes en los que es más difícil separar el punto donde empieza la leyenda y donde termina la historia”
Como sea, Marañón resalta determinados episodios de la vida de Tiberio para validar su tesis sobre el resentimiento A lo largo de su ensayo, insiste por ejemplo en la marca que dejó en Tiberio la conducta licenciosa de su madre, Livia, quien con un embarazo de seis meses se divorció de su primer marido para casarse con el emperador Augusto
“Lo indudable es que el matrimonio de Livia fue escandaloso Y que todos estos comentarios que ocupan nuestra curiosidad de hoy, con 20 siglos de por medio, debieron ser tortura insufrible para el espíritu del joven Tiberio, en la medida en que su conciencia naciente y el soplo de la maledicencia le iban precisando los detalles de esta etapa de su vida infantil e iban destilando nuevas gotas de acidez en su alma”
Pero quizá los acontecimientos que más alimentaron el resentimiento de Tiberio fueron los esfuerzos de su padrastro Augusto para eliminarlo de la sucesión
Marañón inscribe el problema de la sucesión de Augusto en una lucha de castas —“Julios contra Claudios”—, con trances dramáticos “cuyos protagonistas se sucedían, elevándose unas veces hasta casi alcanzar el poder, y hundiéndose otras en el destierro y en la muerte La larga batalla duró desde el matrimonio de Augusto con Livia hasta la muerte de Tiberio Capitaneaban a los dos bandos en pugna, cada uno de los esposos, Livia y Augusto”
Livia ocupaba el centro de las intrigas “Ella, como las hembras de algunos insectos —apunta Marañón—, conquistó a Augusto para vencerle () es evidente que toda su existencia fue un esfuerzo titánico de su voluntad de mujer para atar el destino de los suyos, de los Claudios, a la rueda fabulosa del poder imperial En este juego era la aliada de su hijo Tiberio, aunque les separaba un abismo de pasión instintiva Cuando Augusto murió, los Claudios habían triunfado con la elevación de Tiberio al poder Pero continuó la pugna entre Tiberio, instrumento siempre de la ambición de su madre, y la última raza de los Julios”
Tiberio logró suceder a Augusto no sólo contra la voluntad de éste, sino “empujado, a falta de ambición propia, por la que le inyectaba su madre; y teniendo que saltar por encima de los cadáveres de todos sus competidores”, señala Marañón
Y es que Tiberio, a pesar de sus talentos militares y políticos, le resultaba muy antipático a su padrastro Augusto Si Augusto era para Tiberio el raptor de su madre y el ofensor de su padre, Tiberio era para Augusto “el acusador vivo de su fechoría Pero además, Tiberio no fue nunca simpático a nadie”, entre otras razones por la altanería y acritud que mostró desde niño, según refiere Suetonio en Los Doce Césares
Augusto, “tan flexible y tan apto para la convivencia —observa Marañón—, no pudo nunca adaptarse a las maneras resentidas de su hijastro” No teniendo hijos de Livia, sus sucesores naturales eran forzosamente los dos hijos de ella y, en primer lugar, Tiberio, el mayor Sin embargo, Augusto se afanó en imponer al segundo hijo de Livia, Druso I, que quizá también era hijo de Augusto, fruto de la “pasión adúltera” Pero Druso murió en un accidente y quedó solo Tiberio, el antipático
Aun así, Augusto se sacó otro candidato de la manga, su sobrino Marcelo II, hijo de su hermana Octavia Marcelo se enfermó fatalmente en plena juventud; el médico que lo atendió fue culpado de abreviar sus días instigado por Livia Parecía que Tiberio no tendría ya más adversarios, pero entonces Augusto decidió casar a su hija Julia, que tenía 18 años, con el viejo Agripa De este matrimonio nacieron Cayo y Lucio Los dos recibieron el título de César y fueron educados en la casa imperial como hijos de Augusto, “a cartas vistas llamados a sucederle”
Pero Agripa murió Y la tutoría de los jóvenes Césares recayó —“ya no había más remedio”— en el propio Tiberio, quien luego se casó con Julia, la viuda de Agripa, tras separarse de su primera mujer
Los designios de Augusto se frustaron nuevamente con la muerte de los dos Césares, “heridos de la debilidad física y moral propia de tantas familias principescas Nada valían ninguno de los dos” Lucio murió de súbito en Marsella, presuntamente envenenado por Livia, según la voz popular A su vez, Cayo murió durante una expedición a Oriente
Así, cuando el camino de Tiberio parecía ya totalmente despejado, Augusto, desesperado, saca otras dos cartas familiares: Agripa Póstumo y Germánico
Sin embargo, Agripa Póstumo fue pronto eliminado de la lucha sucesoria, por su pésimo carácter La decisión a favor de Germánico parecía inexorable, “y sólo el recurso supremo de las lágrimas de Livia impidió que se hiciera pública”
Luego murió Augusto, y Tiberio se convirtió, por fin, en emperador de Roma De todos modos, Augusto dejó constancia póstuma de “la violencia con que llegó a la designación del antipático representante de los Claudios, después de vencidos en fatídica pugna, uno por uno, todos los candidatos de la rama Julia”:
Puesto que la crueldad de la fortuna —decía el testamento de Augusto leído en el Senado— me ha quitado a mis hijos Cayo y Lucio, que Tiberio César sea mi heredero
Marañón: “No puede dudarse: Augusto hizo su elección forzado por la fatalidad y por esa presión irresistible que en los hombres públicos ejerce el hogar y, sobre todo, la mujer, cuyo instinto acecha los instantes frágiles, inaccesibles a los de afuera, en que la voluntad desfallece y se hace permeable a todas las concesiones, sobre todo en los viejos
“Tiberio, por lo tanto, recibió con el supremo honor el supremo motivo de su resentimiento Por esto, sin duda, y no por modestia, ni enteramente por timidez, ni por las otras razones superficiales que entonces se dijeron, vaciló tanto antes de aceptar el poder () Aceptó sin entusiasmo El principado era ya para él un deber tan sólo Era aquel puesto como el vértice de una pirámide de intrigas, de bajas pasiones, de tragedias y muertes, en las que era difícil separar las que preparó la fatalidad y las que el crimen allanó De este modo, las espinas del resentimiento enconaban, desde su origen, la notoria incapacidad de Tiberio, decepcionado y próximo a la vejez, para el gobierno de la República; y teñían de antipatía y de acritud su gestión ante la historia”
La teoría del resentimiento
En el capítulo Teoría del resentimiento de su libro sobre Tiberio, Marañón traza el retrato psicológico del resentido, a veces con apuntes aforísticos, a veces con líneas mayores, siempre con pulso implacable:
—El resentimiento no es un pecado, sino una pasión; una pasión de ánimo que puede conducir, es cierto, al pecado, y, a veces, a la locura o al crimen
—El resentido es siempre una persona sin generosidad Sin duda, la pasión contraria al resentimiento es la generosidad, que no hay que confundir con la capacidad para el perdón El que es generoso no suele tener necesidad de perdonar, porque está siempre dispuesto a comprenderlo todo, y es, por lo tanto, inaccesible a la ofensa que supone el perdón
—El resentido es, en suma, allá en el plano de las causas hondas, un ser mal dotado para el amor; y, por lo tanto, un ser de mediocre calidad moral
—El resentido no es necesariamente malo Puede, incluso, ser bueno, si le es favorable la vida Sólo ante la contrariedad y la injusticia se hace resentido; es decir, ante los trances en que se purifica el hombre de calidad superior Únicamente cuando el resentimento se acumula y envenena por completo el alma, puede expresarse por un acto criminal
—El resentido tiene una memoria contumaz, inaccesible al tiempo Cuando ocurre, esta explosión agresiva del resentimiento suele ser muy tardía; existe siempre entre la ofensa y la vindicta un período muy largo de incubación
—El hombre resentido suele tener positiva inteligencia Casi todos los grandes resentidos son hombres bien dotados El pobre de espíritu acepta la adversidad sin este tipo de amarga reacción Es el inteligente el que plantea, ante cada trance adverso, el contraste entre la realidad de aquél y la dicha que cree merecer
—El resentimiento, aunque se parece mucho a la envidia y al odio, es diferente de los dos La envidia y el odio son pecados de proyección estrictamente individual Suponen siempre un duelo entre el que odia o envidia y el odiado o envidiado El resentimiento es una pasión que tiene mucho de impersonal, de social
—Coincide muchas veces el resentimiento con la timidez El hombre fuerte reacciona con directa energía ante la agresión y automáticamente expulsa, como un cuerpo extraño, el agravio de su conciencia Esta elasticidad salvadora no existe en el resentido Muchos hombres que ofrecen la otra mejilla después de la bofetada no lo hacen por virtud, sino por disimular su cobardía; y su forzada humildad se convierte después en resentimiento Pero, si alguna vez alcanzan a ser fuertes, con la fortaleza advenediza que da el mando social, estalla tardíamente la venganza, disfrazada hasta entonces de resignación
—Es muy típico de los resentidos, no sólo la incapacidad de agradecer, sino la facilidad con la que transforman el favor que les hacen los demás en combustibles de su resentimiento Hay una frase de Robespierre, trágico resentido, que no se puede leer sin escalofrío, tal es la claridad que proyecta en la psicología de la Revolución: “Sentí, desde muy temprano, la penosa esclavitud del agradecimiento” Cuando se hace el bien a un resentido, el bienhechor queda inscrito en la lista negra de su incordialidad
—El resentido ronda, como animado por sordos impulsos, en torno del poderoso; le atrae y le irrita a la vez Este doble sentimiento le ata amargamente al séquito del que manda Por esto encontramos tantas veces al resentido en la corte de los poderosos Y los poderosos deben saber que a su sombra crece inevitablemente, mil veces más peligroso que la envidia, el resentimiento de aquellos mismos que viven de su favor
—Todas las circunstancias que favorecen el resentimiento coinciden frecuentemente con un tipo físico y mental determinado Suelen ser los resentidos, muchas veces, individuos asténicos, altos y flacos, propensos a la vida interior y a esa frialdad afectiva que caracteriza a los esquizofrénicos
—El humorismo puede ser una aptitud innata de los individuos y de las razas Pero otras veces es una reacción ocasional, típica del resentimiento; porque es la patente de corso para crucificar, entre sonrisas, las cosas, las personas o los símbolos que nos han hecho un mal o que nos figuramos que nos lo han hecho
—El resentimiento es incurable Su única medicina es la generosidad Y esta pasión nobilísima nace con el alma y se puede, por lo tanto, fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene Parece a primera vista que como el resentido es siempre un fracasado —fracasado con relación a su ambición— el triunfo le debería curar Pero, en la realidad, el triunfo, cuando llega, puede tranquilizar al resentido, pero no le cura jamás Ocurre, por el contrario, muchas veces, que, al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esta justificación aumenta la vieja acritud Ésta es otra de las razones de la violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder; y de la enorme importancia que, en consecuencia, ha tenido esta pasión en la historia