Los combates
Olinalá y Atoyac: el EPR desafía al Ejército
Gloria Leticia Díaz
AHUACOTZINGO, GRO – El seco tableteo de los AK-47 resonó de pronto en el lomerío Los soldados que, amodorrados por el sol de las tres de la tarde, viajaban en dos vehículos Hummer artillados, dos camiones de tropa y una ambulancia militar, saltaron de sus asientos Algunos fueron alcanzados por las balas y cayeron Otros brincaron fuera de los vehículos para guarecerse tras ellos Y empezó la batalla, la primera de las dos ocurridas en Guerrero en sólo cuatro días
Era el sábado 24 de mayo El convoy militar, en el que viajaban unos 60 soldados del 93 Batallón de Infantería, regresaba de Olinalá, municipio ubicado en la alta Montaña guerrerense, donde oficialmente había auxiliado a la población civil después de una intensa granizada que dejó 250 damnificados
En una curva cerrada, en el kilómetro 79 de la carretera Tlapa-Chilpancingo, los esperaban comandos del Ejército Popular Revolucionario (EPR) Los guerrilleros, también alrededor de 60, entre hombres y mujeres, se habían distribuido en tres grupos Dos de ellos se apostaron en sendos frentes —separados uno de otro por unos 100 metros— ocultos entre los arbustos de un monte reverdecido en esta época de lluvias Abajo, en el borde de la carretera, el tercer grupo esperaba, escondidos sus integrantes en la maleza o cubiertos con ramas y leña
Los Hummer fueron los primeros vehículos que entraron a la escena, obligados sus conductores a reducir la velocidad por lo pronunciado de las curvas Los eperristas apostados a un lado del camino abrieron fuego contra ellos y, al llegar los demás transportes militares, los otros dos grupos de “encapuchados” se sumaron al ataque
Repuestos del sobresalto, los militares atrincherados tras de sus vehículos respondieron, y la balacera se generalizó Algunos alcanzaron el refugio de los arbustos El tiroteo fue intenso durante más de 20 minutos Ninguno de los dos bandos daba tregua al enemigo
Campesinos de los poblados aledaños —Papaxtla, Ahuixtla y Zompatepec— trabajaban en la cosecha de tomates o en la preparación de la tierra para la siembra, cuando escucharon la balacera La mayoría, de lengua náhuatl y monolingües, corrieron a refugiarse en las casas más cercanas
El paso de autobuses, camiones de carga y taxis suspendía momentáneamente la refriega, pero enseguida se reanudaba Hubo angustia entre los militares emboscados
“Pidan ayuda porque nos están acabando”, dijo un soldado herido a un taxista, que se orilló en el camino para preguntar qué estaba pasando
La misma solicitud de auxilio la externaron a los choferes de autobuses de pasajeros, por lo que alrededor de las 16:30 se empezaron a escuchar en las radios de banda civil los reportes de la balacera Se pedía socorro a las corporaciones policiacas del estado
Ante la emergencia, a las 17:30 horas, el ayuntamiento de Chilapa envió dos ambulancias y carros particulares para trasladar a los heridos hasta las inmediaciones de Chilpancingo, donde se encontraron con transportes de sanidad del Ejército, que llevaron a los lesionados al hospital militar de esa ciudad
Poco a poco, los soldados lograron posiciones más favorables Algunos decidieron trepar hasta el monte de donde salían la mayoría de los disparos Esta acción hizo retroceder a los eperristas; en su huida, cayeron un combatiente y un oficial del grupo armado, que hasta el viernes 30 no habían sido identificados
La batalla causó también bajas en el bando militar Muertos resultaron los sargentos de sanidad y de infantería, Santos Avila Solano y Juan Villa Avilés, originarios, respectivamente, de Las Lomitas, municipio de San Marcos, y de Chepetlán, Olinalá Tres médicos militares fueron heridos, según un informe de la IX Región Militar, proporcionado el mismo día del enfrentamiento
Sin embargo, declaraciones de autoridades municipales de Chilapa y del segundo comandante de la Policía Federal de Caminos, Luis Olmedo Colmenares, quien acudió al lugar para ayudar a los soldados, contradicen la versión castrense
Olmedo Colmenares, quien se encargó de despejar la carretera para trasladar a los heridos, contó por lo menos 20 heridos, mientras que Miguel Angel Castañeda, secretario particular del alcalde Saúl Acevedo Dionisio, reportó once soldados graves
En tanto, los eperristas huyeron en grupos de seis a ocho por las comunidades de Papaxtla, Ahuiztla, Zompatepec y Tepozonalco A su paso realizaron pintas en favor del grupo armado, y en algunos casos pidieron comida
Cinco hombres encapuchados y una mujer con el rostro descubierto se encontraron con tres indígenas que cultivaban tomates Uno de los embozados se dirigió a ellos y les pidió alimentos “No teman, no les vamos a hacer nada; nosotros luchamos por el pueblo”, dijeron a los campesinos, quienes atemorizados entregaron tomates al comando eperrista A otros les pedían que si los soldados les preguntaban por ellos, no les informaran por dónde habían huido
Durante la noche, los vehículos militares se mantuvieron en el lugar, resguardados por soldados
El domingo 25, alrededor de las 14:00 horas, el secretario de la Defensa Nacional, general Enrique Cervantes Aguirre, llegó en un helicóptero para inspeccionar el lugar del enfrentamiento Estuvo acompañado por el comandante de la XXXV Zona Militar, el general Miguel Elías Leyva García, quien en la última conmemoración de la Batalla del 5 de Mayo declaró que el EPR no existía
Los soldados que participaron en el combate reconstruyeron los hechos ante el secretario Le mostraron los vehículos con decenas de orificios producidos por las balas, y los cadáveres de los dos eperristas, que yacían sobre la maleza, donde estuvieron expuestos casi 24 horas Ambos tenían el rostro completamente desfigurado
Al lado de los cuerpos de los guerrilleros, estaban los fusiles AK-47 que utilizaron, así como cargadores con cartuchos útiles y dagas Uno de ellos, de aproximadamente 35 años de edad, llevaba además un mapa topográfico de la zona
Después de la inspección, Cervantes Aguirre dio sus condolencias a los familiares de los soldados muertos y visitó a los heridos en el hospital militar
Ese mismo día acudieron a la zona más de 200 soldados para instalar retenes en los entronques a Ahuacotzingo y Olinalá También se instaló un campamento sobre la carretera Tlapa-Chilpancingo, muy cerca del kilómetro 79, donde se produjo la confrontación
Y entonces empezó la cacería
Allanamientos, secuestros, torturas
La búsqueda de los guerrilleros se inició el mismo domingo; ese día fueron detenidos siete campesinos del municipio de Ahuacotzingo Cuatro de ellos son originarios de Xocoyozintla: Abundio Casarrubias Hernández, Pablo Gaspar Jimón, Hilario Atempa Tolentino y Anacleto Tepetl Xinol, presidente del comisariado ejidal Los otros tres, Pascual Rodríguez Cervantes, Virginio Salvador Avelino y Agustín Ojendis Cervantes, proceden de San Miguel Ahuelicán, y ya habían sido detenidos por militares, en abril último, durante más de quince días
Los primeros cuatro fueron señalados como eperristas por el regidor del PRI, Martiniano Capilla García; acompañó a los soldados que llegaron a Xocoyozintla en diez camiones y les señaló los domicilios de los inculpados
El sábado, los cuatro indígenas habían asistido a una boda; Anacleto Tepetl formó parte de la banda de música que amenizó la fiesta; Abundio Casarrubias “mató un marrano para un pozole” y ni siquiera pudo comer porque se lo llevaron, dice su esposa, Filiberta Tolentino
Los siete fueron reportados como desaparecidos el martes 27; ese día el Ejército los entregó a la Procuraduría de Justicia del Estado y ésta a la Procuraduría General de la República El jueves 29, seis salieron libres por falta de pruebas para consignarlos Aseguraron que fueron torturados
Ubicado en una región árida, carente de servicios básicos, el poblado de Xocoyozintla, de unos 1,500 habitantes, fue incomunicado desde el mismo domingo a las 8:30 de la mañana, cuando irrumpieron los militares
A esa hora los soldados, mediante engaños, sacaron de sus casas a los campesinos Hilario Atempa Tolentino, líder del comité de base del PRD, relata que se presentaron en su casa preguntando por él Cuando los encaró, le indicaron que había una confusión con sus apellidos y que tenían que rectificarlos “Ya estaba con ellos Pablo Gaspar, y caminamos hacia la cancha del pueblo, donde llegaron después Abundio Casarrubias y Anacleto Tepetl Nos dijeron que tenían que verificar unos datos en el INEGI, y que teníamos que acompañarlos; nos subieron al camión”
Los transportaron hasta la cabecera municipal, donde estuvieron 10 minutos, y después fueron enviados a un campamento militar, cerca de una barranca, donde les dijeron que podían descansar Después de dos horas, los regresaron a Ahuacotzingo, donde vieron a los otros tres campesinos de San Miguel Ahuelicán, que tenían los ojos vendados Eran aproximadamente las 11 de la mañana
Subieron a todos al camión militar y descendieron hasta el entronque de la carretera a Chilpancingo-Tlapa Se internaron entonces en un cerro Ahí, con un mismo lazo, “nos amarraron del cuello y de las piernas, y a otros de las manos, y nos decían: ‘Si corren, solitos se matan’, y nos llevaron a sentar recargados sobre la pared” Les dieron agua
Al anochecer, los subieron de nuevo al camión militar y los condujeron, al parecer, a las instalaciones de la XXXV Zona Militar
“Cuando nos llevaron, nos taparon con lonas, mochilas y parece que se sentaron sobre nosotros porque sentimos mucho peso”, cuenta Hilario Atempa, quien, aunque no muestra huellas de tortura, dice que tiene todo el cuerpo adolorido Para levantarlos, los soldados les pegaron con las culatas en el estómago, los desataron del cuello y de las piernas, pero no de las manos, ni les quitaron las vendas de los ojos
A todos los obligaron a desnudarse, los enredaron “como momias” con sábanas y los acostaron sobre una mesa, en diferentes momentos Empezaron los interrogatorios
Sin tocarles el rostro, un soldado les echaba agua por la nariz y la boca, y otro los golpeaba en el estómago y la cabeza Los militares los acusaban de ser miembros del EPR y de haber participado en la emboscada del sábado; les exigían nombres de presuntos eperristas y que revelaran los lugares donde se encontraban escondidas las armas
La sesión de tortura se suspendió el domingo por la noche y se reanudó 24 horas después El martes los interrogaron y les presentaron fotografías “Decían ellos que eran de los guerrilleros muertos en la emboscada para que los reconociéramos Nos decían: ‘Este es Wences Casarrubias’, y pues no se podía reconocer porque estaba muy golpeado de la cara, y pues dijimos que no era”, puntualiza Hilario
Pablo Gaspar dice que no aguantó la tortura y tuvo que autoincriminarse:
“A mí fue al primero que empezaron a golpear, y sentía que ya no aguantaba Me desmayé Me preguntaron por un tal Cliclixi, y para que ya no me siguieran pegando, les dije mentiras Les dije que le había guardado unas armas, pero porque me habían amenazado Pero eso no es cierto, no conozco a ese Cliclixi”
Ninguno confesó que pertenecía al EPR, pero con los ojos vendados fueron obligados a poner sus huellas digitales en documentos cuyo contenido desconocían
Alrededor de las 15:00 de ese día, los soldados entregaron a los siete campesinos a la Procuraduría General de Justicia del Estado, donde se les leyó el reporte militar
“El documento decía que nos agarraron en el lugar donde fue la emboscada y que íbamos fuertemente armados, pero la única arma que presentaron fue una escopeta calibre 12”, propiedad de Abundio Casarrubias, misma que fue sacada por los militares de su domicilio la noche del domingo 25
Los siete negaron los cargos y el miércoles 28 fueron conducidos a la PGR, donde nuevamente los interrogaron, aunque sin torturarlos
En la persecución de los miembros del EPR, el Ejército Mexicano, según denuncias de diversos organismos, incurrió en otras violaciones de derechos humanos En diversos poblados de la región hubo allanamientos con violencia, detenciones arbitrarias, maltratos, amenazas y hasta robos
El combate de Atoyac
La presencia militar se intensificó no sólo en esa zona, sino en otras regiones del estado
Durante la madrugada del martes 27, unos 200 efectivos y alrededor de una decena de tanquetas aparecieron en el poblado de El Quemado, en la sierra de Atoyac, a unos 12 kilómetros de la carretera Acapulco-Zihuatanejo
Después, a las 11:00 horas, entró una camioneta Suburban verde olivo, con seis oficiales del Ejército, entre ellos el comandante de la XXVII Zona Militar, general Alfredo Oropeza Garnica
Por más de una hora, los oficiales supervisaron al personal militar y recibieron informes de los comandantes encargados del sitio Cinco grupos de soldados rodeaban el pueblo, cada uno con al menos dos tanquetas artilladas
Los oficiales salieron en su camioneta, resguardados por una tanqueta artillada, un vehículo Hummer y una ambulancia
A las 12:15, luego de pasar por la comunidad de El Guanábano, en una curva, ráfagas de AK-47 salieron de entre la maleza contra los vehículos militares Los disparos provenían de la parte alta del paredón y del bordo de la carretera, por donde se llega a unas cañadas
En la balacera resultó herido Oropeza Garnica
Después de 20 minutos de tiroteo ininterrumpido, un helicóptero artillado disparó desde el aire contra los eperristas Poco después, las tropas que estaban estacionadas en El Quemado acudieron en auxilio de los militares que se hallaban atrapados cerca de El Guanábano El enfrentamiento cobró entonces mayor intensidad
Cuando los miembros del EPR emprendieron la retirada, los militares los persiguieron por la sierra La búsqueda se prolongó hasta las 19:00 horas Intercambios de disparos aislados se escucharon toda la tarde, hasta que el sol se metió
El saldo oficial fue de tres soldados del 49 Batallón de infantería muertos: Abad Noyola Calderón, el teniente Angel Ríos Reyes y el sargento Javier Alvarez Rojas Murieron también dos “agresores”
En dos comunicados de la IX Región militar, no se identificó a los agresores como eperristas; según la versión castrense, los atacantes eran 25
Cerca de El Guanábano, en Las Palmitas, se encontraban Paulino Padilla Rosario y su hijo Antonio Padilla Gatica, cortando leña
Cuenta Paulino:
“Yo me regresé con una carga como a las once y dejé a mi chamaco cortando leña Iba de regreso cuando escuché la balacera y corrí para ver a mi hijo”
En pleno tiroteo, los Padilla se apuraron para cargar sus bestias con la leña y se alejaron del lugar Al rato, por varios minutos, cesaron los disparos, y en el punto conocido como La Vainilla los alcanzaron cuatro soldados Los acusaron de ser eperristas y los condujeron al lugar de los hechos
“Nos rompieron las camisas y con ellas nos cubrieron la cabeza No pudimos ver ningún muerto o herido Nos tiraron al suelo, donde nos daban patadas en las costillas, y entonces escuchamos más tiros Después llegó un helicóptero Unos empezaron a tirar a lo loco, hacia arriba, y otro dijo: ‘No tires, que son de los nuestros'”
Ambos fueron metidos en una tanqueta Ahí permanecieron durante el combate, que duró toda la tarde Luego, con los ojos vendados, los obligaron a caminar en la sierra, mientras los interrogaban sobre los guerrilleros Además de golpearlos con las armas, les echaban sobre los torsos descubiertos hormigas de “carnizuelo”, que se reproducen en los árboles y muerden dejando escoriaciones muy dolorosas
Los militares les preguntaron sobre la ubicación de una cueva donde supuestamente se ocultarían los eperristas “Yo les decía que no conocía ninguna cueva, pero que un amigo me había contado de una donde iba a recoger excremento de murciélago para las plantas, y pues nomás sabía de esa”, dice Paulino, de 35 años de edad
Hasta las 6:00 horas del miércoles 28 los mantuvieron detenidos, maniatados y con los ojos vendados “A esa hora me dijeron que les mostrara la cueva, y que si no la encontraba, nos iban a matar Nos descubrieron los ojos, pero las manos nos las dejaron atadas Con las referencias que yo tenía, llegamos a la cueva, que está cerca de El Guanábano”
Antes de dejarlos libres, los soldados los obligaron a redactar un escrito en el que aseguraban que no habían sido golpeados durante la detención Todavía muestran huellas de los golpes en la cara, los hombros y las piernas
“Nos regresaron entonces al lugar de los hechos y ahí nos soltaron”, señala Paulino
Ese miércoles, el Ejército Mexicano ocupó la sierra
Aproximadamente mil soldados sitiaron la zona muy temprano, desde Cacalutla, asentada cerca de la carretera, hasta la parte alta Al día siguiente, se desplazaron hacia la otra parte de la sierra, a San Vicente de Benítez y Las Trincheras; entre las 16:00 y 19:00 horas llegaron cerca de mil soldados más
Estos últimos procedían de la Escuela Militar de Clase de Armas (EMCA), un grupo de élite del Ejército formado por “puro sargento”, según la versión de uno de los militares que estaba en el campamento, ubicado a 500 metros de Cacalutla
Aseguró que son seleccionados por ser los más hábiles en el manejo de todo tipo de armas de fuego, y que se entrenan en Puebla y Monterrey
En el acceso a El Quemado se instalaron tres retenes En cada uno de ellos había por lo menos diez soldados a la vista y otros escondidos entre la maleza Además, se dispusieron constantes patrullajes por esa carretera, a cargo de contingentes de 30 elementos de infantería
Los militares, fuertemente armados, detenían a cualquier persona que transitaba por la vereda Pedían identificaciones y revisaban los vehículos








