En la oscuridad, a la sombra de Salinas, José Córdoba acumuló un poder inédito;

ahora se hunde en el desprestigio, el vituperio y las sospechas
No paran de moverse los pequeños ojos que nunca se fijan en los de su interlocutor Le sudan las manos, que estruja una contra la otra, con un nerviosismo que contagia No es lo suyo, dice, la “cosa pública”, y mantiene la misma actitud hasta que el periodista se aleja
Ignora las preguntas de tipo personal No contesta las preguntas sobre su actividad pública Sus cejas pobladísimas se arquean cuando sonríe, en una mueca que siempre parece forzada
Por más de una década José María Córdoba Montoya acumuló poderes inéditos en la historia moderna de México, sin ser Presidente Con Carlos Salinas de Gortari, desde 1981, diseñó, coordinó y ejecutó la política económica y social de México
En la misma proporción que acumulaba poder, aumentaba su discreción, huía de los reflectores, escondía —o reescribía— su pasado Ni una entrevista, apenas una aparición pública en México, en la Convención Nacional de la Bolsa de Valores en 1992 Quienes lo conocen bien, los que le dicen “Pepe”, rechazan hablar de él con la prensa
Pero no se puede huir para siempre y la próxima semana, en Jerusalén, durante la reunión anual del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en el que Córdoba representa a México, deberán encontrarse bajo los reflectores de la prensa internacional los viejos amigos que llegaron juntos a México en 1979, después de estudiar en Estados Unidos, y que fueron protagonistas de la “modernización” mexicana que se viene derrumbando desde diciembre pasado
Uno, el secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, capotea una de las crisis económicas más graves del país El otro, José Córdoba, responsable de las políticas económicas que hoy agobian a Ortiz, se encuentra indiciado públicamente, bajo sospecha de tener alguna responsabilidad en los asesinatos políticos del año pasado y de sostener vínculos con el narcotráfico La PGR advirtió la semana pasada que él y Carlos Salinas de Gortari “no están exonerados”
LA INTELIGENCIA PURA
Apenas dos años después de haber llegado a México, ya compartía las antesalas del poder Como su maestro francés Jacques Attali, el asesor de Francois Mitterrand y responsable de la política económica del Partido Socialista Francés, supo ser el hombre tras el Hombre, el poder detrás del trono El mismo Attali atestiguó sorprendido el meteórico ascenso de su discípulo:
“Comimos en México con Miguel de la Madrid —escribió Attali en sus memorias, Verbatim— Presidente electo Se ve nacer otro México, más joven, más racional Detrás de él, Carlos Salinas de Gortari, asistido por uno de mis antiguos alumnos, un politécnico que se convertiría en secretario de Estado, José Córdoba”
Poco después, Attali ya veía con claridad el futuro de su alumno:
“1º de julio de 1983 Comida con José Córdoba, mi antiguo alumno de la Escuela Politécnica, que se convirtió en secretario de Estado en México Maravilloso destino personal donde la inteligencia pura ha permitido abrir las puertas del poder en un país improbable ¿Por qué una carrera así sería imposible en Francia?”
Attali confunde el puesto de Córdoba por el símil con la burocracia francesa: para él, Salinas de Gortari será “ministro de Programación y Presupuesto”; Córdoba, su segundo, “secretario de Estado”
Ahora, Córdoba comparte con Salinas una suerte de animadversión nacional: a ambos se les achaca responsabilidad, lo mismo en la crisis económica que hoy vive el país, que en los crímenes —y sus secuelas— que segaron la vida de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu
Ha pasado un año desde que Córdoba Montoya se alejó físicamente del país No obstante, aún se deja sentir Su influencia no desaparece Hay, en las áreas fundamentales del gobierno actual, funcionarios que guardan una estrecha relación con él En la Secretaría de Hacienda, su titular Guillermo Ortiz, quien fue el que lo trajo a México; en la Secretaría de Relaciones Exteriores, el ahora subsecretario Juan Rebolledo Gout, su excoordinador de asesores en la Oficina de la Presidencia; en la propia Presidencia, Ulises Beltrán, que fue su asesor en esa oficina y ahora lo es de Luis Téllez, el nuevo encargado de ese despacho
A través de esas redes Córdoba actúa como si siguiera ocupando la oficina contigua a la del Presidente: Durante diciembre y enero, personalmente llamó a embajadores mexicanos en Africa, Asia y Europa, para que ayudaran a Salinas de Gortari en sus giras promocionales para obtener la dirección de la Organización Mundial de Comercio —el subsecretario Rebolledo se encargaba de los detalles operativos—, y sostuvo reuniones en la Casa Blanca para negociar el apoyo de Bill Clinton Desde su oficina en el BID se planeó la estrategia de negociación para obtener el paquete financiero y acompañó a su amigo Guillermo Ortiz a varias de las reuniones
EL PRINCIPIO
Francés de origen español, Córdoba llegó a la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, en 1974 Allí conoció a Guillermo Ortiz y a Rogelio Gasca Neri, que también estudiaban posgrados en economía Con el primero, inclusive, compartió cuarto y trabaron tal relación de amistad y profesional, que Ortiz lo trajo a México como maestro invitado de El Colegio de México
En esa institución, Córdoba hizo amigos y se ganó la admiración de colegas y alumnos, que después le servirían de puente para ingresar al gobierno Entre ellos Jaime Serra Puche, Emilio Lozoya Thalmann, Manuel Camacho y Otto Granados Con el primero fue cercanísima la relación de amistad, pero los dos últimos le sirvieron para acercarse a Carlos Salinas de Gortari, de quien no se desprendería a partir de 1980
Ese año, luego de un breve paso —como asesor, junto con Serra Puche— por la Secretaría de Hacienda, Córdoba ingresó a la Secretaría de Programación y Presupuesto con el cargo de director de Planeación Regional, invitado por Salinas de Gortari, que en la misma dependencia era director de Política Económica y Social y tenía como asesor a Manuel Camacho
Destapado Miguel de la Madrid para suceder a José López Portillo, Salinas fue nombrado director general del IEPES del PRI y llamó a Córdoba como su asesor principal, y le correspondió elaborar la parte económica del Plan Nacional de Desarrollo, con lo que Salinas ganó predominio en el equipo de De la Madrid
Desde entonces, no dejó de tener encomiendas de relevancia estratégica para el país Dos veces (1982-1983 y 1985-1987) fue director de Política Económica y Social en la SPP, cargo en el que por ley efectuaba “el diagnóstico económico y social del país, para proponer alternativas de políticas de desarrollo” y analizaba “las prioridades económicas y sociales de la política de desarrollo”
Fue el principio de su poder y para afianzarlo decidió naturalizarse mexicano Cobijado por sus buenas relaciones, consiguió un rápido proceso de naturalización, sin obtener antes ni la calidad de inmigrante ni de inmigrado Antes, francés aún, ya era militante del PRI, en franca violación de los preceptos constitucionales Lagunas y contradicciones en su biografía oficial, Córdoba obtuvo su carta de naturalización en fecha que la Secretaría de Relaciones Exteriores, responsable directa en su otorgamiento, nunca ha precisado En Proceso 572, se informó que Córdoba había obtenido su carta de naturalización a principios de 1983, pero el entonces vocero del PRI, Miguel López Azuara, en una carta, aseguró que la fecha correcta era el 10 de mayo de 1985; en 1988, al ser nombrado jefe de la Oficina de Coordinación de la Presidencia, en su currículum oficial se decía que era mexicano desde hacía diez años, o sea, desde 1978 En otra carta, López Azuara, entonces ya en la oficina de Prensa de la Presidencia, optó por no meterse en problemas y sólo dijo que había adoptado la nacionalidad mexicana “hace algunos años” Finalmente, en las dos ediciones del Diccionario Biográfico publicadas en el sexenio pasado, aparece otra vez la fecha del 10 de mayo de 1985
Córdoba se casó con Sofía Urrutia Lazo, hija del arquitecto Oscar Urrutia y de la escritora Elena Urrutia (María Elena Lazo) (Proceso 805)
Aún sin hacer su aparición estelar —en la SPP se mantuvo a la sombra, hermético—, Córdoba era el encargado de responder a las críticas que de todos los sectores se hacían a la política económica —de drásticos ajustes presupuestales— gestada en esa Secretaría Por sus réplicas e ironías pasaron economistas del tamaño de Carlos Tello Macías e Ifigenia Martínez A uno lo acusó, en 1986, de sentir nostalgia por el crecimiento económico derivado del boom petrolero, que según Córdoba —en un artículo publicado en Excélsior— sólo provocó desórdenes en la economía y un grave endeudamiento externo
A Ifigenia, que entonces criticaba acremente el proyecto económico delamadridista, le tocó en junio de 1987 Simple y sencillamente, Córdoba —otra vez en Excélsior— afirmó que los juicios de la exdirectora de la Facultad de Economía eran primitivos, obsoletos y decadentes “Al parecer, para la licenciada Martínez el Sol sigue girando alrededor de la Tierra”, resumió
Sin duda, el gran poder de José Córdoba se inició cuando Salinas fue destapado, en octubre de 1987, como candidato del PRI a la Presidencia de la República Este, de inmediato, lo nombró consejero especial En ese papel, el poder de Córdoba se fue acumulando vertiginosamente
Si por su aversión a la prensa mexicana poco se notaba en el país, sus viajes al extranjero, en su calidad de consejero especial y representante personal de Salinas (como candidato, candidato triunfante y luego presidente electo) lo hacían visible Sus viajes continuos a Estados Unidos, donde se entrevistó con funcionarios gubernamentales, políticos, diplomáticos y representantes de la comunidad financiera, hicieron que Córdoba fuera visto allá como una extensión de Salinas
Desde 1986, durante la crisis de mitad de sexenio de Miguel de la Madrid, fue Córdoba el elegido para ir a Estados Unidos a negociar con bancos y gobierno
En 1988, junto con Camacho, fue el representante personal del entonces candidato Salinas para hacer contactos con los equipos de los candidatos estadunidenses George Bush y Michael Dukakis
Pasadas las elecciones del 6 de julio del 1988, Córdoba amarró en Estados Unidos el inmediato apoyo para Salinas, pretendiendo acabar con la polémica que rodeó al resultado electoral
Artífice de la reunión entre los presidentes electos Bush y Salinas, en Houston a finales de aquel año, inventó el “Espíritu de Houston” para referirse a la relación México-Estados Unidos que él protagonizó Desde esa reunión comenzó a hablar de libre comercio, según las crónicas periodísticas de la época Año y medio más tarde viajó en secreto a Washington para iniciar las conversaciones sobre el Tratado de Libre Comercio
Durante seis años no hubo más embajador ante la Casa Blanca que Córdoba Formalmente dos aliados de Córdoba ocuparon la plaza Primero Gustavo Petricioli, a quien Salinas y Córdoba utilizaron para eliminar a Jesús Silva Herzog durante el sexenio de Miguel de la Madrid Después, Jorge Montaño, subordinado de Córdoba durante la campaña de Salinas
Pero el que importaba a los estadunidenses era el jefe de la Oficina de la Presidencia “Cuando viene el señor Córdoba sabemos que algo importante quiere el presidente Salinas”, dijo alguna vez George Bush a reporteros mexicanos
Canciller rebasado, Fernando Solana soportó ser segundo de abordo Cuestionado sobre su marginación en las decisiones importantes respecto a Estados Unidos, Solana respondió: “No estoy marginado Yo veo a Pepe por lo menos una vez a la semana”
Con Clinton presidente electo, una vez más el enviado de Salinas fue Córdoba En una reunión con Samuel Berger —encargado del equipo de transición de Clinton— descrita ampliamente en Proceso (839), reveló su estilo de negociación con Estados Unidos: pedir A Berger, le dijo que la situación político-económica mexicana no aguantaba un retraso del TLC Anunció cuándo sería el destape del candidato priísta a la Presidencia con más de un año de anticipación Le informó antes que a los mexicanos que Montaño sería el nuevo embajador
A punto de darse a conocer la información sobre esa reunión en Proceso —cuenta Julio Scherer en Estos Años—, Salinas de Gortari envió a Fernando Gutiérrez Barrios, entonces secretario de Gobernación, para intentar detener su publicación Toda la fuerza de la Secretaría de Gobernación al servicio de la imagen del jefe de la Oficina de la Presidencia
Fallido el intento de censura, Córdoba reveló qué tipo de periodistas le interesa: filtró parte de su conversación con Berger a Juan Bustillos, entonces columnista en El Universal
Su desprecio a la prensa mexicana y su preferencia por los extranjeros fue constante Cuando se descubrió que el doctorado que afirmaba tener, y por el que siempre se hizo llamar doctor, no existía, ordenó al coordinador de Comunicación Social de la Presidencia, Otto Granados, mandar cartas en las que se intentaba explicar lo inexplicable
Tuvo una reunión privada con corresponsales extranjeros, a los que explicó: “Ya ven aquí en México, a todo mundo le dicen licenciado, pues a mí me dicen doctor”
EL GRAN PODER
“Cada vez que el Presidente abre una puerta, él se encuentra allí, atento, solícito e inquieto No es una casualidad que el consejero especial se haya instalado en un despacho contiguo al del Presidente Mitad sala de espera, mitad andén de estación, no es evidentemente el mejor sitio para trabajar Pero no importa, ya que para el consejero, lo esencial es poder vigilar las entradas y las salidas”
Así describió a Jacques Attali el biógrafo de Francois Mitterrand, Franz Olivier Giesbert Su alumno Joseph Marie repitió al pie de la letra las lecciones del maestro Por seis años fue el único que veía todos los días al Presidente Con Córdoba a su lado, Salinas recibió a dignatarios, intelectuales, políticos, empresarios, colaboradores
Su presencia omnímoda le hizo merecer un sinfín de calificativos —”supersecretario”, “eminencia gris”, “alter ego de Salinas”, “presidente adjunto”, “vicepresidente”, “virrey”, “poder tras el trono”, “dedo oculto”, “el cerebro”, entre muchos más—, que revelaban fielmente el poder que tenía conferido Poder que, sin duda, suscitó un cúmulo de problemas dentro del gobierno y del partido oficial: enconos, disputas, diferencias, dudas, sospechas que arreciaron, al final del sexenio, con el destape de Luis Donaldo Colosio, se agudizaron con el conflicto chiapaneco, e hicieron crisis a la muerte del sonorense y la designación de Ernesto Zedillo como nuevo candidato del PRI a la Presidencia
No era para menos Legalmente, por decisión presidencial, Córdoba estaba en todo y en todas No había secretario de Estado que, antes de tomar una decisión de importancia para el país, no se las haya visto con el poderoso asesor: los acuerdos presidenciales, el que creó y el que reformó la oficina de Córdoba —uno, del 7 de diciembre de 1988; el otro, del 5 de junio de 1992— le otorgaban atribuciones para coordinar, dar seguimiento y evaluar los acuerdos que se toman en los gabinetes especializados de la Presidencia
Estos son: Gabinete Económico (integrado por los titulares de Hacienda, Desarrollo Social, Comercio, Trabajo y Banco de México); Agropecuario (SHCP, Secofi, SARH y SRA); Desarrollo Social (SHCP, Sedesol, SEP, Salud y DDF); Política Exterior (Gobernación, SRE, SHCP, Secofi y PGR), y Seguridad Nacional (Gobernación, Relaciones, Defensa, Marina y PGR)
Cada uno de esos gabinetes especializados cuenta con un secretario técnico Y todos éstos dependían directamente de José Córdoba Montoya
Además, el artículo XII del primer acuerdo, y el XIII del segundo, ampliaron sus facultades casi al infinito: señalan que además del cúmulo de funciones formalmente asignadas, la Oficina de Córdoba cumplirá “las demás que le encomiende expresamente el titular del Poder Ejecutivo Federal”
En abril de 1992, semanas después de que Córdoba había estado en París, en una de sus múltiples visitas a la capital francesa con la encomienda de negociar la entrada de México en la OCDE, Proceso (805) resumía:
“Y las `demás’ es todo: (Córdoba) participa lo mismo en política interior que en política exterior; en política económica y política de comercio exterior Lo mismo elabora iniciativas de reformas a la Constitución y de ley, como la del Cofipe o la que dio personalidad jurídica a las iglesias; participa en la negociación de la deuda externa y en la del Tratado de Libre Comercio; orienta la política tributaria y promueve el adelgazamiento del Estado; presencia pláticas para la resolución de conflictos entre grupos y sectores sociales, como en el caso del magisterio y poselectorales; interviene en la `auscultación’ y en el `palomeo’ de candidatos priístas a puestos de elección popular; escucha a empresarios, como en el caso de la requisa del puerto de Veracruz; cabildea aquí y afuera; viaja al extranjero como avanzada del Presidente; representa a México en foros internacionales, como en Davos, Suiza; desplaza al canciller Fernando Solana y sus contrapartes así lo tratan; recibe a dirigentes políticos de oposición y es testigo privilegiado de casi todas las actividades presidenciales”
El acuerdo de junio del 92 le amplió las atribuciones: también tendría poder sobre las direcciones generales de Asuntos Jurídicos y de Comunicación Social, con el pretexto de “asegurar la aplicación uniforme de los criterios que fije el Ejecutivo Federal”
Promotor de la entrada de México en la OCDE y protagonista de la etapa final de las negociaciones del TLC, Córdoba Montoya esperaba, como todo el gobierno, el arribo de 1994 y el virtual ingreso del país al primer mundo Sin embargo, el estallamiento del conflicto armado en Chiapas significó un mentís al festivo discurso oficial sobre el progreso económico y la estabilidad social y política interna
Empezaba el declive de Córdoba Salinas de Gortari acusaba a fines de enero: en Chiapas faltó previsión y fallaron dos cosas: el sistema de información del Estado, y la lejanía de las autoridades, con la consecuente falta de comunicación y conocimiento de lo que ahí estaba sucediendo Pero si Córdoba era responsable legal —según el decreto— de las dos cosas que “fallaron”, nunca se le pidió ni dio explicación pública
Sin producirse un distanciamiento abierto, el entonces Presidente fincaba responsabilidades de manera implícita: Córdoba tenía el control directo de todo el aparato de seguridad nacional, que ejercía a través de, entre otros, Fernando del Villar, subsecretario de Gobernación, muy cercano a Patricio Chirinos Pero no hubo ruptura
Con la muerte de Colosio y la posterior designación de Zedillo como candidato presidencial priísta, Córdoba vio el fin de su carrera política en México El poco acierto de las autoridades en el esclarecimiento del crimen hizo crecer cada vez más la hipótesis de que se trató de un complot Y la designación de Zedillo, hombre sin presencia en las lides partidistas, fue vista por los mismos priístas como una imposición más de José Córdoba En el equipo de Zedillo, que en un principio era casi el mismo de Colosio, se generalizó la idea de que esa percepción empañaba la imagen del entonces candidato y estorbaría el desarrollo de su campaña electoral
En ese contexto —animadversión creciente, sospechas en su contra y división de priístas— se produjo la salida de José Córdoba Si entró con bombo y platillo por la puerta grande a Los Pinos, al ámbito de las grandes decisiones de la vida nacional, en marzo del año pasado salió, indiciado, por la puerta trasera: apenas un boletín de prensa de seis líneas de la Secretaría de Hacienda informó sobre su nueva designación en el BID
Un año después, su amigo y protector está en el exilio Su nombre aparece mencionado en relación con el narcotrafico y crímenes políticos El TLC, su gran proyecto que modernizaría a México, es irrelevante en medio de la crisis que acosa al país Su maestro Attali, acusado de plagio y desprestigiado en Francia, se ha vuelto un mercenario que vende sus análisis igual a la ONU que a países africanos con gobiernos dictatoriales Puede ser que ese sea también su destino, a menos que esta semana Guillermo Ortiz se empeñe en mantener a su lado a este hombre que con “inteligencia pura” se permitió abrir las puertas del poder en un país improbable