LA ESPERA, LA DELACION, LAS SOMBRAS, LAS LUCES Y EL MITO GENIAL

LA ESPERA, LA DELACION, LAS SOMBRAS, LAS LUCES Y EL MITO GENIAL
Vicente Leñero
La respuesta llegó dos semanas después Parecía fácil, inmediato, pero el enredijo de llamadas telefónicas, de conversaciones secretas, de gestos de sobrentendido y frases siempre brevísimas prolongó la espera cinco días más Tal vez mañana Tal vez pasado mañana Tal vez el martes Siempre tal vez O: Puede no darse Ellos tienen que calcular y medir sus tiempos, sus riesgos, la seguridad de usted Manténgase alerta, siempre cerquita No se lo cuente a nadie No se aparte de su hotel
Una mala noticia:
—Va a ir otro periodista: Oscar Hinojosa, de El Financiero
—¡Eso no fue lo que se pidió!
—Lo siento Son las instrucciones Y sin fotógrafo
—¡No, sin Juan Miranda no! Necesitamos fotos, buenas fotos porque a lo mejor va en portada
—Lo siento
Por fin aparece el quinto contacto de carne y hueso: un hombre pajareando en un cafetín Se reciben las primeras instrucciones y se responden preguntas Se pelea duro lo de las fotos por aquello de que puede ser portada El contacto duda:
—Tal vez acepten al fotógrafo de Proceso, pero sólo podrá tomar dos fotos Una será para El Financiero Tal vez El viaje será largo Absoluta discreción
Hay que conseguir un vehículo de carrocería alta y llevar una cobija, una lámpara de mano, una gorra y uy, no, esos zapatos no le sirven Necesita botas
Todavía a la hora de la cita, en el momento de partir, se sabe que también irá Tim Golden, corresponsal de The New York Times Ahí viene llegando, con traje de mezclilla
—¡Una entrevista colectiva!
—Pero aceptaron al fotógrafo de Proceso para tomar dos fotos Solamente dos Lo que sí hay es un problema grave —advierte serio el contacto— y nos pueden regresar a la mitad del camino ¿Leyeron la nota en La Jornada?
Más que una nota, es la cola de una noticia: Llegó Riviello Bazán a San Cristóbal las Casas, publicada el miércoles 5 de febrero Una delación de los reporteros Ricardo Alemán, Elio Henríquez y Víctor Ballinas, que dice:
Una fuente cercana del EZLN señaló, por otra parte, que en las próximas horas el subcomandante Marcos concederá dos entrevistas: una a la revista Proceso y otra al matutino El Financiero
—Nos pueden regresar
De todos modos se emprende la primera etapa del largo viaje en la combi rentada Convertido en chofer, el contacto va dando instrucciones y haciendo un pacto con los periodistas sobre lo que no se puede decir ni describir para no dar pistas o datos que delaten a los zapatistas Desde el principio: los ojos cegados, como si la vida fuera, de pronto, un oscuro total
No describir
De cualquier manera, cómo diablos describir el frío al descampado cuando ocurre el primer cambio de vehículos: es un vidrio que se mete entre la plantilla de las botas y el doble calcetín, que se convierte en viento para azotar orejas y temblequear piernas y brazos o colarse en las ingles al descargar la urgente orinada que venía reventando la vejiga desde muchos kilómetros atrás Ya es de noche cuando los ojos se abren a lo negro, interrumpido apenas, de momento, por las voces que se vuelven chasquidos, palabras sueltas en idiomas indígenas, murmullos, claves Luego aparecen sombras entre matas, luces de linternas inventando veredas imposibles, ruidos de no sé dónde
—Pasen por aquí
Cómo describir el cuartucho con olor a pobreza de una vieja encobijada durmiendo en el suelo Una botella llena de petróleo, con un tapón de cera y un pabilo ardiendo, es el candil de la única luz Da como pena encender las propias linternas que se pidieron
Llegan sillas de madera y poyos para sentarse casi en el piso Y a esperar Nadie habla Las sombras indígenas sólo miran Todos son cómplices
Un hombre pide credenciales de periodista que examina con la linterna, y luego dénme sus relojes
—Para que no midamos distancias —deduce Tim Golden, muy bajito, como si estuviera conspirando, al tiempo que reparte tabletas de chocolate Herseys y dulces de esos que vienen envueltos
Luego otra vez afuera Qué carajos: la bufanda es un chiste contra el frío
—Suban
Siempre órdenes así, de una sola palabra Ni una sonrisa Ningún intento de conversación Algo muy grave andan haciendo
El camión tiene un cajón enorme detrás de la cabina que nunca se alcanza a ver Es difícil saltar a la zona de carga apoyando la bota en un estribo altísimo Uno se agarra de la puerta y se empuja a sí mismo para entrar como un fardo mientras crujen los huesos
El motor protesta al arrancar y sigue protestando al trepar por la brecha curveada Debe ser un camino inaccesible porque trepida y se bandea a cada encontronazo con las piedras, los hoyos y quién sabe qué obstáculo terrible que hace botar y rebotar las nalgas de los viajeros contra una viga durísima usada como asiento Otra vez con los ojos de ciegos adentro del cajón: botando y rebotando, por horas, sintiendo que nunca jamás se va a llegar a la meta final del recorrido Molidos como a palos en las nalgas y la espalda quejándose y el ruido del motor y el sueño que no llega y de nuevo las ganas de orinar y la inmensa soledad de la montaña imaginada desde aquí El ruido del motor, el ruido del motor, el ruido del motor
Se detiene de pronto Frena en seco la mole Se abre la puerta
—Bájense
Y más al rato: Súbanse Y bájense Y esperen aquí
Han llevado a los viajeros hasta un inmenso galerón que pudiera servir de auditorio o de templo, a lo mejor de escuela Otra vez una viga es el asiento, como si fuera poco la del camión, pero aquí no se rebota por lo menos
Han aparecido también los primeros pasamontañas Una mujer armada —tal vez es un chiquillo— hace la guardia con un firmes de estatua mientras otro pasamontañas que lleva dentro un indígena duro, se pone a preguntar en tono de regaño De su hombro derecho cuelga un arma
Mira primero a cada uno de los periodistas, desde su rebanada de cara, y luego alude a la nota aparecida en La Jornada como asunto de mucha gravedad
—¿Quién de ustedes provocó esa filtración?
Juan Miranda, soñoliento, no se da por interrogado Tim dice que es una pendejada, que eso no se debe hacer entre periodistas, y Oscar Hinojosa explica lo que son las especulaciones de los reporteros, los rumores, la imaginación
El cuarto dice:
—Son celos reporteriles seguramente Elio Henríquez estuvo en el primer grupo que entrevistó a Marcos
El pasamontañas sigue escrutando, pero no hay más respuestas
—Vamos a examinar esto con cuidado para ver si pueden seguir Es muy grave
Dejan a los periodistas un tiempal ahí, esperando y esperando, hasta que al fin regresa el pasamontañas Ya examinaron el asunto, ya confirmaron que nadie ha venido siguiendo el camión, pero necesitan asegurarse de que ninguno de los tres va a escribir nada capaz de poner en peligro la seguridad del territorio zapatista
—¿Con qué lo garantizan?
Mira fijamente a cada uno
—Con mi palabra
—Con el mismo principio profesional con que se garantiza el secreto de origen a las fuentes confidenciales —dice Tim, o algo por el estilo Y al final, Oscar argumenta muy bien la mutua conveniencia y seguridad de quienes reportean y son reporteados en las tareas de la información
—Vamos a examinar esto —repite el pasamontañas— Esperen aquí
Y se va Y de nuevo a esperar y esperar
El regreso al camión, puesto en marcha para otro trayecto prolongado, exige repetir el sacrificio de rebotes y traqueteos
Está lloviznando al salir del suplicio en movimiento, pero aún falta un jalón —quizás el más duro— antes de concluir la carrera de resistencia Hace falta el sprint de la recta final Nadie informa que es final, pero se siente, quién sabe por qué
Orale, le dice cada uno al sí mismo que es No te rajes No te quiebres No te dobles ahora porque ahora sí llegamos, cómo de que no
La vereda es horrible de tan empinada y pedregosa, pero hasta eso las piedras se antojan como apoyos entre el lodo dispuesto a inventar resbaladas Lo peor es el muchacho que camina de guía Más bien vuela el cabrón Va adelante, con su cono de luz como bastón de lazarillo, y se eleva sin miedo a resbalarse o a falsear la pisada Allá va y hay que seguir el paso, el trote, la manera de alumbrar la piedra donde se apoya la bota La llovizna es bonita de paisaje, pero aquí acuchilla los cachetes y hace más lodo al lodo Cómo se jala el aire, cómo se apura el tranco para no perder la luz del muchacho zapatista porque entonces se pierden también los límites del último camino
Lo que bota y rebota ahora es el canijo corazón al llegar a la cima Falta sangre quizás en algún rincón del cuerpo, y no se ve manera de aliviar el sofoco
—Pasen —señala el linternazo
Es una choza como uno se imagina la de Carranza —descubre Oscar— cuando lo mataron Pero esta es más pequeña Es un cuadrado tendido de cobijas de lana invitando al descanso
Tim reparte más tabletas de chocolate que saca de su mochila como un mago, mientras la voz indígena añade:
—Descansen un rato
No lo dicen dos veces En posición horizontal y una cobija abajo y otra arriba; y de almohada lo que cada quien trajo para cargar los útiles de la excursión
Se apagan las linternas cuando Juan Miranda dice muy quedo: “Nos vamos a quedar a dormir aquí”, como todo lo quedito que han ido diciendo durante el viaje los periodistas, contagiados por el mutismo de los guías Cómplices los visitantes, parece, de lo que se antoja una conspiración Trajín y aire y llovizna clandestinos en ambiente de guerra suspendido apenitas por la tregua
Un sueño muy ligero, lo que se dice un “coyotito”, cae de pronto del techo apenas se apagan las linternas y sobreviene el oscuro total Pero dura muy poco De la puerta que se abre desde el exterior surge a contraluz, imponente desde la perspectiva a piso, horizontal, una imagen en sombra Truena la voz de una chacota, que es lo que despierta:
—¡No tenemos armas! ¡No tenemos dinero! ¡No somos extranjeros! ¡Soy un mito genial!
Es el subcomandante Marcos Ríe y se da la vuelta, en sombra siempre:
—Orita regreso por ustedes