HAMBRE, SED Y DEUDAS AGOBIAN A ETCHOHUAQUILA, QUE NO QUIERE NI OIR HABLAR DE “EL TORO”

HAMBRE, SED Y DEUDAS AGOBIAN A ETCHOHUAQUILA, QUE NO QUIERE NI OIR HABLAR DE “EL TORO”
Manuel Robles
ETCHOHUAQUILA, SON – El sueño acabó Las ilusiones de una vida mejor, que los habitantes de esta población habían puesto en el pitcher Fernando Valenzuela, terminaron desde hace tiempo Y ahora nadie quiere oír hablar de él
Muerto don Avelino, padre de Valenzuela, su familia se aísla en la casa de tejas rojas —estilo californiano—, que el famoso beisbolista mandó construir en su época de gloria, un día símbolo de la bonanza que esperaba esta población
“Todo quedó en promesas”, resume Lauro Zazueta Valenzuela, primo segundo de “El Toro”, en medio de un panorama desolador de casas de adobe, madera y cartón, en las que se hacinan familias enteras
Don Lauro es uno de los 59 ejidatarios que no quieren oír más de Fernando Valenzuela, ante la apremiante situación de un ejido endeudado y sin créditos
“Este año no hemos sembrado nada; el banco nos está matando”, dice el ejidatario de 55 años, quien vive aquí con su mujer y sus dos hijos, al referirse al pasivo que tienen con el Banrural “La situación es cada día peor”
Zazueta Valenzuela explica que, en su desesperación, los ejidatarios han solicitado la ayuda del presidente Carlos Salinas de Gortari, ante las inútiles gestiones realizadas ante el gobierno del estado
“Ahora hemos pedido la ayuda del Pronasol en las oficinas del programa en Navojoa, municipio al que pertenece Etchohuaquila Pero nos han dicho que nos esperemos hasta el año próximo, a ver si nos pueden ayudar, sin ninguna seguridad”
El año pasado, en dos ocasiones, los ejidatarios viajaron a la ciudad de México para pedirle al presidente Salinas de Gortari agua de riego para el pueblo, que les permitiera ampliar sus cultivos, actualmente en sólo 150 de las 3,122 hectáreas del ejido, causa principal, dicen, del atraso de la población
En una carta que dicen haber entregado en el Palacio Nacional, el 9 de enero de 1990, los campesinos pedían se compartiera con ellos el caudal del agua que da a otros ejidos de la zona la presa Alvaro Obregón, 59 casas para ellos y una más para los maestros rurales, que no tienen dónde dormir
—¿Y Fernando Valenzuela?
—No me hable de ese cacique Ni me lo mencione, por favor —responde su primo
—¿Cacique?
Ríe malicioso Zazueta Valenzuela, al expresar la desilusión que priva en el ejido por la suerte de “El Toro”, cuya carrera está en declive
“Se olvidó de nosotros Ya le digo, fueron puras promesas”, dice Zazueta Valenzuela, sentado en un desvencijado sillón a las puertas de su vivienda, entre niños, perros y gallinas
“No hubo nada”, se queja también Juan Baladí Verdugo, un ejidatario de 64 años, quien vive con su mujer y sus ocho hijos, dolido por la situación “La cosa está muy triste No salimos esto está igual que en 1936, cuando se creó el ejido”
Trepado en su viejo alazán, en la brecha de acceso al lugar, Baladí remata muy serio:
“Estamos en crisis”
UN PUEBLO BENDITO
Hace diez años, en abril de 1982, este paupérrimo ejido del municipio de Navojoa, de 700 habitantes, ubicado a unos 40 kilómetros de Ciudad Obregón, pareció despertar con el éxito de Valenzuela en el béisbol de las ligas mayores
Por fin, esta población, cuyas tierras fueron expropiadas por Lázaro Cárdenas en 1936, se inscribía en el mapa nacional
Avelino Lucero, quien de hecho llevó a Valenzuela al béisbol de las Ligas Mayores, creía entonces que este pueblo estaba “bendecido por Dios”
Los habitantes de Etchohuaquila— que debe su nombre a una cactácea que abunda en la región—, estaban seguros de que el pueblo dejaría de ser el más pobre del municipio Tendría carretera de acceso, calles, agua, luz mercurial y hasta un estadio de béisbol para 1,500 personas, que llevaría el nombre de su héroe: Fernando Valenzuela
La ilusión terminó
No hay carretera asfaltada, ni calles trazadas, ni luz mercurial El estadio fue sólo un sueño
“Parece que nunca hubo aquí nadie importante”, afirma la dueña del estanquillo “Jaimito”, Vecina de los Valenzuela “La verdad es que Fernando no hizo nada por el pueblo”
El ejido parece un pueblo sin vida, abandonado a su suerte y asfixiado por el calor, que en esta época del año llega a ser de 40 grados centígrados Al lugar se llega por una brecha de cuatro kilómetros de largo que se inicia en Fundición, una delegación del municipio de Navojoa, a un lado de la carretera Ciudad Obregón-Navojoa
Tiene, sí, algunos servicios públicos, como energía eléctrica y agua corriente, pero sus habitantes se quejan de que el agua provoca enfermedades, a la población infantil principalmente
“El agua sale con pelos de rata”, dicen
La denominada casa de la cultura (INEA), que carece de puertas y ventanas, no funciona comúnmente La tienda popular “Conasupo—Solidaridad”, colocada a la mitad del ejido, está cerrada Y la iglesia de San Juan Bautista, a cuya construcción Valenzuela cooperó con 100,000 pesos— “fue lo único que hizo por el pueblo”, dicen aquí—, abre sus puertas solamente los segundos martes de cada mes Nadie sabe en realidad cómo se llama el cura del pueblo
La escuela “Miguel Hidalgo”, donde “El Toro” y sus hermanos estudiaron la primaria, está compuesta por tres modestos salones de clase, cercados por una barda de alambre, que impide el paso Y su cancha de basquetbol, al frente del plantel, está destruida
Junto a la escuela, una de las dos aulas del jardín de niños, cuya losa está fracturada, amenaza venirse abajo
Y el “estadio” de béisbol, en donde el otrora “zurdo de oro” lanzaría la primera bola, está igualmente abandonado La lámina de una pequeña tribuna y de la banca de los equipos se oxida irremediablemente mientras perros y cerdos buscan comida en el centro del campo
Cuando Valenzuela triunfaba en el béisbol de Estados Unidos, el “estadio” fue concebido como un proyecto más que optimista para dotar de parques de pelota a todo el municipio de Novojoa Lo que es más: sería la sede de “Los Pirata de Etchohuaquila”, en el que Valenzuela y sus nueve hermanos aprendieron a jugar
Ignacio Parra Escalan, que fue el primer manejador de “El Toro” en la novena del pueblo —”yo le enseñé un poquito; el muchacho tenía facultades”, dice apenas—, habla de todo ello como parte del pasado
“La ilusión se acabó Aquí casi no hay ayuda Esto está muy triste”, dice el exmanager en su casa de adobe y cartón “Nos habían prometido todo: carretera, viviendas, pozos de agua, el estadio”
Radicado aquí desde hace 40 años, Parra Escalante habla indiferente del ocaso del pelotero sonorense
“Si no nos ayudó antes, menos ahora”
Lo secunda su padre, Manuel Parra Félix, de 81 años de edad:
“Fueron puras promesas”
Otros habitantes del pueblo no creen, sin embargo, que el famoso beisbolista haya sido una esperanza para Etchohuaquila
“No nos prometió nada”, dice la señora Matilde Aguilera, vecina de los Valenzuela desde hace 18 años, cuando ella llegó al ejido, en el que vive con su esposo, Gilberto Leyva, y sus cuatro hijos
“Ellos nunca nos visitan”, cuenta la señora Aguilera, en una miserable vivienda de adobe y cartón, justo enfrente de la casa que Fernando Valenzuela construyó hace diez años para sus padres y hermanos, con una inversión inicial de tres millones de pesos, se dijo entonces
“Casi no hablan con nadie”, alcanza a decir la señora, más preocupada por los frijoles de la olla, que prepara en la “cocina” instalada fuera de su casa
En la casa de los Valenzuela —de muros blancos, teja roja y adornaban con azulejos— viven doña Hermenegilda y sus hijos, Rafael, Avelino, Gerardo, Manuel, Dolores, Gloria, Julia Pero no reciben a nadie, en verdad
Rafael, el hijo mayor, se esconde en la casa cuando alguien llama a la puerta Diez, quince minutos después, una de las hermanas del beisbolista, quien se hace pasar por la “muchacha que limpia”, abre el portón de madera y afirma lacónica:
—No hay nadie La señora salió temprano
—¿Y cuándo regresa?
—¡Uh! Quién sabe
—¿Y el señor?
—Ya murió
—El 15 de junio de 1988
—¿Y los hermanos de Fernando?
—No hay nadie
No obstante, en el interior de la casa —en cuyo patio trasero está aún el cuarto donde nació el beisbolista—, el bullicio de niños y el ruido de la radio y la televisión denuncian la presencia de la familia
“Ahí están”, informó un día después Angel Aguilera Leyva, presidente del Consejo de Vigilancia del Comisariado Ejidal, quien espera inútilmente que alguien abra la puerta de la casa, cercada con una barda de alambre, en la que lucen los árboles de limón real, durazno, naranja
“No reciben a nadie Así son”, explica Aguilera Leyva
“TODAVIA LO QUEREMOS”
Aguilera Leyva y el secretario del Comisariado Ejidal, Jesús Antonio Félix Muñoz, explican luego la apremiante situación del pueblo, pero eluden el tema de Valenzuela
“Estamos muy jodidos, de plano No tenemos ayuda de nadie, ni del gobierno ni de “El Toro”, dice Félix Muñoz, portafolios en mano
Explica que han fracasado sus gestiones para obtener agua de riego para la población y que es necesaria la perforación de un pozo, cuyo equipo y tendido cuestan 490 millones de pesos Agrega que el crédito ha sido solicitado a diversas instituciones, como el Banrural, el Fondo de Garantía y Fomento para la Agricultura, Ganadería y Avicultura (FIRA) y hasta el Pronasol
“En el Banrural nos dijeron que es mucho dinero y que no tenemos con qué pagar El banco nos pide el dinero del tendido y de la perforación, que cuestan 130 y 190 millones de pesos Y que después nos daría el dinero para el motor, de 127 millones En el FIRA no ha habido respuesta Y en las oficinas del Pronasol nos dijeron que el dinero ha sido utilizado para otros proyectos”
El representante ejidal agrega que la situación de los ejidatarios se agravó este año, debido al adeudo pendiente que tienen con el Banrural, por 185 millones de pesos, que se ha traducido en otros problemas Menciona, por ejemplo, el hecho de que el banco no les haya otorgado los créditos de avío para la siembra de maíz, debido a que tienen su “cartera vencida” y a que su deuda creció 22 a 40 millones de pesos, por los intereses moratorios
“No hay aquí ni para tortillas”, se queja el representante ejidal, quien insiste en que el problema principal del pueblo es la falta de agua para cultivar la tierra Y dice:
“Lo cierto es que los ejidatarios no saben cuándo fue la última vez que Valenzuela visitó a su madre Lo recuerdan claramente en el entierro de don Avelino, hace más de tres años, sepultado en el ejido de Guadalupe, próximo a Etchohuaquila”
“Pero todavía lo queremos; él es de aquí”, dice Juan Baladí, en su viejo caballo, a la entrada del pueblo