Abraham Fortes
1914-1990 Homenaje en la UNAM
Ricardo Garibay
A los diecisiete años decidí para la vida leer y escribir y sólo eso, exclusivamente Hacia los treinta comencé a trabajar con cuentagotas, y la postrera página o el párrafo postrero de cualquier escrito se convirtió en algo imposible, imposible terminar lo que a derechas había comenzado Eso y los graves conflictos que desde atrás lo provocaban me zarandeaban sin tregua entre la cólera, la ineficacia y la angustia Fui con don Federico Pascual del Roncal, cuya casta y grata presencia me ayudaron un tiempo, a mí y a muchos, y se nos murió de un día para otro Botábamos huérfanos sus pacientes acá y allá Catalina Sierra me dijo:
—Si sigue así va a enloquecer Voy a recomendarlo con el doctor Abraham Fortes
Y le dije a Fortes: —Aparte otras cosas, no puedo escribir
—Por dónde quiere empezar —dijo
—No tengo dinero —dije
—Cuánto puede pagarme —dijo
—Nada —contesté— Casi no vivo
—Bueno Siéntese Vamos a ver Empiece con lo primero que se le ocurra
Y vino la primera sesión Me miraba y me miraba Y dijo:
—Venga No tiene que darme nada
Yo dije: —¿Por qué?
Me dijo: —Si se cura es probable que hayamos hecho algo importante Estudié para curar a gente como usted
—¿Cómo podría retribuirle? —pregunté, iba a preguntar
—Curándose —contestó, y abrió la puerta
Y así estuvimos siete años, donde nunca le pagué un centavo Me daba tres sesiones personales y dos de grupo, a la semana Yo era abusivo en unas y en otras; y un día, irritado me reclamó: —Y tú ¿por qué no me pagas?
—Porque tú dijiste que tu justificación era curar a gente como yo
—Es cierto —dijo— Sigue igual Aunque no te curas porque no quieres, porque no has querido entender lo que es el análisis; prefieres escucharte, más que cualquier otra cosa
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Andando y andando el tratamiento, hasta adentro me miraba apenando y decía: —¿Dónde estarías si no estuvieras loco?
Yo llevaba ya diez años sin poder publicar una línea, y arranqué de pronto, como convaleciente, casi sin darme cuenta, y con dos astillas literarias fui a ver a Edmundo Valadés en la revista Siempre Yo quería decirle: esto es apenas, apenas, perdóneme hace diez años que no publico nada de nada Días después él me dijo: “He leído con noble envidia sus dos relatos” Corrí con Fortes:
—¡Ya rompí el embrujo, Doctor! Mire, ya publiqué dos cosas Yo creo que de ahora en adelante
—No crear, no digas tonterías Siéntate o acuéstate en el diván, vamos a donde estábamos
—Pero es que usted no se da cuenta
—Tú no te das cuenta— subrayó la frase— Y no gritesVamos a donde estábamos
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Una mañana vi a Jorge Portilla —con quien tanto yo quería, a quien tanto le he rendido homenaje— excitado como nunca:
—¡Empiezo a sentir la sequedad de los místicos!— me dijo, sin agua va Y él era un buen pecador, de modo que le dije:
—Eso se cura Le pediré a Abraham Fortes que te reciba
Y lo recibió, y tampoco le cobraba
Portilla sentía a veces que era una sabandija verde, y se retorcía aullando en el piso del consultorio En una ocasión Abraham dejó su silla y se lanzó al piso, y llorando con Portilla lo abrazaba con todas sus fuerzas
Otra vez, en sesión de grupo, contaba María Douglas, la espléndida actriz, que subiendo al escenario olvidaba enteramente el papel Supongo que para una actriz no puede haber mayor desespero Y Fortes y yo tratábamos de hacerle ver el posible origen de la cosa y la conminábamos a superarlo Entonces intervino Leonora Carrington: —Mira, María —dijo—, no les hagas caso Acepta la derrota Hay un profundo descanso en aceptar un día la peor de las derrotas Tal vez de ahí te levantes
Y dijo Fortes: —Nunca antes, Ricardo, recibimos una lección tan oportuna y tan inteligente
La Douglas se enjugaba y sonreía, por fin en paz Y una mañana ella me habló, no había conseguido a nadie más por teléfono y me dijo: —Sólo para decirte que ya ¡que ya, Por Dios! que tengo el frasco en la mano
Eché de mi cuanto pude, la injurié suficientemente hasta que me dijo, como quien llega de correr kilómetros:
—Acabo de tirar todas las pastillas a la basura
Y otro día ni yo estaba, ni siquiera a mí me encontró Se sintió absolutamente sola Se tomó el frasco entero Y era tan bella Recuerdo su desnudez en la Salomé de Oscar Wilde, en Bellas Artes Arte puro su desnudez
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Dije que la primera vez me miraba y me miraba, y conviene aclarar por qué hace falta esa repetición, si se habla del mirar de Abraham Fortes
De estatura escasa, de piernas muy cortas, que apenas hacían tierra sentado en su sillón, su mirada era tranquila, apacible diría, mansamente fija, algo parecido a transparente, y era inmensa No he visto a hombre que mirara tanto, con tanta abundancia Uno se sentía inmerso y en paz en sus ojos castaños,que ocupaban el espacio todo, como en una agua segura, serena Nada me va a pasar si esos ojos siguen mirándome Y uno aprendía a nadar esa agua, se sosegaba, iba entendiendo el propio llanto, la inofensiva infancia de los males Uno podía retorcerse de angustia y de incoherencias, y los ojos lo envolvían y apaciguaban anchamente penetrantes Sólo mucho después atrapé el secreto, el por qué y para qué de ese modo de mirar sin sorpresas, sin aspavientos, sin juicio previo, sin signos de admiración Miraba la torcedura del enfermo, se hundía en ella; así con los ojos la oía, la entendía, la vivía; veía lo que el enfermo callaba, lo que de verdad estaba diciendo, maldiciendo, suplicando Cuando se hizo viejo y aún más pequeño y le temblaban las manos a ratos incontenibles, y perdió el poco timbre que su voz había tenido en la plenitud de su edad, y su rostro dejaba ver el cansancio en cada arruga, la mirada seguía viva y enorme y su impacibilidad se había llenado de instantánea sapiencia y era casi temible, adivinatoria En sus últimos años le bastaba una entrevista para ver la angustia y la impotencia y dónde estaba el hilo de la salud Y en la última sesión que tuve con él me miró tan a fondo que decidió con prodigio, taumatúrgicamente
Ver está en relación con los sentidos; mirar se refiere a las ideas y a la imaginación Ven los ojos; mira el alma Quien ve, hace; quien mira, piensa y siente Abraham Fortes; mirar sin pestañear para conocer a los hombres, para no despreciarlos, para convertirlos en pertenencia en la intimidad ostensible del amor
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Pero vamos a donde andábamos Un poco después de María Douglas, murió Portilla Yo viví sin vivir ocho días Fortes me dijo: —No estaba solo Yo también he andado muerto
Y veinte años después, cuando volví a su sicoanálisis, me dijo: —Te veo con cariño porque me recuerdas a Portilla, de cuya muerte no nos hemos aliviado, ni tú ni yo
Le dije: —Cómo sabes que no me he aliviado
—Se te ve —dijo—, se te ve
Y cuando acababa Jorge de morir, dijo, en sesión de grupo:
—Todos los pacientes son más inteligentes que yo, sin duda Pero Jorge lo era tanto más, me superaba tanto, que lo que tengo no alcanzó para librarlo de su sufrimiento
Y lo vimos llorar, sin cuidarse de no hacerlo
Esa compasión, esa capacidad para padecer con el otro, no la he encontrado en nadie más; y Abraham Fortes la desparramaba acá y allá y allá, como nosotros la ponemos sólo en el amado de nuestro corazón
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En las fiestas —pocas— bebía y comía con entusiasmo, reía continuamente y hablaba hasta por los codos, medio se emborrachaba y comentaba después: —Qué bueno Estuvimos contentos
En casa de Catalina Sierra, preguntó: —¿Qué es esto?
—Lifráumilc —le dijeron
—Ah, leche de la mujer amada! —exclamó y el resto de la noche repitió incansable, bebiendo en vino y saboreando las palabras:
—¡Leche de la mujer amada! —como si estuviera sorbiéndola ahí, precisamente ahí
En una reunión que hizo en su casa, Emilio Uranga estaba insoportable, agrediendo a medio mundo y elogiando sin tasa a López Mateos Al final le reclamamos a Fortes: —¿Por qué invitaste a ese canalla?
—Tiene gran talento —dijo—; sólo que padece porque no puede querer a nadie, ni a sí mismo ¿No lo notaron?
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Me echó por fin de su consulta
—Fascinas a los otros — me dijo— y me impides tratarlos y tú no quieres curarte De cualquier modo, ya lograste más del cincuenta por ciento
Me envió con Gamiochipi, excelente sicoanalista inmisericorde, un año Y yo recordaba la generosidad de Fortes, lo que ya dije: su compasión Luego, veinte años después, le dije:
—Vengo de nuevo ¿Me aceptas? Ya puedo pagarte
—No tengo tiempo pero te acepto Que todavía quieras curarte, a la edad que tienes, es mucho Es posible que ya sientas lo que es el análisis Es posible que ahora logremos lo imposible que será fascinante intentarlo
Y así fue Y le dije: —Te compadezco
—¿Por qué me compadeces? —dijo, indudablemente molesto
—Te has vuelto un sabio, pero a cambio de escuchar idioteces y sólo idioteces durante toda tu vida
—Pero las idioteces las dices tú —me dijo con agresividad—, tú las dice y yo no las oigo, yo solamente oigo lo que tus idioteces quieren decir
Era ya muy chico de estatura, pálido y terroso No oía bien No ponía mucha atención No entendía cabalmente mi castellano, y el suyo era día con día más deficiente, más elemental Pero ya era, vale repetirlo con las palabras altisonantes, un dramaturgo y curaba casi prodigiosamente, echando mano de pueriles simplezas Un día se desmayó y lo sostuve antes de que diera todo él, en el suelo Se veía exangüe de verdad
—Pero no sé hacer más que esto —decía— ¿Qué hago si no vengo al consultorio?
Volví a alejarme luego de dos años Y regresé Me alarmaba su aspecto Me asombraba la lucidez en su cuerpo tembleque y adormecido Yo llevaba siete años escribiendo una novela, y cuatro meses sin poder con el último capítulo Conocía el final; no sabía cómo llegar a él Me oyó con mucha atención, me propuso un plan absurdo, su comprensión de la literatura era estrictamente popular, sentimental y hasta truculenta Le dije con violencia:
—¡Eso no sirve, por Dios! Me miró como en lo antiguo, ya dije cómo, como ahora me mira cuando lo invoco: el rostro terso y maduro, luz en la frente, los cabellos ondulados, lagos los quietos ojos, y dijo:
—Que bueno que no te guste lo que te propongo El jueves comenzarás a escribir, y entre tres o cuatro meses terminarás tu obra
Era lunes, y no fue el jueves sino el viernes, de tan pendiente como estuve, el jueves, de la magia de Fortes
Y en la última consulta de su vida —acaso habrá habido alguna más— le dije, el lunes siguiente:
—Ya comencé Ya no habrá tropiezos Ya sé cómo desembocar ¿Cuánto te debo?
—Es la curación más rápida que he logrado en toda mi vida —dijo, riendo, y guardó el dinero en su cartera Terminé la novela tres meses y un día después de aquel primer lunes
Y un poco, muy poco antes de su muerte estuvimos en una cena, y por una pregunta dijo:
—Por fin se sabe Ya no trato de cambiarlos, ya no me interesa mi opinión acerca de ellos, creo que ya los respeto como debe respetárseles Hago que sean lo que son, y que se acepten tal como son No hay otra salud








