LA DUALIDAD DEL PAPA COMO JEFE DE GOBIERNO Y JEFE DE LA IGLESIA, CLAVE EN SUS RELACIONES CON LOS ESTADOS
Enrique Maza
A todo lo largo de la historia, desde que el emperador Constantino integró la iglesia al poder, se dio la lucha del poder político por dominar la Iglesia, gobernarla, influir en ella e, inclusive, hacer teología; y la lucha de la Iglesia por dominar al poder político, someterlo a su jurisdicción, ser el árbitro universal y hacer politología La Iglesia formuló teóricamente altísimas pretensiones eclesiásticas, pero finalmente fracasó con su doctrina, defendida por Bonifacio VIII en su Bula Unam Sanctam, de 1302 El cisma de Aviñón inició la disgregación del cuerpo cristiano unitario Desde entonces, el rasgo fundamental de las relaciones jurídicas entre la Iglesia y el Estado ha sido el enfrentamiento de la Iglesia universal con los Estados nacionales, que fue tomando diversas formas, según los tiempos y las naciones La concepción actual de autonomía e independencia de ambos —separación de la Iglesia y el Estado— ha sido posible gracias al desarrollo de una visión moderna del Estado y de una nueva visión de la Iglesia, que se ha comprendido a sí misma de otro modo sobre su función de servicio a la sociedad humana Pero esto se ha logrado sólo con el tiempo y a costa de luchas y experiencias demasiado dolorosas, y todavía no del todo Aunque se tiende a una relación positiva entre la Iglesia y el Estado, religiosa y filosóficamente neutral, queda mucho camino por andar de ambos lados, para llegar al ideal de una verdadera coordinación, en la que ya no se trate de delimitar institucionalmente los respectivos derechos y competencias, cuanto de una armonía funcional, derivada de la responsabilidad de ambos hacia los hombres Quedan ambigüedades por resolver Entre ellas, la dualidad del Papa como jefe de la Iglesia y como jefe de Estado, por simbólico que sea su Estado del Vaticano Las relaciones que los Estados establecen con el Papa intencionalmente no son con el jefe de Estado, sino con el jefe de la Iglesia Pero es difícil concebir a una Iglesia que establezca relaciones diplomáticas e intercambie embajadores No es su papel El Vaticano tiene un cuerpo de gobierno de la Iglesia, constituido por las Sagradas Congregaciones y los Tribunales Esto es la Santa Sede, es decir, el gobierno de la Iglesia Y tiene también oficinas, como la Cancillería Apostólica, la Dataría Apostólica, la Cámara Apostólica y la Secretaría de Estado, que tienen que ver más con los asuntos estatales de El Vaticano En varios de los pontificados recientes, el cardenal secretario de Estado, ha sido el hombre más poderoso de la corte pontificia La Cámara Apostólica administra los asuntos temporales de la Iglesia en el interregno, entre la muerte de un Papa y la elección de otro La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con las naciones a través de la Secretaría de Estado, en donde se concentra la información que El Vaticano y la Iglesia recogen en todo el mundo La mayoría de las operaciones de esta secretaría son secretas o “altamente confidenciales” y tienen poco en común con las ocupaciones normales de sus equivalentes civiles, dado que los jefes de Estado no tratan con el Papa como soberano de la Ciudad del Vaticano, sino como cabeza de la Iglesia Católica Romana, que tiene aproximadamente unos 600 millones de miembros Es posible que ninguna institución de la Iglesia haya estado tan sometida a la crítica como los legados del Papa romano: los nuncios, pronuncios, internuncios y delegados apostólicos, que son los diversos grados y categorías de los legados Durante el Concilio Vaticano II, el obispo Ammann, hablando en nombre de numerosos obispos, habló de estos legados del Papa como de “sombras que ocultan el verdadero rostro de la Iglesia” Paulo VI, en 1969, por el Motu Proprio (decreto) Solicitudo Omnium Ecclesiarum (Solicitud de todas las Iglesias), dio la forma actual a la institución de los legados pontificios Unos representan al Papa solamente ante la Iglesia local —en los países que no mantienen relaciones diplomáticas con el Vaticano—, y se llaman Delegados Apostólicos Otros lo representan ante la Iglesia local y ante el gobierno de las naciones que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede y entonces se llaman Nuncios, Pronuncios o Internuncios, “según pertenezcan a la categoría de ‘públicos legados’ con derecho a ejercer el cargo de Decano del Cuerpo Diplomático (nuncios), o carezcan de ese derecho (pronuncios), o pertenezcan a la clase de ‘legados extraordinarios o ministros con mandato especial’ (internuncios)” De cualquier forma, todos los informes escritos de Roma pasan por ellos Su misión es hacer más estrecha y eficaz la unidad entre la Iglesia local y la Santa Sede, ser intérpretes del Papa y representar los intereses de la Santa Sede ante los gobiernos En los asuntos relativos a las relaciones entre Iglesia y Estado se les aconseja, no se les manda, que escuchen el parecer de los obispos del país y que los tengan informados Lo que Ammann pedía en el Concilio es que esa misión se encargara a los obispos locales, no a un extraño, o incluso a los laicos, puesto que se trata de una misión diplomática El Cardenal Suenens fue claro: “Da la impresión de que las Iglesias locales son sólo una especie de circunscripciones administrativas vigiladas por la jerarquía paralela de los nuncios” Todas las críticas han sido inútiles Aunque el Concilio pidió que se limitaran las facultades de los legados pontificios, el documento de Paulo VI las amplía y las hace pasar por encima del episcopado local En concreto, se quita prácticamente a las Iglesias locales todo derecho de intervención en el nombramiento de los obispos, que queda sólo en el secreto entre el legado y la Santa Sede En la práctica, es el legado pontificio el que nombra a los obispos de un país y el que informa a Roma de lo que pasa localmente Muchos de ellos son eso, denunciantes La principal crítica a los legados pontificios es que, con su condición jurídica diplomática, le confieren a la Iglesia una apariencia inevitable de poder político La perpetua ambigüedad de El Vaticano Muchos legados hacen más difícil la situación cuando tratan con el gobierno por encima de los obispos o contra su explícita voluntad y en sentido contrario Así ha pasado muchas veces en América Latina Un delegado apostólico en Canadá, E Clarizio, definió así su misión, en una homilía pronunciada el 29 de septiembre de 1968, durante la conferencia religiosa canadiense: “El Santo Padre envía a su representante a cada país, de suerte que pueda estar presente y ayudar de una manera activa en el estudio de las situaciones, tal como existen y se distinguen en las diversas regiones Con los obispos, el clero, los religiosos y los laicos, el representante del Papa comprueba las necesidades particulares de un territorio determinado, luego las expone, las explica y las aclara ante la autoridad suprema de la Iglesia” La Iglesia canadiense respondió que no les toca ni al Papa ni a su representante arreglar los problemas locales y que la Iglesia local es perfectamente capaz de informar a las otras Iglesias y al Papa de su propia situación, sin necesidad de intérprete “lo que hay que impugnar —dijo— es la función diplomática y política del Vaticano en su totalidad”








