El dios de los separos
Ricardo Garibay
Nota: Esto sería 14 de agosto, pero se llama como se llama por lo que tú verás La lengua no toleró maquillaje, perdona su veracidad
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No era de todos los días que el señor bajara hasta los separos, ergástulas tíficas infestadas de ratas y excrementos, en permanente penumbra de focos ñengos Era de algunas veces, acaso sintiera la gana de remozar su omnipotencia buscando el orgasmo que le procuraba dar la vida o el infortunio, la tortura o la muerte, con un ademán, con una palabra, con un gesto de cansado entusiasmo Y luego de eso, rejuvenecido, subía de dos en dos los escalones, hacia la millonaria cosecha de los ilícitos del día
Era cosa de algunas veces cuando rasurado, alisado y perfumado desde la calva hasta los zapatos; dejando un rastro de menta, canela, y lavanda y un temprano tufillo de X-O; en los ojos la lúcida y fresca cocaína; en la quijada el ímpetu criminal; en la soltura el bienestar de las sedas y lanas importadas para su flamante bléiser—el señor, Comandante en Jefe de la Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, “coronel” Francisco Sahagún Baca, bajaba hasta los separos de la temida dependencia encomendada a su honorabilidad
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Ha bajado el señor Ahora viene por el pasillo oscuro, está a punto de entrar en la zona de los focos cagados de moscas El hedor que han dejado los miados y alaridos de mil terrotes no altera la sonriente calma de su gesto, sólo le encuadra más las quijadas y le infla las ventanas de la nariz Se diría que aspira con fruición, que un aire de vísceras súbitamente abiertas lo marea ligeramente
Conforme avanza los guaruras abren las puertas de los separos; y uno de ellos, más principal que los otros, mejor enterado, chacal de aspecto viscosamente nocturno, va informando:
—Adrián Requejo Vargas, asalto a mano armada, tienda de abarrotes, apuñaló al propietario, propietario moribundo, hospital de Xoco, dos noches aquí con sus días
El “coronel” se asoma al asaltante, que tiembla al fondo de la celda Le sonríe Ordena:
—Madréenlo —y sigue
—Maclovio López López, riña colectiva, pulquería, punzón, dos víctimas ya sepultadas, siete noches aquí con sus días
Se asoma el “coronel”, sonríe El preso defeca insoportablemente
—¿Dos muertos?
—Dos, y un malherido en el hospital
—Chínguenlo
Madréenlo quiere decir golpéenlo, rómpanle el cuajo, dénle para que no se mueva un tiempo largo, y entréguenme lo que se robó, y si no se robó nada entréguenme lo que se robó ¿tá claro? Chínguenlo es más que madréenlo, es llegar casi a la muerte, o es la muerte porque ¿quién vigila que los feroces impartidores de justicia, con la segura impunidad que deriva de la orden de el señor, no se les pase la mano?
—Wulfrano Reyes Celorio, violación con robo, atraco en esa misma fecha por la tarde, ataque a la autoridad, un compañero uniformado en la enfermería, tres noches aquí con sus días
—Buenos días, Wulfrano ¿Qué de veras aguantarás? —dice el “coronel”, y se vuelve al guarura—¿Qué de veras es muy verijón?
Esto quiere decir tortura hasta el enloquecimiento, hasta la pérdida total de la humanidad que pueda haber en el prisionero, que sí, por cierto, es un malhechor peligroso, esto se pone en entre dicho
La placidez y bonhomía del “coronel” se acentúan conforme se va arrimando a las celdas, sonriendo, dando los buenos días y pronunciando las sentencias
De pronto, un pasador de droga Es la cuarta o quinta caída; antes era mariguana, pero hoy lo agarraron, ayer noche apenas, con un tambache considerable de perico; ya lo atornillaron pero no escupe El narco está casi exánime El “coronel” ríe de buena gana
—Cabrón tan pendejo ¿Tás tierno o qué te pasó? (Al guarura)Que lo curen y que se bañe Cómprale ropa Súbanmelo en la tarde Estos muchachos lo que necesitan es un poco de escuela
El señor comienza a cansarse, a fastidiarse Y los que tiemblan son los guaruras; porque cuando se aburre se cabrea; y cuando se cabrea no se sabe dónde caerá la sentencia ni qué grados irá alcanzando Se vuelve acá y allá, con hastío Ahora nota la pestilencia
—Hijo de tu chingada escupidera ¿nunca vas a limpiar esta mierda?
—¿Sí mi jefe! —ruge el guarura mayor
—Ya encárgate del resto —y dándole la espalda enfila hacia la escalera
—¡Sí mi jefe! —grita y se cuadra golpeándose fieramente la cabeza el guarura, dueño desde ese momento de los riñones, las costillas, los testículos y cuanto guarde el cuerpo de cada uno de los detenidos
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Otras mañanas El Señor Coronel Director Comandante en Jefe etcétera, preguntaba directamente a los presos, tentándolos, manoseándolos, dándoles puñetazos y patadas, inundándolos de insolencias
—A ver hijo de tu chingada, qué hiciste
—¿No, mi comandante, no no, dos pinches cabrones que me salié?
—¿Los picaste?
—¡No mi comandante, yo nomás!
—¡Sí mi comandante, pero solo porque yo!
—¡Chínguenlo a madres!
—A ver —decía, más adelante—, ven acá, quiero vértelo en la luz, qué hiciste, hijo de tu puta madre, a ver
—¡No me coman, no me coman!
—Andalo hijo de tu roñosa y pambacera ¿Quieres sufrir?
—No no no me coman, sino que tenía que atracar!
—¡Pónganle en su pinche madre!
Y una vez había un sujeto atroz Había raptado a una niña, la había torturado, la había violado y la había asesinado
La alta y robusta figura del comandante oscureció por completo el separo El preso buscaba incrustarse en la pared
—Cuéntame lo que hiciste
(“Híjole esa vez sí la voz del señor sonaba así suavecita, como de quién sabe pero así muy suavecita o digo yo”)
—Anda, cuéntame lo que hiciste
El preso abría la boca pero no le salían sonidos Se pegaba a la pared abierto de piernas y brazos
—¿Qué no ves que nos haces perder el tiempo? Mira, ya dejé libres a dos antes que tú, porque me contaron lo que hicieron, por eso, pero tú no quieres hablar¿No te das cuenta? Dime qué hiciste
Se acercó el guarura: —ya no hay ni qué ni para qué, mi comandante Confeso y firmado El padre de la criatura está arriba
—¿Está arriba el padre?
—Sí, mi comandante
—Tráiganlo
—¿Mi comandante?
—¡Tráiganlo, digo!
Bajaron al hombre
—¿Este es el violador y asesino de tu hija?
El hombre enloqueció instantáneamente Duramente sujeto por tres guaruras buscaba arrojarse sobre el criminal, que era su compadre, y vomitaba torrentes de injurias y maldiciones
El comandante llevó la mano a la cintura, abriéndose el saco de brillante seda oriental Desenfundó una preciosa pistola, cortó cartucho y se la ofreció al hombre
—Suéltenlo
—¿Qué? ¡Qué!
—Cóbrate
Le puso el arma en las manos Temblaba el hombre Su furia, en un segundo se había convertido en un puro terror, como el del preso estampado contra la pared Pasaron treinta segundos El hombre estaba a punto de soltar la pistola Nunca fue tan persistente y plácida la sonrisa del comandante (“Viera que mi comandante se hizo joven, se veía joven, joven se veía Porque eso le vimos y después lo dijimos”) Y así sonriendo le quitó al hombre la pistola, apuntó con cuidado y disparó Y el preso rebotó dos veces contra el muro, como si hubieran sido dos balazos Y el comandante Sahagún siguió disparando hasta acabar la carga Luego se volvió y le dijo al hombre, al padre de la niña:
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—¿Ya vistes? ¿Cuál terror? Ya vete Entierra a tu muertita Llórala bien
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Me lo contaron dos personas de textualidad habitual e intachable Y cumplo Obviamente los nombres de los presos son inventados








