DOÑA CARMEN Y SU BAZAR
Señor director:
Cuando los ciudadanos de la Capital pensábamos que ya habíamos agotado nuestra dosis de emociones pagadas con dolor y angustia creíamos que no teníamos cabida para más, al leer el Proceso del lunes 23 de este aciago septiembre, nos encontramos que todavía tenemos otras capaces de llegarnos hasta lo más profundo del alma, ahí donde nace el grito y la ira que estremece Fue cuando leímos acerca de la famosa “venta de garage” que se está realizando actualmente en una zona intocada y aséptica de esta gran ciudad que tiene de todo, hasta la posibilidad de contemplar junto a sus muertos aplastados a sus vivos opulentos y ajenos a la gran tragedia Me refiero en concreto a la casa de la calle Iztaccíhuatl de Florida, San Angel, casa de la señora que fuera la primera dama de la Nación en otros tiempos mejores o quizá peores que éstos
La señora vende lo que le sobra como se estila ahora entre las clases medias un tanto por necesidad y otro tanto por puntada o por el gusto de cambiar una mercadería por otra, aunque en el caso de esta señora la primera razón se descarta por razones obvias Una persona que saca a la luz de su casa, más bien de su jardín, decenas de alfombras orientales y literalmente docenas de pianos, evidentemente no padece más necesidad que la de la novedad en una vida harta de todo menos de ella misma
El hecho aislado resulta afrentoso para los mexicanos pauperizados por la pésima administración —entre otras causas— y por la inmoral irresponsabilidad de quien fuera esposo de la dama, el inolvidable histrión de septiembre de 1982, el mismo que un 1o de diciembre de 1976 pidió perdón a los pobres y prometió darles el apoyo de su gestión Como actor no lo hizo mal
Este despliegue de mercancías de lujo con valor de cientos de millones de pesos, esos pianos con dorados rococó que podrían ser la signatura de la señora capaz de ostentar anillos gigantescos y aretes como candiles en desayunos para niños desvalidos, es una bofetada para sus conciudadanos; pero cuando no le recata ni siquiera la tragedia que nos abate, resulta un contraste verdaderamente obsceno, como la sonrisa salivosa de un sádico viejo ante una desnudez inocente y débil, algo que ofende, que atropella, que da asco y provoca ira
Si intentáramos sondear el vacío de este espíritu vendedor de novedades creo que no tocaríamos fondo y más vale, porque en esas cimas debe trascender el hedor de algo muerto, peor que el de las calles de esta ciudad castigada
Lo que sí quisiéramos es gritar ¡miren un ejemplo de lo que se puede conseguir aplaudiendo este sistema de gobierno tan loado por nuestro inefable regente! La señora no disiente ni critica ni se queja, entonces que se quede entre nosotros, se lo ha ganado a pulso o como sea; por tanto que siga agasajándonos su presencia ornamentada con esa finura de su espíritu y esa sensibilidad de que hizo gala al frente de nuestra máxima institución de beneficencia pública Allí está, modelo y ejemplo, compendio y símbolo de un estilo personal de gobernar que sólo pide aplausos en este México más traicionado y lastimado por sus hijos que por las fuerzas ciegas de la naturaleza
Bastaron dos minutos de sismo para mediomatar a la capital y para derrumbar casi, a todo el país, unos cuarenta años de inmoralidad institucionalizada Casi El pueblo ha demostrado que se tambalea pero no se cae En nombre de este pueblo del que formo parte, pido que toda esa mercadería de la citada señora, sea recogida por los mismos soldados que la custodian para menoscabo de la dignidad de su arma, y sea enviado en camiones militares a la Cruz Roja Mexicana para ser rifada o vendida y su producto destinado a restañar las heridas de sus legítimos dueños La casa misma donde está todo ese botín sea acondicionada como albergue La Contraloría y la Procuraduría General sean alertadas para indagar acerca de ese enriquecimiento inexplicable ¿Y la señora en cuestión? Como anticipo que las Autoridades no la tocará a fin de resguardar la imagen de un sistema capaz de engendrar seres tan pavorosamente huecos y desolados como esta solitaria opulenta, me conformaré con la sentencia de Hamlet: “que el cielo la juzgue” El cielo y cada uno de los mexicanos, con permiso o sin permiso para quedarse aquí
Emma Prieto
Atizapán, Estado de México








