ELENA PONIATOWSKA, EN CINCO RELATOS PRESTA SU VOZ A QUIENES NO LA TIENEN

ELENA PONIATOWSKA, EN CINCO RELATOS PRESTA SU VOZ A QUIENES NO LA TIENEN
Carlos Marín
El número de desaparecidos —”secuestrados, debemos decir”— por causas políticas, va en aumento, dice Elena Poniatowska
“Hace tres o cuatro meses platicó conmigo Domingo Estrada Sentado ahí donde está usted me contó las cosas que le hicieron, las torturas y todo eso Su relato aparece en mi nuevo libro; pero no dio tiempo de incluir que ya lo mataron, se lo echaron en Yuriria”
Añade:
“También aumentan las injusticias de todo género: las ciudades revientan y avientan a los cerros chaparros y a los arenales a la gente fregada Ciudad Nezahualcóyotl va ya para los dos y medio millones de pobres Y aumenta el hambre y crece la violencia y se revela la inconformidad Hace días unas mujeres de plano asaltaron un camión repartidor de leche Es duro, muy duro, ¿no?”
En Fuerte es el silencio, de inminente aparición (Ediciones Era), Elena Poniatowska da su testimonio sobre cinco caras del drama social de México: “Angeles de la ciudad” (la descomposición de la vida urbana) “El movimiento estudiantil de 68”, “Diario de una huelga de hambre” (la de casi un centenar de madres de secuestrados políticos, realizada en el atrio de la Catedral), “Los desaparecidos políticos” (“horror del que surge una mujer admirable: Rosario Ibarra de Piedra”) y “La colonia Rubén Jaramillo” (“crónica de un fracaso”)
“El hilo conductor de los cinco es la marginación”, comenta la autora de La noche de Tlatelolco, Hasta no verte Jesús Mío, Gaby Brimer, De noche vienes “Es la gente de la que no se habla; es gente que no tiene voz”
La escritora dice: “Los temas, como que me encogen” Sin embargo —previene— “no voy a reseñar como viuda oficial las catástrofes nacionales”
Cuando ocurrieron los hechos criminales del 10 de junio de 1971, cuenta, “me pidieron otro libro como el de Tlatelolco, no quise hacerlo Hubiera sido una oportunista”
Y aunque se define como “una burguesota” que no tendrá que enfrentar el sometimiento o el hambre, como los seres de Fuerte es el silencio, sonríe maliciosa al relatar que de vez en cuando su madre llega a decirle que otra vez alguien “le dijo que su hija es una comunista”
De su nuevo libro son parte estos relatos
Camino bajo la cobija compartida “Esto jamás lo voy a volver a vivir, jamás” la sensación es física, me duele, pero hace ya tiempo que siento que nada volverá a ser igual Para que duela más me pongo a recordar la risa de Felipe allá en la casa y yo arriba, empericada en el estudio haciendo que escribo; los hijos, la casa, las plantas, el verde; en esta plaza no hay nada verde, ningún verdor, ninguno
Tras las rejas, los empleados municipales vestidos de overol anaranjado preparan la Plaza de la Constitución para el informe del día 1 Me gusta ese overol naranja, es medio cirquerito Sobre el edificio del Monte de Piedad, seis hombres cuelgan una manta gigantesca con el retrato de López Portillo; dos lienzos para sus patillas, uno para la nariz, uno para el ojo izquierdo, otro el derecho Otros hombres de naranja subidos en grúas y en escaleras de aluminio hacen bailar en el aire focos de colores, adornos que brillan Ahora sí la Plaza está profundamente iluminada, casi blanca de luz, y esto le da una apariencia fantasmagórica La miro desde muy lejos, como si fuera la de otro país, qué digo, de otro planeta, como si no tuviera nada que ver conmigo, ni con nadie, ni con nada
Mientras en el atrio los últimos huelguistas batallan con las mantas más grandes que no logran enrollar, y levantan ahora sí que los cuatro palos de su tendido, los empleados municipales parecen ignorarlos como si les hubieran dado la consigna de no cruzar mirada con los revoltosos A su vez, desenroscan otras mantas de un tamaño absolutamente desmedido y banderolas de plástico: verde, blanco y colorado, la bandera del soldado Ahora sí, los soldados nos miran; algo les han ordenado, se adelantan hacia la puerta principal, “Dénse prisa”, grita Rosario “allí vienen” Me siento muy solidaria de la gente junto a mí, de estas sombras que se doblan sobre sí mismas porque ya se acabó la huelga, de estos días cálidos que han terminado y son irrecuperables y nunca más volverán a vivirse, ni siquiera en otra huelga de hambre Un muchacho se suena ruidosamente Agustín vuelve a decirme: “Ahora sí, Elena, vente” Una mujer me da la mano La puerta lateral de Catedral que da hacia 5 de febrero, que todos estos días estuvo clausurada, está abierta y por ella salimos (Antes en la noche, entrábamos por un agujero en la alhambrada) Me duela la Plaza Estos días de luto ¡qué día como sudario! el hoy que fue el ayer de Hugo Margain Charles que sigue y se prolonga; recuerdo el llanto desgarrado de Alejandro Rossi y alguien me susurró al oído: “Es que fue a Chalco y vió el cadáver”, pero no es sólo por eso, cómo golpea el dolor de un hombre, cómo lo taladra a uno, de hoy en adelante Alejandro Rossi será siempre este muchacho doblado en dos por el llanto, así como la Catedral será siempre esta puerta y la voz tras de ella preguntando: “¿Y Chayo, por qué no viene Chayo?” Gabriel Zaíd me dijo: “Nos toca más la muerte del que conocemos”, es cierto, todo lo personalizamos pero yo no conozco a Jesús Piedra Ibarra, nunca lo he visto, no sé cuáles sean sus ideas, ni su sonrisa, su risa, sus manos, y sin embargo para mí sería una gran, una profunda, una inmensa alegría que él apareciera aunque no tuviéramos nada en común, aunque me rechazara y yo a él
UN DIA, LO ENCONTRE LIMPIANDO SU FUSIL
“Yo a mi muchacho lo empecé a ver raro, pa’ que es más que la verdad Siempre fue serio, eso sí, serio y callado pero nunca tanto como en esos días Además, conmigo platicó desde pequeño porque yo nunca le pegué, nunca me metí con él, nunca le quité la comida Porque su padre, para educarlo, para enseñarle respeto, le quitaba la comida Cuando lo veía acuclillado, con el taco en la mano ¡záz! venía y se lo tumbaba: “Pa’ que te enseñes a hombrecito” y el niño no volvía a servirse, de la humillación, de la muina Entonces yo iba y le llevaba después un taco en cualquier rincón en donde lo encontrara Por eso se engrió conmigo el muchachito y supe de sus cosas Su madre tuvo muchos hijos, muchos, uno tras otro y ni modo de atenderlos a todos en lo particular; su madre se llevó siempre más con las mujeres, y el Ramirito este me empezó a seguir desde que era pinacate De grande, cuando tuvo que irse a la milpa, yo le llevaba su itacate pa’ que comiera caliente, bueno más o menos No me importaba lo que calara el sol, lo reseco que estuvieran los terrenos, lo disparejo de la caminata, yo iba a llevarle su cuartito de tortillas, sus frijoles, lo que hubiera Después un día, lo encontré limpiando su fusil; así detrás de unas matas, bueno, el dejó que yo lo encontrara Le pregunté: “Pues ¿qué ya te hiciste guacho?” No me respondió “Pues ¿qué ya vas a cambiar de trabajo?” insistí “Sí, murmuró, sí, yo ya cambié de trabajo” “¿Ah sí? y ¿cuál va a ser tu trabajo, hijo?” “Otro, mamá, otro” porque él me decía mamá, siempre me dijo mamá No sé por qué me entró tristeza, harta porque se desaparecía y yo ya no tenía milpa donde llevarle nada, él se ausentaba hasta durante veinte días y se iba así sin dejar rastro Un día vino todo barbudo, todo flaco y amolado, todo picado de espinas y vi cómo sonreía entre el estropajo de picantes que le cubría el rostro: “Quería yo verla, madre” Le di leche, le di piloncillo que tenía yo guardado, porque él me lo pidió, y al momento se fue “Traigo rete harta prisa, madre” Y se fue así, sin cambiarse siquiera de ropa, sin llevarse una muda, no mentira: otra vez vino, y esa vez estaba como contento y me dijo que se iba a quedar a dormir y que en la madrugada iría a bañarse al río antes de largarse, que le preparara yo ahora sí una muda, que no le dijera a nadie que lo había visto Entonces le pregunté: “Pues ¿en qué andas hijo? ¿En qué andas que quieres que yo te haga perdedizo? Si algo malo has hecho, yo te escondo hijo y donde yo te esconda nadie te va a hallar nunca” “No madre, no, nomás con que diga, si le vienen a preguntar, que usted no me ha visto, que hace hartíto tiempo que no sabe de mí” Y se fue mi nieto, se largó sin despedirse después yo creo de la bañada, y luego yo en la noche a la hora de acostarme me preguntaba: “Pues ¿qué lo soñaría?”