Izquierdas y derechas… “son ellos o nosotros”

Izquierdas y derechas “son ellos o nosotros”
En El Salvador y Guatemala, la barbarie está dada
Julio Scherer García
SAN SALVADOR- Fue definido el propósito del viaje a El Salvador: entrevistar a Salvador Cayetano Carpio, “Marcial”, el hombre más importante en la clandestinidad del país Lider del Sindicato de Panificadores hace treinta años, fue también seminarista y secretario general del Partido Comunista Se apartó del catolicismo por motivos que nunca explicó y dejó al partido por razones que hizo explícitas: su dogmatismo hacia aún más problemáticas las urgentes reivindicaciones populares
Escribió un libro en 1952, Secuestro y Capucha, en el que dio cuenta pormenorizado los sufrimientos a que fue sometido en las cárceles de la capital Una máscara de hule ajustada a la cabeza se convirtió en su cámara de tortura Lo encapuchaban no con el hule hacia afuera, sino hacia adentro y poco a poco se iba introduciendo en los orificios y aberturas de la cara Cerraba las orejas, las fosas nasales, la boca, los ojos A Cayetano no se lo tragaba una masa de agua Lo devoraba una masa de hule
Resistió cien agonías porque las reservas del hombre van más allá de la racionalidad También soportó descargas eléctricas, palizas, hambre, sed y el dolor de ver a su mujer en las celdas de las prostitutas y en los calabozos de los homosexuales
Secuestro y capucha responde, sin embargo, al más deshumanizado estalinismo El protagonista lo soporta todo con la sonrisa en los labios porque en su corazón canta el movimiento obrero El héroe es absoluto
Me recuerda un libro soviético de esos años:
Un campesino sorprende a su compañera en brazos de otro y está a punto de liquidarla cuando lo detiene el deber “Momento, le dice, hablaremos después de que hayamos levantado la cosecha El partido también necesita de nuestro trigo”
Con su renuncia al Partido Comunista todo esto quedó atrás, pero la verdad es que de la evolución política y personal de “Marcial” muy poco se sabe Se le reconoce como la figura de la Dirección Revolucionaria Unificada, que aglutina las fuerzas adversas a la Junta de Gobierno, y nada más Sus partidarios hablan de él en panegíricos y antologías, pero no han explorado, o difundido, la entraña de su pensamiento
El contacto para entrevistarlo había quedado establecido: día, hora, lugar, contraseña La cita debió verificarse y se verificó el miércoles 23 de julio Hubo una segunda conversación con el enviado de Cayetano Carpio el jueves 25 y una tercera, breve como las anteriores, el sábado 26 Ese día se me informó que el encuentro no podría verificarse
Decidí regresar a México, pero no había sitio en los vuelos de El Salvador a México ni de El Salvador a Guatemala sino hasta la semana entrante Había, en cambio, un lugar en Mexicana de Aviación el domingo a las once horas
Viajé, entonces, de El Salvador a Guatemala por carretera
GUATEMALA- En San Cristóbal, frontera con Guatemala, conversaba el comandante del resguardo de El Salvador con unos muchachos que se ganan la vida con la venta de pepinos y aguas frescas:
—Alcancé al cabresto en el monte y lo dejé colgado de un árbol
—¿Lo ahorcastes?
—Quedo amarrado de las muñecas y le chingué los pies—¿Se los chingastes?
—Se los quebré
—¿Allí lo vas a dejar?
—Allí se va a quedar
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que se canse de vivir el pendejo
En Jutiapa, Guatemala, el comandante de la zona militar, al mando de seis mil hombres, me confió:
—Atrás de esos valles, en el monte, allá están La bruja ya peló los dientes Serán ellos o seremos nosotros Guatemala va a ser de perros o de gatos, pero no de gatiperros o perrigatos Nos acaban o los acabamos, primero Dios
Todos los días se tienen noticias de muertos, lo mismo en un país que en el otro La barbarie está dada
En el pueblo fronterizo de San Cristóbal, pero del lado de Guatemala, fui detenido el sábado 26 a las 16 horas
—La visa —reclamó un agente
—Ustedes tienen mi pasaporte Sin el pasaporte no puedo gestionarla
—Pero usted no la trae
—El pasaporte lo tienen ustedes
—¡Enséñeme el documento!
Desconocía que transportaba “propaganda subversiva” de El Salvador, unos folletos viejos, sin actualidad, conocidos que habían paralizado los trámites en la aduana Un funcionario me llamó “hijoéputa” y me exigió paciencia, que ya me arreglarían las cuentas
Principió el forcejeo Los guatemaltecos me reclamaban como indocumentado y sospechoso, los salvadoreños exigían mi entrega bajo el cargo de “subversión internacional” En el estira y afloja las horas perdieron su continuidad No tuve más noción del tiempo que las sombras alargadas que anunciaban el atardecer De vez en cuando llegaba hasta a mí la voz de un sádico:
—Lo van a quebrar
En un instante se desencadenaron los acontecimientos Tapados los ojos con un pañuelo atado a la nuca y cubierto el rostro con un sombrero pestilente, viajaba sobre el piso de un automóvil que avanzaba por un camino de terracería
No mediaron explicaciones Sólo la arbitrariedad y las armas de mis captores, dos civiles que daban órdenes y un militar con insignias A éste lo había mirado con su ametralladora sobre las piernas, que acariciaba como a una muñeca
—¿A dónde vamos? —pregunté
—A hacer un mandadito —contestó el del volante
—¿Lejos?
—Aquí nomás
—¿Al Salvador?
—Cerquitas Atrás del monte
Quise ordenar las ideas Inútil Quise apelar a mi fortaleza Inútil Quise indignarme, tramar algo Inútil Quise empequeñecerme, que importaba después de todo Inútil Quise relacionarme con los seres amados, hablarles Inútil En el fondo de la cueva nada sería posible a partir de mí mismo Comprendí —¿sentí?— el significado del cautiverio
Mi guardián, el soldado, acomodaba y volvía a acomodar el sombrero sobre mi cara, temeroso de que encontrara la rendija que me permitiera contemplar el mundo Cuando me llamaba al orden, acompañaba sus palabras con una patada donde cayera:
—No espíe, cabrón
En la soledad, nutrida por la impotencia, el temor y la angustia se anulan y acallan Tumbado, vivía para la velocidad del carro, el único futuro que me importaba
Me sorprendió hasta el sobresalto que el auto disminuyera la marcha Cuando se detuvo finalmente en lo alto de una loma, me sentí vacío Habría querido seguir hecho un ovillo en el fondo de la cueva
Las adiestradas manos del soldado me desataron el pañuelo Nadie hablaba No podría haber augurio peor Creí que el miedo me paralizaría, así que me sorprendió verme de pie bajo unos árboles chaparros de ramas casi horizontales Vigilé las piernas, que me sostenían Supuse que había salido del automóvil con naturalidad Tuve una primera satisfacción, pueril
Veía militares en cada hondonada, sobre cada planicie, Francos, parecían inofensivos Recuperé interés por el espectáculo exterior Pero fue amargo, ácido Me pensé ajeno a mí mismo,protagonista de una vida que no me pertenecía Me sentí imbécil Supe que si hubiera estado solo, sin testigos ni denuncias posibles, habría llorado
Una escolta se encaminó hasta el sitio donde me encontraba Sin mediar palabra me condujo a un cobertizo de nave estrecha El oficial señaló la última litera de una fila de diez, junto a los excusados
Al fin habló:
—Lo voy a esposar Tiéndase
No confundo la humillación con la impotencia La rebeldía duró el tiempo del relámpago La afrenta persiste
Quedé unido a un barrote, la muñeca del brazo derecho fija al tubo niquelado del camastro Era diminuta la llave que cerró el doble candado Supuse que el carcelero podría extraviarla
Siguió el torbellino, el patológico humor del teniente Chicho que me paseaba la pistola por el rostro, el cañón a unos centímetros de los ojos o haciendo presión contra el mentón o enmedio de las cejas
—Te voy a hacer mierda, comunista hijoéputa
Su bigotillo poco poblado le daba cierta comicidad, la de una ingenua pretensión frustrada Pero oculto tras unos anteojos negros, el cristal izquierdo rajado, era siniestro
—¿Sabes lo que es el pírrico? Contesta o aquí terminas
—¿El pírrico?
—Es un canto Es el canto de los soldados cuando marchan Es el canto de los días especiales Te voy a hacer el pírrico, cabrón, cuando te lleve a la papelera a podrirte
Se iba el teniente Chicho y aparecía el teniente Pancho, un segundo guardián Tranquilo, quería conversar Enfrentando al silencio parecía enfurecerse:
—¿Has oído del estanque? Contesta, mierda
—No sé de que me habla
—No has oído ¿verdad? Pues ya oirás Allá te voy a echar Será lo último Antes vas a pagar, mierda
El brazo derecho en ángulo recto exigía una posición rígida Desgobernado, gobernaba el cuerpo El cansancio me punzaba, no la inmobilidad
En la penumbra del cobertizo miraba el techo, los lockers sin dueños visibles, las camas vacías Al parecer no había más inquilinos que los tenientes y yo
Buscaba combatir el sopor, el hastío que detiene el tiempo No hay peor desperdicio que el aburrimiento Quería pensar, convocar ideas Pero lamente seguía despoblada, sin asidero
Ronca, cabrón —gritaba a veces el teniente Chicho— Que ronques, cabrón
Era un trato amable en su patología necrófila, una forma de comunicación
Aventuré la pregunta:
—¿Estamos en el Salvador , teniente?
—¿Eres pendejo?
—Le pregunto, teniente
—Estamos en Guatemala, hijoéputa
Una sombra, después un hombre, entró como exhalación en el cobertizo Llegó hasta mi lecho, seguramente extrañado por el intruso, y me arrojó a la cara una vaharada pestilente a alcohol y bilis
“Estoy bolo, cabrón Mira tú “Y se señala un verdugón impresionante a la altura del ojo izquierdo, ancho como dos dedos “¿Vistes?”
Abrió un locker, se quitó el uniforme y en un santiamén se vistió de civil De espaldas se interrogaba y se respondía, ebrio y obsceno Listo para salir de nuevo, volvió hacia mí un rostro horrible Se había ocultado con una máscara guerrillera
Salió como había entrado, una ráfaga
Alguien prendió la luz Era el teniente Pancho
—Es jodido dormir con esposas
Se rió casi silencioso
—Más jodido dormir con esposa
Pensé que hablaba solo, pero se aproximaba a mi camastro
—Te las voy a quitar
—¿Por qué?
—Vas a tener visita
—¿Quién?
—El comandante
Quise averiguar acerca de él Ajeno al periodismo, no pregunté su nombre Buscaba los valores y las lacras intangibles Abismos de la personalidad, cualidades humanas En el fondo sólo me interesaba su clasificación, reducida a los términos del cuartel:
—Dígame teniente: ¿es hijoéputa o no lo es?
—No es hijoéputa
Me impuso su estampa, no de soldado, sino de gladiador En su baja estatura relucía una piel negra y unos ojos más negros aún Rasgados, un puro brillo, se cerraban a la búsqueda La voz, lenta, articulaba con perfección
Me dispuse al interrogatorio, él en su camastro, yo en el “mío”
—El Servicio de Inteligencia lo está investigando Cuénteme de usted
Un interlocutor forzado obliga a una conversación oblicua Esperaba preguntas concretas, incriminaciones desembozadas, acusaciones, amenazas Pero el diálogo seguía otro derrotero La plática era aparente y el silencio real
Me habló de sus días en Paris, cuando Francia conoció la locura De Gaulle y el general Salan de increpaban a causa de los “pies negros”, y la nación se partía en dos
—Yo estuve preso Me confundieron con los argelinos, negro como soy Era muy joven y era karateka, cinta negra Me enfrenté a los viejos soldados profesionales Eran mayores que yo,por lo menos veinte años También eran más altos Pude haberles regalado la vida Pero no habría podido comprarles el medio metro de estatura que me faltaba
Solos de nuevo, busqué al teniente con los ojos
—Va a salir
—¿Por qué?
—Joder, va a salir Tiéndase
—¿Me va a esposar?
—Joder
La mañana, el sol alto, eran un mundo recién hecho Permanecía rígido en el camastro pero me habían ofrecido café, frijoles con pan, un tamal
—Fonca, cabrón —se divertía el teniente Chicho, dominguero
Me pidió la grabadora, visible sobre la maleta en desorden
—Para bailar con la patoja ¿no?
La fiesta estaba muy adentro, quién sabe donde, tan escondida y tan grande que no podía describirla Que se llevara todo
El me anunció que estaba libre Me quitó las esposas y me comunicó que debía entrevistar con el comandante
En unas horas principia la atrofia del cuerpo y en unos segundos sana Antes de abandonar el cobertizo quise pasarme los dedos de la mano derecha por el cabello Una punzada detuvo el brazo en movimiento Lo dejé colgado, inerte, vivo el dolor en la clavícula, ampliándose No hice caso y repetí el intento La mano llegó con facilidad a la cabeza y luego al cuello
—¿Todo bien? —me preguntó
—Todo —comandante
—Usted es un periodista internacional
—¿Y si no lo hubiera sido?
—No lo cuenta
Indagué por el momento extremo
—Fue en la frontera con El Salvador
Si lo entregamos, hubiera caído en manos de la policía y usted se imagina lo que eso significa
—¿Tortura, comandante?
—A lo mejor O más sencillo Dos tiros en la carretera, desnudo, desfigurado, sin huellas ni identificación posible Nadie, jamás habría sabido de usted
Dispuso que un yip me trasladara a la frontera con El Salvador No había perdido la condición de indocumentado Era indispensable la visa para continuar y luego abandonar el país
—Irá protegido
Viajé con el oficial de migración y un capitán en el asiento trasero, ametralladora en mano
Hora y media de ida y hora y media de regreso De nuevo en el destacamento de Jutiapa, pero ahora en el casino de los oficiales
Gesticulaba una docena de muchachos mientras el estruendo del rock les tronaba los oídos Desplegados ante ellos, en la barra, carnitas, tortillas, refrescos, botellas
En un póster de metro y medio un par de maravillosas nalgas proponía ron Piero
—¿Ron con soda? —me invitó el comandante
—Prefiero whisky
—¿Y con eso?
—Que sea ron
Apartados en una mesa servida con prontitud militar, habló del tema: la violencia
—En Centroamérica se formaron dos bandos Quedan ellos o quedamos nosotros
—Quiénes?
—Los de izquierdas o los de derechas
—¿Admira a Fidel?
Bajo los bigotes ralos y caídos, se hizo absoluta la sonrisa del comandante:
—Casi lo quiero
—¿Por qué?
—Por su trabajo, por su tesón, por el fuego de su vida Compárelo con el símbolo de las derechas Videla
—¿Y si usted hubiera nacido cubano?
—Tendría tres caminos: fanático de Castro, en el poder en vez de Castro o Castro bajo tierra
—¿Por cuál de los tres caminos cree que se habría resuelto?
—Es muy grande el hijoéputa
—¿Por qué está usted aquí, comandante?
—No hay mucha diferencia entre las izquierdas y las derechas Las dos llegaron a su límite Ahora viene el búmerang Estamos en el principio
Volteó a la barra
—¿Ve a esos muchachos, lampiños, con mando hasta de 320 hombres? Algunos querrían ser como Castro, pero de derechas
—¿Se puede?
—¿Importa? Las derechas y las izquierdas no dan más de si
—¿Me autoriza a publicar todo esto?
—Usted es periodista Pero diga que nací con el verde olivo puesto y que con él voy a ir a la tumba