Tan sólo apagar la TV

Tan sólo apagar la TV
Francisco Ponce
Cuando hay espectáculo hay boom en el negocio deportivo
Un ejemplo se da en la costa del Pacífico de Estados Unidos, excepto en Oakland, tierra de los Atléticos o patio de este equipo denominado la Legión Extranjera
Cerca de Los Angeles se dan bolsas de medio millón de dólares en premios en las carreras de caballos Un individuo llamado Jerry Buss ofreció recientemente 68 millones de dólares —1564 millones de pesos— para comprar a los Lakers de básquetbol, los Kings de hockey sobre hielo, el Fórum y otras propiedades Los Padres de San Diego y los Gigantes de San Francisco pasaron ya de la cifra del millón de asistentes a encuentros locales y los Dodgers van más allá de 13
Y hasta allí La derrama económica no llega a los Atléticos, sencillamente porque es un equipo que pierde siete de cada diez encuentros Asisten, en promedio, 4,500 espectadores por partido
Simplemente, porque no dan espectáculo y, esta deficiencia, cuesta muchos millones de dólares
Es incuestionable que cuando hay buenas —que no grandes— inversiones, la gente acude al espectáculo Pero cuando las cuestiones marchan mal, los aficionados se alejan de los estadios y se refugian, ocasionalmente, en el aparato televisor, que con frecuencia se convierte en patiño del mal espectáculo deportivo
Si bien es cierto que en el estadio se pueden establecer relaciones personales entre los espectadores, según escuché decir al representante de la televisión privada japonesa en el encuentro patrocinado por Televisa la semana pasada en Acapulco, también es cierto que en el estadio el fenómeno masivo absorbe al espectador y lo conduce, en el emotivo rugir de la multitud, a su despersonalización
Quizá en la única referencia a la televisión y el deporte, Kato señaló también que aquélla no puede establecer tal relación Esto también es verdad Pero en México tendríamos que definir tal dualidad del espectáculo deportivo-televisión
No hay duda de que los estadios cada vez son más insuficientes para que el público interesado pueda acudir a presenciar el espectáculo Primero, la radio inició la extensión del evento, la transmisión de lo noticioso hasta otros muchos lugares, donde la gente no podía acudir al evento
En México, la radio inició transmisiones de beisbol de Ligas Mayores con altoparlantes en lo que es hoy el Monumento a la Madre, apoyado en un pizarrón magnético para que los transeúntes pudiesen tener una idea de cómo iba el partido Los altoparlantes servían para que los locutores hicieran emotiva la transmisión y dar la idea de un espléndido juego de pelota
Hoy, la televisión nos proporciona esa misma sensación, pero a través de las voces, de lo que estimo debe calificarse como terrorismo verbal del locutor deportivo, cuando mediante gritos y mentiras intenta distorsionar lo que está en la pantalla
Una circunstancia queda bien clara: la televisión no ha podido —y creo que no podrá hacerlo, a pesar del gigantismo de la pantalla y del estridente sensorround y los olores artificiales— sustituir la visión total, la realidad sensible, la posibilidad de interpretarlo todo como está ocurriendo, la personalización del evento
Cuando hay un locutor como parte principalísima del ruido para captar el mensaje de la cancha, lo mejor, si no es posible asistir al estadio y uno tiene la curiosidad de ver cómo va el partido, bien sencillo: bajar el volumen o cambiar de canal
Es la única solución