DIALOGOS A MEDIA CALLE
Sepelio de la unidad nacional
Ricardo Garibay
Moncho descarga de sus hombros el tanque de gas y retrocede un paso:
—Cuál es la bronca
—Ninguna bronca, sólo eso: qué piensa usted de la muerte de Diaz Ordaz
—De aquí o qué digo
—No, mire, soy reportero de un periódico Diaz Ordaz, el que fue Presidente de la República
—Aaah sí ¿y lo va a escribir? ¿sin foto? Póngame Moncho el del gas, ya sabe que aquí para servirle ¡Nooo ps cuando se muere uno desos patrones, uno psqué ¿no? ya el señor chingó a su madre y psuno, sigue chambeando! O como qué quiere que le diga Y digo ¿va sin foto? Usteái le quita las palabras impropias
—No me sumo a los deudos ni a la fallida reinvindicación —dice Monsivais; su calculado hablar balbuceante, sus intermitentes puntos suspensivos Señaló que el despliegue de deudos —previsibles y muy merecidos todos ellos— no fue abrumador; que quien muere habiendo tenido recursos del poder; y que quien muere habiendo hecho el bien, recibe la simpatía y las lágrimas de mucha gente Dicho lo cual, estimado licenciado RG, declaro que es usted la honra de un pueblo, y que cuando usted muera —ojalá no ocurra nunca— no lo llorarán los ásperos cocodrilos sino las soleadas mariposas
—Para mí simplemente —dice José Bolaños, cineasta—, para mí simplemente ¿quieres que te diga una cosa? para mi simplemente es un personaje siniestro, para mi generación es un personaje siniestro, nos dejó sencillamente en la o sea lo que te quiero decir es que las alabanzas que hoy se le dedican son nulas, porque en la política mexicana porque haz de saber que una es la realidad y otra es la política mexicana se acostumbran estos elogios que no convencen a nadie, pero si quieres saber lo que pienso es que eso no es ni madre de la realidad Que no vengan ahora con camuflásh de churro mexicano, la oportunidad que tuvo Díaz Ordaz como Presidente, de salir a la calle a dialogar, a abrir la democracia, la convirtió en una matazón de mexicanos
—Qué te pareció, Pepe, la presencia de Echeverría en el sepelio?
-¿Quieres que te diga lo que? ¿Al chile? Porque si quieres que te diga yo te digo una cosa: excelente fueron cosas entre ellos, Echeverría fue a ver, o sea que vio cómo cae uno de sus grandes enemigos
Emilio Uranga se dispara sin puntos ni comas: —Qué quieres saber, güero, qué te aclaro esta vez, ¿Díaz Ordaz? Mira en todo esto de Díaz Ordaz hay una cosa evidente y hay una buena porción de cosas oscuras; los latinos decían de los muertos sólo se habla lo bueno, y ahora los del sistema quieren que oigamos sólo lo bueno de Díaz Ordaz, sólo que en este caso hay asuntos que van más allá de la simpatía o de la antipatía, que el muerto pueda despertar, ¿cómo?, pues sí, esos asuntos se resumen todos en una palabra: Tlatelolco, es el acontecimiento que lo define, lo destaca y lo condena: Tlatelolco Dicen que salvó al país, que salvó las instituciones Pero nos preguntamos, ¿de qué salvó al país?, ¿de qué nos salvó?, ¿qué espantosa calamidad nos amenazaba? ¡Pero por Dios, repara en que no se nos ha informado de nada! ¡Han pasado once años y todavía no sabemos qué pasaba, qué iba a pasar, qué pasó, qué hubiera pasado si no matan a los estudiantes! ¿Peligraba la olimpiada? ¡No hay olimpiada que valga cincuenta mexicanos muertos, o quinientos, me basta la cifra mínima! Ahora, también dicen que era hombre de gran inteligencia Veamos como Presidente cometió Tlatelolco, que no revela mucha inteligencia; como jefe del sistema cometió el fiasco de la sucesión, y como embajador cometió toda suerte de despropósitos antidiplomáticos, ¿dónde estuvo su gran inteligencia? Ahora, por supuesto, las flores de las oraciones fúnebres, a falta de amor preservan intereses, nada de comenzar a atacarse unos a otros porque, señores, se nos acaba la fiesta, la ropa sucia del poder se lava en la trastienda del poder; y así es como debe entenderse la presencia de Echeverría en el sepelio: es algo que ordena el Presidente de la República para salvaguardar lo que ellos llaman la unidad nacional, o sea el frente único de gobernantes, o sea concordia en el reparto puede ser eterno siempre y cuando no entremos en dimes y diretes Qué más quieres saber, querido güero
Marta Bernal es secretaría de Gustavo Sainz el escritor, y dice que no, que sí, no que mejor no, bueno que siempre sí, y dice por fin pues que de plano no lo siento ni me da alegría, pobre del señor ese pero no me importa, yo por entonces porque me pregunta usted por los estudiantes que se murieron, ¿verdad?
—Yo no he dicho eso, Marta Solamente le pregunté qué pensaba
—Ah pus sí, por eso, yo por entonces vivía en Poza Rica, pero claro sí, he leído de las tres culturas ¿no? y óigame no francamente eso sí fue ¿cómo le diría? en eso el señor ese sí fue desastroso
—¡Hijo de la fregada! —exclama Abel Quezada— Me sorprendes Espérate, porque no había pensado Sí pues lamentable como cualquier muerte, pero caray, yo pienso como los que sufrieron Tlatelolco Ora, por otro lado, Díaz Ordaz era un miembro distinguido de la oligarquía, había sordas pugnas en el entierro, pero los cochesotes, los trajes negros corte impecable y las caras supuestamente largas eran el gafete indispensable para participar de la reunión Sí, son los mismos que van cada año a ver a Avila Camacho, o a Cárdenas Sistema sólido No hay banderas Se vale moverse de uno a otro extremo, pero nunca rebasarlos Pues no sé si te sirva esto, yo así lo veo Andale, no tiene por qué, a ver qué día de estos nos echamos con Jorge unos vinos, aunque él no beba, claro, le damos toda nuestra amistad y nos bebemos sus botellas
-Pues perdóneme usted, pero yo, como padre de familia que soy y como servidor público, aquí en la Secretaría de Hacienda sí señor, ¡pero le ruego que omita usted mi apelativo! Sí señor le decía yo creo que un Presidente por el hecho de ser Presidente merece como le digo toda nuestra consideración y respeto, porque casualmente acaso no podamos comprender, hablo desde mi modesta condición, ¿verdad? Como le estaba diciendo quién sabe qué valladares, en esas esferas de decisión y ejecución, sí esté que el señor licenciado don Gustavo Díaz Ordaz, en su calidad de jefe nato del ejército, o a mayor abundamiento, en su envestidura o como depositario del poder ejecutivo por voluntad de la mayoría, ¿verdad? Ciudadana no sé si me haya expresado
Yolanda Peña, juvenil, sonriente, hermosa, secretaria de Rogelio Carvajal, se muestra divertida, apenada, preocupada y maliciosa, porque pues ya tenía tiempo de enfermo, ¿verdad? Aunque no se sabía que estuviera enfermo, y no pues así como opinar sobre una persona no se me hace que, pues no estoy enterada, pero sí en eso no se me hace que se haya muerto así nomás sino que es cosa de política o deso
Rogelio Carvajal, joven y escritor, jefe de ediciones en la editorial Grijalbo, ataca de frente: —Muy conveniente esa muerte, para él mismo y para la nación Su presencia ocultaba o escamoteaba —o sin proponérselo hacía que así sucediera— realidades del pasado inmediato, y modos de operación del sistema que han quedado secretos y deben ser analizados públicamente Le agradecemos su muerte, entre otras cosas, porque por ella podremos tal vez asomarnos a la historia reciente de México, hacerla, exponerla lúcidamente, sin los engaños y oscuridades que tanto frenan nuestra evolución o nuestro más elemental civismo
Abraham Fortes es analista, y cuando emerge de su temible y amoroso sillón, resulta que estando en el hervidero de la vida parece que la contempla a mucha distancia: —Yo creo que le dio cáncer porque dejó a Echeverría en la Presidencia y luego porque lo cesaron de la embajada en España, donde se había presentado de frac, según dicen, él que era tan sencillo; pero mira, lo importante me lo dijo mi elevadorista, porque yo le hice la misma pregunta el mero día, me dijo: ah sí doctor, ya me acordé, sí, el Díaz Ordaz, supo pues callarse, era hombre malo, un día se puso a matar estudiantes
Fui a dar hasta El Curado de Espanto, pulquería en El Molinito Cuatro graves albañiles cataban el de avena Me escucharon cejijuntos Nos empujamos dos jícaras seguidas Jugamos tres manitas de brisca Perdí Pagué las otras
-¡Yo tvuá dcir —dijo Celio, por fin—, cuando felpa un jorocón ques lo quet tú quieres sabr, ¿no? Porquessse mueriún jorocón quequé, a ver que qué, qistamos, ¿no? ¿Yel jorocón? ¡ljorocón yasssmurióooo, yasss felpooó con ls gusns, con ls gusans, yaquistams, yaquiestams nsotrs, yel jorocón dondstáaa, dondstaáa con la gusansss, che vida, chemuért caona!
—Garibay, piense en esto —-me dice un decano universitario—: El nombre de Ignacio Chávez irá en letras de oro sobre el dintel del Instituto Nacional de Cardiología ¿Sobre el dintel de dónde colocaría usted, en letras de oro, el nombre de Gustavo Díaz Ordaz?








