Revelaciones de Danilo Bartulín

Revelaciones de Danilo Bartulín
A solas, la traición y la muerte
Ricardo Garibay
Danilo —A esa hora, cerca de las diez de la mañana, no había ya nada que hacer sino resistir a balazos en La Moneda, lo más posible No quedaba incógnita ni duda, y Allende lo confirmó frente a dos cosas importantes que sucedieron en esos momentos La primera fue un llamado del Comandante Sánchez al Presidente, desde el Ministerio de la Defensa; por encargo del general Van Schowen, el comandante Sánchez reiteraba el ofrecimiento de un avión, para que el Presidente abandonara el país, con su familia y las personas que él designara Y Allende contestó: “Dígale al General que aprenda a portarse como soldado, que yo sabré cumplir como Presidente, y no arrancaré en avión hacia ninguna parte” La segunda cosa fue que mientras caminaban analizando la situación, el Presidente y José Tohá, en el Salón Rojo, se acerca el ayudante del edecán y comunica lo siguiente: que el general Pinochet quería parlamentar con el Presidente y enviaría un vehículo a La Moneda, para sacarlo y llevarlo donde Pinochet estaba Y me dice Allende: “Dile esto: que un Presidente digno recibe en la Presidencia; si quiere parlamentar, que venga él aquí” Nunca el Presidente pudo comunicarse con Pinochet ni con los otros generales traidores, a pesar de haberlo intentado desde las seis de la mañana, siempre lo hizo por medio de Carvajal o de Baeza En una entrevista que más tarde Pinochet dio a la revista Ercilla, dijo que no habían querido hablar con el Presidente, por temor a que los convenciera Hacia las 11:50 fue el primer traquidazo Corrí a donde estaba el Presidente Caían las bombas, y él dijo: “Aquí quisiera ver al caballerito Frei”
RG—¿Por qué caballerito?
Danilo—Bueeenotú sabes, Frei es un hombre más que prudente, o como ustedes dirían sabe esquivar situaciones ¿no es cierto? Y aquello estaba lejos de ser una broma Comprendíamos que era el fin Un poco antes ya me había despedido de mi familia, por teléfono, y el mayor de mis hijos me preguntó: pero, papá ¿y dónde está la guardia de Palacio, y los militares amigos? Estamos todos —contesté—, el Presidente no va a abandonar La Moneda, así que aquí nos quedaremos La despedida era definitiva, pues; si lo que no consigo explicarme, de repente, es por qué sigo viviendo, cómo no me mataron Después supe que mi hijo había estado todo el día a la ventana, con el revólver perfectamente preparado, esperando a los milicos
Danilo Bartulín, el íntimo amigo y médico de Allende Flaco y alto, de cabeza grande, cabellos largos y castaños, nariz caricatura —de tan torcida y aplastada—, blanco terroso, levemente pálido, sonrisa que se disimula y se escabulle, dientes opacos, tristes, y vencidos hombros y manos poderosas Danilo Bartulín, que hasta hoy se había negado a hablar de lo mucho que vivió de Allende, y luego, de la infamia en su patria El era, además, uno de los miembros de la Dirección de Seguridad personal del Presidente de la República
Bebemos vino chileno —del de aquel tiempo ¿no es cierto? nada con lo de hoy— y de cuando en cuando damos sorbos de café
RG—¿Por qué tenía que recordar en esos momentos a Frei, el Presidente Allende?
Danilo—Frei era Presidente del Senado y estaba muy al tanto del golpe y pudo evitarlo Frei nunca se curó de la amargura de haber entregado el poder a Allende A Scherer le dijo en una ocasión: “Mire usted que ironía, yo, que siempre he sido una alternativa frente y contra el marxismo, le entrego el poder a un marxista”
RG—¿En algún momento culpó el Presidente a alguien, y en forma directa y expresa, del golpe?
Danilo—La última mañana, allí en La Moneda, y señaló a Frei como uno de los responsables También dijo Allende, casi con alivio, como quien ha estado esperando durante mucho tiempo una grave calamidad: “Esto es el fin Esto es el fin”
RG—Si Frei estaba enterado, muchos más estaban enterados ¿Quiénes eran y desde cuándo lo sabían?
Danilo—Desde luego lo sabían todos los que después resultaron importantes en los cuadros de la usurpación, y nosotros esperábamos el estallido desde hacía más de dos meses, sabíamos que todo podría dejar de ocurrir menos la traición que dondequiera iba asomando las narices Mira, el 20 de agosto de 73, veintiún días antes del golpe, vamos a Chillán, lugar del nacimiento de O’Higgins Hubo un desfile popular Marchaban con el puño en alto y los acompañaban tocando y cantando bandas militares, cosa que no se había visto jamás en Chile Y todo parecía estupendo ¿no es cierto? Pero mientras eso está sucediendo me informan que Ruiz Danyau, desobedeciendo enfáticamente órdenes del Presidente, se niega a entregar al general Leigh el mando de las fuerzas aéreas chilenas —la FACH— Se lo comunico a Allende, que me ordena “Prepara el regreso, ya, con gente muy nuestra” Preparo el helicóptero en que vinimos cuatro gaps (el GAP era el Grupo de Amigos Personales) y yo, como escolta personalísima del Jefe del Estado, además el Cdte Sánchez, edecán aéreo del Presidente y dejo fuera a las mujeres, a Tencha y a Moy, que regresarían en coche a Santiago El Presidente dispuso que aterrizáramos en Carabineros, la fuerza que hasta ese momento se había mostrado indudablemente leal; el Presidente ya no confiaba ni tantito así en la fuerza aérea, y aún más, tenía ya la certeza de que se había sumado a un plan enemigo; es decir, que si en esa tarde aterrizamos en la pista de la FACH, Allende hubiera sido hecho prisionero el 20 de agosto Yo le hice ver a Allende que los pilotos protestarían y que nos estábamos exponiendo a un zafarrancho en pleno vuelo, aparte de que toda la FACH vería que habíamos descubierto su juego Ordené que aterrizáramos en Tomás Moro, la residencia presidencial Y ya llegando, volando ya sobre Santiago, comencé a vivir los cinco minutos más largos de mi vida El helicóptero daba vueltas y más vueltas, de alguna manera los pilotos se estaban tanto tiempo para no bajar en Tomás Moro Es el tráfico aéreo, es el tráfico aéreo, decían Los gaps se disponían a entrar en acción cuando a regañadientes los pilotos enfilaron hacia la casa
RG—Ya veo El once de septiembre amaneció sin ninguna sorpresa para Salvador Allende
Danilo—Pero mira, viejo, si Allende le dice a Scherer, en Cañaveral, en el año de 72: “Estoy en la última trinchera, ya no hay camino adelante ni hacia atrás”
RG—¿A qué crees tú que debe Frei su larguísimo ascendiente en el ánimo de los chilenos? ¿Cuánto tiempo hace que oímos hablar de él en la cumbre?
Danilo—Frei representa a los sectores reaccionarios, oligárquicos y ligados al capital extranjero Son tal vez minoritarios dentro de la Democracia Cristiana Sin embargo, controlan el aparato orgánico del partido y sus recursos económicos que provienen especialmente de Estados Unidos y de la DC internacional Frei mismo y los sectores más vinculados a él dentro de la DC, así como los grupos financieros y políticos foráneos, se han encargado de crear una imagen favorable del personaje El objeto de la exaltación de Frei ha sido contrarrestar el ascenso creciente de las fuerzas populares y mantenerlo como elemento de reemplazo al servicio de los grupos económicos e internacionales a los cuales ha servido permanentemente
RG—Recuerda, Danilo, cuéntame más del once de septiembre, por favor
Danilo—Por dondequiera se anunciaba la catástrofe El día ocho, un contingente de milicos de la FACH había allanado la Sumar, fábrica textil en las afueras de Santiago Se hablaba de muertos y heridos, y las versiones eran confusas Me dicen Allende y Prats: “Vete a Sumar, sin credenciales, como médico, como quien no quiere la cosa ¿no es cierto? consíguete una niña, una compañerita, en fin, nada oficial, a ver qué está pasando” El ejército había allanado en virtud de la Ley de Armas que no pudimos parar en el Congreso porque no juntamos el tercio de parlamentarios —ve tú cómo las cosas se fueron encadenando para configurar el desastre—; y la ley esa facultaba a las fuerzas armadas y a la policía, sin más apoyo que una denuncia anónima cualquiera, para entrar en las casas, en los domicilios particulares a desarmar y apresar a la población civil Esa ley fue una gran pérdida para nosotros, y sobre todo para las ideas centrales del buen gobierno, que Allende preconizaba Pues voy con la niña, inofensivamente, y entro en la fábrica Había un ambiente de guerra Desde luego vi la verdad de lo ocurrido Los obreros habían disparado algunos tiros locos y el ejército había operado profesionalmente, los había baleado en regla Había muchos heridos, y muchos obreros estaban siendo interrogados como después se volvió costumbre: ojos vendados, golpes, toques eléctricos, simulacros de fusilamientos, allí en Santiago, a unos cuantos kilómetros de La Moneda Allende y Prats estuvieron de acuerdo: el golpe ya está aquí, y todos están metidos en él Lo que de un momento a otro iba a desatarse hallaría a cada uno de los poquísimos leales en perfecta soledad
RG—Más, Danilo, más
Danilo—Ya, ya, en esto estamos Quiero decirte cómo se tocaron puertas que no llegaron a abrirse Diez o doce días antes, me dice Allende: “Vamos a la casa del cardenal (una casa pues que así nombran), me esperas, debo entrar solo, voy a hablar con Aylwin y los otros” Aylwin jefaturaba la Democracia Cristiana, en ausencia de Frei, y pronto sabríamos por qué Frei estaría ausente de aquella casa aquella noche Esperé en el automóvil mucho tiempo, hasta la una de la mañana ¿Qué pasó, doctor —le pregunté cuando Allende se sentó a mi lado, en el asiento trasero Se veía terriblemente cansado y muy amargo, con mucho desaliento ¿me explico? Cómo le fue, doctor —insistí— “Me fue mal Esa gente no quiere nada” No recuerdo exactamente si esa noche o antes de esa noche le planteé un plan que se me había ocurrido, de ver y sopesar lo que estaba sucediendo “Doctor, nos está quedando una única salida Usted toma un avión y se va a Argel, a la conferencia de los no alineados Y luego de la conferencia se va usted a Roma y habla con el Papa” “Ajá —dijo muy lentamente, meditando el propósito—, si yo mismo he estado pensando eso desde hace varios días” Y quiero decirte que el avión estuvo listo para despegar hacia Argel durante más de una semana, pero los partidos políticos no dieron permiso al Presidente para salir del país Iríamos con él, el Perro Olivares, un edecán, un gap y yo mismo “Vamos a casa” —dijo Allende— Serían ya las dos de la mañana Se veía triste La noche toda era una enorme tristeza Cuando llegamos a Tomás Moro, Aka, su perro, un perro grande, muy hermoso, vino corriendo y se le paró de manos contra el pecho, y el Presidente jugó con él un rato y me dijo de pronto, cuando ya caminábamos por el jardín de la casa: “Tengo dos amigos: Tú y mi perro Dos amigos”
—Cuando te quedan esos dos amigos, sólo esos dos, y Judas te va rodeando de modo que ya lo ves aparecer en todas partes, y además conoces el despeñadero donde desbocarán a tu nación, entonces echas mano de todo a tu alcance, ¿no es cierto?, cada idea, cada proyecto o maniobra se te convierte en una posible salida, en una última esperanza, cualquier cosa menos llegar al precipicio Quiero decirte que el autoatentado estuvo listo en todos sus detalles durante más de diez días; nos hubiera permitido implementar cosas, medidas, desenmascarar, qué se yo; pero el doctor nunca nos dio luz verde De muchos modos le repugnaba echar mano de los recursos del político petardista Nítido siempre, hasta en la total derrota
Danilo Bartulín se levanta, abre cajones, remueve papeles, regresa y me tiende varias hojas manuscritas
—Mira —dice—, estas notas que escribí, digo, sobre aquel día, desde el amanecer hasta las once cincuenta, que nos arrojaron la primera bomba Tú ve Yo sigo con lo que me preguntes
11 de septiembre de 1973 6:30 am En Tomás Moro Informaciones confusas Sublevación parcial de la Marina (unidades Simpson y Almirante Latorre) Infantes de Marina en camino a Santiago Allende se comunica Carabineros Detendrán Infantes
7:10 am Allende teléfono a General Breidy Breidy no sabe nada Allende le ordena tomar medidas
7:20 am Traslado a La Moneda (Allende dijo siempre: en caso de golpe estaré en La Moneda)
7:30 am En La Moneda El Presidente no consigue informes Seguro: las cuatro armas están en nuestra contra
7:55 am Desde Moneda, Allende habla por Radiocorporación, al país “Informaciones confirmadas indican que un sector de la Marina se ha sublevado y tiene ocupado Valparaíso Santiago está acuartelado y normal Yo estoy aquí defendiendo el gobierno que represento por mandato del pueblo, estén atentos y vigilando, no se dejen provocar, espero que los soldados de la patria tengan una respuesta positiva y defiendan la Constitución y la ley Los trabajadores deben movilizarse a sus sitios de trabajo y esperar nuevas instrucciones del compañero Presidente”
Llegan Ministros, funcionarios y amigos Ministerio Defensa tomado por golpistas
8:30 am Generales traidores lanzan primera proclama radial: que renuncie Allende, Merino y Mendoza se autodesignan para los mandos de Marina y Carabineros
El Presidente puede ver la magnitud de la traición Sereno Conversa analizando situaciones, por salones de Palacio Casco puesto Desde 29 junio el casco estaba sobre su escritorio, para una ocasión como ésta
9 am Estoy en la calle (Morande 80) Compañero gap Carabineros en la Guardia del Palacio apresan intendencia a Miriam Contreras, Pallita, secretaria privada, a su hijo Enrique y a compañeros de seguridad presidencial Comandante Grez, edecán naval del Presidente, se niega a intervenir Informo al Presidente, que ordena a generales de carabineros Sepúlveda, Urrutia, y Alvarez liberar detenidos quienes no pudieron hacerlo Esto demuestra que Carabineros y Grez estaban en golpe desde esa hora
9:30 am Grez, edecán naval, Badiola, edecán del ejército, y Sánchez, edecán fuerza aérea, piden reunión a solas con Presidente Montamos guardias en puertas acceso al Despacho Yo en puerta baño, entreabierta Escucho Insisten Presidente debe renunciar, todas fuerzas armadas en golpe Presidente no renuncia Se despide de mano Comandante Sánchez realmente apenado
10 am Presidente improvisa segundo mensaje país, conocido mensaje mundo entero: Ultimas palabras de Allende Serenidad total Nos dice luego: “Bueno, tendremos que combatir, así que vamos recorriendo el Palacio, para tomar posiciones de combate”
Se acercan tanques Tropas vienen desde La Alameda y Estación Mapocho Yips con ametralladoras y cañones Camiones militares Fuego Contestamos Dos tanques destruidos: basucazos Se anuncia: FACH bombardeará, a las 11
Las mujeres deben salir Hay ocho Están dos hijas de Allende, Beatriz e Isabel Lo decide Allende en salón Toesta, y comunica decisión de permanecer en Moneda Que salgan también los que no quieran o no sepan disparar un arma Necesita combatientes Sólo guardia personal obligada
11 am El general Baeza —ministerio defensa— promete diez minutos tregua salgan mujeres, y un vehículo Vehículo no llega Presidente insiste teléfono e intercepta sin proponérselo una llamada telefónica de Defensa: “el único objetivo que queda debe ser destruido por tierra y aire” Ofrezco mi coche estacionado en calle vecina “Anda tú y llévalas”, me ordena Allende “Mi puesto está junto a usted, Doctor” “Es una misión tan importante como pelear aquí”, dice “Así será, pero yo me quedo”
Su hija Tati, embarazada de ocho meses La Pallita se queda La Tati no quiere salir A fuerza Le cierro la puerta Le cierro la ventanilla de la puerta
11:30 am No viene el bombardeo Cada minuto parece ser ganancia para nosotros Señaló el lugar donde debe resguardarse el Presidente
11:50 am Allende pide un pedazo de pan En la cocina hay pollos, cuatro Los hervimos Pallita y yo Buscamos sal Avión muy bajo, ruido grande Cae la primera bomba Añicos Tengo herida una mano Corremos a donde Allende
12:20 am Tirados, sentados en el suelo Cascos Bombardeo muy nutrido, treinta minutos exactos
RG—Ya Bien Dime, Danilo ¿se suicida Allende?
Danilo—Lo asesinan, por supuesto, lo asesinan Yo lo conocí como pocos hombres han conocido a su propio padre, o al maestro reverenciado, o al amigo superior absolutamente entrañable Allende no pudo haberse suicidado Nada más extraño para él, nada más ajeno a él que la idea de la muerte, que el impulso suicida Era hombre de perfecto equilibrio, y en su equilibrio era un canto a la vida, era un gozo constante de vivir, aún el dolor y el peligro eran la vida que no debería cambiarse por nada, su juventud interior era inagotable Nos llevaba muchos años, y todos los cercanos a él éramos fuertes, macizos, pero sus jornadas nos agotaban hasta la enfermedad Si allí en La Moneda, organizando la resistencia, impartiendo órdenes como un verdadero Comandante, echado en el piso del comedor, disparando hacia los tanques, con su casco puesto y el rifle que le regalara Fidel (“a Salvador Allende, mi compañero de armas”) allí gritando “que todo el mundo dispare, no hay rendimiento”, allí era una plétora de vida que nos llenó de valor, de esperanza, en ese momento que se presentaba ya sin posible esperanza Un poco después moría al lado del comedor, en ese lugar lo asesinaron
RG—Espera, Danilo La Muerte todavía no Haznos ver el 11 de septiembre, todo el día y lo que siguió
Danilo—Caramba, hombre, espera no es fácil ¿no es cierto?
RG—Danilo, la lección de Allende, su sacrificio, es vital para nosotros, su sacrificio a manos de la canalla fascista, su sacrificio preparado tan minuciosamente por el gangsterismo washingtoniano, su sacrificio y el de su pueblo, consumados por esa horrenda extrema derecha criminal, eso, es una lección atroz que debemos aprender de memoria, debemos bebérnosla entera, sin dejar gota, tú lo sabes Perdóname, Danilo, sé que te estoy fregando más de la cuenta
Danilo—Sí está bien, ya estamos en esto El que sí se mata, para que veas tú, es el Perro Olivares, Augusto, secretario de Prensa y asesor del Presidente, el que hizo la entrevista entre Allende y Fidel Se mata, y cuando se entera el Presidente quiere ir a verlo, pero se lo impedimos, entre Girón y yo lo atajamos Porque era un poco más de la una, el bombardeo había empezado a las once cincuenta, y estaban ardiendo la Secretaría de Gobierno y el Ministerio del Interior, el agua corría por las escaleras, estábamos reducidos al ala que da a la calle Morandé, todavía podíamos cubrir la defensa de La Moneda desde ese sector, el Presidente sube al segundo piso y dispara desde la ventana del comedor, como ya te conté, los militares llegaban hasta La Alameda, te aseguro que de allí no pasaban, estaban con nosotros Eduardo Paredes y Poupin, calculábamos que nos quedaban unos cuantos minutos, y me dice Allende tú has sido mi mejor amigo, mi más leal amigo, y le digo sí Doctor, sí Doctor, y eso qué y me dice si quedo herido me pegas un tiro, y yo le contesto Doctor usted debe ser el último en morir aquí, y después de un rato bajamos, y me dice Augusto Olivares: dime, tú eres médico, cómo es mejor, no quiero que falle la bala, y me voy a matar, cómo es mejor, en el paladar o en la sien, pero no, Perrito, no, no te mates, hombre, espera, me voy a matar, no quiero caer en manos de los militares, dime, y entonces le dije es más seguro en la sien, pero pon derecha la pistola, porque así la tienes inclinada y la bala se puede ir en cedal, bien apoyada en la sien, perpendicular a la altura de tu frente y que no se te mueva, pero no te mates ¿qué no ves que puedes cargarte todavía un par de oficiales, a unos tres siquiera? no me contestó y se va a la pieza de junto, y estamos acá y se oye un disparo, ¡el Perrito! gritó el Negro Jorquera, y corrimos Girón y yo, ¡el Perrito, el Perrito!, tenía cuarentaidós años, un hilo de sangre en la sien derecha, respiró dos veces y murió, se estaba quemando el Salón Toesca, las lacrimógenas entraron por todas las ventanas
Empezamos a no poder respirar, las bombas y los humos, nos pusimos las máscaras de gases Llega Eduardo Paredes con el Acta de Independencia de Chile, que había rescatado en la Sala de Gabinete El Presidente recorría los puestos de combate y me ordena averiguar qué pasa en el Ministerio de la Defensa, porque Fernando Flores, Daniel Vergara y Osvaldo Puccio habían ido allá a parlamentar con los militares, de eso convencieron al Presidente, que siempre estuvo seguro de que serían apresados, y ellos habían hecho contactos con el Ministerio, había pedido un vehículo a morandé 80 y hacía ya largo rato que no regresaban Porque debo decirte que había cesado momentáneamente el bombardeo, no pasaban aviones y recorríamos La Moneda buscando heridos y muertos, y se reanuda el fuego de artillería, y el Presidente reúne a sus colaboradores más cercanos, estaban Augusto Olivares y Arsenio Poupin, Daniel Vergara, estaba Eduardo Paredes y Jaime Barrios y yo también estaba; y el Presidente pide opiniones, te estoy hablando de antes de la muerte del Perro, y discutimos qué debemos hacer; Allende insiste en quedarse en La Moneda hasta el final, que su momento histórico estaba allí, que moriría en La Moneda; la otra alternativa era aquella de ir a parlamentar con los milicos; la otra era la mía: salir de La Moneda combatiendo, era posible con los compañeros y los coches que estaban en el Ministerio de Obras Públicas, allí enfrente de donde estábamos, sería un grupo muy reducido sólo para proteger la vida del Presidente y llevarlo a alguna población, a otro sitio, el resto seguiría defendiendo el Palacio como si estuviera todavía el Presidente, tres veces estuvo todo listo para esta alternativa, las cosas sucedían a velocidad increíble o enloquecida o como si estuviéramos soñando en ellas ¿no es cierto? tres veces y nunca se decidió el Presidente, y me decía Coco Paredes lo que pasa es que tú te quieres salvar, tú sales con el Presidente, qué te pasa le dije yo no salgo, yo no me voy, yo me quedo aquí
RG—¿Heroísmos y frases inmortales que los acompañan, Danilo?
Danilo—Te salen de a güevo, hermano, de pronto Ahora sigo para no perder la secuencia Y ya te digo, me ordenó averiguar y llamé por citófono al Ministerío de la Defensa y me contestaron están detenidos y la rendición debe ser incondicional “No nos rendiremos, dile a todo el mundo que debe disparar”, me dijo Allende, y estas fueron para mí sus últimas palabras, porque yendo a la planta baja a transmitir la orden, irrumpen los militares por la puerta de Morandé 80 y por el Patio de Invierno, unos veinte o treinta, nos apresan en el Patio a cuatro o cinco que allí estábamos, nos tiran al suelo, patadas, injurias, culatazos, patadas, oigo que uno de ellos grita a la gente del segundo piso tienen cinco minutos para rendirse y bajarse, el doctor Soto, que estaba en la escalera, avisa arriba y empiezan a bajar algunos, pocos, pero los más, siempre en el segundo piso disparando, no les era fácil a los militares subir, te doy mi palabra, y nos arrastran hasta la calle Morandé, sentía creciendo su ira, nos revolcábamos bajo la golpiza, faltaban diez minutos para las dos, ya no supe más que pasó en La Moneda
Todo lo estoy viendo, todo está sucediendo en este momento Te extraña que no me emocione, pero es que después vinieron tantas cosas, lo peor para cada uno de nosotros; y como que aquí estoy hablando contigo, resulta que tienes que crear un callo en el alma ¿no es cierto? para poder seguir viviendo, tienes que acostumbrarte a pensar y a sentir que así es la vida y no te ha tocado la peor parte, fíjate
RG—Los milicos sabían muy bien quién eras tú para Allende y con Allende ¿no es cierto?
Danilo—Cierto
RG—Bueno no entiendo que estés vivo Estuviste preso año y medio No entiendo que estés vivo, ni que la tortura no te haya convertido en un bagazo
Danilo—Bueeeno La irracionalidad de los militares, a veces, juega a tu favor; son imprevisibles; lo natural era que me mataran, y en su prisa, en su febrilidad, en su confusión, en aquella rabia que los lanzaba a ciegas contra todo y contra todos, no atinaron a quitarme la vida, se les olvidó asesinarme
RG—Estás tirado en el asfalto de la calle Morandé, revolcándote bajo la golpiza Qué pasó después
Danilo—Oigo que el General Palacios grita ¿quién es el doctor Bartulín? Después, hacia las cinco de la tarde, dijo el mismo Palacios: quedan en libertad pero deben presentarse en el Ministerio de la Defensa Después me aprehendieron Luego, en año y medio, estuve cuatro veces libre y tres veces preso, y sí, sí, sí, conocí la tortura, hice el curso completo, me aplicaron un buen número de sus variantes Primero firmas una confesión que nunca hiciste, confesión monstruosa, se entiende, ponen lo que se les ocurre y tú firmas nomás; luego el simulacro de fusilamiento —con los ojos vendados—; luego la pistola en la nunca, y que se mueva o no se mueva el gatillo depende de la cantidad de razón o de furia de que disponga el milico, de su impaciencia, de su digestión, del control que tenga sobre sus nervios de mierda; luego los interrogatorios, las mil preguntas idiotas para desembocar en ¿usted inyectaba la morfina al Presidente? sabemos que era drogadicto y que usted le cuidaba el vicio, díganos dónde, cómo y cuándo le inyectaba la morfina, cómo le suministraba la cocaína, cuándo, dónde (Allende, óyeme tú, que lo más de droga que tomaba era media aspirina cada dos o tres meses, para algún dolor de cabeza, y eso ya le molestaba de tal manera que prefería aguantar el dolor), pues no señor, yo no le administraba ninguna droga, usted lo firmó, lo declaró y lo firmó, aquí lo dice, así que mejor va confesando; luego los puñetazos, las patadas, los golpes con la cacha del revólver, colgarte de los pulgares, toques eléctricos en la lengua, en los ojos, en los cojones, en el ano, los espantosos golpes simultáneos en las orejas, la inmersión en aguas podridas, los ojos vendados, siempre los ojos vendados, lo cual te enloquece en muy poco tiempo, las heridas con navaja, que se te infectan, te llagan; poco a poco vas sintiendo menos dolor, tu cuerpo, toda tu organización física se va embotando, se va endureciendo, se va ablandando hasta ser un solo tumor monstruoso, insensible Este es el médico de Allende, denle mucho —oí que decía alguien Nos habían encerrado en un camerín en el estadio de Chile, éramos once, los once apóstoles, decían, once seleccionados por su cercanía a Salvador Allende De allí nos llevaron al estadio nacional y nos apartan, éramos parcelados, no estábamos con la multitud de detenidos, la muerte se nos venía segura; un gallo de civil me señala y empiezan a golpearme, llega un uniformado: paren, y me saca a una oficina con escritorio Cuénteme cómo conoció a Allende, ¿no me recuerda?, yo trabajé en Tomás Moro Y cierto, lo había visto en la casa del Presidente, era de Carabineros Me llevó a otro camerín, aparte, con otros presos, me dijo: cuídese mucho, cuídese mucho Desde las cinco de la mañana se hacía un silencio total en el camerín, una tensión que hacía estallar el cerebro, porque a las siete aparecían los torturadores y se llevaban a éste, a ése, al otro, y regresaban a las siete de la noche, doce horas seguidas de torturas, los compañeros regresaban en muletas, en camilla, desfigurados, enloquecidos, en agonía, masas blandas, y siempre entre cerradas sombras, en la oscuridad, entre sombras casi sólidas, en medio de una especie de vaga pesadilla, era algo afantasmado, fantasmal
RG—¿Matarías a tus torturadores, a los torturadores de tus compañeros, si los tuvieras a tu alcance?
Danilo—Sí
RG—La nostalgia, el recuerdo de tu patria, de tu gente ¿es un sufrimiento muy intenso? ¿La imposibilidad de regresar?
Danilo—Sí, muy intenso, sí En el estadio de Chile, antes del Nacional, estuve en el camerín con Víctor Jara Entrando en fila al estadio, las manos en la nuca, como a las siete de la noche del día 12, un mayor de carabineros me reconoce: “este es el médico del chicho”, el comandante del campo, Comandante Manríquez, muy fascista, me pone la pistola en la nunca y dice: te llegó tu cuarto de hora, este déjenmelo aparte; me echan al suelo y empiezan a patearme como si quisieran partirme en pedazos, y de repente va entrando un grupo grande de detenidos de la Universidad Técnica, y de ese grupo apartan a uno, este déjenmelo aparte, volvió a decir Manríquez, y botan al apartado y viene a dar junto a mí, era Víctor Jara, y allí estuvimos Víctor y yo tirados, pues, nos pegaban mucho, no entendía cómo podíamos resistir tanto, ya en el estadio había como tres mil hombres prisioneros, y como a las tres de la mañana se me acercó un teniente y me dice que si me quería sentar y le dije sí y me ofrece un cigarro y se lo acepto y empezamos a conversar y yo le convidé a Víctor la mitad del cigarro, el teniente no quiso darle, y me preguntaba, sobre la vida de Allende, y Víctor seguía tirado, desfigurada su cara, un ojo alarmantemente destrozado Quedamos desde entonces hasta el día 14 separados de los demás presos, los tres días del estadio de Chile como cárcel Se cansaban de golpearnos y podíamos hablar A Víctor le hacían el cargo de peligroso dirigente extremista Se hacía muchos recuerdos de su familia; su mujer, sus hijos, hablaba mucho de ellos, y de sus proyectos, que estaba montando una obra de teatro, en fin
Había ya cinco mil gentes en el estadio Los milicos andaban con más pánico que los prisioneros Vimos matar a muchas gentes delante nuestra Los malditos reflectores durante toda la noche, directos a las caras de la muchedumbre aquella innumerable, las ráfagas de ametralladoras cada media hora, para mantenernos agachados y espantados La vida, en verdad, puede hacerse horrible, puede convertirse en algo infinitamente repugnante
Empezó el traslado al estadio nacional Salieron todos los grupos y quedamos 50 hombres, los más señalados para los milicos Estaba Víctor y Manuel Cabieses estaba Laureano León —subsecretario de previsión social—, Gualdo Suárez, Subsecretario de Educación, Darío Pérez, estaba Adrián Vázquez, en fin Ya íbamos, y viene Manríquez y dice: a este bórrenlo de las listas y llévenlo para abajo, y salgo de la fila y queda descubierto Víctor, y dice Manríquez: este hombre también para abajo, y luego también Litré Quiroga Sabíamos que ir abajo era la muerte, muchos compañeros fueron y no subieron nunca más; ya me habían bajado una vez y vi montones de cadáveres mutilados que eran botados por las calles durante las madrugadas Quedamos en el estadio de Chile sólo los tres: yo y Víctor en un urinario, y en otra pieza Litré Quiroga Sabíamos que era la muerte Fue la muerte para Víctor Jara Y es donde uno dice ¿y yo por qué sigo viviendo? Porque sorpresivamente me llaman, me suben, me meten en un camión blindado, allí están todos los últimos cincuenta que te dije
Llegamos al estadio nacional, camerín número dos, como a la una de la mañana A las cinco estábamos dormidos ¡En pie! Eran los militares Uno de civil me señala con el dedo: ¡ése es! El nuevo comandante saca la pistola corta cartucho, me la incrusta en la nuca: vamos andando Sala pletórica Un coronel del servicio de inteligencia de Carabineros dice: a éste hay que darle duro y sacarle toda la información relativa a Allende Me torturaron a fondo, vendado de los ojos y amarrado a una silla Los enloquecía buscar secretos vergonzosos de la vida privada del Presidente Se agotaban golpeándome Se dieron gusto imaginando dolores insoportables Esa fue la primera vez Otro día me entregaron a los grupos de la FACH, esos eran verdaderamente temibles Fue a las 3 de la tarde Me desnudaron, me vendaron, me amarraron El agua, golpes muy fuertes Las corrientes eléctricas Oí que alguien dijo: éste no da más, ya dejen Me sacaron no se a dónde Me hicieron tocar las puntas de varios cuchillos “Estás frente a un pelotón Ahora sí te vamos a fusilar, así que dinos la verdad ¿Te acuerdas de tus hijos que tienes? Son niños ¿Te acuerdas? Son chicos” Dispararon al aire Quedé muy mal cuando me llevaron al camerín Hubo más veces Quedé muy mal física y síquicamente
RG—¿Qué hubo después, Danilo? ¿Cómo llegaste a México?
Danilo—Andando meses me llevaron a Chacabuco, en el Desierto de Atacama, al norte de Chile Cincuenta grados de calor, y bajo cero en las noches Pero bueno, te puedes mover ¿no es cierto? Puedes trabajar Fundamos una policlínica, la organizamos bien De noviembre 73 a abril 74 Luego a la cárcel en Santiago, de nueva cuenta Luego libertad condicional Luego preso Luego libre otra vez, etc Luego arraigado hasta abril 75 Por fin consigo pasaporte, y a Caracas, un mes Y luego acá, con ustedes
El rollo ha sido grueso, muy grueso No es fácil para nadie, ni siquiera para este Danilo Bartulín de franca mano y sonrisa que no quemó el infierno, volver a atravesarlo Nos sirven un poco de café, nos llenan de vino las copas Hay cien colillas en los ceniceros Han sido muchas horas, está amaneciendo y todavía no terminamos Me dice está bien, está bien, tú dirás cuando terminamos
RG—Esto, Danilo, y si acaso un par de preguntas más
Danilo—Sí, qué cosa
RG—¿Por qué pierde Allende? ¿Cuál fue su culpa? ¿Dónde resulta ciento por ciento víctima de los traidores y el patrón imperialista?
Danilo—En verdad Allende no ha perdido ante el pueblo, y no perdió tampoco el 11 de septiembre El pueblo mayoritariamente, siempre le dio todo su respaldo y apoyo A pesar de los desesperados esfuerzos de la dictadura fascista por desprestigiarlo Su imagen, su figura y su ascendiente se han acrecentado Allende fue derrocado y asesinado por una coalición de fuerzas muy poderosas representadas por la oligarquía criolla y el imperialismo norteamericano, frente a cuya conspiración el pueblo chileno no tenía ni la preparación ni la capacidad de respuesta adecuada No pretendo desconocer o ignorar algunos errores cometidos por la Unidad Popular, pero ellos no fueron determinantes de la caída del gobierno de Allende Lo fundamental y decisivo es la conjura interna e internacional destinada a aplastar la experiencia chilena de avance hacia el socialismo Luego yo creo que Allende buscó la amistad de los militares, buscó con ellos compromisos ideológicos y de corazón, de lealtad personal, creo militares como Prats Allende le pidió a Prats que siga, Prats no pudo y no quiso, tuvo miedo, miedo a lo que se veía venir, miedo a la violencia, a las matanzas, a las formas de la tiranía Prats también se engañó mucho al final, le aseguraba a Allende que Pinochet se mantendría leal a la amistad y al honor de su oficio y de su grado La traición se dejó venir de muchas partes, Mendoza interviene la radio comunicación de carabineros, cuerpo de probada lealtad al Presidente, por eso éste no consigue contacto durante toda la mañana Por otro lado, recuerda la cobardía y la avaricia de la alta clase media chilena, y el libertinaje, que ya no era libertad de expresión, el libertinaje injurioso a que se entregaron los diarios de Santiago No puedes proponer democráticamente, a la gente del dinero, que reparta un poco, que comparta un poco con el pueblo, porque esa gente se las va a arreglar para tirarte, de todas, todas
RG—Cómo era Allende Qué era en él lo más notable
Danilo—Allende es uno de los hombres más devotos que yo he conocido Devoto de la amistad, del sentido de la honorabilidad, de los compromisos del espíritu Era realista ciento por ciento, pero la generosidad de su alma y el respeto por la voluntad ajena lo hacían parecer idealista
RG—¿No le conociste ninguna dureza?
Danilo—No perdonaba el engaño
RG—¿Hubiera sido capaz de mandar matar?
Danilo—Políticamente, sí; y sobre todo si hubiera sido para bien de los jodidos, de los que trabajan pues, de los tradicionales hambrientos sí, creo que sí
RG—Lo amabas, lo reverenciabas evidentemente
Danilo—Ilimitadamente
RG—¿Qué es más, Danilo: un padre, o un hombre así, líder de la nación, líder de una ideología, maestro y amigo superior y absolutamente entrañable?
Danilo—Un hombre así, como estás diciendo, como Salvador Allende
RG—¿Cómo lo conociste?
Danilo—Porque yo ejercía mi profesión de médico en Chiloé, al sur de Chile, allá la casa de mis padres, yugoslavos, hijos de yugoslavos, chileno yo mil por ciento, y se presentó un día Allende, en su campaña para senador, y yo lo llevé en mi coche a Ancud, de ida y vuelta, yo ya trabajaba en la política, claro, era yo allá el vicepresidente de su campaña, claro, y no perdió tiempo, le gustó mi manera de manejar, y fuimos hablando, y me hizo su amigo, su confidente, su médico, su discípulo, y él me habla de tú, claro ¿no es cierto? y yo le digo Doctor y de usted
RG—¿Qué edad tenía cuando lo de La Moneda?
Danilo—Bueno, él cumplió hace pocos días setenta años, sí, tenía sesentaicinco cuando La Moneda
RG—Dime, dibújame la imagen que más amas, que más recuerdas, que más reverencias, de él, de Allende
Danilo—Ayer ya me preguntabas eso, y estuve pensando como sin querer, apartando cosas, escogiéndolas, sí Son muchas imágenes, es decir; las del Allende de todos los días, sí sí, las del Allende de todos los días, como cualquier otro gallo que los vive sin más nada, alegremente, con buena voluntad Así de grande la cosa