El Manual del Distraído, –cuyo título fue originalmente el nombre de la columna que Alejandro Rossi publicaba en la Revista Plural en donde escribió de 1973 a 1977–, es una obra que contiene relatos, pequeños ensayos y narraciones breves que fue publicada por primera vez en 1978
El año pasado cumplió 30 años de ser publicado por primera vez bajo editorial Joaquín Motriz, se ha reeditado en siete ocasiones por varias casas editoriales, entre ellas por la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica (FCE) en 1987, que posteriormente realizó tres impresiones más del libro, la última en 1997
Rossi quien nació en Florencia, Italia en 1932 falleció a los 76 años de edad en esta ciudad Llegó a México en 1951 y estudió filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), más tarde trabajo como profesor e investigador en esa institución donde fue nombrado Investigador Emérito por la UNAM en 1995
Nacionalizado mexicano en 1994, fue miembro del Colegio Nacional (1995), Premio Nacional de Ciencias y Artes (1999) y en 2006 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Edén Vida marginada, su última publicación
A continuación aparece el texto El antimanual de Alejandro Rossi publicado en Proceso (0105) en 1978 por Armando Ponce, que fue tomado en España como contraportada del libro Posteriormente aparece el apartado de Confiar del Manual del distraído, otorgado por el FCE
“Cuando Plural era Plural, no había uno acabado de leer el último número cuando ya ansiaba tener en sus manos el siguiente Mes con mes la misma necesidad No se trataba tan sólo de un fenómeno de voracidad debido al deficiente movimiento cultural en nuestro pueblo, donde por otra parte el artista o el filósofo están condenados a ser vistos como seres sin beneficio y de oficio ridículo, inservible, despreciable
El antiguo Plural, como se le llama, sería esperado de la misma manera en un país donde el quehacer cultural haya recibido el sitio que le corresponde como modelador del espíritu, instrumento insustituible del hombre Ello por la indudable calidad y el aporte renovador de esa revista El calificativo de elitista que sus enemigos le dieron, nunca fue acompañado de una acción que los sustituyera en esos aspectos de calidad y renovación, ni siquiera incluso de circulación: la obra de estos detractores no se habría podido calificar de elitista, puesto que no existía La impotencia creadora siempre se alimenta de la crítica fácil, y de ahí que sea explicable que a más de alguno de estos genios de la cultura para el pueblo le causara honda satisfacción la cancelación del Plural de Paz Su premisa pareció ser: contra el elitismo, el silencio Ahí están los resultados Pero afortunadamente, tenemos Vuelta Y bien: una de las razones por las que se busca el Plural y se buscaba hoy Vuelta, es por los textos de Alejandro Rossi, que ahora recoge en El manual del distraído (Joaquín Mortiz), libro de ingenio no premeditado, anti-manual de reflexiones, memorias, opiniones, dudas, experimentación literaria, curiosidades grandes y pequeñas, confesiones sin patetismo, episodios cotidianos o personalísimos, etc Se puede decir mucho del libro Esta facilidad nace de la falta de unidad temática de los textos, ya que son artículos editados a lo largo de 4 años (por cierto, unos cuantos publicados también en Diálogos, la Revista de la Universidad y La Vida Literaria) Puede abrirse en cualquier lugar Pero hay un ritmo constante: por un lado, el gusto de trasmitir literariamente; por el otro, una especie de ajuste natural entre el individuo y el mundo No en balde el primer texto, Confiar, sitúa sobre toda duda racional la existencia del mundo y, por ende, de quien lo piensa o lo ve o lo vive Pero aceptado este luego existo en base a un elemental "confío", queda la descripción y la interpretación, la crítica de sí mismo y del mundo Entra ahí la labor de este trabajador intelectual que es Rossi, según parece obligado a concluir Y entonces el mundo, de pronto, o bien el mundo creado por el hombre, se le aparece como "objetos sin historia, que nos rodean de soledad “No hay unidad temática, sí estilística, como lo dice Rossi Su breve introducción al libro es la mejor presentación Unidad estilística a través de la diversidad de géneros Rossi propone textos que la experiencia, su vivencia, le ha propuesto: de niño robó una linterna, de estudiante tuvo como maestro a José Gaos, amante de la poesía encontró a Borges, jura haber visto a Caperucita perseguir un lobo Mueve, hurga, camina Lleva un cuaderno en el que a veces toma notas No pontifica sobre lo que ha visto, pero desprecia la miopía Ser filósofo, escritor, crítico, historiador, maestro, todo eso que es Rossi o muchos hombres, no es nada si no es antes el hombre que ve “Decir algo, según el Manual del distraído, presupone un juego vital y mortal: ver”
Confiar
“Para Boswell la doctrina de Berkeley era falsa, aunque imposible de refutar El doctor Johnson, más inspirado, más impaciente que su biógrafo, le dio una fuerte patada a una piedra a la vez que exclamaba “¡Yo la refuto así!” La existencia de la materia o, en términos más generales, la del mundo externo –según ellos negada por Berkeley– no exigía demostraciones Era suficiente un manotazo, un puntapié, la más trivial de nuestras acciones En 1939, durante una conferencia famosa, G E Moore anunció que podría probar –en ese momento– la existencia de dos objetos materiales Sostuvo que bastaba levantar sus manos, hacer un gesto con la derecha mientras decía “Aquí está una mano” y luego mover la izquierda agregando “Aquí está la otra” El doctor Johnson y Boswell continuaron conversando acerca de otros asuntos Moore, el filósofo, comenzó a explicar por qué la exhibición de sus manos garantizaba la realidad del Universo Una conclusión esta cuya familiaridad no es un motivo para rechazar el análisis que la fundamenta: innumerables personas creen en la existencia de Dios y, sin embargo, no ha sobrevivido una sola prueba de ella El cardenal Newman –hombre longevo, converso, y a quienJoyce consideró el mejor prosista de lengua inglesa– se asombra, en su Gramática del asentimiento, del número de creencias que en la vida diaria aceptamos como absolutamente ciertas no obstante que se basan sólo en premisas probables Muchos de los ejemplos que nos propone el cardenal revelan una epistemología empirista clásica, y al igual que los escépticos antiguos –digamos Carnéades– admite la necesidad práctica de un conjunto de creencias cuya certeza no es demostrable Pensamos y actuamos como si fuesen verdaderas: para vivir tenemos que asentir, de manera incondicional, a proposiciones meramente probables Una de las tareas filosóficas es, entonces, analizar esta desproporción entre las exigencias cotidianas absolutistas– y las conclusiones severas de una teoría del conocimiento en el fondo escéptica La posibilidad contraria es intentar la justificación gnoseológica de algunas creencias a la vez comunes y básicas El doctor Johnson rechazaría el primer proyecto por extravagante y el segundo por pleonástico Nuestros movimientos habituales implican, en efecto, determinadas convicciones Contamos con la existencia del mundo externo cuando nos sentamos en una silla, cuando reposamos sobre un colchón, cuando bebemos un vaso de agua Cualquier acto –salvo quizá una permanente autocaricia– supone la presencia de objetos, cuerpos y rostros Afirmar la irrealidad del prójimo no pasa de ser una arrogancia o un hartazgo provocado por su insoportable cercanía Soñarlo como un reflejo nuestro es una ilusión peligrosa y siempre efímera Tal vez en algún momento nos pasmó la idea según la cual es imposible probar la existencia de los objetos no percibidos; pero es difícil, por ejemplo, que esa confusión modificara la costumbre de pensar que el árbol que nadie ve sigue estando allí O que creyéramos, después de esa batalla filosófica, que el libro o el cuadro desaparecen cuando no los miramos O que volteáramos constantemente la cabeza para apresar el instante en que el sillón regresa a su sitio O que me preguntara –ya en pleno fanatismo– si estas tijeras sólo envejecen en mi compañía “Confiamos, además, en que las cosas conservan sus propiedades No nos sorprendemos de que el cuarto, a la mañana siguiente, mantenga las mismas dimensiones, que las paredes no se hayan caído, que el reloj retrase y el café sea amargo Comprobar que la calle es idéntica produce una alegría mediocre La contemplación del mundo como un milagro permanente es un estado pasajero o una vocación religiosa Todos somos algo nerviosos, pero el terror de que se desplome el techo o se hunda el piso no es continuo; agradecemos la vida, aunque no todos los días y a todas las horas La biología nos habla acerca de las mutaciones genéticas y, sin embargo, son pocas las personas que consideran un triunfo no haberse convertido, durante la noche, en un escarabajo o en una oruga Gregor Samsa –nos repetimos una y otra vez– debe ser una excepción Las especies no se mezclan La rutina diaria cuenta también con la regularidad de los ciclos Nos alarmaría un otoño al cabo de un invierno o un viejo que de pronto comenzara a recuperar la juventud, el pelo negro, la cara aún arrugada, un brazo musculoso y el otro apenas recubierto por una piel escamosa Envejecer tal vez sea melancólico, pero tiene la ventaja de la familiaridad Un amigo que después de veinte años mantuviera las mismas características físicas, como si el proceso se hubiese detenido, no causaría admiración sino espanto Creemos en nuestra singularidad, es decir, en que siempre será posible encontrar un rasgo, así sea insignificante, capaz de distinguir a dos hombres entre sí La singularidad, por otra parte, la soportamos hasta ciertos límites En términos generales, podríamos decir que es una vanidad y un orgullo mientras prolonga propiedades compartidas por la mayoría Todos somos inteligentes, aunque yo quizá lo sea un poco más; la valentía no es excepcional, pero es agradable imaginar que me visita con mayor frecuencia Recalcamos las diferencias que permiten las comparaciones La singularidad total, por el contrario, asusta y aísla Concebimos lo monstruoso o lo aberrante como aquello que escapa a la regla común Una memoria prodigiosa es, sin duda, admirable: la capacidad de recordar como aquel Ireneo Funes la forma exacta de las aborrascadas crines de un potro entrevisto hace quince años es para decir lo mínimo inquietante Nos excita encontrarnos con una persona que prevé alguna de nuestras acciones futuras; lo es menos escuchar el informe de lo que haremos cada día de la semana próxima y comprobar que, en efecto, el miércoles a las cuatro de la tarde cambiamos de lugar el cenicero, que el viernes, alrededor de las doce y quince, decidimos sacar el pañuelo del bolsillo y que el sábado, como se nos había dicho, nos asomamos a la ventana unos minutos después de haber hablado por teléfono Pero el exceso de semejanza o similitud también es peligroso Coincidir respecto de una determinada opinión es una experiencia normal; dar con alguien que tenga las mismas preferencias, cualquiera que sea el tema tratado, es mucho más raro Para algunos la relación comienza ya a ser asfixiante Si la semejanza se acentúa y se llega a una situación en la cual no sólo a los dos nos gusta el olor de la hierba mojada, el mismo soneto y, en particular, el noveno verso, no sólo el amarillo de ese cuadro o la textura de esta pared, o esos cuatro compases perdidos en una hora de música, sino que, por añadidura, cuando reímos el otro también ríe, cuando sudamos, él suda, cuando me duele la cabeza, él también se queja, cuando me lastimo siente la herida, la participación y el júbilo de la coincidencia ceden el paso al terror y al pánico Quizá la pura réplica física, aunque desconcertante, sea preferible a ese retrato interior que arrasa con nuestra individualidad Nos han engañado y nos seguirán engañando Sin embargo es imposible vivir creyendo que en cada ocasión se requiere un examen cuidadoso o una contraprueba Cuando preguntamos cuál es la hora, no pensamos que nos están mintiendo La eficacia, para no hablar de la cordura, aconseja creer que en verdad son las seis y cuarto Sospechar del transeúnte que responde sin detenerse y sin siquiera mirarnos es una actitud que se apoya en una racionalidad lejana y abstracta No darse por satisfecho y seguir averiguando difícilmente es una muestra de rigor o de espíritu científico Una suspicacia continua frente a los horarios de trenes o aviones nos condena a la inmovilidad Salvo circunstancias específicas conviene creer cuando nos aseguran que debemos voltear hacia la izquierda o que la farmacia se encuentra a tres cuadras Compramos un libro y aunque desconocemos la editorial no juzgamos necesario revisar las doscientas setenta páginas para establecer si nos han dado gato por liebre, una novela o un reglamento en lugar del tratado Creer en el mundo externo, en la existencia del prójimo, en ciertas regularidades, creer que de algún modo somos únicos, confiar en determinadas informaciones, corresponde no tanto a una sabiduría adquirida o a un conjunto de conocimientos, sino más bien a lo que Santayana llamaba la fe animal, aquella que nos orienta sin demostraciones o razonamientos, aquella que, sin garantizarnos nada, nos separa de la demencia y nos restituye a la vida”








