Desde que las autoridades informaron que el terremoto propició la fuga de todos los presos de la penitenciaría central, los miedos y los rumores se desataron en Haití: que ya se encuentran armados y listos para la revancha, que comandan los saqueos de la ayuda humanitaria, que ya se pusieron a las órdenes de los narcos colombianos, que preparan un golpe de Estado, que… Pero ni la policía haitiana ni las fuerzas de la ONU saben quiénes son estos “peligrosos exreos”: no tienen nombres ni fotografías ni expedientes…
PUERTO PRÍNCIPE.- Los únicos haitianos que festejaron el terremoto que dejó inservibles tres cuartas partes de esta ciudad y mató a 200 mil personas fueron los presos detenidos en La Pénitentiarie.
Cuando la tierra dejó de traquetearse, la turba de 5 mil 100 prisioneros aprovechó la incertidumbre de los custodios y escapó sin problemas. Tres murieron en la confusión y uno hasta se dio el lujo de regresarse a quemar los archivos con los expedientes criminales.
Esa prisión de gruesos muros se mantiene en pie y sus paredes lucen sin un solo boquete. Unos candados tan grandes como los de las caricaturas mantienen cerradas las rejas oxidadas. Las paredes de las oficinas están tiznadas; las láminas que servían de techo ahora están en el piso, calcinadas entre una alfombra de cenizas.
En La Pénitentiarie no hay ni una sola alma purgando condena. Sus antiguos inquilinos viven ahora en los relatos –algunos ficticios como fábulas, otros cimentados en la verdad– que, de boca en boca, se cuentan los haitianos. Porque pareciera que todo mundo aquí tiene una historia que contar sobre estos criminales.
Está por ejemplo el relato de una ministra que entre la confusión del primer momento se topó con uno de ellos, a quien conocía, y que quitado de la pena le pidió ayuda. Está la de los asesinos que fueron recibidos con honores en sus barrios. La del policía acusado del asesinato de su amante que se presentó a trabajar en su comisaría, como si estuviera en servicio, y dejó un recado indicando dónde iba a hospedarse. O la del violador de barrio que al reaparecerse causó el desmayo de varias vecinas…
En la ciudad circulan rumores sobre estos presos, los cuales, de ser ciertos, podrían causar daños tan graves como los del terremoto del 12 de enero. Se dice, por ejemplo, que ya planean un golpe de Estado, que ahora mismo comandan el pillaje a los camiones con ayuda humanitaria, que en este momento violan mujeres en los campamentos, que ya arman milicias en la favela de Cité Soleil, que esperan instrucciones de los narcos colombianos o que comenzarán a matar a Cascos Azules.
La policía, que perdió a 2 mil agentes en el sismo, aún no circula fotos ni nombres de los reos. “Las oficinas se nos cayeron”, se apresura a explicar el jefe de la policía Mario Andresol, quien labora al aire libre, con su escritorio bajo una palmera.
La gente los conoce por sus apodos: Ziclot (costilla, en creole), Sibló, Blade, Ti Blanc (blanquito) o Tikouto (cuchillito, porque, según explicó un músico, “si te agarraba te cortaba la tripa”).
Lo cierto es que unos 3 mil 300 de los fugados ni siquiera estaban condenados, eran pobres sin dinero para un abogado o víctimas de la burocracia judicial. El resto eran traficantes de drogas, secuestradores, asesinos, paramilitares, violadores, varios de ellos con cadena perpetua. Muchos encarnan en sus historiales los fantasmas del pasado y las pesadillas del presente.
Y, según apuntan los entrevistados, ahora mismo están armándose en Cité Soleil, el enorme suburbio ubicado a espaldas del aeropuerto, donde se concentra la miseria extrema de la capital y donde muchas veces se jugó la historia del país.
“Ya regresaron”
Cité Soleil fue el bastión de apoyo del excura nacido en la pobreza y convertido en presidente, Jean-Bertrand Aristide, quien durante su primer mandato fue depuesto por un golpe militar, y posteriormente rehabilitado en el poder con ayuda de Estados Unidos, que luego, en 2004, lo depuso de nueva cuenta y lo obligó a vivir en el exilio.
Este barrio de casas hechas de láminas ya oxidadas, sin servicios, con agua sucia ya gelatinosa en las calles, se pobló de campesinos que fueron rellenando el mar en los años ochenta, durante la dictadura de Duvalier. En los noventa el lugar era famoso por albergar a secuestradores. En 2004 fue el semillero de las bandas armadas que combatieron a los opositores del gobierno.
En las fachadas de las casas de la avenida Brooklyn y por las calles principales aún se ven los agujeros de las balas que quedaron como recuerdo de la disputa del terreno entre las pandillas y las fuerzas de paz de la ONU, que llegaron a Haití desde 2004 para “estabilizar” al país y en 2006 pacificaron el barrio, lo que era considerado uno de los mayores logros del actual presidente René Préval. Hasta que llegó el terremoto…
“Los que estaban en prisión ya regresaron y empezaron a ajustar cuentas que tenían. Ya el miércoles (27 de enero) hubo un muerto. En las noches se escuchan disparos. Todos tenemos miedo. (Los presos que se fugaron) están acostumbrados a matar, a robar, y por el terremoto la policía no puede hacer mucho”, explica el anciano Petit Frére Faniel, uno de los pocos habitantes de esta ciudad perdida que tenía trabajo fijo en una fábrica destruida por el sismo.
De por sí Cité Soleil es un concentrado de la miseria haitiana, en un país donde 80% de la gente no tiene trabajo y vive con un dólar al día.
“Ya hay dos barrios en conflicto constante: el Boston y el Pequeño Boston. Ya mejor ni nos enteramos. En cuanto se escuchan disparos, todos nos metemos a la casa”, comenta Ryswick Saint Fleir, quien como Petit Frère pasa estos malos días pidiendo protección a Dios en ceremonias evangélicas.
Varios jóvenes, sentados afuera de una casa de cemento de un solo piso, provista a lo mucho de dos habitaciones, gritan amenazantes cuando ven pasar a la reportera y a los fotógrafos: “¡Está prohibido el paso!”.
Cité Soleil es el Bronx de todos los Bronx, la favela con 34 barrios de nombres “Juan”, “Simón”, “Boston”, “Pequeño Boston”, “Belle Cour”, primera, segunda y tercera “Ciudad de Jean Claude Duvalier”, “Madera Nueve”, “Lento” 1 y 2, “Pequeño Haití”, “La Aduana”, “Soleil” del 1 al 19 o “Pelé Simón”, que aún conserva adornos para honrar a Aristide.
Un vecino que lleva una pistola debajo de la camisa, y que sirve de guía por las calles, explica que entre los platanares que se ven en las orillas la gente esconde armas. Que la Carretera 9, por la que transitamos, es famosa por los secuestros y por el aterrizaje de avionetas que trafican de todo: drogas, personas, armas…
“Esa gente regresó por sus armas y se las llevó. Andan por ahí, en algún lugar, escondidos”, le cuenta una señora de la calle Madera Nueve que en el porche de su casa le hace trenzas a una vecina.
Un convoy de marines estadunidenses pasa de largo, resguardando un cargamento de comida.
“Acá no ha llegado comida ni agua ni ayuda. Nadie ha venido a ver si necesitamos algo”, lamenta el pastor Clebert Lavache mientras sus feligreses rezan sentados sobre escombros, durmiendo a piso pelón. En los campamentos de damnificados no se ven tiendas de campaña como en el resto de la capital. Aquí la gente confeccionó techos con bolsas de plástico delgadas y rotas.
“Hasta los camiones de ayuda tienen miedo de entrar”, lamenta una damnificada, quien, como todos, dice que no puede dormir bien por miedo a los presos.
Los presos dan rostro a la historia reciente de este país caribeño azotado por la miseria extrema, golpes de Estado, ocupaciones extranjeras, deforestación, inestabilidad política, huracanes y ahora el mortal terremoto. Aquí bien podría aplicarse el dicho: dime a quiénes tienes en tus cárceles y te diré qué historia tienes.
Desde que el presidente René Préval y su gabinete sesionan en el edificio de la Dirección Central de la Policía Judicial (DCPJ), Frantz Thermilus, jefe de ese organismo policiaco, se mudó a un cuarto contiguo, estrecho y sin luz. Ahí explica a la reportera el origen de los fugados:
“Los más peligrosos eran los secuestradores. Esos operaron sobre todo entre 2004 y 2008, porque esos años se juntaron dos condiciones: el derrocamiento de Aristide y el control político de algunas zonas excluidas del desarrollo. Lugares como Cité Soleil y Grand Rabine, que estaban muy politizadas, se volvieron campos libres para el secuestro. Y es que cuando los políticos utilizaban a la gente para enfrentarse a la autoridad, a la policía se le dificultaba entrar a la zona, y eso hacía que ahí pudieran mantener a gente secuestrada, porque nadie daba información y no podías entrar a buscarla.”
Continúa: “Los asesinatos fueron en esa época, pero creo que más por problemas sociales, porque la situación económica es muy difícil, y en la lucha por sobrevivir algunos terminan matando. Ahora disminuyeron muchos de esos delitos. Se dieron en una época de crisis dentro de la sociedad, porque generalmente la gente aquí es tranquila”.
A unos cubículos de distancia de la oficina donde labora Thermilus se ven dos celdas repletas de gente detenida en las últimas dos semanas, porque ya no hay cárcel donde meterla. Él admite que desde hace 30 años Haití ha sido lugar de paso de la droga colombiana, que en 2009 se había contenido. “La debilidad del Estado lo permite”.
Los omnipresentes
Los presos no sólo se esconden en Cité Soleil; en todos los barrios y más allá de las fronteras se tienen referencias suyas.
Según Terra Noticias, una inmigrante haitiana en Dominicana “se desmayó” al identificar a Perre, un compatriota que cumplía una condena de 20 años por haberla violado, robado y herido a ella y a otras mujeres, dos años atrás en la ciudad de Cabo Haitiano.
El diario español Público difundió el testimonio de un reo que vio por última vez al secuestrador Thompson subido en un autobús y gritando: “¡Me voy para Dominicana!”, junto con el relato de un tal Zokot (encarcelado por golpeador), quien contó cómo todos los habitantes de La Pénitentiarie festejaron el temblor y salieron del penal. El periódico menciona que desde la puerta del Hotel Ibolele el policía asesino Essant Dourfielle fue saludado efusivamente por sus excompañeros.
Hasta la ministra de Cultura y Comunicaciones, Marie-Laurence Jocelyn, tiene una historia para contar: “Me encontré a uno de los presos tres horas después del sismo. Era un vecino que estaba en la cárcel por un problema de tierras. Me sorprendió porque se acercó y me dijo: ‘ministra, ¿me puede ayudar?’. Yo le pregunté que por qué no estaba en la cárcel y me contó que la puerta se abrió, y en ese momento me enteré de la fuga”.
Una activista de la organización AMURT refirió que se topó con un vecino que en 2004 se dedicaba, junto con su banda, a saquear, matar y violar, y que rotulaba los pies de sus víctimas para identificar de quién era el cuerpo al que le cortaban la cabeza.
La haitiana-argentina Francois Dejean cuenta que en el campamento donde duerme hay cuatro fugados. “El otro día vi que mi mamá saludó muy efusiva a un hombre que yo no conocía. Le pregunté quién era y me dijo: ‘Es un vecino que asesinaba a quien lo veía con mala cara; le habían dado muchos años de cárcel, pero lo saludé así para que no piense que tenemos ningún problema con él”.
Cuestión de tiempo
Todos los policías aseguran que en cuanto se repongan de los destrozos y las ausencias van a aprehender a los 5 mil 63 criminales, aunque 47 ya se entregaron.
“En cuanto me den sus fotos los agarro”, comenta Pierre, uno de ellos, que tiene en su celular las fotos de cuando estuvo herido en el hospital a raíz de que su casa se cayó.
Rony Antoine, jefe de la Brigada de Investigación e Intervención (BRI, por sus siglas en francés), explica que, en cuanto colecten las fotos y la lista de fugados, van a pegar anuncios con sus rostros por todo el país, como se hacía en el Viejo Oeste.
“Algunas personas, cuando ven a los fugados, llaman a nuestras oficinas de la estación central, pero no podemos atender el teléfono porque el presidente está trabajando en nuestro edificio y no tenemos acceso”, dice.
Después de reunirse en su oficina al aire libre con un grupo de marines estadunidenses, Mario Andresol, director en jefe de la Policía de Haití, informa que el Departamento de Asuntos Internos está investigando cómo se dio la fuga, porque no se destruyó nada y el principal responsable de la cárcel desapareció.
“Cuando escaparon regresaron a Cité Soleil y están peleando ya el control. Ahora es un lugar peligroso. Quieren crear una situación como la de antes, pero no los vamos a dejar”, dice a la reportera.
El oficial luce sereno. Asegura que con la ayuda de los marines y de la ONU La Pénitentiarie, una vez habilitada, volverá a llenarse. Nadie ignora en estos días la fiereza de los policías haitianos que disparan a matar a quien osa robar algún cargamento de comida.
“Si los arrestamos una vez cuando eran intocables, los arrestaremos otra vez, y otra más si se necesita. Difundiremos su foto tan rápido como sea posible, aquí y en República Dominicana, en Jamaica. Ahora, por el terremoto, no tenemos capacidad. Todo colapsó, pero pediremos la ayuda de la ONU, de los marines y de todas las fuerzas que podamos integrar. Iremos con miles de hombres para capturarlos. Es cuestión de tiempo, créame”, asegura.








