Generosa, bella, inteligente, son las palabras que se repiten en la boca de las mujeres que conocimos a Carmen Guitián Berniser. Solidaria, buena amiga, trabajadora incansable llena de entusiasmo y talento, concitaba pasiones. Un ser del que no es fácil olvidarse.
Nació en la Ciudad de México el 3 de agosto de 1948; murió este 16 de enero. Su padre Leonel era de origen cubano y su madre Teresa llegó al mundo en Honduras, aunque pronto se trasladaron a Nueva Orleans. Los progenitores de Carmen se conocieron en México y aquí se casaron, ella vino segunda en una familia de cinco hermanos, dos mujeres: Carmen y Teresa, y tres hombres: Tomás, Leonel y Carlos.
Hizo la primaria en el colegio Madrid y la secundaria en Nueva Orleans, donde vivió con su abuela y su tía, mujeres longevas a quienes siguió visitando a lo largo de su existencia. Cursó la preparatoria en la UNAM, en el plantel 6 de Coyoacán, donde yo la conocí. Destacaba también por su carácter jovial, su calidez y simpatía. Me viene a la mente su modo de hablar rápido, salpicado de refranes y frases inventadas; su risa espontánea.
La voz triste de Teresa me dice que “después de Octavio”, Beka (como le decíamos a Carmen) “fue mi gran amor”. Rememora:
“Tengo más recuerdos de mi infancia con ella que con mi madre. Me llevaba incluso a la Prepa, siendo yo una niñita. Era porrista de Los Coyotes y de los Strawberry Fields for Ever. Ella cosía a mano su ropa, sus uniformes, hacía uno para ella y otro para mí, iguales. Yo la buscaba, me acurrucaba entre sus faldas amponas y me quedaba horas así, oyéndola hablar. Fuimos muy cercanas, constantemente acudí a ella en busca de auxilio, de consejos, de soluciones y Beka siempre me respondió. No pude haber tenido una mejor hermana.”
En los tiempos de la Prepa, vivía en una casa grande rodeada de un enorme jardín, en Azcapotzalco. Los sábados había reunión con los amigos, su hermano Tomás tocaba la guitarra, su madre el piano y su papá cantaba viejos boleros cubanos. Los viernes de temporada íbamos sin falta a oír a la Filarmónica de la UNAM en el auditorio de Filosofía y Letras; dirigida por Eduardo Mata.
Decidió estudiar sociología en un momento en que la carrera estaba en auge y en la Facultad daban clase los mejores sociólogos del país. Su manera de pensar se afianzó con los conocimientos adquiridos. Se opuso al autoritarismo gubernamental, a las injusticias, le pesó la pobreza de sus compatriotas. Iba a las marchas desde que surgió el movimiento de 1968, participó en la manifestación convocada el 10 de junio. Fuimos juntas. Cuando comenzó el tiroteo corrimos, saltamos la barda de la Normal de Maestros de San Cosme y en ese momento Beka se acordó de que su hermano Carlos venía en la marcha, varios contingentes atrás, con sus compañeros del bachillerato. Quiso ir a buscarlo, salir del abrigo de los edificios, pese a la balacera atronadora. La suerte hizo que se encontraran en la puerta. Los tres nos refugiamos con otros estudiantes bajo las escaleras de un edificio, luego nos condujeron a un salón y más tarde nos hicieron salir por el portón de atrás. Caminamos hasta el Metro, en silencio, todavía con el miedo pegado a la piel.
La actividad de Carmen aumentó, entró a trabajar en la UNAM, en la Dirección de Información y Relaciones Públicas. Me invitó a colaborar, se incorporaron después otros amigos de Beka: Sergio Martín, Eduardo Casar, Antonio Ávila. Un equipo de jóvenes en los primeros años de Facultad. Fue nuestro primer trabajo formal y el más divertido, realizábamos análisis de prensa y en las pausas jugábamos guerras de papel, a inventar historias y adivinanzas. Beka era la jefa.
Terminó la licenciatura y maestría en sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Forjó una vocación de maestra que ejercería sin intervalos en la UNAM y otras instituciones. Impartió el Taller de Redacción en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Estuvo al frente de la coordinación de Extensión Universitaria de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, donde también coordinó las carreras de economía y sociología. Egresada de esta última, Lidia García Cabrera, integrante del Centro de Documentación de Proceso, la conoció en la ENEP Acatlán como maestra, jefa y amiga, pues colaboró con ella cuando Beka dirigió Extensión Académica en ese plantel de la UNAM. Evoca:
“Siempre fue generosa, si podía te ayudaba, escuchaba tus cuitas y les buscaba una solución. Su frase era no hay problema, todo se puede arreglar. Fue especialmente solidaria con las mujeres. Dirigió mi tesis y se encargó de que no desfalleciera, siguiera adelante hasta terminar. Tristemente no llegó a la última cita en diciembre cuando habíamos quedado en comer con tres compañeras de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Pensé que reanudaríamos pasadas las fiestas.”
En el Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM, se encargó del Departamento de Difusión. Fue docente en las facultades de Ingeniería y de Ciencias Políticas y Sociales, así como en las universidades Autónoma Metropolitana, Iberoamericana y Latinoamericana.
Cristina Puga, exdirectora de la FCPyS, cuenta:
“Colaboró conmigo cuando fui jefa de Educación Continua, coordinó el Centro de Educación Continua de López Cotilla, y cuando fui directora estuvo al frente del Sistema de Universidad Abierta, tuve una colaboradora de lo más eficaz y confiable. Nos habíamos conocido en la Facultad y nos convertimos en las mejores amigas, compartiendo las tareas, las experiencias escolares y de vida, pasamos amores y desamores juntas. Un recuerdo especial es que en su casa hicimos unas mantas y nos fuimos con otros compañeros: Santiago Portilla, Édgar Morales, Félix Hoyo a Chapultepec a ver pasar a Salvador Allende cuando vino a México en 1972. Ya de adultas fuimos vecinas durante 20 años en Tepepan. Beka fue la mujer más generosa que he conocido, generosa con su tiempo, su amistad y su dinero. Tenía enorme fe en los demás.”
Laboró también fuera de la UNAM intensamente, con cargos importantes. Estuvo al frente de la Coordinación Nacional de Estudios Sobre la Juventud en el CREA. Fue investigadora de la Comisión de Cine, Radio y TV en la Cámara de Diputados, y coordinadora de Educación en Derechos Humanos con Amnistía Internacional.
Beka puso sus ideas en papel de imprenta. Artículos y ensayos fueron publicados en El Financiero, en Ovaciones y en las revistas Fem y Filo Rojo. En esta última no sólo escribió, sino que fue un pilar insustituible en la redacción, en lo administrativo, en la circulación. En ese tiempo estaba casada con José Reveles, quien había sido reportero de Proceso y fundador de Filo Rojo, revista sobre derechos humanos. Beka tuvo con él un hijo que nació el 2 de mayo de 1988. En él centró su vida, su alegría a partir de entonces; cuando algo le iba mal lo descartaba diciendo, “no importa mientras tenga a Pablo”.
A través de Reveles conoció a Anne Marie Mergier, actual corresponsal en París de esta casa editorial:
“Yo era muy amiga de Pepe y él me presentó a Beka. Mi marido y yo buscábamos departamento y se desocupó uno en el edificio en el cual ellos vivían. Enseguida nos lo comunicaron y lo rentamos. Durante cinco años permanecimos ahí, aunque en realidad la relación de las dos parejas era tan estrecha que fue como si ambas tuviésemos dos apartamentos, compartíamos a los amigos mutuos, a las familias, íbamos de una casa a la otra. Recuerdo un día, llegamos para desayunar y vino toda la familia de Beka, al rato su papá se puso a cantar, luego bailamos salsa, comimos y seguimos el baile, la fiesta terminó a las 12 de la noche. Una convivencia estrecha y fantástica, eso fue absolutamente hermoso. Beka guapísima era el encanto, la generosidad, siempre luminosa, poniendo su talento al servicio de quien ella creía que lo ameritaba, olvidándose un poco de sí misma. Me duele en el alma que esa Beka luminosa se haya apagado.”








