Descanse en paz

Rohmer. Una leyenda

El pasado 11 de enero murió Eric Rohmer a la edad de 89 años; desaparece el más independiente de los cineastas franceses, emancipado de credos, maestro de la levedad capaz de entrometer la moral de Pascal en la cama de Françoise Fabian (Mi noche con Maud, 1969); Bertrand Tavernier propone un epitafio para la tumba de su mentor: “Hice siempre el cine que quise”.

La leyenda de Eric Rohmer (Jean Marie Shérer fue su verdadero nombre) no hace más que comenzar. Esa mezcla de erotismo, filosofía, culto a la belleza femenina, intimidad e interminables diálogos de principio a fin que caracterizan la obra de Rohmer, provoca interminables malentendidos por parte de detractores y admiradores.

Profesor de literatura, germanófilo, novelista, ensayista, redactor de Cahiers du Cinema, militante, al principio, en las filas de la Nouvelle Vague; admirador de Howard Hawks y Roberto Rossellini, apasionado de la literatura francesa de los siglos XVII y XVIII, de Pascal, del arte y de la expresión ligüística de la Edad Media (Perceval el galo, 1978), Eric Rohmer construye su cine en ciclos, Cuentos Morales, Comedias y proverbios, Cuentos de las cuatro estaciones, insinuando la unidad y continuidad de su obra.

La necesidad, aparentemente irresistible, de definir la autonomía artística de un cineasta que juega con la transparencia, la libertad y el rigor académico, acumula términos; para unos se trata de un clasicista, para otros de un romántico. Se critica el virtuosismo del diálogo en sus películas, tachadas de demasiado parlantes; Rohmer siempre se defendió arguyendo que él no decía, sino mostraba (“Je ne dis pas, je montre”). El supuesto exceso de diálogo y disertaciones cuya forma evoca las discusiones de los salones de las Preciosas de los siglos XVII y XVIII da pie a afirmaciones injustas como las de Leo Bersani y Ulisse Dutoit en su brillante ensayo para Film Quaterly; según ellos, el cine fue un medio equivocado para las ideas del autor de El amor después del medio día.

¿Cómo imaginar las epifanías eróticas de La rodilla de Clara (1970) sin los acercamientos de la cámara de Néstor Almendros? ¿De qué manera podría teatralizarse la mirada de Rohmer que siempre escapa al texto? El diálogo en las cintas de Eric Rohmer marca la irremediable fractura entre pensamiento y acción; la voz de sus protagonistas impregna el espacio, urbano o natural (para Rohmer el cine no es tiempo, sino espacio), la brillantez de los diálogos y los eventuales acomodos de las intrigas amorosas (mairvaudage) sólo sabe distraerse de la naturaleza innombrable del deseo.