Diez mil soldados estadunidenses llegaron a Haití prácticamente para hacerse cargo del país ante el colapso del Estado y la falta de coordinación de la ONU. Pero van equipados como para una guerra, no para apoyar acciones humanitarias. Por eso, aunque muchos haitianos, abrumados por la tragedia, festejaron la presencia de los “enviados del presidente Obama”, otros alertaron sobre los peligros de una ocupación militar a gran escala.
PUERTO PRÍNCIPE.- Los damnificados acuden a ver a los marines estadunidenses como si su presencia en esta isla fuera un espejismo. Mientras hacen fila afuera de su campamento para recibir comida, los escudriñan. Varios se cuelgan de las rejas que los separan de esos soldados ultraequipados para verlos más cerca.
La hilera avanza en orden y, de uno en uno, pasan a la base, donde un uniformado les arroja, desde un camión Hummer, una botella de agua de un cuarto de litro y desde el siguiente vehículo otro soldado les lanza un paquete envuelto con plástico naranja del tamaño de una “cajita feliz” de McDonald’s.
Quienes la recogen no se atreven a abrirla frente a otros hambrientos. Esperan a llegar al tendedero que les sirve de refugio para conocer su contenido. En el empaque de plástico sellado únicamente se lee: “Humanitarian Daily Ration”.
Uno de los damnificados que se formó 20 minutos para recoger su ración alimenticia, cuando sale de la base dice, entre contento y confundido: “Me gusta que estén los gringos aquí, pero que no nomás nos traigan esta bolsita, necesitamos más comida”.
El oficial estadunidense Kraut, un joven amable que, junto con otros de sus compañeros, controla la puerta de acceso para la gente, dice sonriente que se siente feliz de ayudar al pueblo haitiano. “Y ellos también, como ven que somos americanos, están muy felices de vernos (…) Aprecian a los americanos y al gobierno americano porque saben que venimos a cuidarlos”.
Hasta los policías haitianos parecen conformes con el desembarco de las tropas estadunidenses. Uno de ellos es Auguste, oficial destacamentado afuera de la base que los marinos estadunidenses instalaron junto al puerto y quien presume que su misión es velar por que la gente reciba su ración de comida sin peleas y, sobre todo, “cuidar” a los militares estadunidenses.
Su afirmación parece ingenua cuando se comparan el delgado chaleco antibalas del agente haitiano y su precario equipo, con la armadura camuflada de los marines, que en sus múltiples compartimentos llevan radios, armas, cantimplora y municiones. Están preparados para la guerra.
Auguste sostiene que él tiene sobre los estadunidenses la ventaja de que sabe controlar a los criminales locales, aunque siente alivio por el refuerzo que, piensa, le darán estos colegas de Rambo. “Con ellos las cosas van a estar mejor”, dice el flaco policía, quien también es un damnificado del terremoto.
Tiene poco trabajo porque en esta fila, a diferencia de las otras que arman organismos de ayuda humanitaria y terminan en revuelta, aquí nadie se pelea. Los hombres armados imponen respeto y sus cajitas alcanzan para todos.
El oficial Kraut, de Carolina del Norte, hace notar que las armas que llevan (una metralleta M-4, una pistola, varios cartuchos) son para proteger a la gente y a ellos mismos. Que no harán daño a nadie.
La presencia de los enviados de Obama desata un sentimiento de esperanza en muchos haitianos que por la precariedad del gobierno se sentían como náufragos a la deriva, y en otros desata miedo.
Algunos, como el joven desempleado Carlo Pierre, un multichambas que se ofrece como traductor y guía de turistas, piensan que ellos resolverán problemas estructurales como su desempleo.
“Es bueno que llegaran. Aquí no hay seguridad, no hay trabajo, no hay qué hacer, y nuestro presidente no hace nada. Si le entregan a él la ayuda, seguro que se la queda en su casa”, dice cuando ve a los estadunidenses patrullando las calles.
La polémica
Hasta la semana pasada Washington había enviado a Haití a 10 mil marines, 2 mil de ellos pertenecientes a la 82 División Aerotransportada con sede en Fort Bragg, Carolina del Norte. Además, en aguas haitianas se encontraban el portaaviones Carl Vinson y del portahelicópteros Bataan.
Desde el lunes 18, cuando llegó la primera remesa de infantes de marina, un grupo de haitianos se manifestó afuera del aeropuerto con banderas estadunidenses. Gritaban: “Obama, Obama”, para darles la bienvenida.
Al día siguiente los militares hicieron una entrada espectacular en la ciudad: descendieron desde sus helicópteros en los jardines delanteros del destruido Palacio de Gobierno, donde despachaba el presidente René Préval. Sobrevolaron barrios alejados y salieron de la capital llevando agua y bolsas de comida.
“No sé dónde está el presidente (Préval), no está presente; el nuestro no es gobierno, por eso necesitamos el apoyo de los marinos”, opina la joven secretaria ejecutiva Samuelle Lussaint. Para ella no hay problema en que la fuerza extranjera permanezca el tiempo que se pretenda.
Hay quien recuerda la relación históricamente conflictiva de los estadunidenses con América Latina. Según el portavoz del Departamento de Estado, P. J. Crowley, su intención no es tomar Haití.
En todo caso, el vocero de la presidencia haitiana, Volcy Assad, dice a Proceso que los marines y el personal de la Minustah (la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití) son necesarios en el país para garantizar la seguridad de la gente. “Su trabajo va a ser definido por nosotros”, asegura.
La ONU, que está asentada en el país desde 2004 a través de su Misión de Asistencia y una jefatura militar coordinada por brasileños, perdió a 64 de sus miembros, 17 de ellos altos mandos, y sus oficinas centrales de cinco pisos están destruidas.
La presencia de los soldados estadunidenses no deja de causar nerviosismo en algunos sectores locales, que no olvidan la forma en que ocuparon la isla a principios del siglo pasado y que, tras el golpe de Estado perpetrado en 1991 por el jefe del Ejército, Raoul Cédras, reinstaló en 1994 al popular presidente Jean Bertrand Aristide para volverlo a derrocar en 2004 y enviarlo al exilio en Sudáfrica.
La encrucijada se complica cuando se piensa que, por otro lado, el vacío de poder y la descoordinación de las instituciones nacionales ha atorado la ayuda vital para paliar el hambre y la sed de la gente.
La semana pasada el Fondo Monetario Internacional propuso crear una especie de nuevo Plan Marshall: un fondo multilateral para la reconstrucción de Haití. Los presidentes de Francia y de Brasil, Nicolas Sarkozy y Luiz Inácio Lula da Silva, proponen formar una conferencia internacional para decidir la reconstrucción del país caribeño. Sarkozy anunció que pronto viajará a estas tierras.
“Voy a proponer al presidente Obama, con quien tendré la ocasión de entrevistarme en las próximas horas, que Estados Unidos, Brasil, Canadá y otros tomen la iniciativa para convocar a una gran conferencia para la reconstrucción y el desarrollo de Haití”, declaró el presidente francés.
A su vez, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, solicitó al Consejo de Seguridad un aumento de los efectivos para la misión de paz en el devastado país, con mil 500 policías y 2 mil soldados más, que se sumarían a los 7 mil efectivos militares y mil 134 policías de la Minustah que ya se encuentran aquí.
Una vía nacional
Mientras la comunidad internacional discute el futuro del pueblo más pobre de América Latina, los estadunidenses tienen, por lo pronto, el control del aeropuerto y, desde el lunes 18, patrullan las calles llevando agua y comida a la población.
“Si los estadunidenses no intervienen se va a morir de hambre mucha gente, porque nuestro gobierno no hace nada”, opinó Paul Toussaint, un profesionista de Puerto Príncipe que no se considera proestadunidense pero está preocupado por la lentitud del gobierno de Préval.
“Sólo los marines causan respeto entre la gente, la gente de la Minustah no lo tiene. ¿Quién va a seguir órdenes de un policía de Sri Lanka o de Brasil? En cambio los marines sí dan miedo”, opina.
Toussaint señala que algunas personas, en vez de llamar a la misión de la ONU “la Minustah”, le dicen “la turista”, porque los militares que la integran pasean por las calles, se toman fotos y son rotados constantemente, lo que dificulta que establezcan vínculos con la población.
En Haití comienzan a barajarse las primeras propuestas. La antropóloga Suzi Castor, viuda del famoso intelectual y dirigente político Gérard Pierre-Charles, que estuvo 26 años exiliado en México, señala que “el gobierno está ausente y se necesita tener una instancia en la que se escuche la voz del haitiano que represente a la población en la toma de las decisiones”.
Daniel Pierre-Charles, director general del Ministerio de Juventud y Deportes, coincide: “Cualquier solución tiene que venir de los haitianos. Tenemos que articular con la sociedad civil un plan que contenga una visión sobre cómo reconstruir no sólo Puerto Príncipe, sino todo el país; reforzar las capitales de provincia para que la gente no tenga que migrar acá; un plan de desarrollo global”.
Sin embargo, reconoce, “por ahora no ve que haya una reflexión ni visión estratégica de qué hacer. Estamos todavía resolviendo lo operacional, y parece que los gringos sí tienen esa visión estratégica. Ese es el gran problema”.
En la radiodifusora Señal FM, la única estación que mantuvo transmisiones a pesar de la interrupción de energía, se discutió en un programa matutino la posibilidad de establecer una comisión dirigida por expresidentes para que definan el rumbo de la reconstrucción.
La gente participa, llama, opina, discute las noticias, pero lo que ocurra con esas propuestas todavía está en el aire.








