Leogane, borrado del mapa

Haití - Leogane, borrado del mapa

Marcela Turati

 

LEOGANE, HAITÍ.- Lo único que quedó en pie en el pueblo de Matthieu fueron los platanares; el resto, las casitas de cemento rodeadas de milpa, parecen pisadas por un gigante.

Todos los campesinos se convirtieron en indigentes y viven en lonas levantadas sobre sus verdes terrenos. Otros, como los 20 integrantes de la familia Alliance, se resguardan en un cuartucho construido con palos y láminas que servía como templo de culto vudú de la comunidad. Por su precariedad quedó en pie, mientras que todas las casas construidas con cemento se derrumbaron.

 “Este es un lugar místico donde hacemos nuestra magia. Aquí ellos (los miembros de la familia Alliance) caben bien”, dice Nixon Francois, un joven campesino que hace la lista de familias sobrevivientes, de sus necesidades y del número de muertos, heridos o desaparecidos. Lleva colgada al cuello una medalla de la virgen católica.

Se apresura a terminar la lista por si los estadunidenses que llegaron a Haití se desvían de su camino hacia la ciudad de Leogane, capital del Departamento del Oeste; por si sortean el camino de terracería, se meten al campo y cruzan el río donde las mujeres se enjabonan y lavan su ropa.

“Quiero llevársela a los americanos para ver si hacen algo porque todas las casas se cayeron; a ver si nos mandan un camión para botar la basura y máquinas para sacar a la gente”, dice con una sonrisa.

Entre el tendedero de colchones se encuentra Dorothy, una niña de cinco meses que sonríe. Su familia y los habitantes de este pueblo muestran una extraña calma, característica en la mayoría de las familias campesinas.

Matthieu es una comunidad en los alrededores de Leogane, ciudad ubicada en el epicentro del sismo de 7.2 grados Richter, y que hoy parece un sitio de ruinas romanas. Aquí sólo quedan en pie los pilares que sostenían las construcciones. Casas, iglesias, escuelas y comisarías se vinieron abajo.

Prácticamente fue barrida de la faz de la tierra.

En un mapa que entregó la ONU al gobierno haitiano puede leerse: “Leogane: 80-90% de destrucción, población aproximada 134 mil. Ni gobierno local ni infraestructura permanecen. Urgente necesidad de atención médica, agua, comida y refugio”.

La atención se ha concentrado en Puerto Príncipe, la capital, con sus 3 millones de habitantes y su infraestructura amputada. Sin embargo, en Leogane sólo quedó en pie 10% de las construcciones. La ciudad entera se encuentra sumida en escombros y charcos de agua infecta en los que a veces se ven rastros de sangre; parece terreno de guerra.

“A nosotros nadie ha venido a vernos, ningún doctor ha curado a nuestros heridos”, clama una mujer parada en la carretera que lleva a la ciudad.

 

Abandono

 

El martes 19 –una semana después del siniestro– a Leogane no había llegado maquinaria pesada ni rescatistas para buscar sobrevivientes entre los escombros. La gente tuvo que resignarse a no volver a ver a los suyos, a dejarlos entre los escombros, sin sepultura.

Nadie ayudó a rescatar a los 200 estudiantes del liceo, quienes a decir de la gente que construye casitas de lámina en el mismo terreno, quedaron atrapados.

“Sabemos que quedarnos aquí es peligroso, pero no tenemos a dónde ir”, dice Susane, una mujer que levanta su cuarto de lámina a unos metros de esa escuela. El techo se encuentra sostenido por unos bloques, pero si vuelve a temblar terminará por derrumbarse.

El sacerdote católico Marat Guiand está parado frente a las ruinas de  la iglesia colonial Santa Rosa de Lima, que se colapsó cuando 300 niños recibían en ella su merienda. Ignora la suerte de los infantes. El cura comenta: “Vivimos con la ayuda de Dios. Se necesita ayuda para la gente, ayudarle a reconstruir”.

En la calle se ven grupos de personas que acarrean material y regresan a la plaza con algún bloque de concreto recogido de la iglesia destruida, una viga de madera que sostenía una casa típica o una lámina que servía de techo. No se instalan sólo bajo un tendido de lonas, como en Puerto Príncipe, pues saben que su reubicación llevará tiempo.

“La gente sigue su vida, tiene esperanza, pero debe hacer algo para sobrevivir”, dice el sacerdote mirando a sus feligreses, que afanosamente levantan sus cuartitos con los materiales que encuentran.

Mientras Guiand habla de los 500 muertos que ya se enterraron, un camión recogedor de cadáveres se dirige a la fosa común. Todos se dan cuenta por el hedor, que obliga a taparse la nariz.

Una semana después de la tragedia llegan a Leogane los primeros camiones repartidores de comida. La gente se aglomera en la zona de reparto pero los organizadores de la entrega les advierten que sólo atenderán a quienes presenten un vale que los acredite como damnificados.

Un hombre cojo, con muñones en lugar de manos, se avienta como el más valiente, extiende los brazos pidiendo ayuda y vocifera: “Yo tampoco tengo comida, ¿por qué no me quieren dar?”.

Él no es damnificado, es un indigente. Pero en este país, que concentra los mayores índices de pobreza en el hemisferio, si en situaciones normales no come, menos ahora, en medio del desastre.

El gobierno planea reubicar a los capitalinos en la provincia, dice Paul Loulou Chery, dirigente de la Confederación de Trabajadores del Transporte, quien organiza la salida de 20 camiones para evacuar a los que deseen abandonar Puerto Príncipe. “Sabemos que eso desencadenará otras consecuencias porque la provincia no tiene capacidad para recibirlos”, admite.

La calamidad se vive de manera distinta en este lugar. Beatrice Alliance, que ahorró cuatro años de la venta de carbón para construir la casa que apenas había estrenado y que ahora parece un sándwich, sólo sostenida por un refrigerador, confía en que pronto podrá reconstruirla.

–¿Cómo ve el futuro? –pregunta la reportera.

–Todo el tiempo tiembla, a cada rato lo siento. Espero que pronto se termine esto.

–¿Alguien ha venido a darle ayuda?

–Nadie. Ustedes son los primeros que vienen a vernos, a preguntar qué necesitamos.

En el camino de regreso por la agrietada carretera que conduce a Puerto Príncipe, unos hombres dan paladas de tierra para enterrar a 16 muertos que amanecieron apilados en la orilla del pueblo de Gressiel, entre ellos un recién nacido.

Un pelotón de policías de la ONU, provenientes de Sri Lanka, ayudaron a cavar la fosa con un buldózer, pero antes de hacerlo sacaron sus cámaras y fotografiaron la escena.

En cuanto la gente los ve retirarse hacia la ciudad sale a perseguirlos y, con furia, les pide agua y comida.