Organizado como parte de las celebraciones por el Bicentenario y el Centenario, el programa Discutamos México que presentó Felipe Calderón el pasado lunes 18 y el cual inicia sus transmisiones televisivas y radiofónicas este lunes 25, corre el peligro de ser un paliativo más para el pensamiento intelectual y artístico de nuestro país. México no necesita que lo discutamos, necesita que lo transformemos.
Tres de las características más negativas que tiene el escenario cultural de México son su preferencia por la discusión, su irresponsabilidad ante la acción y su reticencia al cambio. El Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución son acontecimientos políticos y culturales que no deberían conmemorarse discutiendo, sino estableciendo compromisos y cambios, como la reestructuración política e institucional de la administración gubernamental de la cultura. Una gestión caduca que no ha podido enfrentar los retos de la economía global. Una administración antidemocrática que, a partir de la carencia del fomento educativo y el silenciamiento –a través de becas– de la crítica intelectual, ha logrado inhibir el desarrollo del pensamiento ciudadano.
En lo que respecta a la gestión gubernamental de las artes visuales, la reestructuración debería empezar por mejorar la eficiencia y efectividad del gasto público que realiza el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) bajo la dirección de Teresa Vicencio. Acostumbrados a pensar que los problemas del sector se solucionan con aumentos presupuestales, tanto funcionarios como algunos creadores, promotores y especialistas soslayan la importancia de comprender la función pública como un conjunto de programas y desempeños enfocados en la consecución de metas, prioridades, objetivos y resultados.
Indiferente ante las políticas de austeridad anunciadas por Calderón e irresponsable ante la necesidad de detener el crecimiento burocrático del INBA, Vicencio activó, a sólo un mes de haber asumido el cargo, una nueva Subdirección de Patrimonio Artístico Inmueble a cargo de Alejandra Peña. Con un salario mensual bruto de 95 mil 354 pesos, al que todavía deben sumársele vacaciones, aguinaldo, prestaciones y gastos de viajes –a los 14 días de haber ocupado el puesto Peña viajó a la Bienal de Venecia gastando 58 mil 503 pesos del erario; y en tres meses, de junio a septiembre, erogó en conjunto 102 mil 484 pesos–, la nueva subdirección evidencia la ineficiencia tanto de la dirección del INBA, como de los centros de trabajo que tiene a su cargo la nueva dirección. Entre ellos algunos que comprueban que el INBA no tiene en su totalidad carácter nacional: la Coordinación Nacional de Artes Plásticas y los 16 –de un total de 18– museos y recintos que se encuentran en la Ciudad de México.
Otro de los dispendios del INBA se encuentra en la contratación externa de curadores. Si la institución financia un Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) y personal curatorial en cada museo, ¿cómo se justifican pagos a curadores externos como los que ha recibido el estadunidense James Oles?
Excluyente en la promoción artística que desarrolla –la pluralidad creativa de México no está representada ni en las carteleras museísticas nacionales ni en el escenario global–, ineficiente en la construcción de públicos e irresponsable en la evaluación de los desempeños profesionales, el INBA no es un tema para discutirse, sino para reestructurarse.








