Dos palabras desean los autores del país caribeño que se borren de los medios de comunicación masiva, por irreales: maldición y saqueo. Si algo ha habido en Haití tras el terremoto es solidaridad, cuentan a periódicos y revistas de Francia.
PARÍS.- Puede parecer una paradoja: Haiti, país de 10 millones de habitantes –60% de los cuales son analfabetas–, es una tierra de escritores y poetas. Muchos son celebrados y famosos en el mundo. El pueblo haitiano los venera aun si no los lee.
Todos tomaron la palabra desde las primeras horas de la tragedia que se abatió sobre su territorio el pasado 12 de enero. Lo hicieron con el ardiente deseo de decir su verdad y de contrarrestar los humillantes lugares comunes que vinculan numerosos medios de comunicación masiva internacionales. Unos lo hacen desde el exilio, otros desde Haití mismo.
Al unísono protestan contra el concepto absurdo de “isla maldita” o de “extraña maldición haitiana”. También se rebelan contra quienes hablan de un país amenazado por “hordas de saqueadores”. Muchos describen, por el contrario, la solidaridad que une a los sobrevivientes, una solidaridad sutil que escapa a la mirada de los reporteros ansiosos de relatar escenas espectaculares.
Estos testimonios están publicados en la prensa francesa y circulan cada vez más en internet. Describen un pueblo traumado, herido, enlutado, desasosegado, pero de pie, con una voluntad inextinguible de vivir que Jean Yves Jason, alcalde de Puerto Príncipe, resume con un frase deslumbrante: “En nuestra situación uno mira a la muerte a los ojos y es ella quien acaba bajando la mirada”.
A continuación algunas de esas voces haitianas.
Frankettienne
Poeta, dramaturgo, novelista, Franketienne nació en 1936 en Zibonite, en el centro de Haití. Autor de una trentena de obras en francés y criollo haitiano, es un héroe nacional. Encontrado por teléfono por su amigo Philippe Bernard, eminente especialista francés en literatura haitiana, Franketienne confió:
“Me pides que te cuente. Pero es simplemente inimaginable. (…) En mi casa el piso del medio salió totalmente dañado. Unas paredes se agrietaron y se hundieron, entonces las demás empezaron a inclinarse. En el sótano hay unos 40 pilares de contención de hormigón armado. Por lo menos seis ya están quebrantados. ¿Qué podemos hacer? Como bien lo sabes, no tenemos dinero. No sabemos lo que va a pasar a nivel de préstamo cuando el país volverá a ‘respirar un poco’, dentro de uno o dos meses. En Haití nadie tiene seguro. Es el país de todos los riesgos, pero nada está asegurado. (…) En realidad, nuestras vidas están a la merced de Dios, como se dice…
“Todo eso es terrible. Lo más extraño y misterioso es que yo acababa de terminar de escribir una obra de teatro. La acabé el 22 de noviembre, los ensayos empezaron de inmediato y se iba a estrenar el 22 de enero en Puerto Príncipe. Su título es La trampa. Trata de la ecología mundial amenazada por la devastación general del planeta, la contaminación generalizada, la desaparición de los casquetes glaciares y los terremotos.
“Te voy a leer unas líneas: ‘La tierra titubea, la tierra tambalea y zozobra con sobresaltos de espanto, con descarrilamientos de terror, en una ópera macabra de ratas…’. Y otra: ‘Derrumbe de las ciudades, de los tugurios, de los castillos y de los palacios presidenciales en hecatombes cacofónicas’. Eso no lo escribí anteayer, sino el 10 de noviembre. (…) Mi obra cuenta la historia de dos seres recluidos en un cuartucho después de un cataclismo. Es exactamente lo que me está ocurriendo ahora. Tuve una especie de premonición. (…)
“Por el momento mi prioridad es salir de mi casa, pero no puedo hacerlo porque hay enormes bloques de hormigón ante la puerta y una multitud de cables en el camino. Nuestra prioridad es que se saquen los escombros de nuestra calle. Así podríamos salir para buscar algo de comer. Tengo la impresión de estar secuestrado. (…)
“Hasta ahora dormimos en el patio. Es duro pero aguantamos. La vida debe seguir. Tal como lo dice Nietzsche, se debe seguir creando más allá de las tumbas. (…) No estamos hechos de hierro, ni siquiera de madera. Pero aguantamos. Aguantamos.”
Le Bris
El escritor francés Michel Le Bris es fundador y director del famoso festival de literatura Sorprendentes viajeros, que se lleva a cabo cada año en la ciudad bretona de Saint Malo, Francia. Desde 2009 celebra una nueva edición de ese festival en Haití. El de 2010 debía realizarse del 12 al 17 de enero. Uno de los participantes, el canadiense de origen haitiano Georges Anglade, autor de la novela ¿Y si Haití le declarara la guerra a USA?, murió con su esposa Mireille cuando visitaba a unos amigos en un barrio de Puerto Príncipe el jueves 14.
Le Bris llevaba dos días en Puerto Príncipe cuando se desató el terremoto. Se quedó varios días en el caos antes de ser repatriado a Francia. Contó su experiencia en el semanario francés Le Point. Muy conmovedoras son las líneas que dedicó al poeta Franketienne:
“Dany Laferrière (escritor haitiano galardonado el pasado 4 de noviembre en París con el prestigioso premio Medicis por su novela El enigma del regreso) vuelve con nosotros por la tarde. Se nota trastornado. Su madre está sana y salva. También está sano y salvo Franketienne, el gigante de la literatura haitiana, a pesar de su casa medio desplomada. Dany cuenta que se oyó un inmenso clamor en la calle cuando Franketienne apareció entre los escombros: ‘El poeta está vivo’, gritó la gente. Aquí los poetas son dioses vivos. También se dio otra escena increíble. En esa misma calle la gente reconoció a Dany, se le acercaron, le apretaron la mano agradeciéndole por su libro premiado que, según decían, les honraba. Dany se sentía en una situación embarazosa: en estas circuntancias… un libro… Pero la gente insistía. Le repetía que por el contrario, más que nunca necesitaba libros, porque los libros dicen que en lo más hondo del ser humano existe algo más fuerte que la desgracia.”
Nacido en Puerto Príncipe en 1953, Dany Laferrière radica en Montreal y Miami. Estaba en Haití para participar en el festival literario Sorprendentes viajeros. Contó su angustiada experiencia del terremoto al vespertino Le Monde:
“Mi amigo el novelista Lyonel Trouillot me vino a buscar en coche para llevarme a casa de mi madre. Después fuimos a ver al gran poeta Franketienne, cuya casa estaba muy dañada. No podía dejar de llorar. Justo en el momento del terremoto estaba ensayando su última obra de teatro que narra un temblor en Puerto Príncipe. Me dijo: ‘Ya no se puede presentar esa obra’. Le contesté: ‘No renuncies. La cultura nos va a salvar. Tú tienes que seguir haciendo lo que sabes hacer’.
“Ese terremoto es algo trágico, pero la cultura es lo que estructura el país. Le dije que tenía que salir de su casa, que la gente necesitaba verlo. Cuando se caen las referencias físicas, quedan las referencias humanas. Franketienne, ese artista inmenso, es una metáfora de Puerto Príncipe. Era capital que saliera de su casa.
“Cuando fui a visitar a mi madre me llené de angustia porque vi edificios aparentemente muy sólidos que estaban totalmente destrozados. Y sobre todo vi a un sinnúmero de víctimas. Muchísimas víctimas. Empecé a contarlas, y después ya no pude continuar… Había pilas de cuerpos que la gente había colocado con muchísimo cuidado a lo largo de las calles. Los habían cubierto con una sábana o un pedazo de tela. Después de los primeros momentos de silencio y de angustia, la gente empezó a salir, a organizarse y a taponar las grietas de las casas. Lo que salvó a Puerto Príncipe fue la energía de los más pobres. Desplegaron una energía inmensa en toda la ciudad para ayudar, para buscar alimentos. Gracias a ellos la ciudad se vio viva. Sin ellos Puerto Príncipe hubiera sido una ciudad muerta, porque muchas de las personas acomodadas que tenían con qué alimentarse preferían quedarse en casa.”
Dany La Ferrière se preguntó si debía quedarse en su país herido o regresarse a Canadá. Escogió la segunda solución para denunciar algunos de los lugares comunes que difunden ciertos medios de comunicación masiva:
“Salí de Haití porque temía que esa catástrofe generara un discurso estereotipado. Hay que dejar de hablar de maldición. Es una palabra insultante que insinúa que Haití cometió maldades y que tiene que pagar por ellas.
“Maldición es una palabra que no quiere decir nada científicamente. Sufrimos numerosos ciclones. Por razones muy precisas, hacía 200 años que no se habían dado terremotos de tal magnitud. Es todo. Si fuera una maldición, entonces se tendría que considerar que California y Japón también son víctimas de maldición. Que los televangelistas estadunidenses pretendan que los haitianos firmaron un pacto con el diablo es una cosa, pero que los medios masivos de comunicación insinúen lo mismo, es una cosa muy distinta. Sería muchísimo más oportuno que los reporteros describieran la energía increíble de todos estos hombres y estas mujeres que se ayudan los unos a los otros con valor y dignidad.
“La ciudad está medio destruida y el Estado quedó descabezado; sin embargo, la gente se queda, trabaja y vive. Entonces, por favor, dejen de hablar de maldición. Haití no cometió crimen alguno. Haití no paga nada. Se trata de una catástrofe que podría llegar a cualquier otra parte del mundo.
“Otra expresión que habría que dejar de usar sin discernimiento es la de saqueo. Cuando la gente arriesga su vida para ir a buscar algo de comer y de beber entre los escombros antes de que las grúas lleguen para arrasarlo todo, pues no comete saqueo alguno, sólo intenta sobrevivir. Quizás habrá saqueos, un poco más tarde, porque cualquier ciudad de 2 millones de habitantes tiene su cuota de bandidos. Pero hasta ahora sólo vi a personas que hacían lo que podían para sobrevivir.”
Dalembert
El escritor Louis-Philippe Dalembert es oriundo de Puerto Príncipe, donde nació en 1962. Vive entre Haití y Francia. Estaba en su ciudad natal cuando tembló la tierra. Cuenta al matutino Libération:
“La solidaridad espontánea compensa la ausencia del Estado y la falta de asistencia organizada. Por supuesto, no tiene la misma eficacia. Pero algo es algo. Una pariente mía que vive en Mirebalias, un pueblo ubicado a 60 kilómetros de Puerto Príncipe, nos llama por teléfono a mi hermano y a mí. Nos dice que su departamento de dos habitaciones está a nuestra disposción. Somos siete personas en total y su propia familia cuenta con 10… Nos arreglaremos. A menudo uno regala algo de comer a alguien y recibe espontáneamente algo a cambio. Te doy arroz o pastas y me das aceite. Por la noche nos juntamos en el patio de la casa de algún vecino o en la plaza del barrio. Cada cual trae lo que puede. Hay quienes no traen nada, pero todos comemos juntos. Durante un breve momento nos olvidamos de la ciudad arrasada que nos rodea. Y pensamos que el pueblo vale muchísimo más que sus dirigentes.
“Esos actos de solidaridad escapan a la mayoría de los medios de comunicacion internacionales. Quizás no les interesan. Pero finalmente el hecho de que los extranjeros no los vean es un buen síntoma. Significa que quienes se muestran solidarios con los demás lo hacen con discreción. Y eso les honra.
“Si los enviados especiales no ‘ven’ esa solidaridad, es también porque deciden mostrar otra cosa al mundo: escenas de saqueo o de motines. Aun si estas escenas no se dan a menudo, resultan más ‘fáciles de vender’ que el espectáculo de una población desasosegada, sentada en las calles o las plazas en espera de la distribución de la ayuda humanitaria.
“No se necesita ser paranoico para saber cómo funciona la prensa occidental. Por razones personales viví de muy cerca el temblor que sacudió la ciudad de Aquila, en Italia, el año pasado. Estos mismos medios de prensa hablaron de una catástrofe natural. En el caso de Haití hablan de una maldición. La maldición es muchísimo más ‘rentable’…”
Phelps
Poeta, dramaturgo y novelista, Anthony Phelps cumplió 82 años en agosto pasado. En la revista cultural electrónica Cultures Sud expresa su inquietud ante la fuerte movilización estadunidense en Haití. Enfatiza:
“¿Quién va a volver a dibujar mi país? En la mesa de discusiones para la reconstrucción de Haití quiero que además de las voces de los grandes ‘socios capitalistas’, se oigan las de Cuba y de la República Dominicana para llevar a cabo una reconciliación digna. También se debería oír a los artistas y creadores. De igual manera, es preciso dar la palabra a los habitantes de los barrios ricos y pobres. Todos juntos deberían decidir acabar de una vez por todas con las ciudades-miseria.
“¿Pero quién encabezará semejante proyecto? Ya nuestro poderoso vecino se manifestó. Envió a 10 mil soldados del cuerpo más aguerrido, del más brutal de Estados Unidos: los marines. ¿10 mil marines para luchar contra los temblores?, ¿10 mil soldados para reforzar la base militar que acaba de montar en Colombia? Casi 100 años después de la invasión de Haití por los marines, ¿acaso estaríamos asistiendo a una nueva forma de intervencionismo en nombre de la asistencia humanitaria?
“Estos actos de solidaridad escapan a la mayoría de los medios de comunicación masiva internacionales. Quizá no les interesan.”
Trouillot
El novelista Lyonel Trouillot, quien acaba de ganar el premio Wepler por su novela Yanvalou pour Charlie, manifiesta también serias preocupaciones por el futuro político de su país.
“Últimamente lo que se oye por radio suena un poco más pertinente y coherente que hace una semana. Algunas horas después del sismo del 12 de enero y en los días que siguieron era ensordecedor el silencio del Estado, y preocupantes ciertos delirios: se hablaba de entregar la dirección del país a un comité científico integrado por grandes místicos. Se decía que el mar estaba a punto de tragarse a Haití.
“Ahora empiezan discusiones más serias. Todo el mundo está consciente de que 2010 es un año electoral: se preveía celebrar elecciones legislativas en las próximas semanas y presidenciales en los próximos meses. Lo que está realmente en juego ahora es no permitir que el terremoto interrumpa el proceso democrático. Al final del mandato del presidente René Prevèl, convendría organizar un gobierno provisional en caso de que no se puedan celebrar las elecciones. Esa idea empieza a tener eco en el país. El problema es que hay que pensar en todo al mismo tiempo.
“Los responsables del Estado haitiano y del estadunidense empiezan a declarar que no asistimos a una ocupación. Eso significa que oyen muy bien el fragor popular y que entienden que en su mayoría los haitianos no quieren que se les confisquen sus derechos políticos bajo el pretexto de ayudarlos a salvarse y reconstruir su país.”








