El “asesinato” de Martín Luis Guzmán

Soler. Impedimento

Un pleito legal de Porrúa Hermanos con los herederos del escritor impide que las nuevas generaciones de mexicanos conozcan las principales novelas de la Revolución, El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, que desde hace años no se encuentran ya en librerías. El nieto de Martín Luis Guzmán relata en entrevista la arbitrariedad de esos editores, y el gerente editorial del Fondo de Cultura Económica, Martí Soler, explica el lanzamiento en tres tomos de las obras completas del novelista de la Revolución para este año del Centenario de la gesta histórica, lo cual no resuelve el problema del todo: para leer los libros mencionados habrá que comprar los tres volúmenes.

 

Como resultante de un pleito legal por los derechos de autor de Martín Luis Guzmán (1887-1976), desde hace cinco años la editorial Porrúa Hermanos dejó de reeditar los libros El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, consideradas por muchos como fundamentales para el conocimiento de la Revolución Mexicana.

En medio de la disputa, los herederos del escritor y periodista, quien militó en las fuerzas del villismo, han quedado impedidos de publicar estas obras con otro sello editorial, en tanto no se resuelva el litigo y la empresa dirigida por los hermanos José Antonio, Rodrigo y José Miguel Pérez Porrúa les extienda una carta aceptando regresar a la familia Guzmán los derechos.

Así, aunque en el marco de las celebraciones del primer Centenario de la Revolución Mexicana se piensa en organizar seminarios, conferencias y congresos en torno a la obra y vida de Martín Luis Guzmán (en instituciones como la UNAM y países como Argentina y España), sus libros más conocidos sencillamente no están al alcance de los lectores.

Y si bien el Fondo de Cultura Económica (FCE) anuncia que a mediados de este año reeditará sus obras completas, no es lo mismo –sobre todo para jóvenes estudiantes y ahora en épocas de crisis– acceder por costo y volumen a una obra de miles de páginas que a ediciones por obra individual.

Para el doctor en economía Martín Luis Guzmán Ferrer, nieto de Martín Luis Guzmán y quien comparte con sus primos la propiedad de los derechos autorales que les heredó al morir el también escritor de Memorias de Pancho Villa, lo que está haciendo Porrúa Hermanos es matar a un autor.

Explica el también exdirector del museo José Luis Cuevas vía telefónica a Proceso que los dos libros no están disponibles desde hace cinco años porque el editor rehúsa regresar a los herederos los derechos de autor, amparado en el artículo 49 de la Ley Federal del Derecho de Autor que dice:

“El editor que hubiere hecho la edición de una obra tendrá el derecho de preferencia en igualdad de condiciones para realizar la siguiente edición.”

Pero los herederos no quieren ya reeditar la obra con Pérez Porrúa. A decir de Guzmán Ferrer, no pueden hacerlo porque ha violado la ley y les ha hecho “cosas inadmisibles”. Indica:

“Nosotros teníamos un contrato exclusivamente por una edición. Por lo tanto, para reeditar se necesitaba un nuevo contrato. Él persistía en no hacer caso, entonces le rogamos que fuera la última vez que hacía eso, porque no queríamos causarle ningún perjuicio. Si había invertido en ediciones de cinco mil a 25 mil tirajes, no queríamos provocarle problemas económicos. No nos hizo caso. Ese señor es de una soberbia ¡impresionante!”

Decidieron acudir al Instituto Nacional del Derecho de Autor de la Secretaría de Educación Pública (SEP), donde se realizó una reunión de conciliación. Ahí, cuenta Guzmán Ferrer, el editor dijo que editaba los libros antes de firmar el contrato porque “así convenía a sus intereses”. Y añade que todo esto está notariado en un acta y en ello basa su afirmación.

“A partir de ese momento hemos sido amenazados, inclusive el señor llegó a demandarnos penalmente, a mis primas, señoras mayores, ¡abuelas! Nos sometió a todos a un proceso carísimo, afortunadamente nos defendió muy bien el licenciado Juan Velásquez y se comprobó que nosotros no cometimos ningún delito penal. Se nos acusaba –¡imagínese usted!–, como cuando un grupo de personas se reúne para delinquir, de confabulación o no sé qué, no recuerdo el nombre.”

Enfatiza entonces:

“¡Cómo vamos a editar con un señor que nos ha hecho eso! ¿Verdad?”

Hasta ahora, la familia Guzmán ha perdido dos demandas, y cuando se le pregunta cómo es posible si su abuelo les heredó los derechos, dice:

“Eso nos preguntamos nosotros. Primero porque hay amparos, pero al final las perdemos porque, según nos dicen –esto sí es responsabilidad mía decirlo, porque no me consta, no puedo demostrarlo– que este señor Porrúa es editor de los abogados y tiene una gran influencia en las cortes. Y en esa situación estamos.”

 

Cuestión entrañable

 

Con pesar, Guzmán Ferrer asegura que su familia no persigue fines de lucro, “ni remotamente”, sólo desean que se difunda la obra de su abuelo:

“Lo que ellos están haciendo es matar a un autor. ¡Porrúa está matando a un autor! Claro, ellos tienen muchos libros y ancha es Castilla. Él continúa en su mula.”

Entonces rememora que la relación de él y sus primos con Martín Luis Guzmán fue muy estrecha, “muy profunda”. Cuando el escritor falleció, él tenía 37 años de edad. Es decir, convivieron mucho con su abuelo y lo quisieron entrañablemente. Incluso Guzmán Ferrer trabajó como reportero en la revista Tiempo, fundada por el escritor en 1942. Cuando ya nadie podía hacerse cargo de esa publicación, el nieto lo hizo “con mucho gusto y gran satisfacción”. Por consiguiente, no lograr la difusión de su obra es para ellos “muy penoso, sentimos que hemos fracaso en ese sentido”.

Inicialmente las obras de Martín Luis Guzmán fueron editadas por la Compañía General de Ediciones, fundada por él mismo junto con su amigo Rafael Giménez Siles, con quien creó también otras editoras, como Ediapsa, Nueva España y Empresas Editoriales, así como las Librerías de Cristal (Proceso 9).

Al desaparecer la Compañía, sigue Guzmán Ferrer, el novelista de la Revolución consideró como su mejor opción a Porrúa, “una editorial muy seria y prestigiada”, su director era entonces “amigo de mi abuelo, una bellísima persona”. Los contratos se hicieron siempre –insiste– solamente por un año:

“La última edición de eso fue en 1975. Ha pasado más de un cuarto de siglo y, claro, la situación en Porrúa es muy diferente hoy en día. Como establece la ley, ellos no pueden editar nuevas ediciones sin un contrato porque ‘así conviene a sus intereses’.”

Sostiene que la familia tiene legalizada la propiedad de los derechos autorales de su abuelo, tanto mediante el acta de la herencia como por un documento específico notariado.

–¿Por qué entonces han perdido?

–Ellos se refugian aparentemente en que una cláusula de la ley dice que tienen prioridad, pero eso si nos ofrecen mejores condiciones. Y el señor Porrúa dice que nos ofrece mejores condiciones y punto. ¿Nos puede ofrecer mejores condiciones alguien que nos demanda penalmente?

“Cuando un escritor le dice a una editorial, ‘ya no voy a editar contigo, voy a editar con otra editorial’, ahí se acaba la relación. ¿Por qué no es así en nuestro caso? Porque ese señor está empecinado en lo contrario y, claro, porque a él económicamente le conviene.”

Remata:

“Ningún editor se niega a regresar los derechos de autor, sobre todo cuando ya no tiene contrato.”

Expone que además del problema con El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, se enfrentan al hecho de que Hermanos Porrúa edita también las Memorias de Pancho Villa, pero en este caso no está agotado el libro, se sigue vendiendo y los editores no le rinden a la familia cuentas de nada, y alegan que no son reediciones sin contrato, sino libros que tienen en bodega:

“De los otros no puede decir eso porque existen los contratos que no firmamos y está establecido que se agotaron, pero en el tercero no podemos hacer nada absolutamente. Ellos dicen que no reeditan, que se venden muy lentamente, pero llevan 10 años con esa edición de las Memorias de Pancho Villa.”

 

Novela épica

 

Al anunciar la reedición de las obras completas de Martín Luis Guzmán dentro de sus proyectos para este año, el gerente editorial del FCE, Martí Soler, expresó el interés de la institución en editar individualmente algunos libros y hacerlos más accesibles al público, pero Guzmán Ferrer precisa que no es posible pues Porrúa debe extenderles una carta donde diga “que ya no va a editar los libros y nos regrese nuestros propios derechos”.

En realidad, no se queja de la ley, a su juicio “siempre ha funcionado, pero cuando se presenta un hombre abusivo y poderoso…”. Dice que acudieron a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos para quejarse de que en su caso la ley no está aplicándose, pero no lograron nada. Y cuestiona que cómo es posible que en el Centenario de la Revolución Mexicana no estén individualmente disponibles las obras de su abuelo:

“Por eso digo que están asesinando la obra de Martín Luis Guzmán. Si esto sigue así, ya nadie se va a acordar de él. Hay profesores que nos hablan pues quisieran ejemplares para sus clases de literatura, nos preguntan qué pasa y tenemos que decir que no hay libros.”

Habla entonces de la importancia de la obra de Guzmán:

“Lo dicen los críticos literarios, particularmente me referiría a las opiniones de José Emilio Pacheco, donde justifica que la obra de Martín Luis Guzmán es fundamental en la primera mitad del siglo XX. Sobre todo artísticamente, pues es una cuestión artística la calidad de la prosa de mi abuelo, es esencial para entender, para describir la Revolución.”

Cuando el autor falleció el 22 de diciembre de 1976, Pacheco escribió en su Inventario en Proceso, del 3 de enero de 1977:

“Se ha dicho con justicia que El águila y la serpiente es para la Revolución lo que fue la historia de Bernal Díaz para la conquista. Se ha afirmado también que es la novela de los de arriba: el libro de los caudillos. El ausente es el pueblo en armas; el artista del Ateneo no llega a verlo sino como carne de cañón o material ridiculizable (los zapatistas en la Ciudad de México). Pero entre la estética de la violencia y la fascinación de la carroña, la prosa sin edad de Guzmán convierte en epopeya lo que narra, los generales se vuelven personajes de Tácito y Plutarco, la Revolución queda exaltada al rango de un pasado clásico.”

Y sobre La sombra del caudillo establece:

“… es la primera novela de la Revolución hecha gobierno. Escrita bajo el impacto del asesinato del general Francisco Serrano en Huitzilac, mezcla con destreza acontecimientos de 1927 y 1924, y sólo añade un personaje imaginario: Axkaná González, destinado a ser el nexo de una trilogía que no llegó a escribirse y de la que sólo queda un relato, ‘Axkaná González en las elecciones’, aparecido originalmente (1931) como Aventuras democráticas.”

Un año después, el escritor Marco Antonio Campos escribió también en este semanario (Proceso 81):

“Los que tenemos principalmente preocupaciones y ocupaciones literarias tenemos la imagen de nuestra Revolución más que nada a través de las novelas que se dieron durante y después de la insurgencia: las de Azuela y Martín Luis Guzmán, de López y Fuentes y Rafael F. Muñoz, y después, de Fuentes y Rulfo. Se ha hecho casi un lugar común citar que se aprende más en estos libros sobre la mentalidad del mexicano y las condiciones reales de nuestro país en la Revolución, que en los tenaces políticos que han proliferado sobre ella…”

Hoy, simplemente no se consiguen en ninguna librería.

 

Proyecto en puerta

 

Hace también cinco años que el FCE no reedita la obra completa de Martín Luis Guzmán, que venía publicando desde 1985. Martí Soler cuenta que el año pasado se logró un acuerdo con los herederos para hacer una reedición cambiando la estructura original de la edición, que era de dos tomos.

“Eran demasiado grandes, de mil 100 páginas cada uno, entonces implicaba un costo para el lector quizá demasiado grande.”

Ahora se piensa en dividirlas en tres tomos y se presentarán de manera distinta, pues se reunía en orden cronológico, de acuerdo con la fecha en que Guzmán las escribió. Eso hacía, a decir de Soler, que en el primer tomo hubieran quedado tanto El águila y la serpiente como La sombra del caudillo, por lo cual el segundo tomo siempre se vendió menos, aunque traía las Memorias de Pancho Villa.

La nueva distribución será:

Tomo I: El águila y la serpiente; La querella de México. A orillas del Hudson. Otras páginas; y Necesidad de cumplir las leyes de Reforma. Pábulo para la historia. Crónicas de mi destierro.

Tomo II: La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. Y en el

Tomo III: Javier Mina. Islas Marías. Academia. Filadelfia, paraíso de conspiradores. Axcaná González en las elecciones. Maestros rurales. Piratas y corsarios y Muertes históricas.

Se estaba en espera de que la Comisión Organizadora de los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución participara como coeditor, pero Soler afirma que independientemente de la respuesta, el FCE acometerá la empresa.

De hecho, responde a pregunta de Proceso que, al margen del Centenario, la publicación de la obra de Guzmán es pertinente, aunque desde luego la conmemoración es buena oportunidad, y se está pensando en presentar las ediciones con nuevos prólogos que sitúen en ese contexto a la obra y ofrezcan un estudio sobre ellas. Aún no se tienen los nombres de los prologuistas, pero los tendrán a más tardar en febrero, pues quieren cumplir con el ofrecimiento de publicar entre junio y julio.

Soler anticipa, asimismo, que la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM realizará en abril un congreso sobre Martín Luis Guzmán; actos similares se llevarán a cabo en Argentina y España. En este último país el autor fue muy conocido.

Guzmán Ferrer expresa que los herederos se sienten muy contentos por esta próxima reedición, que a decir suyo es prácticamente 99% de la obra. Solamente hay algunos artículos o ensayos que el propio Guzmán pidió no se incluyeran, pero que pueden consultarse en el fondo que lleva su nombre en la Hemeroteca Nacional. Y la colección completa de la revista Tiempo, así como del periódico El Mundo han sido donados a diversas instituciones, como la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional, el Archivo General de la Nación y El Colegio de México.

A manera de conclusión evoca la trascendencia literaria de su abuelo diciendo que en el periodo de la Revolución existen en pintura tres grandes: David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco.

“Su obra no puede suprimirse… Pero claro, en este caso no es necesario reeditarla, ahí está.”