Tibol y Bartra: La izquierda ante el Centenario

Raquel Tibol

Comienza 2010, el año del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana. En noviembre de 2008, distintos historiadores coincidieron en este semanario en que el gobierno calderonista no sabe cómo festejar: No está en la naturaleza de la derecha celebrar movimientos que enarbolaron las banderas de la igualdad, la democracia o la justicia social. ¿Y la izquierda? ¿Tiene algo qué celebrar cuando los ideales perseguidos fueron traicionados por los sucesivos gobiernos? ¿Cómo debe encarar las efemérides sin hacerle el juego a la oficialidad? Las preguntas surgen en un contexto en el cual se ha señalado que la izquierda mexicana está dividida en diferentes partidos y, en suma, “enferma”. En entrevista con Proceso, la crítica de arte Raquel Tibol y el sociólogo Armando Bartra distinguen esa izquierda institucionalizada y peligrosamente cercana al poder, del pensamiento de izquierda que desde diferentes campos de batalla está proponiendo y hasta generando alternativas.

 

 

Para la periodista y crítica de arte Raquel Tibol, no sólo los partidos de izquierda están en crisis, sino la izquierda en general, pues la caída del llamado “socialismo real” cambió el rumbo de las izquierdas a nivel mundial y surgieron nuevas izquierdas, “casi siempre menos dogmáticas”.

Aunque, agrega, “una cosa es no ser dogmático y otra ser oportunista”. Evoca a Marte R. Gómez cuando definió a Vicente Lombardo Toledano como “un marxista anticomunista”, para recordar que el dirigente fue “gobiernista a rajatabla”, e igual que el pintor David Alfaro Siqueiros, miembro del Partido Comunista y estalinista hasta “el último suspiro”, se opuso al movimiento estudiantil de 1968 y apoyó a Luis Echeverría. Dos ejemplos, dice, de oportunismo y dogmatismo tempranos.

“De modo que los fenómenos políticos de la izquierda cercana al gobierno no los inauguraron Jesús Ortega y su grupo. Existe en México, desde hace muchas décadas, una izquierda que se tienta mucho de estar cerca del gobierno.”

Pero las circunstancias, a decir suyo, fueron distintas de la época cuando se creó el Partido Popular, luego llamado Partido Popular Socialista, y el ahora PRD, que se supone tendría una posición crítica frente a los gobiernos “burgueses”.

Porque para la periodista, desde el triunfo de Venustiano Carranza hasta nuestros días, todos han sido gobiernos burgueses. Y hasta enfatiza que no se salva el de Lázaro Cárdenas, pues si bien el general nacionalizó el petróleo, no lo distinguió el reparto de tierras, pues también lo hicieron Calles y Obregón, y llegado el momento hizo a un lado a Francisco J. Mújica, pese a ser su amigo del alma. Por ello pregunta sin miramientos: “¿Qué se va a celebrar? ¡Si triunfó la Revolución que traicionó los ideales del Plan de Ayala planteados por Emiliano Zapata!”.

Explica que el plan no consistía en quitar tierra a los hacendados para entregarla a los campesinos, sino reconocer la antigua propiedad que ellos tenían. Eso “no lo inventó Zapata”; fue una lucha de décadas durante el porfiriato, pero incluso desde tiempo antes, en el gobierno de Benito Juárez.

La historia de las traiciones en las diferentes revoluciones que en la primera década del siglo XX sucedieron en México es harto conocida, dice, y recuerda cómo aunque Zapata apoyó a Madero, éste envió a Victoriano Huerta a acabar con él y además cometió el error de no licenciar las tropas porfiristas. Así se debilitaron las fuerzas agraristas zapatistas que, con todo, lograron ganar espacio en la convención constitucionalista organizada en 1916 y que elaboró la Constitución de 1917.

En el texto La izquierda en el congreso constituyente de 1917 (publicado en estas páginas), la crítica de arte relata cómo las fuerzas de izquierda, encabezadas por Francisco J. Mújica y Heriberto Jara, lograron participar en la convención y plasmar en los artículos 27, 123 y 130 sus preceptos:

“Supuestamente venían del carrancismo, y después del congreso Mújica ingresó al Partido Comunista y se fue un tiempo a la Unión Soviética, y el general Jara fue una gente que conservó su posición de izquierda hasta el final de su vida.”

Otro importante personaje de la izquierda mexicana de principios de siglo XX es Felipe Carrillo Puerto, quien fue miembro del Ejército del Sur de Zapata, “donde aprende el valor de un líder cercano a su pueblo” y quien sin ser indígena hablaba maya. Al asumir el cargo de gobernador, lo hizo con un discurso en maya. Carrillo fue eliminado por Adolfo de la Huerta.

Se le pregunta si además de los artículos que menciona, aportados por la gente de izquierda, no se puede hablar de un “Estado de bienestar social” que existió al menos hasta la década de los años ochenta o de la educación laica. Considera que esta última no fue un regalo de la “burguesía”, sino una herencia de la lucha juarista y de los liberales del siglo XIX, que se conservó hasta que Carlos Salinas de Gortari se acercó al Vaticano.

Y hace énfasis en que en realidad no era necesaria la llegada del Partido Acción Nacional, pues desde antes ha habido una continuidad en los gobiernos burgueses. Lo que le sorprende es la izquierda “oportunista”, que en lugar de asumir una posición crítica y defenderla se acerca a pactar con esos gobiernos, lo cual le parece muy peligroso.

No ve en los integrantes de esa izquierda el ánimo de luchar que tuvieron los defensores de la posición progresista en la Convención de 1916, sólo pelea, a decir suyo, el diputado Gerardo Fernández Noroña, del PT, y no se sabe qué efectos tendrá la campaña de Andrés Manuel López Obrador.

 

Mirando al sur

 

Se le pregunta entonces si al margen de la izquierda de los partidos, no hay un pensamiento o gente de izquierda. Sí hay, dice, una “preciosa” izquierda independiente en el sector campesino, en el intelectual, en las universidades, en la producción literaria, en el campo científico que reflejan sus convicciones en sus investigaciones, su literatura, su trabajo.

“De quien más hay que esperar es de esa izquierda independiente que cometió el error del voto blanco, porque era una especie de desentenderse de las cosas, debieron defender su posición de izquierda, la de ellos, y no atacar al PRD, al PT, a Convergencia, o que sé yo.”

–¿Y no habría que distinguir entre la izquierda institucionalizada en crisis y este pensamiento de izquierda que vale la pena rescatar?

–Está activo. Yo no tengo que rescatarlo, ni usted ni la revista Proceso. Lo van a rescatar ellos mismos, con sus acciones, con sus actividades, cuando firman documentos, cuando producen, cuando hacen declaraciones. Nunca toman actitudes oportunistas, defienden sus posiciones, sienten el derecho de ser ciudadanos pensantes que están defendiendo posiciones progresistas.

Y tienen además interés en América Latina, en ver hasta dónde van avanzando los países con gobiernos de izquierda como el de Luiz Inácio Lula da Silva, “un gobernante inteligentísimo salido de la clase obrera”; Evo Morales, quien –a diferencia de Juárez, que fue de ascendencia indígena pero no trabajó con los indígenas– surgió de la lucha indígena cocalera y habla con los indígenas bolivianos en su lengua; o Michelle Bachelet, que en opinión suya ha sido tibia, si bien lo atribuye a la todavía presencia fuerte de pinochetistas, aunque juzga que en su lucha contra los araucanos “se le pasó la mano”.

En Argentina, continúa, el peronismo abarcaba un amplio espectro, desde la ultraderecha hasta la ultraizquierda, pero hoy Cristina Fernández y su marido representan un peronismo “progresista bastante avanzado, que ha actuado con inteligencia a su manera, en un país donde predomina el poder de los militares”.

Son países donde ha habido represiones, aunque México no se queda atrás. Menciona la matanza de 1968, el asesinato de 600 militantes del cardenismo de Cuauhtémoc Cárdenas y las represiones contra los ferrocarrileros, los médicos, los maestros, maestros rurales que “han sido permanentes víctimas”, pero el pueblo “no quiere venganza”, quiere un cambio.

Un cambio que observa difícil porque uno de los principales obstáculos es la corrupción, “el gran peso muerto de México”, de la cual no se salva nadie: ni la policía ni el Ejército ni la Suprema Corte de Justicia de la Nación ni los partidos políticos ni el PRD que, por ejemplo, no tiene un código de ética.

Añade el narcotráfico y afirma que lo peor que pudo haber decretado Calderón fue una guerra, porque “guerra es guerra” y como guerreros han respondido en el narco, y pareciera que a las autoridades no les importa que se maten en esa lucha miles de personas inocentes.

Ante este panorama, Tibol considera que no hay nada que celebrar, sino más bien llorar. Y los sectores progresistas no pueden celebrar el que desde la Constitución de 1917 hasta hoy sean gobiernos burgueses, alejados del pueblo.

La izquierda sí ha tenido logros. Como muestra cita a la Ciudad de México, bastión en el cual se han ganado batallas sumamente importantes: beneficios a la tercera edad, el aborto, la creación de hospitales, preparatorias y la Universidad de la Ciudad de México, pero debe crear con inventiva sus propias celebraciones.

Cuando se le pregunta qué posición tendría que tomar la izquierda independiente frente a los centenarios, responde que ella no da consejos. Lo que hace es revisar la historia, escribir artículos como el que ahora se publica. Y es que le resulta un contrasentido celebrar dos centenarios y se elimine de las escuelas la materia de historia.

Finalmente se le cuestiona si vale la pena ser de izquierda. Primero hace ver que el término implica la espera de un premio o reconocimiento, y ella no tiene esa expectativa, pero agrega enseguida:

“Vale la pena no quedarse callado, ése es un valor muy importante, y reclamar con derecho. Cuando hago un reclamo de una ética de un grupo político, es porque como profesional del periodismo he mantenido una ética. Eso me da derecho de hablar.”

 

Bartra: Cabal salud

 

Especialista en temas agrarios, el sociólogo e historiador Armando Bartra no cree en el “fetichismo” de las efemérides si se les toma con la ingenua idea de que podrían suceder hechos como los ocurridos hace 100 o 200 años.

Sin embargo, considera que se pueden utilizar las fechas para asomarnos de nueva cuenta a la historia. Máxime que éstas no son fechas “cualesquiera”, pues corresponden a “momentos decisivos de lo que ahora es nuestro país”:

“Si algo nos enseña nuestra historia y en particular los hechos de hace 100 y 200 años, es que el pueblo nos ha conducido y ha abierto camino a los cambios. Obviamente importan las coyunturas, el que la independencia no hubiera sido posible sin las circunstancias europeas, las reformas borbónicas, la crisis política en el viejo continente que aquí se refleja, o sin las élites que estaban jugando su propio juego.

“Igualmente en la Revolución había un descontento de un sector de la clase dominante, con un gobierno ya senecto de Porfirio Díaz y la expectativa de cambio. Las personas que representaban a ese sector descontento, Madero entre ellos, tuvieron un papel importante, pero finalmente y a lo largo de los 10 años de la insurgencia revolucionaria, fue el pueblo el que encaminó a México en su nuevo destino al siglo XX.”

Esta es una de las lecciones que extrae Bartra, pero aclara que es una idea vaga y habría que analizar cómo y por qué se dio esa participación, qué flujos y reflujos se dieron, y estar conscientes de que la historia no es lineal, tiene varios vericuetos y siempre se reinterpreta desde el presente.

En ese sentido, advierte que habrá un revisionismo con enfoques y perspectivas distintas, asimismo se protagonizará también una batalla entre la derecha y la izquierda para tratar de imponer desde sus visiones qué nos dicen hoy la Revolución y la Independencia, cómo nos lo dicen y cómo lo asimilamos o nos inspiramos en ambos movimientos.

Juzga difícil establecer en una entrevista breve cuestiones tan definitivas como establecer si la izquierda ganó en la Revolución o si fue el carrancismo. Considera que en la Convención de Aguascalientes se reunieron diversas fuerzas, como el villismo, el carrancismo y el zapatismo, y juntas definieron un proyecto de país y crearon un gobierno.

Se dio una lucha entre las fuerzas campesinas radicales y las posturas neoporfiristas, y el resultado es una Constitución “más avanzada de lo que pensaba Carranza”, y “más tibia de lo que quería el zapatismo”, pero al final “es la expresión en papel de una radicalidad revolucionaria, que no podía ser ocultada, a pesar que hubieran vencido los de Sonora”.

 

Proyecto alternativo

 

En la revisión histórica que debe hacerse en los centenarios, Bartra incluye la necesidad de reflexionar sobre el papel de México al hacer la primera revolución progresista de América Latina en el siglo XX y el rol zaguero de hoy, donde además ha quedado separado del resto del continente e integrado “ignominiosamente” a Estados Unidos.

“Es algo que debemos recuperar, hoy que el cono sur muestra, sobre todo en la zona andina, un proyecto alternativo de país o de países: Bolivia, Ecuador, de algún modo Venezuela y Perú, aunque no con gobiernos democráticos. Y de nuevo las comunidades rurales, los indios de este continente plantean una alternativa a la modernidad, una visión que no es el desarrollo cepalino (de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe) ni del neoliberalismo reaccionario, sino el Sumac Causai: La reivindicación de la naturaleza, la armonía entre los hombres, la vuelta a la cultura tradicional.”

Se redescubriría, aunque no es novedad –dice–, el contenido náhuatl del zapatismo, y habría que revisar también que esa experiencia andina se vivió en Yucatán con el gobierno indígena de Carrillo Puerto, del Partido Socialista del Sureste, casi un siglo antes de que se materializara en países como Bolivia:

“Todo esto hay que poner a debate. Estoy convencido de que la visión de derecha, que finalmente no apuesta por las capacidades del pueblo para resolver los problemas, tendrá dificultades pues no conmemoramos los momentos de las élites, los momentos de la inercia ni de la estructura o del aparato, sino los momentos de eclosión popular, y la derecha tiene dificultades para lidiar con ellos. Lo mejor que puede hacer es tratar de echarles tierra o decir: Ya ven, ¿para qué sirve, si después de todo los que van a decidir el camino son las élites o son los dominantes?”

Se le comenta que lejos de acercarse a las experiencias de América Latina, la izquierda en México es señalada como enferma y en crisis. Y la pregunta es si en la izquierda independiente hay un proyecto que pueda rescatarse.

Primero, dice, hay que desprenderse de la idea de la excepcionalidad de México, la afirmación de que como México no hay dos. Pues hoy más que nunca está integrado a la globalidad y depende en muchos aspectos (económico, demográfico, tecnológico, político y hasta de seguridad nacional) de Estados Unidos.

Entonces hay que recordar que la historia de México no se ha desarrollado de espaldas al mundo, por tanto hay que mirar al pasado, pero también al entorno internacional. Algo triste, pues mostrará que México está a la zaga de las transformaciones sociales del siglo XXI:

“Fuimos vanguardia en América Latina en el siglo pasado y hoy somos dramática retaguardia. Algunos dirían que ya ni siquiera formamos parte del bloque de América Latina, sino del bloque del norte. Si esto no nos preocupa, no estamos atendiendo nuestra Revolución que nos colocó en la tesitura de ser parte de un subcontinente, de ese continente Nuestra América, para usar un término de Martí. Nuestra con ‘N’ mayúscula para distinguirnos de otra que no es nuestra.”

Entonces, subraya, una tarea de México en este 2010, donde cumple 100 años la Revolución, es ver qué está haciendo el mundo en términos de revoluciones. Y ver además que se están realizando por la vía de los comicios, “con un saldo de sangre relativamente menor que las del siglo pasado”.

Esto llevará a pensar en José Carlos Mariátegui, quien planteó en las primeras décadas del siglo XX la posibilidad de un socialismo de base indígena peruano. Y se recordará antes a Carrillo Puerto, que no escribió como Mariátegui sus planteamientos en la revista Amauta, los estaba construyendo.

La pregunta es si al margen de la izquierda institucional hay quienes puedan impulsar la revisión histórica y un proyecto alternativo. Entonces, haciendo un parangón entre el hecho de que la Iglesia no es la jerarquía o el Vaticano, sino que hay cristianos progresistas, responde categórico:

“La izquierda no es la institucionalidad, no son los partidos, no son los chuchos, las burocracias ni los chambistas; es la gente que piensa de manera critica, que se organiza para tratar de resolver problemas, que tiene una visión de futuro, de solidaridad, de combatividad. En ese sentido, si la izquierda es el pueblo que comparte ciertas ideas, un modo de vivir el presente y de pensar en el porvenir, pues goza en Mexico de cabal salud.

“Y en este punto me declaro un optimista, entendiendo por optimista un pesimista bien informado, al revés de lo que dicen otros: Hay que mirar a nuestro alrededor, ¡carajo!, mirar hacia abajo, a los lados, a la gente que está a pesar de la crisis, y eso que la crisis económica despierta reflejos conservadores, y a pesar de eso la gente está tratando de enfrentar su destino con dignidad y con arrogancia.”

Las evidencias son muy claras, a decir suyo: haber echado para atrás la “lamentable reforma energética, iniciativa de Calderón, gracias a movilizaciones populares, y a una intelectualidad que echando toda la carne al asador argumentó la inconveniencia”, y participaron técnicos y especialistas, e incluso se sumó la Cámara de Diputados, pues el PRI no quiso pagar los costos políticos, siendo que al actual gobierno lo que menos le preocupa es la legitimidad democrática.

A ello atribuye el asunto del Sindicato Mexicano de Electricistas, que muchos podrán ver como una pérdida, pero que él destaca porque si bien la mitad de trabajadores cobró su liquidación, es sorprendente que casi la mitad no la haya aceptado.

Concluye que la izquierda independiente no está sentada, lamentándose, ni enfrascada en luchas ratoneras por chambas. Y destaca un hecho: Poco menos de 10 millones de mexicanos que viven en la Ciudad de México han optado por mantener, desde que tienen derecho a elegir a sus gobernantes, un gobierno de izquierda que ha reconocido el derecho de la mujer sobre su cuerpo al despenalizar el aborto y el derecho a la diversidad sexual y a ejercerla plenamente.

Hay además un pensamiento progresista dentro y fuera de la academia, donde hay una reflexión crítica, también sobre la historia, y “estoy convencido de que por mucho que haga el gobierno federal, y no está haciendo mucho, la batalla por la Revolución y la Independencia la va a ganar la izquierda”.