Más de 50 años han pasado desde que el rock and roll llegó a México, y en la capital del país las cosas no parecen avanzar para beneficio de los músicos exponentes del género.
Esta primera década del siglo XXI heredó las mismas dificultades de apoyo que arrastra el siempre relegado circuito del rock creativo nacional, sin poder superarlas hasta ahora.
Poco profesionalismo de los propietarios, malos tratos, espacios reducidos, baja paga y malas condiciones para trabajar son las principales quejas de los músicos que circulan por los escasos lugares que hay en el DF para tocar su propia música.
A decir de Alejandro Otaola, exguitarrista de Santa Sabina y La Barranca, hoy con San Pascualito Rey y su banda Fractales, sí existen espacios con intención de generar un tipo de escena verdadera, pero la situación económica del país lo impide:
“Hace que la gente no tenga lana para salir, pagar el cover y además consumir, a diferencia de hace unos 10 años, cuando era común encontrar lugares grandes para un número considerable de personas. Ahora ya hay cada vez menos, y como que se ha transformado la cosa a sitios pequeños, para un público más específico.
“Cada vez se está volviendo como más ‘guerrillero’ esto de la música, ya no puedes centrar tus esfuerzos en una tocada grande, teniendo que hacer varias presentaciones pequeñas en tales lugares, lo que se traduce a no tener condiciones ideales para tocar, desde el audio hasta lo económico.”
Como los pagos dependen invariablemente de cuántos músicos toquen en el escenario, “hay veces que terminas llegando a tu casa con 100 pesos menos porque tuviste que pagar tus chelas”, expone Otaola.
Asimismo, Juan Manuel Ledezma, el exguitarrista de Julieta Venegas, quien toca con Algorythm & Blues y Sánchez Dub, coincide:
“¡Yo ya casi casi toco por gusto! Nada más de gasolina y valet parking son 100 pesos, y si quieres cenar son otros 100, generalmente te pagan un promedio de 500 por tocada, y esa media tiene ya varios años. Creo que la única solución es subir la tarifa por tocar.
“Pero si tú cobras mil pesos, no falta el que sí quiera cobrar los 500, y luego llegan el argentino o el cubano que cobran 400. Entonces los dueños de los lugares ya nunca quieren pagar lo justo, aunque, bueno, yo he ido a tocar jazz por 120; pero tocando rock, nomás no.”
El director de la extinta revista sobre rock La Mosca en la Pared (que ha renacido de manera electrónica), además de requintista y compositor del grupo de blues Los Pechos Privilegiados, Hugo García Michel, expresa:
“Sigue habiendo escasos lugares, y los que existen en muchos casos son indignos, muy poco propicios para tocar en buenas condiciones. El trato varía, pero en general es malo, desconsiderado, bastante muy mal pagado. Los músicos seguimos siendo instrumentos o cosas o números.
“Increíble que aún existan empresarios que te exigen vender cierta cantidad de boletos para permitirte tocar. Ya me lo propusieron una vez y por supuesto me negué, es una vieja costumbre heredada del Rockotitlán del bajista Tony Méndez, de Kerigma.”
Para los músicos de rock significa la devaluación de su trabajo y una falta de respeto por parte de los foros que se niegan a tratarlos dignamente. Germán González, del grupo Sr. Mandril, lo dice claramente:
“Yo creo que todo está en nosotros, siguen explotándonos porque nos seguimos dejando. La onda es darle más dignidad a nuestra manera de vivir y no aceptar chambas donde te traten mal, sólo así ellos se obligan a pagar mejor. Si cualquiera acepta un hueso por 300 varos y tres horas de música, ya nos rompieron la madre. Ellos nos necesitan para llevar gente a sus lugares y lo tienen que entender como tal, o nosotros hacerlos entender.
“Aunque sí hay lugares que no pagan tan chido pero, al menos, su trato es muy digno, entienden que la lucha es de todos y que no sólo es cuestión de dinero, sino también de dignidad.”
Palomita y tache
En la Ciudad de México, ciertos antros han logrado una funcionalidad encaminada al buen trato.
Por ejemplo, el Foro Alicia (principal impulsor del underground, en la colonia Roma) o el pequeño Café ES3 del hotel Virreyes (en el Centro Histórico), pero es El Imperial (avenida Álvaro Obregón 293, colonia Condesa) donde se siente muy cómodo cualquier rocker que haya pisado su escenario.
Jorge González, programador de El Imperial, comenta:
“La idea fue montar un club profesional enfocado al rock, con nivel de los mejores del mundo. Que no fuera el típico garage con escenario y unas bocinas parchadas. Está pensado para que la experiencia de los músicos sea grata, lo cual reflejarán al público en general, haciendo grata también su experiencia.
“Cuidamos todos los detalles, comenzando por utilizar audio y backline (instrumentos) de primera, incluyendo un camerino muy padre, sin desatender la promoción. No les cobramos renta, no los ponemos a vender boletos; para nosotros la música va por delante.”
Según los músicos, El Imperial es el único sitio donde “realmente se puede ganar una buena cantidad de dinero en una sola noche”; asegura Germán González:
“El Imperial es muy bueno. Con Sr. Mandril he tocado ya unas cinco veces ahí, y siempre nos ha ido de poca madre, en trato y en dinero todos salimos contentos. Es buen ejemplo de cómo deberían funcionar los lugares de rock en México.”
Sin embargo, para una ciudad del tamaño del DF resulta imposible pensar en solamente dos o tres foros de rock “dignos”, pues en décadas pasadas “la situación parecía ir hacia otro lado”, afirma Alejandro Otaola:
“Siento que hoy no existe un lugar emblemático como hubo antes, por ejemplo con el LUCC (La Última Carcajada de la Cumbancha, foro artístico abierto por el promotor Lalo Barajas en los ochenta), donde sabías que ibas a escuchar lo mejor del rock que hubiera en ese momento.
“Después estuvo Rockstock, luego La Diabla o Rockotitlán, bar que por muchos años fue el lugar donde sucedió el rock en México. Por la situación económica, los lugares abren por meses o un año y tienen que cerrar, hay que estar a la caza de dónde están abriendo nuevos foros.”
Ante la difícil panorámica que arrastra el rock nacional, Hugo García Michel anhela un cambio:
“Creo que las cosas no han variado sustancialmente nada, en esencia seguimos igual que hace dos décadas. Más que ver signos de mejora, tengo esperanzas de que así suceda.”








