HONG KONG.- La mejor manera de captar la esencia de esta ciudad es caminar a lo largo del Paseo de las Estrellas (Promenade of the Stars) en la península del Kowloon; además de la espectacular vista hacia la isla principal, uno se detiene a cada paso con las huellas de manos de nombres como Jackie Chan o Tony Leung, o con la estatua venerada de Bruce Lee.
En 12 años de vida como Región de Administración Especial (SAR, por sus siglas en inglés), la excolonia británica defiende su producción cinematográfica reinventando constantemente su lenguaje y aprovechando el inmenso mercado que ofrece la China continental.
El temor a un régimen bajo la rúbrica “un país, dos sistemas”, que provocó la desbandada de talentos hacia Hollywood, se ha diluido casi por completo. John Woo, por ejemplo, decepcionado de las quimeras del oeste californiano, filma en China Red Cliff, una cinta basada en hechos históricos con una fuerte dosis de nacionalismo. Esta deslumbrante superproducción (El Titanic se queda corta) reúne talentos de varias partes de Asia, es fiel al principio de “innova y respeta la tradición” e incorpora las nuevas técnicas que el director de Misión Imposible II aprendió en Hollywood.
A diferencia de John Woo, muchos optaron por permanecer en su tierra natal, asumiendo el riesgo de la censura; la presión económica y la duda son constantes en el cine actual de Hong Kong, como si en cada producción se jugara el destino de lo que otrora fue la alternativa a Hollywood en este lado del planeta. Realizadores como Johnnie To o Wilson Yip han logrado una capacidad de abstracción inusitada, una manera de decir todo en una especie de lenguaje de sordomudos.
Para otros, la salida consiste en echar mano de la acción y del kung fu, la tradición mejor desarrollada durante la colonia; lo que se ha perdido con la decadencia de espectaculares combatientes, como Jackie Chan, Sammo Hung o Yeun Biao, se compensa con nuevas adquisiciones del mercado de talentos del circo chino; y el papel de Hong Kong en la historia de China se reafirma cada vez más en las películas.
No es que el tema de la identidad sea nuevo en el cine de Hong Kong, pero la producción reciente no se cansa de enviar señales claras de su fidelidad al continente; basta ver algunas de las ultimas cintas protagonizadas por Jet Li, Donnie Yen, Andy Lau (Fearles, Ip man, entre varias) para saber hasta qué punto el quehacer de la gente de cine aquí en Hong Kong se rige ahora por esta obsesión.
Guardaespaldas y asesinos (HK, 2009), estreno navideño dirigido por Teddy Chen, ilustra perfectamente esta tendencia: se trata de mostrar la fidelidad a muerte de la isla hacia Sun Yat-sen, para muchos el Padre de la Nación China, primer graduado en medicina en la proto Universidad de Hong Kong, el revolucionario que acabó con la dinastía de los Qing. Combinando un intenso drama con secuencias de acción y peleas espectaculares de kung fu, Teddy Chen construye un aura mítica alrededor de la figura del primer presidente de la Republica China, mostrando a Hong Kong como la tierra sagrada que defendió y albergó al héroe.
Pero no todo es incienso para la Madre Patria. En Guardaespaldas y asesinos los defensores de Sun Yat-sen se identifican con Hong Kong y con los valores revolucionarios que defienden la democracia; los reaccionarios y asesinos, con el poder y el régimen totalitario y decadente de la emperatriz Cixi.








