Bicentenario de Larra (II)

"Figaro". Su seudónimo

Esta es la segunda entrega del relato inédito Plagio, del escritor Vicente Leñero, en el cual recrea la figura del articulista, poeta, dramaturgo y novelista español Mariano José de Larra, nacido hace 200 años. La primera se publicó la semana pasada. Forma parte de un libro que se llamará Más gente así, debido a que en Gente así, editado por Alfaguara (2008), el autor dio a conocer cuentos de la misma naturaleza que el actual, donde se mezclan la realidad y la ficción.

Melchor Almagro 
de San Martín, 1943

Es el lunes 13 de febrero de 1837. Fígaro se envuelve en su batín a cuadros, que aunque sólo es de algodón parece de seda; se pasa la mano por la cabellera, acaricia su cresta de gallo, escribe rápida, nerviosamente: “He recibido tu carta. Gracias, gracias por todo. Me parece que si piensan en venir, tu amiga y tú, esta noche hablaríamos, y acaso sería posible convenceros. En este momento no sé qué hacer. Estoy aburrido y no puedo resistir a la calumnia y a la infamia. Tuyo.”

Fígaro está radiante. Su temperamento es impulsivo, voluble, casi femenino. Se viste y se acicala con aquel típico cuidado de su persona a la que ama sobre todas las cosas. Llama a Falconi, el peluquero de moda, para que le recorte y perfume cabellos y barba. Se anuda cuidadosamente al cuello el alto corbatín, se viste una levita cortada por Utrilla, cálzase los guantes, se encasqueta la chistera en forma de turbo que ha inventado en París de Francia el caballero de Orsay, y se lanza a la calle luego de besar ruidosamente a su hija Adelita, que habita en la casa con él.

Es carnaval. A pesar del tiempo inseguro, las máscaras chillan y alborotan ya por el Prado y las calles vecinas. Algunos lo reconocen y le gritan bromas imbéciles. Fígaro, en vez de ofenderse, sonríe. Cree que todas sus cosas se arreglarán. El primer paso hacia la fortuna que, esquiva, le había huido últimamente ya ahora va a retornar, es la vuelta de Dolores. De casa del editor Delgado, con quien habla meticulosamente de dinero, va a la redacción de la Revista Española, después visita al bueno de Mesonero Romanos, por quien no siente el menor aprecio literario pero cuya hombría de bien estima mucho. Le habla de amplios proyectos, de escribir una obra de gran envergadura como venía desde hace tiempo aconsejándole su tío Eugenio. Era preciso salir ya del articulito al libro. Mesonero Romanos lo oye sonriendo. Sabe, por demás, que todo aquello se lo llevará al río, que Fígaro mudará de ideas y de sentimiento veinte veces en cada día.

Mariano José no sabe qué hacer para llenar las horas que lo separan de su cita con Dolores. Sin remorderle un punto de la conciencia por las infidelidades que sin tregua comete con Pepita, decide ir a visitarla. Va a verla para distraerse un rato, para llenar un hueco de aquel día tan largo.

Pepita, al contemplarlo tan contento, le propone acompañarlo para ver a la hijita de ambos. Acaso la esposa sueña también, por su parte, en una posible reconciliación con el amado lograda por medio de la niña, que es el lazo de carne que une a entreambos. Pero Larra se zafa. Lo esperan unos amigos. Los bellos ojos de Pepita se ensombrecen. ¡Siempre los amigos! ¡Las malas compañías! Ella entonces, al oír la excusa, sabe ser discreta una vez más y, dominando su corazón, no insiste. Fígaro parte.

Regresa a su hogar en la calle de Santa Clara. Al paso ha comprado un ramo de violetas y otro de camelias blancas, la flor de lujo que con su alto precio halaga la vanidad y el prurito aristocrático de Dolores. Es ya de noche. Fígaro se desprende de su capa, marrón oscuro con vueltas de terciopelo rojo, del sombrero de copa que cuelga en el perchero del recibimiento. Fígaro manda encender todas las luces del saloncito: las bujías de esperma de los cuatro candeleros de metal dorado a fuego, el quinqué de bronce con bombo de cristal labrado traído de París. Luego pasea su mirada por todo el ámbito. Queda satisfecho. Cada cosa, desde su sitio, ordenada y limpia, parece sonreírle con el mudo lenguaje de los objetos familiares. Cerca del balcón está la mesa escritorio, ventrudo mueble de caoba, algo siglo XVIII, con un tablero que puede recogerse y quedar cerrado a llave. Ahora está abierto y en desorden. Hay allí un tintero, una pluma de ave, un sello con las iniciales M.J.L., una cajita con tafilete encarnado, muy linda, donde Fígaro acostumbra colocar su magnífica saboneta de oro, y sobre todo muchos papeles manuscritos revueltos y confundidos, como si adrede los hubiera esparcido. Sobre la carpeta hay unas cuartillas recién escritas, acaso de por la mañana o de la noche antes.

La cuartilla que resume el desvarío de Fígaro en sus últimas horas es aquélla en que entre incoherencias garrapateadas, tachones y dibujos de absurdas grecas, aparece nítidamente escrito en un ángulo del papel, como luz que da la clave de la terrible turbación de Larra, este nombre: Dolores Armijo.

Fígaro enciende una vela que hay sobre una palmatoria de bronce y pasa a inspeccionar la alcoba próxima. Todo está también en perfecto orden según los mandatos que él diera a su criado. La cama de caoba es un nido blanco de lienzos finos, recién sacados del arca que huelen tenuemente a espliego, cubierto con una colcha de cotonia guarnecida de encajes. A sus pies, el sillón también de caoba que Fígaro usa para desnudarse; al lado del techo, la mesa de noche con una botella que los españoles de entonces llaman con barbarismo verdó, y en un cajoncito, dos pistolas cargadas que Fígaro, a pesar de las frecuentes amonestaciones de su tío Eugenio, conserva siempre cerca de sí.

Satisfecho de su inspección, Fígaro, terriblemente inquieto, se sienta en el canapé y espera. Enciende un pitillo. Fuma. Lo tira sin acabarlo. Se levanta. Va al balcón. Levanta los visillos. Mira a la calle de Santa Clara. Está sola bajo la llovizna silenciosa. Suenan las campanas de Santiago próximas. Pronto será la hora de Ánimas. Fígaro retorna a su asiento. Torna a levantarse. Coge de la biblioteca un libro. ¿Cuál? No importa. Uno cualquiera. Trata de leer. No puede. Lo devuelve a su sitio. En la casa de Larra no se oye una mosca. La niña está en la cocina con la criada, que la entretiene. Pedro, el brutote del criado, da cabezadas de sueño, aunque atento a las órdenes de su amo espera ruido de pasos en la escalera para abrir la puerta del piso sin demora.

Al fin se escucha el rumor de dos personas que suben quedamente. Son ellas. La amiga de Dolores se detiene en la antesala. La Armijo penetra rápidamente en el salón, y adrede deja la puerta de éste de par en par. Fígaro, que ha adivinado a Dolores, se precipita hacia ella; pero la dama lo contiene con su actitud fría y reservada.

La decepción cubre de livor el rostro pálido y verdoso de Fígaro. ¡Dolores! Fígaro suplica. Él, tan altivo para todo el mundo, se humilla y pide amor como un mendigo que demanda limosna. Las palabras de Larra son atropelladas, vehementes, sin ilación. Más bien gemidos y lamentos que voces articuladas. Llega a llorar. Pero, ¿es posible esto? ¿Es posible que la amante Dolores de antaño se le niegue tan rotundamente?

Fígaro no es dueño de sí, es ya sólo un manojo de nervios y un poso de bilis desatados, un epiléptico que tiembla como un azogado con los ojos en estrabismo encandilados.

Ella, que desde el principio se muestra aplomada, tranquila y firme, como quien tiene tomado su partido resueltamente, habla apenas. No, no, no. Dolores deniega con el gesto, con la voz, con todo su ser. No quiere tornar a ser la hembra impúdica de antes, la coima. Está decidida a rehacer su hogar. Por nada ni por nadie cambiará su decisión. Menos que por nadie por este hombre egoísta que sólo habla de él, de su dolor, de su pasión, de este hombre que ha publicado sus secretos, que ha sido la causa de su catástrofe familiar. No, no, y mil veces no.

Fígaro se dirige hacia ella.

–¿Para qué has venido entonces? –le grita ronco.

–Para recuperar mis cartas. Dámelas. Aquí está la tuya de esta mañana. Es preciso borrar el pasado y que nada quede entre nosotros.

Fígaro, en el paroxismo de su rabia, se aproxima y hace un ademán de apresarla por los brazos.

La amiga, que desde afuera vigila, cree llegado el momento de cortar la escena atroz que ya ha durado bastante, y entra.

–¡Larra, por Dios! –dice severamente.

Fígaro siente con estas palabras como un latigazo en su alma. Se contiene.

Vuélvese hacia el escritorio. Abre con mano temblequeante un cajoncillo que está cerrado con llave, saca un gran envoltorio, atado por una cinta de seda. Un sudor frió corre por su frente.

Dolores coge vivamente las cartas de la mano de Fígaro, que aún no se resolvía a entregarlas.

Todo ha terminado. Dolores y su amiga salen. La Armijo siente que se ha quitado un gran peso de encima. Las acompaña hasta el vestíbulo Pedro.

Fígaro ha vuelto a la estancia donde aún chisporrotea el alegre fuego de la chimenea y juega la luz de las bujías y de las lámparas en los cristales de los vasos, entre las violetas y las camelias, en la nítida blancura del lecho incólume. Con paso trémulo, como un beodo, enajenado de celos, dolor, deseos, desesperación, busca en la mesilla de noche, abre la caja amarilla, extrae una de las pistolas y se dispara un tiro que nadie oye.

 

José Zorrilla, 1880

 

Y aconteció que entre las personas con quienes un día tropezamos en la Biblioteca, acertó a ser una la de un italiano al servicio del infante don Sebastián, llamado Joaquín Massard, quien con su hermano Federico andaba bien admitido por las tertulias y reuniones. Abordonos Joaquín Massard, que por Pedro Madrazo nos conocía, y nos dio de repente la noticia de que Larra se había suicidado al anochecer del día anterior. Dejonos estupefactos semejante noticia, y asombróle a él que ignorásemos lo que todo Madrid sabía, e invitonos a ir con él a ver el cadáver de Larra depositado en la bóveda de Santiago. Aceptamos y fuimos. Massard conocía a todo el mundo y tenía entrada en todas partes. Bajamos a la bóveda, contemplamos al muerto, a quien yo veía por primera vez, a todo nuestro despacio, admirándonos la casi imperceptible huella que había dejado junto a su oreja derecha la bala que le dio muerte. Cortole Álvarez un mechón de cabello y volvímonos a la Biblioteca, bajo la impresión indefinible que dejaban en nosotros la vista de tal cadáver y el relato de tal suceso.

Joaquín Massard, que en todo pensaba y de todo sacaba partido, me dijo al salir:

–Sé por Pedro Madrazo que usted hace versos.

–Sí señor –le respondí.

–¿Querría usted hacer unos a Larra? –repuso entablando su cuestión sin rodeos. Y viéndome vacilar, añadió: –Yo los haría insertar en un periódico, y tal vez pudieran valer algo.

Ocurriome a mí lo poco que me valdrían con mi padre, desterrado y realista, unos versos hechos a un hombre tan de progreso y de tal manera muerto; y dije a Massard que yo haría los versos pero que él los firmara. Avínose él y convíneme yo. Prometíselos para la mañana siguiente a las doce en la Biblioteca, y despidiéndonos a sus puertas echó Massard hacia la plazuela del Cordon donde moraba, y Álvarez y yo por la cuesta de Santo Domingo a vagar como de costumbre.

Pensé yo al anochecer en los prometidos versos y fuime temprano al zaquizamí, donde mi cestero me albergaba con su mujer y dos chicos, que eran tres harpías de tres distintas edades. No me acuerdo si cenamos, pero después de acostarnos metime yo en mi mechinal con una vela que a propósito había comprado.

En aquella casa no se sabía lo que era papel, pluma ni tinta, pero había mimbres puestos en tinte azul, y tenía yo en mi bolsillo la cartera del capitán con su libro de memorias. Hice un kalan de un mimbre como lo hacen los árabes de un carrizo, y tomando por tinta el tinte azul en que los mimbres se teñían…

He aquí cómo se hicieron aquellos versos cuya copia trasladé a un papel en casa de Miguel Álvarez a la mañana 
siguiente.

A los tres cuartos para las tres eché hacia la plaza del Cordon. Los Massard habían comido a las dos. La hora del entierro, que era de las cinco, se había adelantado a la de las cuatro. Los Massard me dieron café. Joaquín recogió mis versos y salimos para Santiago.

La iglesia estaba llena de gente. Hallábanse en ella todos los escritores de Madrid, menos Espronceda que estaba enfermo. Massard me presentó a García Gutiérrez, que me dio la mano y me recibió como se recibe en tales casos a los desconocidos. Yo me quedé con su mano entre las mías embelesado ante el autor de El Trovador, y creo que iba a arrodillarme para adorarle, mientras él miraba con asombro mi larga melena y el más largo levitón en que llevaba yo enfundada mi pálida y exigua personalidad.

El repentino y general movimiento de la gente nos separó. Avanzó el féretro hacia la puerta. Ordenose la comitiva. Ingirióme Joaquín Massard en la fila derecha, y en dos larguísimas de innumerables enlutados nos dirigimos por la calle Mayor y la de la Montera al cementerio de la Puerta de Fuencarral.

Llegamos al cementerio; pusieron en tierra al féretro y a la vista el cadáver, y como se trataba del primer suicida a quien la revolución abría las puertas del campo santo, tratábase de dar a la ceremonia fúnebre la mayor pompa mundana que fuera capaz de prestarla el elemento laico, como primera protesta contra las viejas preocupaciones que venía a desenrocar la revolución. Don Mariano Roca de Togores, que aún no era el marqués de Molins, y que ya figuraba entre la juventud ilustrada, levantó el primero la voz en pro del narrador ameno de El doncel de don Enrique el Doliente, del dramático creador del enamorado Macías, del hablista correcto, del inexorable crítico y del desventurado amador. El concurso inmenso que llenaba el cementerio quedó profundamente conmovido con las palabras del señor Roca de Togores, y dejó aquel funeral escenario ante un público preparado para la escena imprevista que iba en él a representarse. Tengo una idea confusa de qué hablaron, leyeron y dijeron versos algunos otros. Confundo en este recuerdo al conde de las Navas, a Pepe Díaz… no sé…, pero era cuestión de prolongar y dar importancia al acto, que no fue breve. Íbase ya, por fin, a cerrar la caja para dar tierra al cadáver, cuando Joaquín Massard, que siempre estaba en todo y no era hombre de perder jamás una ocasión, no atreviéndose sin embargo a leer mis escritos con su acento italiano, metiose entre los que presidían la ceremonia, advirtioles de que aún había otros versos que leer, y como no me había llevado por delante, hízome audazmente llegar hasta la primera fila, púsome entre las manos la desde entonces famosa cartera del capitán, y hálleme yo repentina e inconscientemente a la vera del muerto, y cara a cara con los vivos.

El silencio era absoluto. El público, el más a propósito y el mejor preparado. La escena solemne y la ocasión sin par. Tenía yo entonces una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca oída de recitar. Y rompí a leer…

 

Ese vago clamor que rasga el viento

es la voz funeral de una campana:

vano remedo del postrer lamento

de un cadáver sombrío y macilento

que en sucio polvo dormirá mañana.

 

… pero según iba leyendo aquellos mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los que absortos me rodeaban el asombro que mi aparición y mi voz les causaba.

 

Era una flor que marchitó el estío,

era una fuente que agotó el verano;

ya no se siente su murmullo vano,

ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,

y ese verde color de la llanura,

ese manto de yerba y de frescura,

hijos son del arroyo creador.

 

Imagineme que Dios me deparaba aquel extraño escenario, aquel auditorio tan unísono con mi palabra, y aquella ocasión tan propicia y excepcional, para que antes del año realizase yo mis dos irrealizables delirios: creí ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de mi fama, cuyas alas veía yo levantarse desde aquel cementerio, y vi el porvenir luminoso y el cielo abierto…

 

Duerme en paz en la tumba solitaria

donde no llegue a tu cegado oído

más que la triste y funeral plegaria

que otro poeta cantará por ti.

Ésta será una ofrenda de cariño

más grata, sí, que la oración de 
                                          un hombre,

pura como la lágrima de un niño,

¡memoria del poeta que perdí!

 

…y se me embargó la voz y se arrasaron mis ojos con lágrimas…

 

¡Digno presente por cierto

se deja a la magra vida!

¡Abandonar un desierto

y darle a la despedida

la fea prenda de un muerto!

 

…y Roca de Togores, junto a quien me hallaba, concluyó de leer mis versos…

 

Poeta: sin en el no ser

hay un recuerdo de ayer,

una vida como aquí

detrás de ese firmamento…

conságrame un pensamiento

como el que tengo de ti.

 

…mientras él leía… ¡ay de mí!, perdónenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo ya no los veía. Mientras mi pañuelo cubría mis ojos, mi espíritu había ido a llamar a las puertas de una casa de Lerma donde ya no estaban mis perseguidores padres y a los cristales de la ventana de una blanca alquería escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la mujer que ya me había vendido.

Cuando volviendo de aquel éxtasis aparté el pañuelo de mis ojos, el polvo de Larra había ya entrado en el seño de la madre tierra; y la multitud de amigos y conocidos que me abrazaban no tuvieron gran dificultad en explicar quién era el hijo de un magistrado tan conocido en Madrid como mi padre.

 

Madrid, 1957

 

Mientras transcribía este episodio autobiográfico de José Zorrilla en mi cuartucho del hostal Ribadavia, sentí de repente, al interrumpir el tecleo, no que me invadía un desmayo como el que hizo perder el sentido al joven Zorrilla frente al cadáver de Larra, sino una profunda vergüenza, un oscuro sentimiento de culpa por la maldita ocurrencia de iniciar mi carrera de escritor con plagios descarados. Zorrilla empezó la suya con unos versos mediocres para enaltecer a un autor que ni siquiera admiraba, pero ese poema era propio, surgido de su ingenio, y le valió ingresar a los círculos literarios, abrirse paso en editoriales, periódicos, escenarios teatrales. Yo en cambio estaba ahí, en Madrid, soñando convertirme en escritor de novelas –que no periodista, porque el periodismo sólo me interesaba como un medio para aprender a redactar y ganarme la vida– y a las primeras de cambio cedía la tentación de hacer pasar por míos textos de otros.

Me levanté de la silla. Me enfundé mi abrigo. Salí del hostal por las escaleras de encino abolladas por el tiempo y me fui a recorrer camino abajo esa mítica Gran Vía a la que los franquistas habían cambiado el nombre por el héroe José Antonio, líder de la falange.

Ya iba a cumplir veinticuatro años, cuatro más de los veinte de Zorrilla cuando callejeaba de aquí para allá melenudo y con lentes verdes, cuando sufría el rechazo de su padre como yo del mío que reprobó mi viaje a Madrid, cuando se hospedaba en el cuchitril de un cestero como yo en el de la pensión de un gallego, cuando se ganó por el crédito de escritor. Nada aún había hecho yo. Ni siquiera tenía un amor como el que lo desazonaba a él, sólo un interés platónico por una talentosa joven llamada Estela, apenas entrevista en mi pequeño círculo de amigos y a quien pretendería acercarme –quizá, no se, quién sabe si me aceptaría– a mi regreso a México.

Flagelado por un viento zumbón, helado, bajé y subí la Gran Vía hasta que se hizo de noche y empezaron a surgir de las esquinas las zarrapastrosas prostitutas de las que me evadía con más asco que deseo, como debería evadirme, pensé, de la tentación de un plagio peor de inmoral que la carne de aquellas mujeres lanzadas a la calle principal en un país denigrado por los vencedores de la guerra civil.

Volví a Fuencarral mientras empezaba a nevar. Luego de palmear y dar voces el sereno apareció por fin para abrirme el portón. En el cuarto encontré de regreso a mi amigo Pérez Miranda. Estaba en su cama, tiritando de frío y leyendo Vuelo nocturno de nuestro admiradísimo Saint-Exupéry.

–Ya lo decidí. No voy a escribir las semblanzas para Jiménez Quílez –le dije.

–¿No?

–Las voy a mandar al carajo. La de Fígaro y la de Zorrilla. Al carajo las dos.

–Te convencí, ¿verdad? –sonrío Pérez Miranda–. Te remordió la conciencia.

–Nada tiene que ver con la conciencia, no seas tonto. Prefiero empezar con mi novela.

–¿Cuál novela?

–La que te conté la otra noche. Mi novela, mi primera novela. Ya sé todo lo que va a pasar, pero de momento sólo he pensado en el título: Nadie tiene la culpa. Es un buen título, ¿no?

–Pues te diré… –levantó los hombros Pérez Miranda mientras yo me ponía a ver por la ventana la nieve cayendo de las bambalinas del cielo, como si alguien despanzurrara cojines de plumas sobre el oscuro pozo de luz.