Los retos, los miedos…

Felipe Calderón y Luis Inacio Lula da Silva

Una vez superadas las rivalidades y los recelos diplomáticos, y si el miedo de los productores mexicanos a sus contrapartes brasileñas no acaba por imponerse, los presidentes Felipe Calderón y Luiz Inácio Lula da Silva anunciarán esta semana el inicio formal de las negociaciones para la firma de un Tratado de Libre Comercio entre Brasil y México, las economías uno y dos de América Latina, respectivamente. El temor que ello concita en algunos sectores productivos mexicanos –el agropecuario en particular– no es gratuito: les preocupa no solamente la histórica incapacidad del gobierno de México para encauzar acuerdos de este tipo de manera realmente favorable al país, sino también la alta competitividad brasileña en el sector…

 

Por fin, Brasil y México, las economías uno y dos de América Latina, están dispuestos a dejar atrás décadas de distanciamiento económico y comercial y, aun, de rivalidad diplomática y política.

Más allá del momento económico, social e internacional que vive cada uno de los dos países, existe consenso en sus gobiernos de que ya no hay razón para seguir postergando la firma de un Tratado de Libre Comercio bilateral, que le daría a cada país la fuerza comercial y económica equiparable, por ejemplo, a la de potencias económicas europeas como Francia o Inglaterra.

Porque si se suma el Producto Interno Bruto (PIB) de cada país –1.1 billones de dólares el de México, 1.6 billones el de Brasil–, la economía conjunta compite con el valor de cada una de esas economías 
europeas.

Inclusive, si se mide el PIB en relación con su paridad de poder adquisitivo –que da una idea más real del nivel de vida de un país, pues toma en cuenta las variaciones de precios–, resulta que las economías de Brasil y México, juntas, alcanzan un valor de poco más de 3.5 billones de dólares, cifra no muy distante de los 3.7 billones de Alemania, que es la cuarta economía del mundo. Ambas son la octava y la decimotercera economía a nivel mundial, según el FMI, y la décima y la decimotercera, de acuerdo con el Banco Mundial.

Además de esa posible fuerza económica, otra buena razón que aducen los gobiernos de ambos países es el reconocimiento de que han desaprovechado el mercado que cada uno ofrece al otro. Tan sólo en términos de población, para nada es desdeñable el mercado potencial de consumidores que se ofrecen uno y otro. Brasil rebasa los 193 millones de habitantes; México, los 107 millones.

La suma, algo más de 300 millones de personas, es un mercado formidable que ha sido aprovechada, sólo de manera individual, por trasnacionales de uno y otro país.

Por ejemplo, las mexicanas Telmex y América Móvil, de Carlos Slim, han podido hacer grandes negocios en Brasil, inclusive en áreas donde están vetadas en México, como la televisión por cable. La Empresa Brasileira de Telecomunicaçoes, S.A. (la emblemática Embratel), no es, ahora, más que la subsidiaria más importante de Telmex fuera de México.

Por medio de ella, Telmex ofrece servicios de larga distancia nacional e internacional, transmisión de voz, datos, televisión e internet, entre otros servicios. Y a través de la brasileña Star One, la telefónica mexicana ofrece servicios satelitales a su clientela, y ella misma se beneficia del adelanto tecnológico que le provee Embratel, pues ésta tiene capacidad para colocar en el espacio, a través de Star One –ya lo ha hecho–, satélites artificiales que les permiten garantizar la continuidad de sus servicios.

Y a través de Claro, la operadora de telefonía móvil más importante del subcontinente –opera en 14 naciones–, América Móvil (Telcel), propietaria de 100% de aquélla, concentra una tercera parte de los servicios telefónicos móviles en todo Brasil.

Otras empresas mexicanas con fuerte presencia allá son Bimbo, de la familia Servitje, y Grupo Elektra, de Ricardo Salinas Pliego. Bimbo ha tenido una presencia creciente y consistente; una de sus últimas adquisiciones fue la de Plus Vita, una de las panificadoras más importantes de Brasil, que compró al 100%; ya había comprado 75% de Nutrella Alimentos y el total de Panificio Laura.

A su vez, Elektra tiene presencia reciente, pero empuja con todo: tiene planeado establecer, en los próximos cuatro años, unas mil 500 tiendas, además de que ya tiene varias sucursales de Banco Azteca. Pero no se queda ahí: entre sus proyectos de inversión se hallan los biocombustibles, montadoras automotrices y fábricas de motos y muebles, de acuerdo con información proporcionada por la Unidad de Inteligencia de Negocios de Promexico.

Menos espectaculares, pero con fuerte presencia allá, también están las empresas Softtek (sistemas, tecnologías de la información), Coca Cola Femsa, Dako y Mabe (electrodomésticos), Grupo Posadas (hotelería, turismo) y Mexichem (petroquímica).

De parte de Brasil, igual, son poderosas trasnacionales las que más han aprovechado las ventajas de la relación con México. Es el caso muy reciente, sólo por citar un ejemplo, de Braskem, la principal petroquímica brasileña que, asociada, con empresas mexicanas, construirá un complejo petroquímico en Coatzacoalcos con una magna inversión inicial de más de 2 mil 500 millones de dólares.

Pero más allá de los datos macro, que muestran cómo se han desaprovechado las potencialidades de uno y otro país, el caso es que a ambos les urge formalizar un tratado de libre comercio que supere los múltiples programas y acuerdos comerciales que ya tienen firmados, pero que son más bien magros en alcances y resultados.

Y cada quien tiene sus razones para acelerar los pasos en pos del libre comercio. Aun cuando México tiene tratados comerciales con más de 30 países, sigue adoleciendo de una abrumadora dependencia respecto de la economía de Estados Unidos.

De hecho, una de las grandes lecciones de la reciente crisis económica internacional para México fue la total vulnerabilidad de su economía, producto de esa extrema dependencia de Estados Unidos, que se expresa en que más de 80% de nuestro comercio internacional es precisamente con ese país.

Por ello, desplomada la economía estadunidense y abatida su demanda por productos mexicanos, la economía nacional se quedó colgada de la brocha.

Si la crisis internacional le significó a Estados Unidos una caída de su PIB de 2.4%, para México fue la debacle: una caída de 7% en la actividad económica para todo 2009 (de -11% en el segundo trimestre) y un desempleo abierto que llegó a ser, en el momento más grave de la crisis, de 3 millones de personas en el total desamparo; 5 millones con ocupaciones que no dan ni para comer, y 12 millones de personas en la informalidad, con salarios ínfimos, de baja calidad, sin seguridad social ni prestación económica alguna. Datos nunca vistos en la historia reciente de México.

 

Voluntad política

 

Brasil, con una economía pujante, diversificada –tiene suscritos más de 150 acuerdos comerciales– y ávida por expandirse, que sorteó felizmente la crisis económica internacional –de apenas 0.7% se estima la caída en su PIB en 2009, pero anuncia un crecimiento superior a 5% para este año–, aparece sin duda como una oportunidad para México.

Y México lo es, también, para Brasil. Aunque le ha ido bien con la diversificación de sus mercados –25% de sus exportaciones van a la Unión Europea; 15% a Estados Unidos, un tanto igual a China y 10% a su vecina Argentina–, no quiere desdeñar más los 3 mil kilómetros de frontera entre Estados Unidos y México, que hacen, junto con Canadá, el mercado comercial más grande del mundo, al que tendría acceso con un TLC con México.

Pero, sobre todo, no quiere obviar más el potencial de negocios que ofrecen más de 107 millones de consumidores mexicanos, a los que podría llegar sin los altos costos ni la gravosa logística que le significa comerciar con países europeos y asiáticos.

La razones económicas, pues, están dadas. La voluntad política, parece que también. Desde agosto del año pasado, los presidentes de los dos países anunciaron el compromiso de iniciar consultas internas para ver la posibilidad de ampliar sensiblemente el comercio entre los dos países y, de lograrse los consensos necesarios, apostar a un Tratado de Libre Comercio.

La necesidad de éste parte de una lógica impecable, que ya han expresado públicamente los presidentes Lula y Calderón, así como algunos sectores empresariales de uno y otro país, y que es el absurdo abandono de las potencialidades que cada uno ofrece al otro.

Y los datos duros lo confirman así. Por ejemplo, entre enero y noviembre de 2009 –el dato más actual de la Secretaría de Economía–, México hizo exportaciones por 206 mil 682 millones de dólares. A Estados Unidos y Canadá fueron 174 mil millones, es decir, 84.2%, mientras que a Brasil se destinaron mercancías con valor de 2 mil 206 millones… ¡1% del total!

Con las importaciones, igual. En ese mismo periodo, México importó bienes y servicios por 211 mil 200 millones de dólares. De Estados Unidos y Canadá llegaron mercancías por 108 mil millones, 51%. De Brasil, en cambio, se importaron mercancías por 3 mil 178 millones de dólares, un minúsculo 1.5%.

De parte de Brasil, lo mismo. De las exportaciones totales que realizó en 2008 –datos del Fondo Monetario Internacional y la Secretaría de Economía–, y que sumaron 226 mil 764 millones de dólares, sólo 1.4% tuvo como destino a México.

Y a México le compró, en ese año, apenas 1% de sus importaciones totales, que sumaron ese año casi 227 mil millones de dólares.

Todo ello a pesar de que el comercio mutuo ha crecido sensiblemente en las últimas dos décadas. En 1990 el comercio bilateral sumó apenas 527 millones 395 mil dólares; en 2000, los dos países se compraron y se vendieron bienes y servicios por un total de casi 2 mil 500 millones. Para 2008, el valor total del comercio entre ambos fue de poco más de 8 mil 562 millones de dólares.

Es decir, de 1990 a 2000 el comercio mutuo creció 372%, y entre 2000 y 2008, 243%. Ninguna relación comercial de México con otro país ha incrementado a ese ritmo. El problema es que es sobre montos muy reducidos.

Igualmente, pese a ese ritmo de intercambio comercial, es muy escasa la presencia de empresas locales en uno y otro país. La inversión en uno y otro, aunque creciente, realmente no pinta dentro del total de inversión extranjera directa que recibe cada uno.

El hecho puede ilustrarse de otra manera: en México están registradas poco menos de 350 empresas con capital brasileño… nada frente a las 22 mil empresas de origen estadunidense que hay en el país, que tienen invertidos 122 mil millones de dólares –54% del total de la IED en México–, equivalentes a 12% del PIB nacional.

Así, entonces, hay de sobra espacio y razones para una relación comercial más intensa entre los dos países. El problema son las resistencias y los miedos de los productores mexicanos, que ven a un Brasil embalado y avasallante.

Aunque parte de ese miedo es que un TLC con Brasil les implica salir de la modorra y la comodidad de sólo comerciar con quien está al otro lado de la frontera, lo cierto es que el país de Lula ciertamente es una potencia económica que nos ha ido dejando rezagados en el concierto internacional.

Y los más preocupados por la eventual firma de un TLC son los productores agropecuarios mexicanos. El Consejo Nacional Agropecuario (CNA), cuyas empresas generan 70% de la producción de México en este rubro, es un hervidero: todos los subsectores que la integran están avocados a elaborar estudios y monografías, producto por producto, sobre los posibles impactos de un TLC con Brasil.

El CNA no ha expresado públicamente una posición respecto del tema –porque aún no la tiene definida–, aunque internamente, y así se lo han hecho saber en privado a funcionarios del gobierno federal, manifestarán su rechazo a ese TLC. Su argumento: que primero se eficienten y reencaminen los múltiples acuerdos y tratados comerciales que ha firmado México.

En realidad, es el miedo a los brasileños lo que invade a los productores agropecuarios del país. Aunque ese miedo no es gratuito.

Datos del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, que dirige Juan Carlos Anaya, una de las firmas de análisis y consultoría nacionales más importantes en materia agropecuaria –con servicios desde hace 14 años para dependencias gubernamentales y empresas del ramo– dan cuenta del poderío de los productores brasileños.

Por ejemplo, en el caso del maíz, Brasil es el tercer productor y el segundo exportador en el mundo. En cambio, México es el cuarto productor y segundo importador mundial. En números: Brasil genera 6.4% de la producción total de maíz en el mundo y vende 10.6% de las ventas totales. En cambio, México produce 2.7% del total mundial, pero debe comprar 11.2% de todo el maíz que se vende en el mundo.

En el caso del café, Brasil es el principal productor y exportador del mundo; mientras que México apenas exporta parte de su producción. En el actual ciclo de mercado, aquel país produjo casi 44 millones de toneladas de café; México, unas 4.5 millones de toneladas.

También en el caso del azúcar, Brasil es el más grande productor y exportador, mientras que México no es autosuficiente. Brasil produjo casi 36 millones de toneladas y México poco más de cinco millones de toneladas.

Otras fortalezas brasileñas inhiben al empresariado mexicano. Brasil es autosuficiente en petróleo y el mayor productor de etanol. Nuevos megayacimientos de crudo y una política energética que permite una participación activa de empresas privadas, nacionales y extranjeras, están por convertir al país en una potencia petrolera, cuando hace 10 años importaban crudo.

Es tal el desempeño económico y financiero de Brasil que en el mundo se festeja un hecho insólito: ya no sólo no le pide prestado al Fondo Monetario Internacional, sino que ahora Brasil le presta a ese organismo.

Y aunque tiene muchos problemas irresueltos, similares a los de México –desigualdad social, insuficiencia educativa, burocracia excesiva, corrupción, violencia y narco–, goza de una muy superior imagen internacional, que ha convertido al país en el anfitrión de próximos Juegos Olímpicos y Copa Mundial de Futbol.

Pero aun lidiando con ello, México podría tener en Brasil una tabla de salvación.