Ingrid El mito

Ingrid Betancourt

Símbolo de los secuestrados políticos de Colombia, Ingrid Betancourt se desentiende del destino de 3 mil rehenes que siguen en cautiverio en su país y parece más interesada en la adaptación hollywoodense de sus “memorias”. Desde el ámbito de lo íntimo, su exesposo Juan Carlos Lecompte la pinta insensible, egoísta, ególatra, obsesionada por la fama y el dinero. Lo hace tanto en el libro Ingrid y yo, una libertad agridulce, publicado en París el pasado 28 de enero, como en entrevista con Proceso.

 

PARÍS.- “No escribí este libro para hacer daño a Ingrid. Lo escribí para limpiarme el alma, purificarme, tomar distancia con lo que ocurrió después de su liberación. Mientras lo iba redactando fui mirando las cosas con una nueva perspectiva y pude inclusive contar con toques de humor ciertos acontecimientos que me hirieron”, explica Juan Carlos Lecompte a la corresponsal.

El encuentro con el exesposo colombiano de Ingrid Betancourt –secuestrada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) durante más de seis años y cuyo rescate en julio de 2008 tuvo una resonancia mundial– se llevó a cabo el pasado 28 de enero durante la presentación de su libro Ingrid et moi, une liberté douce-amère (Ingrid y yo, una libertad agridulce).

Lecompte cuenta que la publicación de su testimonio le permitió “recobrar su dignidad” y “sentirse bien”. Hasta el miércoles 10, Betancourt no se había expresado públicamente al respecto, pero se sabe que dista de compartir el sentimiento de bienestar de su exmarido. No es para menos: su imagen de heroína salvada e inspirada por Dios y la Virgen sale bastante trastocada en la autobiografía de Lecompte.

No es la primera vez que quienes la apoyaron o compartieron su destino de rehén de las FARC se muestran muy críticos con ella.

Los primeros en disparar fueron los tres exsecuestrados estadunidenses liberados con suma discreción durante el mismo operativo que le salvo la vida a Ingrid. Keith Stansell, Thomas Howes y Marc Gonsalves fueron implacables con ella en su libro Out of Captivity, publicado en febrero del año pasado.

Si bien se puede dudar de la objetividad de esos empleados de una empresa privada estadunidense contratada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos para luchar contra el narcotráfico en la selva colombiana, es difícil no tomar en serio a otros dos autores de libros inclementes con Betancourt.

 L’Emissaire (El emisario), publicado en Francia en marzo de 2009, fue escrito por Noel Saenz, el inagotable enviado especial secreto del gobierno francés que pasó seis años de su vida entre París y la jungla colombiana para negociar con las FARC la liberación de Betancourt. En su libro, Saenz denunció, entre otras cosas, la “ingratitud” de Betancourt quien, en las semanas que siguieron a su rescate, no “se dignó a hablar” con él ni agradecerle sus gestiones.

Un mes más tarde, Clara Rojas, su más cercana colaboradora, secuestrada junto con ella, publicó en Francia La Captive (La cautiva), libro en el que menciona el fin de su larga amistad dando a entender que Betancourt no había manifestado la “hermandad” que esperaba de ella.

Ninguno de esos libros, sin embargo, es tan demoledor como el de Juan Carlos Lecompte. No queda casi nada del ícono que tanto movilizó a la opinión pública de Francia y del mundo, se desvanece la imagen de víctima emblemática de la violencia de las guerrillas colombianas.

La Ingrid que pinta su exmarido es dura, insensible, egoísta, codiciosa, embriagada por su fama internacional. A pesar de su compromiso formal de solidaridad con “sus hermanos de infortunio”, se desentiende del destino de los 3 mil rehenes que siguen en cautiverio en Colombia y el dolor de sus familiares que luchan por su liberación. Parece muchísimo más interesada en las negociaciones para la adaptación hollywoodense de sus “memorias”, cuya fecha de publicación se maneja como secreto de Estado. En varias oportunidades Lecompte subraya el contraste entre el fervor religioso que ella enarbola públicamente y la crueldad que manifestó con él en privado.

A lo largo de la charla, Lecompte repitió a menudo: “No reconozco a mi mujer”, y siempre se apuro en precisar: “Son las FARC las que tienen la culpa de todo. Le impusieron tantas pruebas que (Ingrid) ya no es la misma”. Esa última aclaración no le impidió, sin embargo, dar múltiples detalles, algunos casi sórdidos, sobre lo que soportó desde la liberación de  la “gran pasión” de su vida. 

 

El desencanto

 

Cuenta que su encuentro con Ingrid ocurrió en 1994 y fue amor a primera vista. Se casaron tres años después. Él trabajaba como publicista. No le interesaba la política. Le gustaba el dinero, la vida cómoda, su auto BMW y jugar golf. Como buen “costeño” –es oriundo de Cartagena, en la costa caribeña colombiana–, le gustaba bailar y la fiesta.

Ingrid se había cansado de su existencia de esposa de diplomático francés. Había dejado a su marido, Fabrice Delloye, para regresar a Colombia y dedicarse a la política. Su meta: luchar contra la corrupción que gangrenaba a su país. Acabó como candidata del partido ecologista Verde Oxígeno para las elecciones presidenciales de 2002.

Con el paso de los años Lecompte se fue metiendo más en política. Después del secuestro de su esposa, dejó su profesión para dedicarse exclusivamente a rescatarla. Vendió su departamento e invirtió todos sus ahorros en esa lucha. Viajó a donde fuera necesario para movilizar a la opinión pública. Alquiló helicópteros para sobrevolar la jungla donde suponía que su mujer estaba detenida y lanzar centenares de fotos de Mélanie y Lorenzo, los dos hijos de Ingrid y Fabrice Delloye. Vivía sólo para esperar el día de la liberación de su esposa. Pero cuando esto sucedió, sufrió uno de los choques más violentos de su vida. Filmada por centenares de cámaras de la prensa colombiana e internacional, Ingrid Betancourt se bajó del avión oficial que la llevó a Bogotá, abrazó a su madre y apenas le hizo caso.

Cuenta Lecompte en su libro: “Soy su marido, llevo seis años luchando por ella, y bruscamente mi presencia parece inoportuna. Le doy un beso en la mejilla. No me lo devuelve. Prefiere estar pegada a su madre. Sólo me agarra por la barbilla y me dice: ‘Sigo viva y aquí estoy’. Ese gesto anodino, torpe, me persigue hasta ahora. Todavía hoy día me topo con desconocidos que hacen ese mismo gesto mirándome en forma burlona”.

Ingrid fue liberada el 2 de julio de 2009 y dos días después voló a Francia junto con sus hijos, su madre y su hermana. Se opuso a que la acompañara su marido, con el que platicó a solas apenas media hora. Desde la madrugada del 3 de julio de 2008 hasta la fecha Lecompte nunca volvió a encontrarse con su esposa. Sólo platicaron por teléfono hasta que se formalizó su divorcio. Desde entonces se acabó toda comunicación entre ellos.

En los días que siguieron a la liberación de Ingrid las llamadas telefónicas entre ambos eran casi diarias. Escribe Lecompte:

“Cuando vuelvo a pensar en ese periodo me doy cuenta de que hablamos esencialmente de cosas materiales. Ingrid hablaba mucho de dinero: ‘La vida en París cuesta carísima, Juanqui –me explicaba–. Además quiero llevarme a los niños de vacaciones a las islas Seychelles (ubicadas en el océano Índico). La verdad es que necesito dinero’. Me reclamó 50 mil dólares para asumir sus gastos en París y viajar a las islas Seychelles. En ese entonces no sabía que vivía a expensas de la República de Francia y que acabaría siendo invitada por el presidente de Seychelles. Propuse enviarle de inmediato los 30 mil dólares que había cobrado al recibir en su nombre el premio “Roma para la Paz y la Acción Humanitaria” y que le tenía guardados.

“No le pareció suficiente. Me sorprendió. Le dije que podía enviarle 10 mil dólares más. Vacié por completo mi cuenta bancaria (…) Mi gesto no la conmovió particularmente. Cobró el cheque, pero consideró que aún no bastaba. Me pidió que me endeudara. ‘Si no tienes dinero, puedes pedir prestado’, me exigió en tono seco. ‘¡Que te presten tus amigos!’. No pude hacerlo!”

Se volvieron más escasas las llamadas telefónicas. Después de las vacaciones en las islas Seychelles, Ingrid fue recibida por el Papa Benedicto XVI, salió de gira por Europa y América Latina.

Comenta Lecompte: “Me limité a decirle que esperaba que tuviera un tiempito para mí en su apretada agenda de ministro. No necesitaba más que dos horas, pero teníamos que hablar cara a cara”. 

A finales de noviembre de 2008 Ingrid pasó 24 horas en Colombia. Lecompte recibió una invitación de la embajada de Francia en Colombia para asistir a una cena organizada en su honor. Rechazó la invitación e insistió en verla a solas. Betancourt no quiso, pero a la 1:00 de la mañana le volvió a hablar para “convocarlo” a la embajada de Francia. Él no se movió.

La salud de su padre hospitalizado por un tumor se fue degradando. Pasó las fiestas navideñas y de año nuevo a su lado. Avisó a Ingrid de la situación. No recibió de ella una sola palabra de compasión.

 

El rompimiento

 

En su libro, Lecompte enfatiza: “Las cosas empeoraron a partir del 1 de enero de 2009 cuando empezó a hostigarme para lograr un divorcio por mutuo consentimiento. Acababa de regresar de vacaciones durante las cuales fue a esquiar y estaba de malas conmigo. Era obvio que le urgía divorciarse (…) El 10 de enero los médicos me explicaron que mi padre iba a morir pronto. Le dije a Ingrid. ‘Por favor, ten un poco de paciencia. Deja que se vaya mi padre y te firmaré todos los documentos que quieres (…)’.

“Al día siguiente envió a su abogado al hospital. Ese día dejé de amarla. Ya no reconocía a mi mujer (…) Mi padre murió tres días más tarde. Mientras tanto, Ingrid había endurecido su posición. Ya no hablaba de separación por mutuo consentimiento, pedía divorcio por ‘separación de cuerpos’. Me echaba la culpa de todo. Recibí la nueva demanda de su abogado en la noche en que murió mi padre (…)

“La incineración de mi padre tuvo lugar el 16 de enero de 2009 por la mañana. Por la tarde dejé a mi madre para atender una cita con mi propio abogado. ¿Cómo una mujer que tanto proclama su cercanía con Dios pudo actuar así en un momento tan sagrado para mí? (…)

“Al día siguiente toda la familia estaba en Cartagena para depositar las cenizas de mi padre en la cripta de la iglesia. En el momento preciso en que yo las colocaba en el panteón familiar vibró mi celular. No lo invento. Era Ingrid. Fue su última llamada hasta la fecha. No contesté. Escuché después su mensaje. Era autoritario, frío. Decía: ‘Llevo varios días sin poder alcanzarte para arreglar ese asunto del divorcio. Tienes que firmar todo muy pronto, por favor. Sé que se murió tu padre, pero la vida continúa.” 

Cuando entra en los detalles de su guerra para el divorcio, el relato de Lecompte alcanza un nivel un tanto degradante para él y para Betancourt.

“Decidí que nuestro divorcio no iba a ser muy bonito –explica–. Ya me había aguantado suficientes bofetadas. Había luchado seis años para su liberación y no iba a permitir que nadie dijera que era responsable de nuestra separación. Mi abogado la acusó de haber sido infiel, basándose en el relato de los tres exrehenes estadunidenses”, señala Lecompte en referencia a lo que éstos cuentan sobre la supuesta relación amorosa que Betancourt sostuvo con el exsenador Luis Eladio Pérez, en cautiverio junto con ella. 

La replica de Ingrid fue inmediata: acusó a Lecompte de ser adicto a las drogas y a las prostitutas. Se apoyó para ello en el testimonio de un amigo común: un publicista colombiano radicado en España que aspira a convertirse en productor de cine.

Lecompte comenta desencantado: “Sospecho que (ese amigo común) se imaginó que Ingrid le permitiría colaborar en la superproducción cinematográfica hollywoodense inspirada en la vida de ella”. 

Y remata: “Sigo sin explicarme por qué Ingrid, una católica tan ferviente, hizo lo imposible para acelerar nuestro divorcio, llegando al extremo de pisotear mi duelo”. 

Luego expone varias explicaciones. Según la fundación colombiana País Libre, que atiende a familiares de rehenes, 70% de las parejas que sufrieron una separación superior a un año por causa de secuestro acaban divorciándose. “Nos tocó el mismo destino que el común de la gente”, confía a la corresponsal en tono amargo.

Arriesga otra explicación: el papel “nefasto” de Yolanda Pulecio, madre de Ingrid, que siempre lo despreció. Lecompte cuenta que el divorcio de su hija con el brillante diplomático francés fue una tragedia para su suegra. También precisa que la familia se escindió en dos clanes, a veces antagónicos, durante toda la campaña a favor de Ingrid. Uno operaba en Colombia y estaba integrado por Yolanda Pulecio y Astrid, hermana de Ingrid. Otro se movia a nivel internacional y contaba con los dos maridos y los dos hijos de la rehén.

Según Lecompte, Yolanda Pulecio, quien enviaba diariamente mensajes por radio a su hija, aprovechó esa oportunidad para darle a entender que él le era infiel.

Presenta una tercera: el dinero. El régimen matrimonial de Ingrid y Juan Carlos era el de “comunidad de bienes”.

Recalca: “Pensé que quería acelerar el divorcio porque se aprestaba a cobrar una fuerte suma de dinero (…) Sé que vendió los derechos de su historia y de su autobiografía a la productora estadunidense Kathleen Kennedy, una colaboradora muy cercana de Steven Spielberg. Kennedy produjo, entre otras películas, Parque jurásico y Sexto sentido. Quizás le asustó la idea de tener que compartir todo eso conmigo (…)”.

Tras repetir una vez más que su mujer se ha vuelto una total desconocida para él, Lecompte insiste en otro cambio radical de la militante “fogosa e intransigente” que despertó su pasión en 1994. Habla, espantado, de su apoyo político al presidente Uribe, de su empeño por aprobar la estrategia de mano dura de las Fuerzas Armadas contra la guerrilla y de su poca atención hacia sus excompañeros rehenes y sus familias.

No logra creer que Ingrid se “haya tragado el cuento del fabuloso Operativo Jaque” que permitió su liberación y que llena de orgullo a Uribe.

En la noche del 2 de julio de 2008, después de las ceremonias celebradas en el aeropuerto de Bogotá, Ingrid fue invitada a una fiesta organizada en un club militar en presencia y a pedido de Uribe. El general Mario Montoya Uribe, primo del presidente, llevó a la exrehén, a su madre y a su marido a esa fiesta en su propio auto.

Recuerda Lecompte: “El viaje duró 25 minutos. Teníamos una escolta militar impresionante. El relato que nos hizo Montoya Uribe dio un toque aún más surrealista a la situación. El general nos explicó con mucha insistencia que el gobierno colombiano logró burlar la vigilancia de la guerrilla en forma totalmente rocambolesca y sin ayuda de nadie. Según contaba, los militares primero habían logrado imitar varias voces de jefes estratégicos de las FARC, entre los cuales mencionó al Mono Jojoy, responsable del grupo de rehenes al que pertenecía Ingrid. Por lo que nos dijo, también habrían engañado al comandante que estaba a cargo de los rehenes, Gerardo Aguilar Ramírez, alias César, a quien habrían engatusado disfrazándose de periodistas y de miembros de la Cruz Roja (…) Si el ambiente hubiera sido menos solemne en el auto, creo que me hubiera muerto de la risa. Pero Montoya Uribe se veía muy serio. ¡Nos contó esa historia totalmente inverosímil durante todo el trayecto! ¡Se veía tan orgulloso de sí mismo! Personalmente no creí una sola palabra de ese guión simplista. ¿Quién puede pensar que los combatientes de las FARC son unos idiotas? La verdad es muchísimo más compleja. Yolanda estaba tan aterrada como yo. Ingrid, en cambio, no manifestaba escepticismo alguno. Hasta la fecha nunca la oí expresar la mínima duda sobre esa versión. Quiero creer que no se dejó engañar (…)”.

Lecompte aclara: “Desde la liberación de Ingrid, César fue extraditado a Estados Unidos. Las FARC lo acusaron de ser un ‘traidor’ y de haber sido cómplice del operativo a cambio de dinero. Es también lo que piensa parte de la opinión pública colombiana”.