Dentro del 30 Foro Internacional de la Cineteca se exhibe el primer largometraje de Duncan Jones, Luna: 1095 días (Moon, Gran Bretaña-EU. 2009), una película inteligente, aunque siniestra, de ciencia ficción que logra escapar de la feria de los efectos especiales.
De la historia sólo se puede comentar la propuesta inicial, el desarrollo y el desenlace dependen de revelaciones producidas a partir de una serie de peripecias muy bien articuladas. En un futuro indeterminado, los problemas de combustible se han solucionado en la Tierra gracias al uso de un mineral, Helium-3, que sólo existe en la luna. El astronauta Sam (Sam Rockwell) lleva tres años (de ahí el número de días que los distribuidores agregaron al título Luna) en una base lunar, su única compañía es Gerty, la ubicua computadora (voz de Kevin Spacy) en el complejo tecnológico. Sam está a punto de regresar a la Tierra para reunirse con su familia; pero por un accidente descubre que no se encuentra completamente solo.
Duncan Jones elige contar un conflicto clásico en la ciencia ficción, el choque entre el ser humano y la tecnología, que no es otro que el de nuevas maneras de explotación, a pesar del progreso. Por supuesto, el tema de la computadora pensante es un guiño de ojo a 2001, Odisea en el espacio; Solaris, Alien y Blade Runner son también referentes esenciales en esta fantasía, llena de nostalgia, de un director que nació tres años después que Kubrick realizara su obra maestra. El diseño, un aséptico ambiente donde predomina el color blanco, evoca constantemente los espacios de la nave Discovery de 2001, Odisea en el espacio.
Filmada totalmente en los Estudios Shepperton en Inglaterra, Luna…, cuya producción no rebasó los 5 millones de dólares, es más que una evocación del cine pensante de ciencia ficción de antaño en la era de Avatar (que costó 450 millones); Duncan Jones, que tiene un doctorado en inteligencia artificial, lleva el decorado y diseño a un grado cero de abstracción; si la cinta de Kubrick refleja un tanto la contracultura pop de los sesenta, Luna… refleja la nitidez de la era Apple; la relación personal con la cultura robótica es ahora más íntima que nunca. En los espacios blancos del interior de la base espacial reverbera la soledad de Sam, la tecnología disfraza el aislamiento, incluso el desamparo, de este prototipo de hombre moderno.
Sam es un Robinson Crusoe del futuro; en las primeras imágenes Duncan Jones lo presenta con barba y pelo largo, náufrago del espacio que tendrá que reflexionar acerca de su propia humanidad. La aventura se desliza poco a poco hacia la pesadilla, los reflejos y la paranoia.
Es cierto que la crítica a las corporaciones en Luna: 1095 días parece un poco desdibujada; la preocupación principal del director no es tanto política, sino una exploración sobre el fetichismo tecnológico, el espejismo de los sentimientos y la noción de identidad en un mundo global que termina por anularla. Cosa curiosa, en el desarrollo dramático de la historia entre más grave se torna el conflicto de identidad de Sam, mejor lo llega a conocer el espectador.
Luna: 1095 días es una película de juniors. Duncan Jones es hijo de la estrella de rock David Bowie; Nathan Parker, guionista de la cinta, es hijo del realizador Alan Parker. El tema de la filiación viene al caso porque seguramente Duncan Jones tenía también en mente El hombre que cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1976), otro clásico de ciencia ficción que toca el tema del aislamiento y la incomunicación. l








