Antes de que el 11 de septiembre de 2001 Al Qaeda atacara Washington y Nueva York, los servicios secretos de Estados Unidos tuvieron varias oportunidades para detener e incluso eliminar a Osama bin Laden.
Pero los desacuerdos entre la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), así como errores en los operativos realizados por los estadunidenses e incluso el azar impidieron que Bin Laden, el terrorista más buscado del mundo, terminara muerto o tras las rejas.
El periodista y escritor Lawrence Wright relata varias de estas “oportunidades perdidas”. Lo hace en el libro La torre elevada, cuya versión en español será publicada próximamente en México por la editorial Random House Mondadori.
Wright cuenta que en abril de 1996 Sudán –donde se refugiaba Bin Laden– empezó a resentir el aislamiento internacional provocado por el apoyo que el gobierno de Omar Al Bashir brindaba a los islamistas radicales de Al Yihad y Al Qaeda, quienes eran acusados del ataque a las torres gemelas de Nueva York en 1993 y de atentar contra la vida del presidente egipcio Hosni Mubarak en 1995. De hecho, Washington ordenó la salida de su personal diplomático establecido en Jartum.
Wright cuenta: “En su última noche en Sudán, el embajador estadunidense, Timothy Carney, cenó con el vicepresidente sudanés, Ali Utman Taha. Ambos conversaron sobre qué podría hacer Sudán para mejorar su reputación. Enviar a Bin Laden de vuelta a Arabia Saudita fue una de las sugerencias de Carney. Ya había hablado con un alto funcionario saudita y éste le había asegurado que Bin Laden todavía podía volver al reino ‘a condición de que pida perdón’”.
“Un mes más tarde
–prosigue Wright–, el ministro sudanés de Defensa, el general Elfatih Erwa, se reunió con Carney y varios agentes secretos de la CIA en una habitación de hotel en Rosslyn (Virginia). Erwa les comunicó el deseo de su gobierno de ser borrado de la lista de países patrocinadores del terrorismo elaborada por el Departamento de Estado. Quería una lista por escrito con las medidas que podían satisfacer al gobierno de Estados Unidos.”
La CIA solicitó, entre otras cosas, que Sudán expulsara a Bin Laden. El general Erwa replicó: “si Estados Unidos quiere presentar cargos contra Bin Laden, estamos dispuestos a entregárselo”.
Pero, según Wright, en ese momento la administración de Bill Clinton consideraba a Bin Laden como “una molestia con mucho dinero, pero no una amenaza mortal”. No había en esas fechas pruebas directas que lo vincularan con atentados contra estadunidenses.
No obstante, Washington mantuvo la presión contra el gobierno sudanés.
–Pídanle que abandone el país. Simplemente no lo dejen ir a Somalia, le dijeron al general Erwa.
–Irá a Afganistán, avisó Erwa.
–Déjenlo que se vaya, respondieron los estadunidenses.
El plan de secuestro
El 18 de mayo de 1996 Bin Laden abandonó Sudán y se mudó de nueva cuenta a Afganistán. Se estableció en la granja Tarnak, junto con sus cuatro esposas, sus hijos y un puñado de seguidores.
Michael Scheuder, jefe de la estación Alec de la CIA –dedicada a la lucha contra el terrorismo–, propuso un plan para secuestrar a Bin Laden. La idea era aprovechar los antiguos contactos que la CIA tenía con miembros de las tribus afganas que habían luchado contra los soviéticos en los ochenta. Un comando afgano entraría por una zanja de drenaje que pasaba debajo de la valla trasera de la granja. Otro grupo entraría por la puerta principal. Matarían a los guardias de Bin Laden y a éste lo llevarían a una cueva ubicada a unos 40 kilómetros.
Después, agentes de la CIA lo meterían en un contenedor en el que habría un sillón de dentista con arneses, así como instrumental médico, incluida una máquina de diálisis por si era cierto que Bin Laden padecía problemas renales. Luego lo subirían en un avión civil C-130. Scheuder propuso llevarlo a Egipto, donde lo podrían interrogar y después “eliminarlo con discreción”.
Pero “John O’Neill, jefe de la Sección de Antiterrorismo del FBI, se opuso. Él era un representante de la ley, no un asesino. Quería que Bin Laden fuera detenido y juzgado en Estados Unidos. Le expuso sus argumentos a Janet Reno, fiscal general de Estados Unidos, quien accedió a que el FBI se hiciera cargo de Bin Laden una vez secuestrado”, cuenta Wright. De hecho, el avión con Bin Laden aterrizaría en una pista que la CIA construiría en un rancho de Texas.
Sólo había un problema: se requería de una acusación formal ante una corte estadunidense. Para ello Dan Coleman, agente del FBI asignado en Nueva York, trató de establecer una conexión entre Al Qaeda y los asesinatos cometidos contra soldados estadunidenses en Somalia el 3 de octubre de 1993. Sin embargo, las pruebas eran endebles y no había testimonio que sustentara los cargos. Washington frenó de golpe el plan de secuestro.
Wright explica: “Si hubieran detenido a Bin Laden en ese momento, seguramente no lo habrían condenado”.
Una llamada
Wright cuenta que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) vigilaba las llamadas que partían del teléfono satelital de Bin Laden en Afganistán. Por ello sabía en qué área se encontraba, así como el contenido de sus conversaciones. Pero la NSA no compartía esa información con la CIA ni tampoco con el FBI.
“La CIA recurrió a su propio director de ciencia y tecnología para fabricar un dispositivo que permitiera escuchar esas llamadas”, escribe Wright. Así, el 21 de junio de 1998 la agencia supo que Bin Laden, sus guardaespaldas y un grupo de sus seguidores acudirían al día siguiente a un campamento de Al Qaeda ubicado en la provincia de Jost.
A marchas forzadas echaron a andar la operación Alcance Infinito: dos ataques “contundentes” en respuesta a los atentados que 10 días antes Al Qaeda había perpetrado contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania. Desde barcos de guerra ubicados en el mar Arábigo lanzarían una serie de misiles Tomahawk.
Cuando Bin Laden y sus compañeros se dirigían hacia Jost, se detuvieron en un cruce.
–¿A dónde creen que debemos ir: a Jost o a Kabul?, preguntó Osama Bin Laden a sus acompañantes.
La mayoría votó por ir a Kabul donde podrían visitar a sus amigos.
–Entonces, vayamos a Kabul, con la ayuda de Dios, dispuso Bin Laden.
“Fue una decisión que probablemente le salvó la vida”, apunta Wright.
Estados Unidos lanzó los misiles, que destruyeron el campamento de Jost, pero sólo mataron a seis de los 120 hombres de Al Qaeda que entrenaban en ese lugar. Pakistán reclamó que la mitad de los misiles cayeron en su territorio y los talibanes se quejaron de que otros misiles mataron a 22 afganos y más de 50 resultaron gravemente heridos.
“Pero los ataques también tuvieron profundas repercusiones –anota Wright–.Varios misiles Tomahawk no llegaron a explotar y Bin Laden los vendió a China en más de 10 millones de dólares. Pakistán podría haber utilizado algunos de los que encontró en su territorio para diseñar su propio misil crucero (…) Y Bin Laden se erigió en una figura simbólica de la resistencia no sólo en el mundo musulmán, sino también en cualquier lugar donde Estados Unidos se había vuelto poco grato”.
Y añade: “Cuando la exultante voz de Bin Laden sonó entrecortada en una transmisión de radio diciendo ‘¡Gracias a Dios, estoy vivo!’, las fuerzas antiestadunidenses habían encontrado su paladín. Los musulmanes que se habían opuesto a las matanzas de inocentes en las embajadas de África oriental se sintieron intimidados por el apoyo popular a aquel hombre, cuyo desafío a Estados Unidos parecía contar con el favor divino. Incluso en Kenia y Tanzania, los dos países que más habían sufrido los atentados de Al Qaeda, se podía ver a niños que llevaban camisetas de Bin Laden”.
Los halconeros
Wright plantea que “a principios de febrero de 1999, Bin Laden volvió a situarse en el punto de mira de Mike Scheuer”, el jefe de la estación Alec.
“La CIA –consigna– recibió información de que Bin Laden estaba acampado con un grupo de halconeros reales de los Emiratos Árabes Unidos en el desierto al sur de Kandahar. La información provenía del guardaespaldas de uno de los príncipes. Estaban cazando hubaras, un ave en peligro de extinción legendaria por su velocidad y astucia.
“Los príncipes llegaron en un C-130 cargado con generadores, camiones refrigerados, sofisticadas tiendas con aire acondicionado, elevadas antenas para sus equipos de comunicaciones y televisores, y casi 50 camionetas 4×4, que dejarían a sus anfitriones talibanes como propina”.
Cada vez que Bin Laden acudía al campamento, el guardaespaldas de los Emiratos comunicaba el hecho a su contacto estadunidense en Pakistán, y la información llegaba a la mesa de Scheuer en menos de una hora. Además, espías afganos apostados en un amplio círculo alrededor del campamento, confirmaban las idas y venidas del saudita.
Sheuder propuso de inmediato un ataque con misiles crucero contra el campamento. Era, precisa Wright, “la mejor oportunidad que la CIA tendría para asesinar a Bin Laden”.
Hubo una reunión de emergencia en la Casa Blanca entre Scheuer, el director de la CIA, George Tenet, y el Consejero de Seguridad Nacional, Dick Clarke. El Pentágono ya preparaba los misiles crucero para lanzar un ataque a la mañana siguiente.
“Casualmente –asegura Wright–, Clarke había regresado hacía poco de los Emiratos, donde había ayudado a negociar una venta de aviones de combate de fabricación estadunidense estimada en 8 mil millones de dólares. Tenía vínculos personales con la familia real de los Emiratos. Sin duda le rondaba la mente la imagen de los cadáveres de los príncipes diseminados por la arena, junto con el fracaso de la operación Alcance Infinito”.
Clarke se opuso a la misión. Tenet también votó en contra. Scheuer se sintió traicionado. Envió correos electrónicos reprobando la decisión y “perdió los estribos con un alto responsable del FBI en la estación Alec, lo que provocó un airada comunicación telefónica del director del FBI, Louis Freeh, a su homólogo de la CIA, George Tenet”.
En mayo, Scheuer fue cesado como responsable de la estación Alec. “Te quemaste”, le dijo su jefe. l








