Dentro del ciclo de Ópera Prima que tan acertadamente se programa los miércoles en el foro La Gruta del Centro Cultural Helénico, se está presentando Sobremesa, escrita y dirigida por Paula Comadurán y Vicky Araico, donde la imaginación del espectador es el condimento principal para que pueda recrearse la magia teatral de esta obra.
Dos duendes emprenden un viaje por un bosque para encontrar a un dragón, y el espectador los acompaña en su travesía. Todo sucede encima de una mesa, que bien coincide con el título de la obra, además de sugerir las conversaciones que se dan después de haber comido.
La sencillez del planteamiento y el desarrollo de la aventura es lo que le da el encanto a la obra. Reviven cuentos infantiles y refuerzan la capacidad de crear universos en el teatro sin elementos realistas. No hay nada más que lo que los personajes dicen y viven, y eso se multiplica en la experiencia del espectador al suponer que dos duendes pueden perderse y buscarse en una mesa de metro y medio o que pueden subirse a un árbol o temer a la luna que los persigue. La candidez y la vivencia de cosas aparentemente insignificantes hacen de Sobremesa una propuesta disfrutable, con un humor que despierta sentimientos básicos y maravillosos haciéndonos reír.
Beatriz Luna y Paula Comadurán interpretan muy bien a estos duendes, con una caracterización de seres fantásticos cuyos movimientos y su gestualidad son precisos, creando una convención verosímil donde sentimos que corren o caminan, aunque lo estén haciendo en el mismo lugar; que atrapan un pez, aunque sea la mano la que salta y salta entre la ropa de una de ellas, o que se esconden en una cueva, aunque estén debajo de la mesa. El juego con el agua sobre la que está la mesa vuelve tan vital el hecho escénico que el mojarse nos contagia de frío.
Si bien una de las premisas es que lo importante es el viaje y no el destino, esto sólo cobra sentido cuando al espectador le quedan claros los motivos de la búsqueda y es después cuando valora el recorrido. Si los objetivos están demasiado diluidos y poco problematizados, el espectador se pierde y no entiende a los personajes. Tampoco está clara la idea de que todo esto lo imagina un niño mientras escucha la conversación de sobremesa de dos mujeres y las transforma en duendes. Ambos planteamientos son interesantes, pero las autoras los dan por hecho y no los desarrollan dramatúrgicamente, lo cual enriquecería mucho su propuesta, pues el espectador estaría aún más inmiscuido en lo que sucede escénicamente y podría encontrar más significados.
Sobremesa es una obra bien hecha que muestra el talento y el potencial creativo del equipo, y devela que sus búsquedas teatrales tienen un gran porvenir. l








