Una feria de arte sirve para ubicar el arte que se vende o que se quiere vender. Desde esta perspectiva, aun cuando en la pasada edición de Zona Maco (Proceso 1746) los lenguajes pictóricos fueron escasos y carentes de sorpresas, es pertinente observar la oferta de algunas galerías mexicanas. Notorias por ser los únicos comercios que, en varios casos, le apostaron casi solamente a la pintura, galerías como la Estación de Chihuahua, la regiomontana Drexel y las defeñas Ginocchio, Hilario Galguera y Caja Blanca, permiten ubicar los vocabularios que actualmente gustan o atraen a los compradores en México.
La figuración imperó y, dentro de ella, los realismos: narrativos, fotográficos, conceptuales, low brow, expresionistas. Congruentes con el apoyo e impulso que han brindado a Daniel Lezama y Hugo Lugo, Galguera y Ginocchio, respectivamente, exhibieron lo que podría denominarse una individual –one man show en la jerga ferial– de ambos autores.
Impactante por sus misteriosas, dramáticas, agresivas y abyectas poéticas, Lezama (1968) presentó obra de una nueva serie que se inspira en la pintura de los viajeros decimonónicos. Influenciado notoriamente por Neo Rauch, el famoso pintor de Leipzig –ciudad en donde Galguera tiene una sucursal–, Lezama ha optado tanto por suavizar los fuertes contrastes cromáticos que caracterizaban su pintura, como por dividir las escenas en diferentes paisajes que evocan distintos tiempos y espacios. Poética elegante, que emparenta su propuesta con los actuales surrealismos alemanes.
En el rubro de los realismos conceptuales, Lugo (1974) presentó expansiones o hibridaciones con el dibujo, la escultura y la instalación. Conocido por sus hojas de cuaderno reproducidas pictóricamente, el artista explora actualmente relaciones entre la interpretación de la naturaleza, la convención pictórica y la organización espacial. Virtuoso en las “trampas de ojo”, el autor descubre un trabajo paisajístico que transita, con vocabularios naturalistas y geométricos, entre la tierra y el universo.
En el género de los paisajes, Patrick Peterson (1970) presentó en la Drexel un atractivo paisaje sobre madera expandido entre la pintura, el grabado y el relieve, de referencias post-constructivistas y orientales. También vinculado a los paisajes de evocaciones japonesas, tanto clásicas como populares –mangas–, Fernando Rascón (1976) y Rocío Infestas (1979) de La Estación, participaron con una obra proveniente de una serie de 180 paisajes realizados en conjunto, en una acción procesual que se desarrolló del pequeño al gran formato. Entre lo más banal, la poética fotorrealista de Abraham Jiménez (1977) de la Caja Blanca.
Complejos o superficiales, interesantes o simplemente retinales y conceptualmente rebuscados, los realismos son lenguajes que han comprobado la facilidad y afectividad de su recepción. Abundantes en la producción contemporánea de México, su enumeración, confrontación y evaluación, podría ser una acertada e incluyente tarea para alguna exposición museística. l








