«Furia de titanes»

Falsificación de la mitología

Hay películas de las que uno sale más iletrado de lo que entró, y Furia de titanes (Clash of Titans; EU. 2010) es una de ellas. Es cierto que existen múltiples versiones de la mayoría de los mitos griegos, pues todo dependía de la tradición que recogieran los mitógrafos de la antigüedad; de acuerdo a intereses políticos, griegos y romanos elaboraban sus propios remakes, las glosas acerca de las proezas de dioses y semidioses podían variar de una ciudad a otra.
Al calor del sensacionalismo 3D de Avatar, los productores decidieron agregar la tercera dimensión al material en 2D del drama de Perseo y la Medusa, de acuerdo al peor estilo de videojuego; había que aprovechar la presencia del mismo Sam Worthington (Perseo) del blockbuster de Cameron, los escorpiones gigantes, súbitamente convertidos en medios de transporte, los monstruos descomunales sin pizca de misterio.
Los guionistas dejan flotando conflictos sin dimensión: una humanidad que conspira contra los dioses, no que no crea en ellos, sólo que ya no los necesita y desea independizarse (léase la rebeldía contra la autoridad es peor delito que el ateísmo); un héroe, Perseo (Sam Worthington tratando de parecerse un poco al Russell Crowe de Gladiador), enojado con su padre Zeus (entunicado Liam Neeson), enojo que ni él mismo se cree; un Hades (Ralph Fiennes) resentido contra su hermano Zeus por haberle dejado la peor parte del universo, resentimiento que sí se le cree porque parece recién salido de Harry Potter.
Como apunta el maestro Roberto Calasso, la multiplicidad de relatos de un mismo mito servía para profundizar en el sentido de la revelación del arquetipo. Lo que hace Hollywood con este remake de Furia de titanes es exactamente lo contrario, empobrece la mitología al grado de presentar a dioses, héroe y monstruos no sólo con historias y datos falsos, sino como meros monigotes; la mínima posibilidad de epifanía, de descubrimiento por parte del espectador, queda anulada. Louis Leterrier, director de la cinta, se declara satisfecho del resultado porque, según él, aspiraba “a plasmar la estética del cómic”, excusa ahora muy a la mano para justificar la falta de contenido de un guión y la torpeza en el manejo de efectos especiales; un auténtico insulto para el cómic.
Además del gusto por el espectáculo y lo descomunal, a la primera versión (1981) la animaba por lo menos un encuentro genuino con la cultura griega; el guionista británico Beverly Cross había vivido en Grecia. El animador Ray Harryhausen, experto del stop motion, responsable de maravillas como Los viajes de Simbad o Jason y los Argonautas, impregnaba vida en sus criaturas; el Kraken, extraído de la mitología nórdica, fascinaba con esa mezcla entre simio y reptil.
Si es cierto que, tal como se lee en las entrevistas, Leterrier (Hulk) pretendía rendir un homenaje a Harryhausen copiando sus diseños para adaptarlos a efectos digitales, entonces el resultado traiciona por completo la propuesta. El Kraken y la Medusa se reducen a un par de siluetas contra las que hay que disparar según la lógica de feria moderna que proponen las peores versiones de videojuegos. Furia de titanes aniquila la posibilidad de revitalizar el cine actual incorporando un poco de la mitología griega; con los 122 millones de dólares mal empleados que costó la producción, también se destruye uno de los mejores mitos de Hollywood: la capacidad de asombrar. l