En el Premio Internacional Octavio Paz

Estas son las palabras que Marie José Paz pronunció durante la entrega del Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz a los poetas del exilio Ida Vitale, de Uruguay, y Ramón Xirau, de España, en El Colegio Nacional, el miércoles 21.

En esta fecha emblemática del 19 de abril, aniversario luctuoso de Octavio Paz, qué mejor antídoto al sol negro de la melancolía que mantener vivos su recuerdo y su legado impulsando las fuerzas que iluminaron su espíritu e irradiaron en su obra.
Por ello, es muy gratificante para la Fundación Amigos de Octavio Paz poder entregar el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo a dos poetas que compartieron con él el arduo y encendido oficio de escribir a una poeta Ida Vitale, que conoce el exilio pero también el infinito; y a un poeta, Ramón Xirau, “puente” –como lo definía Octavio– entre la poesía y la filosofía, entre España y México, entrañable amigo y leal compañero de ruta. Felicitaciones a los dos, estoy segura que Octavio Paz celebraría este momento tanto como nosotros.
Y que se celebre este mismo acto en El Colegio Nacional, me conmueve también doblemente. Recuerdo aquel lejano agosto de 1967, cuando venimos a México desde la India –donde Octavio Paz ejercía de embajador– para ingresar como miembro de esta noble institución: ese pacto del pasado y presente nos enseña que no hay destiempo en la memoria.
Para Octavio Paz, la poética fue también una ética. En sus intensos combates contra los totalitarismos que sofocaron al siglo XX, no fueron pocos sus detractores, y en muchas ocasiones tuvo que seguir su camino en solitario. Pero no lograron doblegar sus convicciones ni tampoco su generosidad. Fue el “solitario solidario”, como su contemporáneo amigo Albert Camus, con quien tuvo muchas “afinidades colectivas”: los dos fueron ardientes hombres de conciencia, ávidos de libertad e imaginación crítica, ambos espíritus infinitamente atractivos y –coincidencia singular– ambos Premios Nobel de Literatura.
Pocos días antes de dejarnos, en un discurso improvisado que muchos de los de aquí presentes recordarán con emoción, se despidió con la sencillez y la humildad de los grandes, con serenidad, como un verdadero sabio, se despidió con un mensaje de esperanza. Invocando la luz y el cielo de México, con mirada clara y voz vibrante, nos dijo que había que creer en las fuerzas vitales de dicha esperanza, en la concordia en este mundo y, sobre todo, que había que ser comprometidos con nuestro tiempo, con los otros y con nosotros mismos.
En lo personal, sigo deslumbrada por la hermosura de su espíritu y el magnetismo de su persona, porque esta esperanza vital y la “pasión convulsiva” siempre acompañaron el rigor de su pensamiento. El amor y el canto a la vida, que fue nuestra unión de tres décadas y media, se reflejaron en sus poemas, por ello mi soledad seguirá habitada por su presencia indeleble.
Que aquel árbol de la India, nuestro árbol Nim, “el  árbol cantando” que selló nuestro destino, siga dando frutos para decir, con él, “el presente es perpetuo”. l