“Un escritor sin libro, José Emilio Pacheco”

JEP y Alcaraz (1991)

Ha transcurrido medio siglo, más precisamente 49 años (se cumplen el viernes 30) de la aparición de esta conversación en el extinto suplemento cultural Diorama de la Cultura del diario Excélsior. ¿Quién de los que la leyeron entonces la recuerdan? Sus autores eran dos jóvenes con apenas 20 años de edad: José Antonio Alcaraz y José Emilio Pacheco. El primero (1938-2001) destacaría como compositor y director de escena, y el segundo (1939) como poeta y narrador. Ambos, también periodistas, firmarían desde la fundación de Proceso sus columnas de crítica de Música e Inventario, respectivamente.

Publicar un libro en México es uno de los sucesos más fáciles y cotidianos.
“Todos publican. El criterio editorial –si es que existe alguno– no reconoce límites, es sumamente generoso. Prueba patente de ello es la proliferación de ciertas ‘novelas’, cuya máxima consagración es el traslado a la pantalla; el culto de los megáfonos, las cámaras y el set, es oficiado con acuciosa devoción por quienes multiplican sus títulos en razón directa a su mal gusto.
“Ensayo, novela, teatro, poesía, ficción, historia y un sinfín de géneros son nutridos anualmente por una copiosa bibliografía, que en el mejor de los casos no conocerá la segunda edición.”
De entre los jóvenes escritores de México al lado de Sergio Galindo, Sergio Pitol, Fernando del Paso, destaca José Emilio Pacheco. Su producción es numerosa, abarca los más diversos y distantes terrenos literarios; dentro de todos ellos, Pacheco se desplaza con facilidad y maestría asombrosa. Habiendo recibido el elogio y reconocimiento de las figuras más destacadas de nuestro país, bástenos citar a tres de ellas: Novo, Reyes y Paz, este último dijo al respecto: “Cuando salí del país había varios jóvenes, entre ellos Marco Antonio Montes de Oca y Jaime Sabines. Posteriormente apareció un grupo que ha publicado buenos poemas como los de José Emilio Pacheco, a cuyo grupo veo porvenir”.
Extraña pues que existiendo tales circunstancias, no haya publicado hasta la fecha ningún volumen formal. Su colaboración en revistas y suplementos culturales es copiosa y, sin embargo, el más serio intento editorial de Pacheco constituye La sangre de Medusa uno de los “Cuadernos del Unicornio”.
Este relato, pletórico de fantasía y buen arte de escribir, fue recibido por la crítica con caluroso elogio.
Deseando saber el porqué de su ausencia en los catálogos editoriales, le hemos formulado algunas preguntas, de cuya respuesta se deduce una madura y potente personalidad humana, así como un depurado sentido literario incapaz de transigir o claudicar.
–José Emilio: ¿Por qué no has publicado ningún libro hasta la fecha?
–Considero que un libro no es la mera acumulación de materiales más o menos semejantes o ligados por una idea común. Son otros los aspectos que constituyen su unidad. No he publicado ningún libro porque los textos que hasta hoy he redactado son meros ejercicios, entrenamientos, caminos hacia la verdadera expresión que espero alcanzar alguna vez. Un libro –repito, a riesgo de parecer didáctico– es una cosa seria, responsable, a despecho de lo que creen algunos, y tengo la suficiente autocrítica para darme cuenta de que me falta todavía mucho por aprender y por experimentar; esto es, me falta mucho aún para ser un escritor. Y estas palabras tienen que ver con la razón, no con la humildad.
–Entonces, ¿cuál consideras que es tu posición entre los escritores de tu generación? Voluntariamente rehúyo la palabra joven porque algunos por pensamiento, otros por inmadurez, no son tales.
–La pregunta me parece tan generosa como absurda. No creo –no es afán de molestar a nadie– que entre nosotros haya alguien que pueda considerarse ya escritor. Escribir, recuerdo a Perogrullo, es también un oficio; la única manera de aprender es escribiendo, escribiendo con humildad pero con fe y, claro, con gramática.
–¿Qué valor das pues a la “nueva ola”?
–Desprecio el término, no a las gentes de que cubre en cualquier campo. Es indudable que existe una nueva generación en busca de nuevos medios expresivos en la música, las letras y el cine. Una generación consciente de las responsabilidades que entraña su trabajo y que posee la seriedad, el profesionalismo y la formación que le faltó a muchos de nuestros mayores.
–El ser joven no es defecto ni cualidad. Es un mero accidente cronológico que no otorga o substrae calidad a la obra de nadie. La obra del joven es tan digna de la crítica seria como la del artista maduro.
–Creo, efectivamente, que la clemencia de quienes lo juzgan es nociva para el escritor en formación. Recordemos a nuestro clásicos: Los enemigos, a veces, resultan los mejores maestros. No hay que tener miedo a ser injuriados por quienes no piensen como nosotros. Saber hacerse odiar –cito a Mauriac, escritor admirable–, es también necesario. No quiero decir con esto que se deba escribir a espaldas de los demás. Su juicio es respetable, pero no el que más importa. Si bien algunos años de experiencias me han hecho comprender que ellos casi tienen razón.
–De ello deduzco que para ti el juicio propio es el más importante (coincido). ¿Cuál consideras tu texto más logrado?
–El que todavía no escribo. Y entre lo publicado casi me satisface la Égloga octava, una serie de liras frayluisianas que no gustó a nadie y mucho menos a los críticos. En prosa, un cuento mejor dicho, un texto narrativo, El torturador, que publicaré en la Revista Mexicana de Literatura y que considero una tentativa para librarme de anteriores influencias, quizá incurriendo en otras.
–Lo que tú llamas influencias, yo las llamaría afinidades estéticas. Las observo en tu narrativa, muy grandes hacia Borges ¿Qué me dices de esta circunstancia?
–Borges es admirable, es el mejor prosista actual en nuestro idioma. Lo he estudiado “exhaustivamente” y mucho he aprendido de su obra. No obstante, como todo grande y auténtico creador, es imposible imitar. Me complace, contra lo que creen algunos, el hecho de que me encuentren alguna afinidad con Borges, aunque entre Borges y yo haya la distancia que separa a Luis Spota –digamos– de la literatura. Pero ahora trato de hallar nuevos caminos.
Al decir esto, Pacheco se indigna; siente realmente lo que dice: el conocimiento de la gramática y la estructura del castellano, es para él condición indispensable para quien quiera lanzar sus escritos a la luz pública. Toda actividad humana debe ser desempeñada por profesionales de la materia; la hora de la improvisación, y las buenas intenciones, ha pasado definitivamente. Sobre esto, Pacheco ha publicado, en su último número de la Revista Mexicana de Literatura, un violento ataque a quienes improvisan y, en curiosa mutación, tratan de erigirse en didactas y guías. Aspirando aún a ganar el Premio Nobel.
–Todas las manifestaciones tuyas que conozco pertenecen al ensayo crítico, preponderantemente a la poesía y el cuento. ¿Por qué no has dado a conocer con tanta frecuencia tu producción teatral?
–Empecé hace ya varios años de los que debiera con el afán de escribir para la escena. La literatura dramática es mi primera vocación: hace cuatro años, redacte algunas piezas de ambiente provinciano, semejantes a las que con mayor éxito escribieron mis compañeros en la universidad: Juan García Ponce (El canto de los grillos), Hugo Argüelles (Los cuervos están de luto) y Luis Moreno (Los sueños encendidos), después de dos años he vuelto a interesarme por esta forma de expresión: actualmente trabajo en una obra en verso: Viriato. Si la termino proseguiré con una obra más ambiciosa hasta hoy inconclusa, ésta en prosa: Antes que muera el día, concebida dentro de los lineamientos del moderno teatro histórico.
–¿A la manera de Montherlant, quizás?
–No lo sé todavía, pero no suelo rechazar las influencias.
–Finalmente, ¿cuáles crees que son los problemas más importantes a los que se enfrenta un escritor hoy en día?
–Distingo obviamente dos clases de problemas esenciales: los que plantea la consideración del escritor ante la sociedad y los que presenta su labor literaria.
“En la actualidad nuestra aspiración es llegar a ser dueños de un medio expresivo, claro y eficaz, que pueda ser comprendido por quienes se interesen en lo que escribimos, sin desmero de la elaboración artística.
“Sin forma, no hay arte, desde luego, y las preocupaciones sociales indispensables al escritor de nuestro tiempo deben correr parejas con la vigilancia estética. Claro ejemplo de este equilibrio entre nosotros es Carlos Fuentes.
Respecto a la obra en sí, yo también creo que el problema esencial es el tono que debe tener cada escrito. La elección de la calidad de una obra se decide desde la primera línea, para mí lo difícil no es redactar ni pulir, sino elaborar mentalmente o internamente lo que voy a escribir, me refiero exclusivamente a la obra de creación, no a los artículos que elaboro, vuelvo a repetir como entrenamiento y por los cuales no quisiera que se me enjuiciara, aun cuando éstos han sido hechos con la mayor responsabilidad profesional posible. l