ALCALÁ DE HENARES, ESPAÑA.- La intensa semana que vivió en este país para recibir el Premio Cervantes 2009 constituyó todo un reto para José Emilio Pacheco, pues se enfrentaron el amplio reconocimiento que despierta su obra literaria y poética, y la modestia y sencillez con que lleva su vida.
Feliz, pero desbordado por el acoso de la prensa –“parezco una estrella de cine”, reaccionaba–; agradecido y estupefacto por el recibimiento… Así fueron estos días de múltiples actividades antes de ser investido con el galardón que se equipara al Nobel de las letras en lengua hispana.
Las formas de Pacheco enamoraron a todos: Miembros de la cultura, políticos, periodistas y ciudadanos de a pie, quienes se mostraban azorados por la profundidad de su obra y por su elegante modestia, alejada de la soberbia. Agradablemente cercano. Todos lo adoraron.
“Como intelectual es de una sencillez que cautiva”, decía el periodista Eduardo Marín, de la cadena Ser.
“Es un momento único e irrepetible, que yo agradezco mucho”, comentaba eufórico Pacheco ante los reporteros minutos antes de la gala, enfundado en un elegante chaqué –como manda la tradición del evento–, y apoyado en su inseparable bastón.
“Me siento muy nervioso”, añadía a los sorprendidos periodistas, acostumbrados a otras actitudes de literatos y poetas.
Incluso se atrevió a romper protocolos. Tras despedirse de los reyes de España y del presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a las puertas del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el poeta mexicano se dirigió a la estudiantina (“piña”, se les llama aquí) de esta ciudad donde nació Cervantes. Entonces le dedicaron dos canciones típicas mexicanas, Ay Jalisco, no te rajes y La Adelita. Mientras escuchaba, aceptó que lo enfundaran con la capa oficial del conjunto juvenil.
También dedicó un libro a una mujer que lo esperaba fuera del recinto.
“Un momento, le tengo que firmar”, decía, dándole espacio.
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Desde el 7 de mayo de 2009, cuando se le notificó el premio Reina Sofía de poesía iberoamericana, José Emilio Pacheco dijo que no ha tenido descanso y por ello ni tiempo para escribir. Época de cosecha. El 3 de marzo, la Universidad Autónoma de Campeche le confirió el honoris causa, y aún le falta por recibir, el 23 de septiembre, la misma distinción pero por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), su Alma Máter.
El 17 de noviembre pasado, la víspera del Reina Sofía, Yago Pico de Coaña, presidente de Patronato Nacional de España y del jurado del galardón, presumía “el buen ojo” que tiene éste porque cinco de sus merecedores después lo fueron del Cervantes. Y vaticinaba, como fue, que Pacheco sería el sexto (Proceso 1725).
“Por supuesto que no”, decía Pacheco, mientras movía la cabeza.
Así, este viernes 23, leyó de pie su discurso de aceptación del Cervantes en el majestuoso Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, catalogado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Recordaba que ante periodistas en la ciudad mexicana de Guadalajara negaba que pudiera recibir el galardón. “Para nada –contesté–. Lo veo muy lejano. Nunca lo voy a ganar”.
Pero a primera hora del día siguiente, el 30 de noviembre, la ministra de Cultura del gobierno español, Ángeles González Sinde, le llamó por teléfono para anunciarle que el jurado del Cervantes lo eligió a él.
“Me dio la noticia y me hundió en una irrealidad quijotesca de la que aún no despierto.”
Su agenda en Madrid inició el martes 20, en el Ministerio de Cultura, donde el escritor decía que este momento era “gratificante, pero aterrador”, y que “la próxima batalla es sobrevivir a esta semana”.
Reconoció que no puede escribir, porque para trabajar necesita “una cierta tranquilidad. Y ahora, felizmente, no la tengo. No estoy acostumbrado a tanto revuelo a mi alrededor”.
Y a los fotógrafos que lo acosaban con sus clicks les decía:
“Nunca me he visto en esto. Parezco una estrella de cine. No he vivido nada igual.”
Añadía:
“Esto tiene una respuesta ambigua, porque es muy agradable recibir el premio, no puedo decir qué horror que no puedo estar en mi soledad para escribir; sería una hipocresía.”
José Emilio hacía sonreír a los periodistas cuando, con emotivas respuestas, les argumentaba sobre cuál sería el destino de la dotación del premio (125 mil euros):
“Me llegaron mis 15 minutos de fama al cuarto para las 12. Esto me da mucha pena decirlo, pero tiene que ver con la cronología, qué voy a hacer a estas alturas mas que guardar ese dinero para clínicas y hospitales, más ahora con la situación de enfermedad de mis dos grandes amigos de toda la vida, Carlos Monsiváis y Sergio Pitol.”
Igualmente, sorprendía a la prensa especializada cuando se negaba a definir su obra:
“Eso es algo absolutamente misterioso, porque todo está en contra de que eso suceda.”
“La gente exige que uno sepa lo que va a hacer –proseguía– y eso le quita espontaneidad. Es un milagro que se te ocurra algo y que te salga, como para ponerle etiqueta.”
Y usando una figura metafórica, señalaba que la poesía es un vicio “como la cocaína”.
El miércoles 21, el escritor acudió a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, una bóveda acorazada ubicada en el edificio que antiguamente perteneció al Banco Central, donde depositó un legado, que será custodiado durante 100 años.
Sin embargo, él prefirió dar a conocer lo que depositaba en la caja 1525, contenido que todos los anteriores creadores han mantenido en secreto: Introdujo dos ediciones de sus libros (la antología poética Tarde o temprano y la novela Las batallas en el desierto), algunos manuscritos de sus obras que eligió “al azar” y que “pertenecen a distintas épocas”, escritos en papel revolución, “el más barato”, y sus instrumentos de trabajo: una pluma estilográfica, un bolígrafo y un rotulador, “tres instrumentos de escritura que dentro de un siglo serán como vestigios de una caverna de la prehistoria”.
“Me despido de ellas”, dijo juguetón al momento de depositarlas.
El jueves 22, fue el responsable de pronunciar la mundialmente conocida frase que inicia el Quijote: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”, lectura que se extendería por 48 horas continuas.
A sus 70 años de edad, José Emilio Pacheco pronunció un discurso en el que decidió dar un paseo por su niñez y juventud. Por su experiencia con el Quijote cuando, con ocho años de edad, en 1947, fue llevado con sus compañeros de escuela al Palacio de Bellas Artes a una representación de la obra convertido en espectáculo, y descubrió que “hay otra realidad llamada ficción”.
No obstante estar agobiado por la crisis económica española, el presidente Zapatero se veía azorado, imbuido y con un gesto sonriente mientras escuchaba las palabras de Pacheco. Con igual gesto, 200 asistentes más siguieron el austero pero vibrante discurso del mexicano.
La figura del escritor era seguida en el fastuoso paraninfo de esta universidad –con cinco siglos de existencia–, edificado por Pedro de la Cotera entre 1516 y 1518, en una planta rectangular de artesonado de acusado mudejarismo, decorados significativos como son la yuxtaposición de técnicas todavía islámicas y formas naturalistas.
No sólo dijo que le gustaría que “el premio Cervantes hubiera sido para Cervantes”, sino que “ante las calamidades de la época actual, terremotos, nube de ceniza, miseria y violencia que devasta a países como México”, Pacheco consideró que las respuestas que da el Quijote siguen en pie.
El rey Juan Carlos lo felicitó e hizo extensivo su agradecimiento a México, “esa gran nación hermana, que no ha dejado nunca de proporcionar a la cultura iberoamericana los más excelsos exponentes”.
Alabó la poesía del mexicano:
“Es la suya una poesía extendida casi como un producto social, de todos y para todos, que se eleva por encima de las voces individuales.”
La ministra González Sinde dijo emocionada:
“Pacheco escribe siempre desde la necesidad, escribe porque no sabe, porque no puede, porque no quiere vivir de otra manera. Pacheco escribe sabiendo que vendrá la mañana, y con ella, la desintegración en el tiempo, la desmemoria.” l








