El Parlamento de Uganda analiza una ley que sanciona a los homosexuales con cárcel y hasta con la pena de muerte. También castiga a personas que no los denuncien. Estados Unidos y la Unión Europea presionan al gobierno de Yoweri Museveni para que detenga la aprobación de esa ley, pero los políticos ugandeses ceden ante la fuerza de religiosos católicos y evangélicos, quienes desde los altares atizan una campaña de odio que ha provocado asesinatos y linchamientos de lesbianas y gays.
KAMPALA.- “Salimos de la iglesia completamente asqueados”, dice Lulu Owori, una estudiante de trabajo social de la Universidad de Makerere, en Kampala, la capital de Uganda.
“Yo estaba disgustada porque me parece que el pastor abusó de la congregación. Pero la mayoría de la gente estaba de acuerdo con él y muchos decían que había que buscar homosexuales para matarlos. ¡Yo no volveré a misa con él!”
El 17 de febrero, Martin Ssempa, ministro baptista ugandés, presentó a sus feligreses un audiovisual muy poco común en las ceremonias de cualquier religión: era una compilación de imágenes de pornografía gay.
–¡Ahora vean lo que hacen los homosexuales! Éste le está comiendo el pene a este otro –describió el religioso–. Ahora éste le lame el ano a este otro.
Lulu dice que luego Ssempa difundió imágenes aún “más fuertes, con puños y objetos”. Y que ello ocurrió “frente a niños y niñas, y personas que nunca habían imaginado algo así y que exclamaban muchos ‘aaah’ y ‘oooh’ de la impresión”.
Ssempa explicó a los 300 asistentes por qué difundía esas imágenes: “El mayor argumento de los homosexuales es que lo que uno hace en la privacidad de su habitación, no es asunto de nadie más. Pero ¿saben ustedes qué es lo que ellos hacen en sus habitaciones?”.
A pesar de las críticas, Ssempa ha manifestado su intención de realizar más de estas presentaciones. Su objetivo es generar apoyo para la llamada “Ley Antihomosexualidad”, una iniciativa que analiza el Parlamento de Uganda.
De ser aprobada, esta ley impondrá sanciones de uno a tres años de cárcel a quien sepa que alguien ha tenido relaciones con personas del mismo sexo y no lo denuncie antes de 24 horas, hasta cadena perpetua para casos “agravados” de homosexualidad, como tener sexo con menores de edad o personas discapacitadas.
Otras “ofensas” a castigar son “promover la homosexualidad”, “conspirar para involucrarse en actos homosexuales”, “utilizar productos tóxicos con el propósito de tener relaciones homosexuales” e incluso el simple “intento de tener relaciones homosexuales”.
Todo esto pone en la mira no solamente a las personas que tienen esta preferencia sexual, sino a los activistas de derechos humanos que no las denuncien. Bajo estas normas, quien invite una cerveza a alguien y fuera malinterpretado y denunciado, enfrentaría por lo menos dos cargos: el “intento de tener relaciones homosexuales” (siete años de cárcel) y el “uso de sustancias tóxicas” (tres años).
Todavía hay una medida más extrema, prevista para quienes tengan VIH y sostengan relaciones sexuales, así como para los “reincidentes”, aquellos que ya fueron condenados por estos motivos y vuelvan a infringir la norma: pena de muerte.
Misión cristiana
El ministro religioso Martin Ssempa planeaba celebrar una “Marcha de un millón de hombres y mujeres” en apoyo de la iniciativa de ley. Por razones de seguridad, el ayuntamiento de Kampala no lo permitió. Pero el ministro de Jinja, una ciudad dedicada al turismo que se encuentra en la boca del río Nilo, sobre el Lago Victoria, no tuvo objeción y unas 2 mil personas salieron a expresar su odio contra los gays.
Una de ellas, Okware Romno, de 32 años, aseguró: “Yo tengo un versículo de la Biblia, Levítico 20:13, que dice que a los homosexuales hay que matarlos”.
“Este tono religioso no es casual”, afirma Monica Mbaru, miembro de la Comisión Internacional de Derechos Humanos de los Gays y las Lesbianas. “Los líderes religiosos han sostenido una campaña muy fuerte contra la homosexualidad y los líderes políticos africanos, que les tienen un gran respeto, tratan de apegarse a lo que ellos dicen”.
Aunque jerarcas ugandeses de las iglesias católica, evangélica y anglicana emitieron un comunicado conjunto en el que desaprobaban la pena de muerte, utilizaron en él una retórica de condena en la que se refirieron a la homosexualidad como algo “detestable”.
Otros ministros, como Ssempa y el influyente arzobispo Henry Orombi, tomaron como misión conducir la campaña en apoyo de la iniciativa de ley.
Por si fuera poco, misioneros cristianos extranjeros han jugado un papel en contra de la tolerancia sexual:
Una nota del diario londinense The Times, del pasado 17 de enero, reveló: “La atención en Uganda está puesta en la visita de tres evangélicos de Estados Unidos, Scott Lively, Caleb Lee Brundidge y Don Schmierer, justo antes de que la Ley Antihomosexualidad fuera presentada. Ellos impartieron seminarios para miembros del Parlamento y funcionarios del gobierno, en los que la homosexualidad fue descrita como una enfermedad que puede ser curada”.
Lively, presidente de Defend the Family International y quien afirma saber de homosexualidad “más que nadie en el mundo” porque alguna vez fue gay, dijo a los asistentes a su seminario que legalizar la homosexualidad sería “legalizar el abuso infantil y el sexo con animales”. En anteriores entrevistas y conferencias ha afirmado que el genocidio en Ruanda fue llevado a cabo por gays y que el sida es un castigo divino por la homosexualidad.
Brundidge, por su parte, trabaja como “asesor de reorientación sexual” en la International Healing Foundation y lleva grupos de cristianos a morgues para intentar hacer que los muertos se levanten.
La iniciativa de ley fue presentada en octubre por David Bahati, un miembro del Parlamento oficialista y cristiano renacido, quien tiene ligas con una sociedad semiclandestina occidental, según Jeff Sharlet, autor del libro La Familia: fundamentalismo secreto en el corazón del poder estadunidense.
En su libro, Sharlet dice que los miembros de La Familia, casi todos legisladores y funcionarios republicanos pero también algunos demócratas, creen que Cristo dio tres tipos de mensajes: uno para un círculo estrecho, otro para un círculo mayor y uno más para el resto de la humanidad, incapaz de enfrentar la verdad. Por lo mismo, los miembros de La Familia dicen saber con exactitud qué es lo que es bueno para el mundo.
Sharlet afirma que Bahati dirige el Foro de Liderazgo de la Juventud Africana, una extensión de La Familia, y organiza sus desayunos nacionales de oración en Uganda.
El virus del odio
La homofobia es una actitud prevalente entre los políticos ugandeses. Yoweri Museveni, presidente de Uganda desde hace 24 años, ha dicho que la homosexualidad “va contra Dios” y que “los europeos homosexuales están reclutando seguidores en África”. Su ministro de Ética ha afirmado que “la homosexualidad es una perversión moral que no se debe extender”.
El pasado 22 de febrero, en un foro sobre derechos humanos, el miembro del Parlamento Otto Odonga afirmó que “mataría a mi propio hijo si fuese gay”.
Ni en New Vision, el diario oficialista de Uganda, ni en The Monitor, el de la oposición, hay registro de declaraciones de personajes relevantes en favor de los homosexuales. El opositor Partido Democrático se ha pronunciado apenas por hacerle algunas modificaciones menores a la Ley Antihomosexualidad propuesta.
La discusión de la iniciativa va muy lenta, a pesar de este consenso. La razón: las presiones de la comunidad internacional. Indignados, los promotores de la legislación califican a estas presiones de “ilegítimas”.
El presidente Museveni se quejó ante la prensa en estos términos: “El primer ministro de Canadá vino a verme, ¿y de qué hablaba? Gays. El primer ministro británico vino a verme, ¿y de qué hablaba? Gays. La señora Clinton me llamó por teléfono, ¿y de qué hablaba? Gays”.
Pero debido a esas presiones, la pena de muerte podría ser eliminada del texto. Algunos analistas creen que los parlamentarios sólo están esperando que la atención del público occidental se dirija a otro asunto para aprobar la iniciativa.
Dentro de Uganda, la lucha contra la propuesta está confinada a pequeños grupos de activistas que se arriesgan a ser arrestados si se manifiestan en público.
El sábado 14 de febrero, en un hotel de Kampala se realizó la conferencia “De pie del lado del amor: reimaginar el Día de San Valentín”, con asistencia de apenas 200 personas. “La convocamos en secreto para evitar que la policía la interrumpiera”, explica a Proceso Abdallah Wambere, un activista gay que participó como maestro de ceremonias. “Las leyes en vigor ya nos persiguen, la homosexualidad ya es delito y no tenemos derecho a expresarnos. La nueva iniciativa sólo es parte de una campaña que afecta a todo el Continente Africano”.
Varios eventos recientes avalan su dicho. El 12 de febrero, los asistentes a una boda simbólica de homosexuales en el puerto keniano de Mombasa estuvieron a punto de ser linchados por una multitud, tras lo cual intervino la policía que, en lugar de someter a los atacantes, arrestó a cinco invitados.
El 22 de febrero, en Malawi, un gay de 26 años y otro de 20 fueron presentados ante el juez bajo la acusación de “indecencia”, por lo que pueden ser condenados hasta a 14 años de prisión. Fueron aprehendidos durante una ceremonia privada de compromiso y encerrados en una cárcel de alta seguridad donde viven en pésimas condiciones y, según sus defensores, han sido objeto de palizas y violaciones.
Cinco días después, el 27 de febrero, el diario keniano The Nation publicó una nota en la que afirma: “Es preocupante que un 60% de los homosexuales se acuesta con hombres casados, una tendencia que pone en riesgo a un gran número de kenianos”. La afirmación tiene un carácter general, a pesar de que lo que se reporta es el resultado de un sondeo realizado a un grupo específico: los 739 prostitutos del distrito de Mombasa.
La encuesta global Ottoman LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) 2009, que evalúa las actitudes populares hacia la homosexualidad, coloca a Kenia como el país más homofóbico del mundo, con 98% de entrevistados que contestó que “la homosexualidad es una forma de vivir que la sociedad no debe aceptar”. Lo siguen Mali, Nigeria e Indonesia.
La prohibición de la homosexualidad es una herencia de la época en que Uganda, Kenia, Malawi y otros países eran colonias de Gran Bretaña: en las legislaciones heredadas se castigan “las relaciones carnales contra el orden de la naturaleza, con hombre, mujer o animal”.
A esto se suma una actitud popular de rechazo, que se expresa en comentarios como el que Ritah Natukunde, una informática de 22 años, hizo al reportero: “La homosexualidad no es algo africano, es algo que trajeron los europeos para pervertirnos y dominarnos”.
“Es un problema de ignorancia”, sostiene Noma Pakade, de Behind the Mask, un grupo de lucha por los derechos de los gays y las lesbianas que actúa desde Sudáfrica. “Cuando la gente escucha la palabra ‘homosexual’, piensa en pedofilia”, dice.
En efecto, uno de los argumentos más poderosos en favor de la iniciativa es que la homosexualidad es una condición que se puede quitar y que, igualmente, se puede adquirir, e incluso “contagiar”: la alerta que han lanzado religiosos y políticos de que los homosexuales “reclutan” va dirigida a los padres, que temen que a sus hijos los “conviertan” en gays.
“También se cree que todo es promiscuidad –sostiene Pakade–. No entienden que una relación homosexual puede estar basada en el amor e involucrar a dos adultos conscientes, tal como ocurre con los heterosexuales.”
Además del legado británico y los prejuicios, influye el activismo religioso, como el del pastor Martin Ssempa. En su sitio en internet se autodescribe como “asesor del gobierno” y se presenta como “una voz apasionada en la lucha global contra el VIH/sida”.
Sin embargo, su lucha contra este virus rechaza totalmente el uso del condón. Todo debe basarse en la abstinencia hasta el matrimonio y, después, en la fidelidad.
Uno de los logros del gobierno de Museveni fue una eficaz campaña contra el VIH que hizo que la infección descendiera de una tasa de 12% a 4%, hace 10 años. Pero su esposa se convirtió al evangelismo y el enfoque sobre prevención cambió para adoptar la posición que sostiene Ssempa: la tasa se elevó hasta 6.4%, la cual se mantiene actualmente.
“Hay que ser fiel a Dios”, dice Ssempa fuera de su iglesia en Kampala. Es un hombre popular que atiende a mucha gente y no tiene tiempo para un periodista: “Ya sé de qué quieres hablar”, comenta.
Se muestra amable pero poco dispuesto a conversar. En la solapa lleva un pin que dice: “Ugandeses contra la sodomía”. Tras advertir que “el lobby de activistas homosexuales se ha apoderado del mundo occidental” y “no nos van a imponer las costumbres anticristianas”, accede a responder por qué le importa tanto lo que la gente hace en la intimidad:
“En África, lo que tú haces en tu habitación afecta a nuestro clan, afecta a nuestra tribu y afecta a nuestra nación.”








