Un accidente en la adolescencia los dejó con la espalda rota y las piernas sin movimiento. Ambos rechazaron el duelo. La nieve se convirtió en su salvación: se volvieron esquiadores… Ahora, Arly tiene 21 años y Armando 46. Ambos competirán en los próximos juegos de invierno en Vancouver, Canadá, en la modalidad de slalom y slalom gigante.
La vida de los esquiadores Arly Velásquez y Armando Ruiz está plagada de obstáculos, tantos como el número de banderas que tiene la pista que recorrerán en las pruebas de slalom y slalom gigante durante los Juegos Paralímpicos de Vancouver 2010, que se realizarán en este mes, en la que será la segunda participación de México en una competencia invernal.
Arly, de 21 años, y Armando, de 46, se rompieron la espalda y perdieron la movilidad en ambas piernas hace ocho y 30 años, respectivamente. El primero, al caer de cabeza cuando entrenaba para una competencia de ciclismo de montaña down hill, y el segundo, tras salir disparado –por no usar el cinturón de seguridad– del vehículo que él mismo conducía durante un accidente vial.
Ambos encontraron en el esquí alpino la posibilidad de una nueva vida en la que, cuando las piernas ya no funcionan, hay que aprender a caminar de otra manera.
Armando Ruiz nunca ha lamentado que aquella noche de 1980, cuando se dirigían a Querétaro, sus amigos se apresuraran tanto a cambiar una llanta ponchada que no ajustaron bien los birlos de la rueda. Tampoco que cuando lo encontraron tirado sobre unas rocas lo sentaran, en vez de esperar a que llegaran los paramédicos; ni siquiera se quejó cuando pasó siete días en una cama eléctrica que giraba de un lado a otro ininterrumpidamente para que su propio peso no lo lastimara más. No se dio tiempo para las lágrimas. Siguió su vida preparándose para el día en que volvería a caminar.
“Me fracturé la columna, las vertebras toráxica 12 y lumbar primera. Tuve una sección medular completa y perdí el movimiento de las piernas. Cuando el doctor me aseguró que no volvería a caminar le dije que estaba equivocado. Mi grado de rebeldía no me permitió tener altibajos. Siempre dije ‘yo puedo’ y hasta hoy no me resigno a la idea de que no caminaré de nuevo. Si algún día inventan algo, estaré listo.
“No podía perder el tiempo lamentándome por lo que ya no tenía y dejar pasar las oportunidades que la vida me ofrecía. No volver a caminar era una mala noticia como tantas otras que iba a recibir. Decidí continuar y prepararme para que cuando caminara de nuevo no me arrepintiera de lo que dejé pasar”, narra Armando.
El primer deporte que se asomó a su vida de discapacitado fue el basquetbol. Pasó cientos de tardes en diferentes deportivos practicando a excelente nivel esta disciplina, hasta que en 2004 tomó tres clases de esquí alpino en la montaña Snowshoe, de Virginia del Oeste, Estados Unidos.
Pensó que podría practicar ese deporte y representar a México en las justas internacionales más importantes, pero se enfrentó con el primer obstáculo: los deportes invernales no eran oficiales y el Comité Paralímpico Internacional (CPI) exige que sean los países y no los clubes quienes inscriban a los participantes.
“Hablé con la Asociación de Deportes sobre Silla de Ruedas del Distrito Federal para que en la siguiente asamblea de la Federación Mexicana de Deportes sobre Silla de Ruedas (FDSR) reconocieran al esquí alpino como disciplina oficial, y así fue. Aunque me dieron el aval para participar, no me otorgaron presupuesto. Como ya estaban cerca los Juegos Olímpicos de Torino 2006, le pedí a la federación que solicitara al CPI un wild card (invitación) y así fue como llegué a mis primeros juegos”, cuenta Armando.
Fue el primer atleta paralímpico mexicano en participar en una justa invernal. Ante la falta de apoyo económico de la FDSR y de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), Armando recibió ayuda del entonces presidente del partido Convergencia, Dante Delgado.
El deportista forma parte del Movimiento Social de Personas con Discapacidad, que se dedica a tocar todas las puertas posibles para pedir reformas a las leyes y la aplicación de políticas públicas que garanticen el respeto a los derechos humanos de ese segmento de la población.
“Sólo mis hermanos estuvieron dispuestos a costear boletos de avión, hoteles, comprar equipo para esquiar y pagar derechos para usar las montañas porque no puedo ir solo a los campamentos ni a las competencias. Ante la falta de entrenadores y de dinero, la federación aceptó que nosotros conformáramos la delegación mexicana para Torino. Cuando la Conade se enteró nos dio unos uniformes oficiales y Dante Delgado nos regaló los boletos de avión.
“Me he topado con quienes me dicen ‘¿qué haces en los deportes de nieve?, dedícate a otra cosa’. No somos producto del apoyo de un sistema deportivo, sino de nuestras inquietudes, de nuestra necedad, del apoyo de familiares, amigos o conocidos que simpatizan con lo que hacemos. Sólo a últimas fechas hemos logrado sacarle apoyo a la Conade”, lamenta.
Caer de cabeza
Cuando Arly Velásquez perdió el control de su bicicleta y cayó de cabeza, sufrió una compresión de espalda que le rompió las vértebras seis y siete. Los paramédicos que lo atendieron cometieron el error de sentarlo y eso afectó su médula espinal.
“Fue una negligencia de los paramédicos. Si te rompes algo hay que inmovilizar y sacar radiografías, pero ellos pensaron que no tenía gran cosa y me sentaron. Ahí me dio el dolor en la espalda y dos minutos después dejé de sentir las piernas”, recuerda.
Acostumbrado a correr, brincar y realizar cualquier deporte que le gustara, Arly se despidió de esa vida a los 13 años cuando su condición de niño le impedía entender su nueva realidad. Los primeros dos años y medio sin poder caminar los pasó entre la terapia de rehabilitación y la depresión. Se negaba a aceptar que aquello había sido más que un simple accidente, y pensaba que al cabo de seis meses superaría las secuelas.
“Al principio mi mamá me dijo que sería algo temporal y eso me dio mucha energía para la rehabilitación diaria, pero después vi que el daño era más serio. Fue el momento de aceptación. No tenía ánimo para ir a ningún lado que no fuera la escuela. Quería estar a solas para reflexionar y convencerme de que ahí no se acababa mi vida y debía verla de una manera distinta.
“Entenderlo y aceptarlo fue muy difícil, pero si ves para atrás te vas a seguir preguntando: ¿por qué yo, por qué a mí? Me gusta la persona en la que me he convertido y pienso que si hubiera sido otro mi camino, no sería lo que soy ahora. Estoy muy contento con lo que soy, con lo que hago y con el valor que le doy a los detalles que le imprimen color a la vida.”
Durante unas vacaciones en Canadá, Arly conoció los deportes invernales. Disfrutó tanto la experiencia que cuando regresó a México contactó a Armando Ruiz, con quien después empezó a entrenar en Park City, Utah. Aunque ya había participado en distintas pruebas de atletismo, la emoción de estar en contacto con la nieve y la montaña sólo se comparaba con la que había sentido con el down hill.
“Me regresé a México, vendí mi coche, agarré un dinero que había ahorrado y me fui a vivir a Park City, luego a Mount Hood, Oregon, y después a Nueva Zelanda. Hace año y medio toqué la nieve por primera vez en mi vida y este deporte me encantó desde entonces. Regresé a la montaña para cerrar un ciclo: ahí me rompí la espalda y mi vida cambió. Lo hice para seguir adelante y sentir que estoy de nuevo completo”, cuenta.
Su desempeño en el esquí alpino ha sido tan bueno que cuando empezó a entrenar siempre terminaba unos 30 segundos detrás del líder. Ahora redujo el tiempo a 17 o 15 segundos, incluso con atletas que tienen ocho años compitiendo. “Es que yo nací para esto, para hacer deporte”, destaca Arly, quien también estudió dirección cinematográfica durante seis meses y composición musical.
En Winter Park, Colorado, vive solo en un departamento adaptado a sus necesidades que le alquila un amigo integrante de la selección estadunidense de esquí alpino.
“Me las arreglo muy bien. Lavo mi ropa, los trastes y cocino; bueno, tengo varias quemadas en los brazos (enseña las cicatrices). Puedo ponerme de pie con la pierna derecha pero sólo por unos instantes. Tener esa poca fuerza me da algunas ventajas, como colocar mi silla en la cajuela de la camioneta que manejo con hand control. Este mecanismo consiste en una palanca que va al freno; si rotas a la derecha aceleras y al revés frenas”, comenta.
Arly y Armando competirán esta semana (del viernes 19 al domingo 21) en la pista de Cypress Mountain, de Vancouver, dentro de la categoría LW11 (atletas que esquían sentados y que tienen mediano control del abdomen). En el esquí alpino cada competencia es diferente porque la pista varía de acuerdo con la montaña en la que se desarrolla la prueba (distancia, curvas, clima, cantidad de nieve); por ese motivo, no existen récords preestablecidos y todos los atletas compiten contra reloj.
El precio de los sueños
Los seleccionados mexicanos estarán en un grupo de entre 60 y 70 competidores internacionales. Armando quiere colocarse entre los 30 mejores del mundo, y Arly entre los primeros 20. Con ello superarían a atletas de países que sí cuentan con infraestructura, entrenadores y recursos, como China, Chile, España, Croacia y Andorra. Sin embargo, aún se encuentran lejos de las potencias, como Alemania, Canadá, Estados Unidos, Japón, Corea y Holanda.
“Demostraríamos que nuestras ganas son mayores que nuestras limitaciones. Ellos tendrán en sus países pistas, ropa y equipo, pero nosotros somos más osados y ambiciosos. No se trata de ir, regresar y que ahí quede, sino de cómo van a seguir ayudando, cómo podemos aprovechar lo que hemos alcanzado con nuestro esfuerzo y el de quienes nos han ayudado. Buscamos obtener el reconocimiento de las autoridades para que se nos considere en los presupuestos”, advierte Armando.
En esta ocasión, la Conade se encargó de pagar los boletos de avión, hospedaje y uniformes, para que Armando y Arly acudan a Vancouver 2010; asimismo, la comisión costeó los últimos campamentos que realizaron.
“Para Torino únicamente recibimos un juego de uniformes para cada integrante y la buena vibra de los amigos. Tengo cuatro años conociendo diferentes montañas, mejores equipos, entrenadores y competidores, y veo que la diferencia con otros países no es un abismo insalvable. Si contamos con el apoyo para Rusia (Sochi 2014), podríamos estar hablando de medallas.
“Queremos demostrarles a las autoridades que estamos cerca de la excelencia deportiva, aunque nuestro país no tiene montañas. En México podemos enfrentar este tipo de retos; somos gente que caemos y nos levantamos, que estamos dispuestos a pagar el precio de nuestros sueños y que podemos alcanzarlos si tenemos las condiciones para ello”, dice Armando, quien es maestro en derecho por la UNAM y trabaja como asesor en la Secretaría de Salud del Distrito Federal.
La esquiadora estadunidense Starlene Kuhns fue inscrita como entrenadora de los seleccionados nacionales, pero no cobrará ningún sueldo, por la amistad que tiene con Arly. La atleta realiza actividades administrativas en Winter Park, el lugar donde este joven realizó un campamento el año pasado.
Ahí entrenó con un equipo multidisciplinario bajo la supervisión de Eric Peterson, también integrante del CPI; de Kurt Smithz, entrenador del equipo de Serbia; de Hiro Taniguchi, entrenador de Nueva Zelanda, y de Scott Olsen, entrenador de Islandia.
El trabajo de los instructores consiste en pararse en distintos lugares a lo largo de la pista para revisar y tomar video de la forma en que los esquiadores toman la salida, cómo pasan por las banderas o puertas y la manera en que concluyen el descenso. Les enseñan a encerar y afilar sus esquíes, el tipo de ropa que deben usar y cómo deben ajustar la silla del motoesquí. También les indican el trabajo que deben realizar en el gimnasio para fortalecer el abdomen y la espalda. Todo ello les permite mejorar su técnica.
El monoesquí en el que se desplazan tiene un costo de entre 5 mil y 6 mil dólares (el que usa Armando se lo regaló Dante Delgado); el par de esquíes con sujetadores cuesta otros mil. Los bastones, 450 dólares; el casco, entre 100 y 200, y los guantes, otros 200.
Además del equipo hay que considerar el costo de los boletos de avión para viajar a los países donde hay montañas, así como el pago por derecho a usar la pista. El costo de un pase para la temporada completa asciende a 200 dólares; las sesiones de entrenamiento cuestan entre 3 mil y 3 mil 500 dólares y, además, hay que presupuestar 100 dólares diarios por concepto de hospedaje.
“En un año me gasté casi 20 mil dólares. Tengo un patrocinador (Sport City), y la Conade me ha apoyado con unos 2 mil dólares, pero mi mamá es la que más me ayuda. Vamos a ver de dónde sacamos presupuesto para los siguientes campamentos. Ahorita ya empezamos a contar con el apoyo de la federación, pero obviamente falta mucho para que puedan cubrir todos los gastos que este deporte requiere. Esperamos que se abra el presupuesto para deportistas que como yo queremos trabajar por México”, explica Arly.
–Hay quien dice que las competencias de los atletas paralímpicos tienen menos valor y mérito que las justas tradicionales, ¿estás de acuerdo?.
–Existe esa idea de que sólo el deporte “normal” puede alcanzar los máximos niveles, pero yo diría que vivir con una discapacidad es ya un deporte de alto rendimiento, y si además le metes una disciplina que implica un desafío, tiene el doble de mérito. Las personas que estamos en el deporte paralímpico enseñamos mucho a la gente: coraje para vivir y no derrotarse.
“Cuando desciendo me siento en plena libertad; es una emoción incomparable. Hay temor porque vamos muy rápido (hasta 100 kilómetros por hora) sorteando los obstáculos. El esquí es de alto riesgo. Todos arriesgamos y más si intentas ser el mejor del mundo. Sabemos que nos podemos fracturar o incluso morir en el intento, pero te aferras al deseo de salir adelante”, concluye Armando.








