El 27 de febrero la ciudad de Constitución estaba de fiesta. Celebraba la “semana maulina” y esa noche habría una “noche veneciana”: barcos alegóricos recorrerían con sus reinas la desembocadura del río Maule. Para tener una mejor vista del espectáculo, cientos de personas se ubicaron en Orrego y Cancún, los dos islotes existentes en la desembocadura del río. Sólo una docena logró sobrevivir. El mar se tragó los islotes y avanzó hacia la ciudad…
CONSTITUCIÓN, CHILE.- La madrugada del 27 de febrero el mar estaba “demasiado calmo”. Había luna llena y los tripulantes de la lancha pesquera Caicaén navegaban en paz, hasta que algo llamó su atención…
“Primero pensamos que algún buque mercante se había enredado con nuestras redes y nos llevaba a remolque, porque nuestra lancha se movía muchísimo. Pronto nos dimos cuenta de que todas las embarcaciones –a través de transmisiones de radio VHF– gritaban por lo mismo. Entonces supimos que era un terremoto”, relata a Proceso el patrón de la nave, Juan Carlos Letelier.
Dice que el movimiento en alta mar “tiene que haber demorado un minuto, más no creo (…) Después que terminó, tuvimos que cerrar las ventanas porque un terrible olor a azufre invadía el ambiente, nos ahogaba”, recuerda.
Cuenta que al comunicarse por radio con otras lanchas supo que todas las tripulaciones pesqueras sintieron lo mismo.
Letelier narra que después del terremoto el mar volvió a una “completa calma”, pero que, “a los 20 minutos, pasó una ola, pero una ola no muy grande (…) Nosotros pensamos al tiro que era algo que iba pa’ tierra (…) Y justamente pa’ tierra fue creciendo la ola, porque de una lancha que estaba unas 12 millas más a tierra nos contaron que pasó una ola que tenía entre 10 y 12 metros de altura”.
Preocupado por la suerte de su mujer y sus cuatro hijos, que viven en la población Arturo Prat, de Constitución, ubicada en la ribera del río Maule, decidió dejar las redes botadas. Al acercarse a su ciudad no pudo desembarcar en el muelle que estaba ubicado en el río “porque había un gran desorden en el mar”. Dice que junto a troncos y todo tipo de materiales vio tres cadáveres que fueron recogidos por la tripulación de otra lancha.
También observó que la planta de celulosa Celco, la principal industria de la ciudad, tenía una torre quebrada. Cuenta que trató de encontrar con la mirada las poblaciones que se ubican en el borde costero. No pudo: habían sido arrasadas por el mar. Lo invadió la angustia. Pensó lo peor.
Horas más tarde, desde la Capitanía de Puerto le comunicaron que su familia se encontraba a salvo. “Me puse a llorar…”.
El “fin del mundo”
Constitución es hoy una ciudad devastada. Sus habitantes, desmoralizados, transitan como zombis entre las ruinas del que fuera, a principios del siglo XX, el balneario más elegante de Chile. Muchos usan mascarillas para evitar el hedor a muerte que todo lo invade.
La presencia de militares y brigadas solidarias contrasta con la desolación de este pueblo de 45 mil habitantes. Aunque no hay cifras exactas, reportes oficiales estiman en 300 las personas muertas tras el desastre.
La madrugada en que tembló, miles de veraneantes despedían las vacaciones estivales. Se celebraba la “semana maulina”, que tenía su evento estelar el 27 de febrero, cuando se llevaría a cabo la “noche veneciana”: barcos alegóricos recorrerían con sus reinas la desembocadura del gran río Maule.
Para encontrar un buen lugar desde el que se pudiera ver el espectáculo, varios cientos de personas se ubicaron un día antes en los dos islotes de la desembocadura: Orrego y Cancún. Cuando comenzó el terremoto, a las 3:34 de la mañana, decenas de fogatas calentaban las tertulias de las numerosas familias que allí se apostaron.
El gozo se transformó en terror. Todos quisieron escapar de las islas. Nadie dudó que pronto vendría el mar.
Los cerca de 70 miembros de la familia González Quiroz que se encontraban en el islote Cancún lograron escapar, pues disponían de una lancha en la que realizaron tres viajes de evacuación. Los que llegaban a tierra se unían a los sobrevivientes del terremoto, que desesperadamente intentaban alcanzar el cerro Mutrún. Muchos cargaban a bebés y ancianos que no podían alcanzar por sí mismos las zonas altas para escapar del peligro.
Muchos quisieron salir de la ciudad en sus automóviles. Varios chocaron. Otros bajaban de las villas ubicadas en los cerros, para ir en busca de sus familiares. Era el caos…
De los tres centenares de personas que no pudieron escapar de los islotes, sólo una docena logró sobrevivir, siete de ellas gracias a que se encaramaron en árboles del islote Orrego, y un puñado más que fue arrojado a las orillas del río Maule. Cancún desapareció por completo: fue triturado por el mar.
Marta Fuentes, locataria del almacén San Luis, cuenta al corresponsal que un tío suyo, Pedro Muñoz Concha, estaba en el islote Orrego aquella noche: “Como tenía un bote empezó a trasladar gente a este lado del río”. Dice que alcanzó a realizar tres viajes de rescate. Intentó hacer un cuarto, pero no pudo. La primera ola del tsunami, que llegó a las 5 de la mañana, puso fin a su heroica faena. Ella estima que antes de zozobrar su tío alcanzó a salvar a unas 60 personas.
A media cuadra del Almacén San Luis y a tres del río, en el número 1251 de la calle Bulnes, se encuentra lo que quedó de la casa de Luis Pereira, de 52 años, sobreviviente del terremoto. El lunes 8 andaba buscando muebles y otros objetos que aún sirvieran en su destruido hogar para trasladarlos a la casa de un familiar que los acogió a él, a su mujer y a su hijo.
Dice que sintió el terremoto como “una gran onda” que pasó por su calle y derribó todo de un viaje: “Aquí se sintió un puro remezón y quedó todo en el suelo”.
No sabe cómo sobrevivió, pero recuerda que la vieja y centenaria casona de adobe se caía por sus cuatro costados. “Mi hijo quedó aplastado”, recuerda Luis. Y agrega: “Estuve luchando como media hora para sacarlo debajo de un muro de adobe, se me estaba ahogando (…) escuchaba sus gritos (…) A mi señora le alumbró una luz y encontró un fierro con el que rompimos los adobes para poder sacarlo. Fue terrible”, dice mientras apunta a donde yacen trozos de muro de unos 80 centímetros de espesor.
Tras rescatar a su hijo intentó ir en ayuda de su cuñada Rosa, quien se encontraba en una habitación contigua, junto con su hija Katy y su nieto Martín. Les gritó, pero nadie contestó. Fue imposible ingresar a su pieza. La puerta estaba atascada. “Quedaron aplastados; fue mucho muro el que les cayó encima”, dice con tristeza. Urgido ante la inminencia del tsunami, decidió irse del lugar con su mujer y su hijo.
Cuenta que, al igual que muchos de los que fueron sorprendidos por el sismo, salió con lo puesto: sólo calzoncillos. Pocos minutos después de que alcanzó el cerro Mutrún sintió cómo el mar hacía crujir lo que había dejado atrás. La primera ola llegó a las 4:15 horas.
Cuando despuntaba el alba, a las 6:30, pudo ver la tercera ola. Creyó que “era el fin del mundo”. Pensó que la tierra se iba a hacer trizas. Recuerda que entre los que vivían ese momento cerca de la cima del Mutrún “todo se comentaba, pero todo se lloraba”. A pesar de lo ocurrido piensa permanecer en Constitución. “¿A dónde más voy a ir, si soy de acá?”, dice a Proceso.
Delia, una vecina, se incorpora a la conversación. Concuerda con Luis en que la crisis de Constitución inició antes del terremoto. Ambos expresan que todos los aserraderos de pequeños empresarios, que eran los que daban trabajo, habían quebrado y que la única gran proveedora de empleo era la planta de celulosa de Celco. Es muy probable que ésta tenga que ser demolida. Su daño parece ser total.
Luis dice que a pesar de los días transcurridos, las autoridades no se han acercado para preguntarles cómo quedaron sus casas. “No han traído ni una botella de agua”, agrega Delia.
Luis considera que el desastre dejó una gran enseñanza: “El de arriba (Dios) puso en su lugar a toda la gente parada (soberbia) que hay en Constitución (…) Esa gente debe haber aprendido que en un uno por uno todo se acaba”, dice al tiempo que hace chasquear los dedos.
“Y que todos somos iguales”, completa Delia.
En entrevista con este semanario, Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia, asegura que el terremoto del 27 de febrero constituye, por su intensidad y extensión territorial, el cataclismo natural más destructivo que haya afectado a Chile en toda su historia.
Durante un recorrido por las zonas afectadas, el corresponsal observó la destrucción de pueblos y ciudades: Curepto, Chanco, Licantén, Vichuquén, Huenchullami…
Francisca, una joven mujer que logró escapar junto con su novio del maremoto en la playa de Pichilemu, donde ambos vacacionaban, finalmente lo vio morir en el bosque donde se refugiaban: un viejo pino le cayó encima.
Algo de razón parece haber tenido Gabriel García Márquez cuando en Crónica de una tragedia organizada –artículo publicado el 16 de septiembre de 1998 por la revista La Maga– escribió que “los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en un océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo”.








