” Voy a ser torera…”

No tenía ni 10 años y ya se había especializado en abuchear a toreros y aplaudir a los toros. Llevada a las corridas por su padre, junto con sus hermanos sufría con el espectáculo de la llamada “fiesta brava”. Pero a los 14, un programa de televisión taurino se cruzó por sus ojos y descubrió la contradictoria combinación de la belleza de los lances con la amenaza de la muerte. Y entonces decidió “ser torera”. Aquí la historia de Hilda Tenorio, quien el pasado domingo 28 de febrero tomó la alternativa y salió en hombros y con una oreja.

 

Y quiso ser torera.

 

Desde que era una orgullosa integrante de la porra anti-taurina en la Plaza de Morelia, que abucheaba toreros y le aplaudía a los toros, hasta que se doctoró de matadora en la México, han pasado poco más de tres lustros en la vida de Hilda Tenorio, la primera mujer en tomar la alternativa en los 64 años de existencia del coso de Insurgentes, un derecho hasta hoy reservado sólo para 30 hombres.

El histórico privilegio, más que del empresario de la México, Rafael Herrerías, fue cortesía del público noble que ha sido “de dulce” con Hilda desde que era novillera, así como del maestro Manolo Mejía, el único matador que accedió a ser su padrino, teniendo como testigo al español Ruiz Manuel.

“La gente le exigió al empresario que la alternativa fuera en la México. Creo que él (Herrerías) ya me soñaba porque tarde a tarde se lo pedían, pero fue por mis triunfos (como novillera salió en hombros en cuatro de 10 tardes, cortó siete orejas, tres de ellas el 14 de agosto de 2004, y, como becerrista, tuvo dos festejos en los que dio vuelta al ruedo). Es la plaza donde más he toreado en mi carrera (13 tardes) y desde niña torera siempre me han querido mucho. En 2005, la empresa me ofreció la alternativa y salí anunciada en el derecho de apartado, sin embargo, me lesioné la rodilla y no pude hacerlo”, explica Tenorio.

Pero la calidad no alcanza en el mundo taurino cuando la misoginia campea entre los matadores. Sin revelar los nombres, el propio Herrerías denunció que hubo varios toreros que se negaron a alternar con Hilda Tenorio, mucho menos quisieron darle la alternativa.

“No se quiénes son, pero cuando el empresario anunció el cartel dijo que no habían querido alternar conmigo. Sólo espero que algún día cambien de opinión. La corrida que maté fue con toda la barba, con mucha seriedad y al tú por tú con mis alternantes que me dieron consejos durante la corrida, pero toreé a la par de ellos, y ahí queda la muestra de que no estoy pidiendo ventajas. Espero que si hay algún matador de toros que no haya querido darme la alternativa, cambie de opinión porque me gustaría alternar con todos los toreros”, asevera.

El 28 de febrero Hilda Tenorio, a los 23 años de edad, tomó la alternativa con Victorioso, un toro manso al que no pudo sacarle nada por izquierda ni por derecha y que mató con un bajonazo, pero escuchó sus primeros olés con el sexto de la tarde, Juanito, un cárdeno nevado de 472 kilos, de la ganadería de Autrique, al que, a pesar de un pinchazo en su primer viaje, logró matar con una estocada entera que le valió cortar una oreja.

Los más de 10 mil aficionados que se apersonaron en la Monumental batían las palmas y los pañuelos en los tendidos, incluido el propio Herrerías, quien estaba en el callejón. Al grito de ¡Torera!, ¡Torera!, la diestra michoacana dio vuelta al ruedo y salió en hombros junto con Manolo Mejía, quien cortó dos apéndices.

El éxito ya se tradujo en múltiples invitaciones para que se le incluya en los carteles de los festejos que próximamente tendrán lugar en Morelia, Villa de Álvarez, Colima; Santiago Ixcuintla, Nayarit, y Saltillo. Sin embargo, la matadora lamenta que ya estén cerrados los carteles de ferias importantes, como Texcoco y San Marcos.

“Esto sirvió muchísimo. Tomar una alternativa en la México es complicado. Cortar una oreja y salir por la puerta grande es algo que me debe abrir la puerta de todas las plazas. Ahorita todas las ferias importantes ya están cerradas; sin embargo, hay muchos pueblos donde quedan por cerrarlos. Estoy contenta porque no me voy a quedar parada después de tomar la alternativa, como le pasa a muchos otros toreros.”

–¿Crees que tu condición de mujer será un impedimento en tu carrera?

–Por el machismo sí, porque el toro nunca va distinguir si soy hombre o mujer y me va a embestir, hacer triunfar o pegar igual. Si los toreros o los empresarios tienen actitudes machistas podrían hacerlo más complicado. Estar en San Marcos sería un gran reconocimiento. Allá fui como becerrista, de novillera nunca me pusieron, así que espero ir como matadora de toros.

–¿Hay igualdad en los salarios de los matadores y las matadoras?

–Espero que sí sea igual el trato. Un torero se cotiza con base en cuánta gente lleva a la plaza. Espero que haya interés por verme, que vayan más y yo gane más. Me siento contenta porque vino la gente a la México a festejar mi fiesta de graduación.

 

El embrujo de “El Calesero”

 

Sin tener todavía el mínimo gusto por la tauromaquia, en su infancia Hilda practicó el “toreo canino” con sus dos perros french-poodle mini toy a los que les hacía sus mejores lances. Es hija del doctor Fernando Tenorio, “un maletilla frustrado”, como ella lo define, quien ante la imposibilidad de al menos haber llegado a tocar un capote, se conformó con asistir a todas las corridas que se realizaran en Morelia.

En vano intentó compartir su afición taurina con sus pequeños hijos Fernando, Hilda y Carlos, quienes lo acompañaban a los festejos. Ninguno de los tres lo disfrutaba; al contrario, inducidos por el consejo de su tía Guillermina, los niños repudiaban la fiesta brava al grado de lanzar sonoros abucheos contra los toreros y hurras para los toros.

“Gritábamos toro, toro y nos carcajeábamos cada que el toro agarraba al torero, por eso ya no nos llevó; más que placer nos provoca sufrimiento y él no cabía de vergüenza”, cuenta Hilda.

El doctor Tenorio no tuvo más salida que refugiarse en la sala de su casa donde el televisor fue el único contacto con su afición. La noche de un domingo del año 2000, Hilda, entonces de 14 años, quedó embrujada con la imagen de una faena de Alfonso Ramírez, El Calesero, presentada en el programa Toros y toreros en el Canal Once.

“Dada mi gran experiencia en el torero canino y después de haber visto aquel video pensé: ¿Cómo era posible que un animal pudiera ser dominado de tal manera si a mí aquellos cachorritos me ponían en apuros un lance sí y otro también? ¿Cómo era posible que un simple humano pudiera crear tal belleza y pasear de la mano con la muerte en el mismo cuadro? Después de dos días llegué a la conclusión de que tenía que averiguarlo por mí misma, así que dije con voz firme dirigiéndome a mis padres: ‘Yo voy a ser torera’”, detalla Hilda.

Una semana después del inesperado anuncio, su padre le regaló a la niña un libro de traumatología taurina, ilustrado con fotografías a color de las cirugías a las que son sometidos los toreros para curar sus lesiones, y otro más, Las cornadas, de Ignacio Solares y Jaime Rojas, para enseñarle que la tauromaquia no es “un juego de muñecas y carritos” y que su vida estaba de por medio.

“Lejos de desmotivarme, me motivó a mejorar para que eso no ocurra. No me da miedo perder la vida en el ruedo. No pienso en eso pero, si pasara, estaría haciendo lo que me gusta. Si no vivo haciendo las cosas que me gustan no tendría sentido la vida. Uno tiene que ser feliz y vivir de acuerdo a lo que quiere. Si pasa, lo acepto. No me queda de otra.”

El exnovillero y exbanderillero Rutilio Morales Guerrero, quien se hizo de un nombre al lado de matadores como Manolo Martínez, Lorenzo Garza, Jaime Bravo y Alfredo Leal, le enseñó a la chiquilla a torear, a coger el capote y la muleta, a banderillear.

Con el valor por delante, en marzo de 2001 Tenorio tuvo su primer contacto en la modalidad de Calas en el Cortijo El Mirador, en San Miguel de Allende, una especie de examen privado a puerta cerrada para seleccionar a quienes participarían en la Feria Nacional del Novillero. Ahí la vio por primera vez el empresario Pepe San Martín, a la postre su primer apoderado.

“Yo apenas había toreado en cinco festivales y ese día echaron vacas toreadas. Yo no sabía lo que era, pensé que embestían igual que una vaca limpia. Las toreadas ya se van al cuerpo del torero, saben que hay un engaño y no se dejan fácilmente. El torero debe tener muchas piernas y malicia, pero yo sólo sabía quedarme quieta, como se torea a un animal limpio.

“Al tratar de hacer eso, me agarraba. Me tiraba muy alto y volvía a caer. Me levantaba, me volvía agarrar y yo quieta. Son de las cosas que me han dejado marcada. Pepe San Martín, que era uno de los jueces, me dijo: ‘Ya mátala, ya habrá oportunidad de verte’. Me tiré a matar y me dijo que lo impresioné. Entonces me invitó a formar parte de los niños toreros, junto con Juan Chávez y Joselito Adame.”

 

El don de la terquedad

 

No había cumplido 17 años cuando Hilda Tenorio recibió el primero de sus más dolorosos castigos. En la plaza de La Luz de León, Mulero, un novillo de más de 300 kilos, le tiró un derrote seco, provocándole una herida de entrada de 24 centímetros en la comisura de los labios y otra de 13 centímetros que salió en el cuero cabelludo.

Recibió 81 puntos de sutura en el lado izquierdo de la cara, además de que sufrió una fractura en la mano derecha y un esguince cervical. La cicatriz no le hace mella. Le recuerda lo peligrosa que es su profesión en la que no cabe la vanidad.

Acostumbrada a banderillear a sus novillos, en 2005 en la Plaza México se animó a hacer un violín, sin embargo, el toro se resbaló al momento de la reunión, lo que la descontroló e hizo que su cuerpo girara; al caer, pisó un hoyo y se rompió los ligamentos cruzados anteriores y los meniscos de la rodilla derecha, lesión que la alejó tres años de los ruedos. En tres ocasiones tuvo que ser operada y desde entonces ha estado en terapias de rehabilitación.

“Dudé, pensé que no volvería a caminar bien. Pensé que se había acabado mi carrera en los toros. Un periodista me dijo: ‘¿Entonces qué, torera?, ¿ya no vas a volver a torear?’. Sentí que el mundo se me venía abajo, pero a la vez fue como un puyazo que me dio. Le eché mas ganas a la rehabilitación que, mientras quiera torear, tengo que seguir haciendo todos los días. Por eso creo que el público de la México está consciente de mi carácter, porque son testigos de todo lo que he luchado. Gracias a mi terquedad he podido salir adelante”, relata.

Tras la lesión, Hilda Tenorio no ha podido recuperarse al ciento por ciento. Está consciente de que nunca volverá a ser como antes. No obstante, en sus últimas novilladas en la Ciudad de México y en Guadalajara ya pudo banderillear.

El día de su alternativa se quedó con las ganas de salir en el segundo tercio para un par doble con las banderillas, una suerte que, dice, hizo por primera vez en la México. Fue un hecho histórico, que le valió una vuelta al ruedo y que después le copiaron varios toreros.

“No banderillé, porque tenía muchos nervios; quería disfrutar al máximo. Y aunque me encanta ese tercio, siempre ha supuesto un punto de tensión extra. Mi segundo toro (Juanito) era bueno, pero tenía poca fuerza. Si lo hubiera banderillado, le hubiera robado muchos muletazos, porque cuando lo hago le tienen que dar muchos capotazos para acomodármelo. Preferí que fuera algo rápido, para aprovecharlo. Con el capote me identifican por las zapopinas, que tampoco pude hacer porque había mucho aire, y con la muleta no hice el péndulo, para no forzarlo.”

–Has sido cuestionada porque tu lado flaco como matadora es justo cuando te tiras a matar.

–He tenido dos etapas. Antes de la lesión en la rodilla me decían que era un cañón con la espada, incluso aquí (en la México) tuve un triunfo muy importante al cortar tres orejas en una tarde de novillero y a mis dos toros los maté muy bien.

“Cuando regresé, luego de la lesión, perdí el tranquillo y me ha costado mucho trabajo retomarlo. Sin embargo, en mis últimas actuaciones he sido más regular. Dios me dio el don de la terquedad, de no darme por vencida nunca. Es lo que hago: entrenar para ser mejor. El valor me lo da la seguridad de saber hacer bien las cosas, de estar entrenando diario, mentalizándome, y de tener una técnica sólida.”

–¿Qué opinas de quienes cuestionan que los niños se dediquen a este actividad?

–Todos realizamos la actividad que queremos. Empecé como niña torera y mis padres me dieron la libertad de hacerlo. Si los padres no apoyan, uno busca la oportunidad de salirse de su casa. Eso es más peligroso. Es mejor que anden al pendiente y te cuiden.

“Mi papá fue aficionado desde niño. Tenemos unos videos muy viejos en losque él tiene unos cinco años y se ve cómo toreaba a su perro con una camisa y narraba sus corridas imaginarias. Mi abuelita me contó que un día abrió el closet de su cuarto y se encontró con un torero pintado en la pared. Casi lo quería correr de la casa. Él no pudo ser, pero yo sí. Dios está de testigo de cómo me han apoyado mis padres.”

Hilda Patiño, madre de la matadora, de tarde en tarde hace las veces de mozo de espadas. Se encarga de vestir a su hija y nunca olvida coserle a la ropa una cruz que le obsequió su tía, quien a su vez la recibió como regalo de su padre el día de su boda, o alguna de las medallas que alguno de sus seguidores ha tenido a bien darle.

Es la propia Hilda quien, después de cada corrida, cuidadosamente talla a mano sus ternos, sobre todo los dos únicos buenos que tiene. Ya llegarán tiempos mejores para comprarse más.