Puesto que resulta imposible sustraerse a la carrera de los Oscar, por lo menos escapar de la pobreza del guión y de los diálogos de Avatar con otras de las cintas seleccionadas que sí tienen mucho que decir, como es el caso de Corazón loco (Crazy Heart, EU. 2009).
Hollywood también tiene lugar para los ocasos; el deterioro de una estrella, en general adicta a alguna sustancia nefasta, es un género bien asentado en el Reino del Mago de Oz. El público americano y la academia aprecian el edificante viacrucis de un astro caído rumbo a la redención. Un ejemplo reciente, El luchador, retorno a la gran escena de un Mickey Rourke capaz de sacar nobleza a partir de la abyección.
El caso de Bad Blake (Jeff Bridges), menguado cantante de música country, fiel a un público que lo respeta, recorre los bares del sur profundo americano; alcohólico frisando los 60, que a mitad del show pide permiso para salir a vomitar, también aspira a esa forma de salvación que ofrecen la posibilidad de amor y las clínicas de rehabilitación. Aun antes de escuchar la letanía de males que le recita el médico a Bad, enfisema pulmonar es el menor, la interpretación de Jeff Bridges ya le enseña al público que las peores cicatrices las lleva el doliente cantante por dentro.
Corazón loco, dirigida y adaptada a la pantalla por Scott Cooper a partir de una novela de Thomas Cobb, parece no aspirar a más que a darle espacio a este personaje de aristas múltiples que Jeff Bridges ejecuta con maestría; ni aun en el suelo, junto al excusado, obvia metáfora de tocar fondo, Bad Blake pierde un mínimo de dignidad.
Vale la pena observar el manejo de contención de esta actuación porque Bridges la maneja desde el fondo de un personaje, agobiado por la culpa y la supuesta traición de su protegido (Collin Farell), que aparentemente muestra todo. Sin pleito ni escándalo, vasos y botellas se rompen por dentro, el malestar de Bad hace zumbar los oídos del espectador.
Thomas Cobb debuta como director sin alardes técnicos, manteniendo un paso discreto pero seguro, sin una nota falsa dentro de un relato previsible que seduce por eso mismo, porque no hay trampa ni lugar para las sorpresas; todo el tiempo para observar y disfrutar el trabajo de Bridges, los buenos momentos de Maggie Gyllenhaal (no muchos en su carrera) y la empatía de Robert Duval con el abatimiento de Bad Blake.
Destacan el par de canciones (The Weary Kind) compuestas por el country roquero Ryan Bingham, heredero de Bob Dylan, cuyo físico y estilo aprovecha Colin Farrell para armar la personalidad de Thommy Sweet.








