Impune hasta la eternidad

Marcial Maciel y Juan Pablo II

Medio siglo después de una primera investigación, el Vaticano entrevista a siete víctimas del pederasta Marcial Maciel. A la reunión privada, el cardenal Norberto Rivera “envío a un espía”, lo que desvanece aún más la esperanza de justicia, ya reducida porque Ratzinger –como en su momento lo hizo Juan Pablo II– encubrió al fundador de la Legión de Cristo antes de convertirse en Papa. Las personas abusadas sexualmente en las décadas de los cuarenta y los cincuenta demandan hoy que la orden “debe reestructurarse o extinguirse”.

 

“Yo estoy aquí para recoger sus testimonios, pero solamente en calidad de oidor”, les advirtió el obispo Ricardo Watty a las siete personas que fueron abusadas sexualmente por el padre Marcial Maciel, y que había congregado frente a él.

Las víctimas de Maciel se endurecieron y le externaron a Watty su escepticismo sobre las pesquisas que realiza por órdenes del Papa Benedicto XVI. Para dar su perdón, advirtieron, la Legión de Cristo –la congregación religiosa fundada por Maciel– necesita “reestructurarse o extinguirse”, no hay otra forma de reparar los daños.

El pasado 20 de febrero, en la parroquia de El Altillo, en la Ciudad de México, las siete víctimas de Maciel expusieron durante casi cuatro horas su postura y plantearon sus demandas ante el obispo Watty, el visitador apostólico que les envió el Vaticano para recabar sus testimonios y elaborar después un informe sobre los Legionarios de Cristo.

Para sorpresa de quienes fueron citados a declarar, en la reunión estuvo presente Carlos Briseño Arch, obispo auxiliar de la arquidiócesis de México y, por tanto, subalterno del arzobispo Norberto Rivera, quien siempre ha defendido a Marcial Maciel y ha denostado a sus víctimas.

Alejandro Espinosa, uno de los agraviados por Maciel convocadas al encuentro, señala:

“Monseñor Briseño fue el espía que nos envió el cardenal Rivera a esa reunión, en la que supuestamente no debía haber colados. Pero Briseño logró colarse y estuvo de mirón. Yo no le vi ninguna otra función. Quizá el cardenal se lo impuso a Watty, o bien, Watty se confabuló con el cardenal.”

José Barba, otra de las víctimas ahí presentes, no oculta su desencanto:

“No me agradó que asistiera Briseño, el obispo auxiliar del cardenal Rivera, porque el cardenal siempre defendió a Maciel y a nosotros nos ha denostado durante años. Norberto es un hombre indigno que tergiversó y silenció la verdad.”

–¿Con la presencia de Briseño, se corre el riesgo de que las declaraciones de ustedes puedan tergiversarse ante el Vaticano?

–Sí, hay posibilidad de que se tergiversen. Al comenzar la reunión, monseñor Watty nos explicó que Briseño estaba ahí para auxiliarlo. Ignoramos si, previamente, monseñor Briseño hizo un juramento de guardar secreto, porque debe haber cierta discrecionalidad en la ejecución de una visitación apostólica tan importante como ésta.

 

Impunidad oficial

 

Aparte de Espinosa y Barba, las otras cinco víctimas que presentaron su testimonio fueron Francisco González Parga, Saúl Barrales, Arturo Jurado, y los hermanos Fernando y José Antonio Pérez Olvera.

También estuvo Marita Jacqueline Lapalm, quien perteneció al movimiento Regnum Christi, el brazo laico de la Legión, donde sufrió abusos emocionales y psicológicos por parte de sus superiores religiosos, que narró en el encuentro.     

En entrevistas por separado con Proceso, Espinosa y Barba señalan que el obispo Watty no llevó grabadora para recoger sus testimonios. Se limitó únicamente a hacer algunas anotaciones, con pluma y papel, de lo que escuchaba.

Comenta Barba:

“Desde el principio, Watty nos aclaró que él estaba con nosotros solamente en calidad de oidor. Nada más. Ese término me recordó a los oidores que enviaba la corte española a sus colonias de América. Podemos pensar que es una posición pasiva la del oidor.”

Alejandro Espinosa comenta que acudieron a la reunión con “mucho escepticismo”, pues dudan que esa visita apostólica concluya en un veredicto que sancione a la Legión de Cristo. Desde los años 50, recuerda, cuando el Vaticano investigó por primera vez a Maciel, los Legionarios han permanecido impunes.

Comenta Espinosa:

“A Watty le dijimos personalmente todas estas verdades. Tal vez pensaba que seríamos más moderados, pero no fue así. Incluso le dijimos abiertamente que el Papa Juan Pablo II había protegido a Maciel, lo mismo que Benedicto XVI. Y en México, su gran protector fue el cardenal Norberto Rivera.”

Las víctimas de Maciel consensaron un documento que leyeron y  entregaron al visitador apostólico para que lo lleve a Roma. El informe de siete páginas detalla cómo Joseph Ratzinger, el actual Papa, protegió a Maciel cuando fungía como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Señala el escrito que Ratzinger, en mayo de 2001, “echó por tierra” la cláusula 1378, de absolutione complicis, del Código de Derecho Canónico, con lo que “dejó libre de juicio a Marcial Maciel”.

La “absolución cómplice” es una falta en la que incurren los curas cuando confiesan a sus colegas o a víctimas de trato sexual, con el fin de tranquilizarles la conciencia, que es lo que solía hacer Maciel. La penalidad consiste en expulsar de la Iglesia al infractor y reducirlo al estado laico. El delito no prescribía.

Precisamente lo que hizo Ratzinger fue darle 10 años de prescripción, con lo cual exoneró a Maciel: las siete víctimas  iniciaron una denuncia contra Maciel en 1998… por delitos que cometió en su contra en los años 40 y 50. 

Agrega el documento que “la Iglesia abiertamente encumbró a Marcial Maciel y a su institución”, a pesar de que sabía de sus actos de pederastia: Juan Pablo II, en una “carta abierta” difundida en 1994, “lo presentó como ejemplar para la juventud según el modelo de Cristo”. De esta manera, Maciel y su Legión gozaban de la  “protección papal”.

En su informe, las víctimas le recuerdan al obispo Watty que él no es el primer visitador que les envía el Vaticano: ya en los años 50, cuando eran unos jóvenes, se realizó una investigación que no les hizo justicia. 

“Esta ‘visitación’ se cumple medio siglo después de otra ‘visita’ romana, tristemente frustrada por nuestro acallamiento inducido de entonces, impuesto –directa o sutilmente– a nuestra psyche deformada por el completo apoderamiento institucional de nuestras almas jóvenes.”

Las víctimas de Maciel relatan que, a partir de entonces, “la mayor parte de nosotros ha tenido dolorosas experiencias imborrables, cuyo sólo recuerdo recurrente constituye, de por vida, una forma de daño continuado… Y durante los últimos 12 años, los abusos contra nosotros por parte de los dirigentes de la Legión de Cristo, casi siempre taimados, han sido muchos e imperdonables”.

Mencionan además el ninguneo papal a sus demandas de justicia:

“Su santidad Juan Pablo II no respondió nunca, ni por ‘interposita persona’, a la carta abierta que le dirigimos el 8 de diciembre de 1997, cuando en ese mismo año, a pesar de todas las gravísimas acusaciones en su contra, Marcial Maciel había sido nombrado por el Vaticano miembro directivo del Sínodo Latinoamericano para la Familia.”

Tampoco prosperó la demanda canónica que interpusieron contra Maciel, en 1998, cuando se aceptó la “personalidad jurídica” del grupo, pero la Congregación para la Doctrina de la Fe –a cargo en ese tiempo de Ratzinger– ni siquiera les dio “recibo alguno de las libras de documentación que le presentamos”.

Así, señalan que sus derechos siempre fueron “conscientemente conculcados por los dirigentes de la Legión de Cristo en connivencia con autoridades eclesiásticas… concretamente por el cardenal Norberto Rivera Carrera y por el mundano obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda”.

 

Las demandas

 

En el documento, le piden a Watty que “transmita a la santa sede nuestra exigencia”: que el Vaticano –“por escrito y conforme a la verdad”– les responda a sus demandas y públicamente reconozca “nuestra inocencia” y “nuestra honorabilidad”. Además, que “obligue” a la Legión de Cristo a pedirles “disculpas”, “mencionando claramente nuestros nombres y apellidos”; que “obligue a decir la verdad a los culpables de los muchos daños causados contra nosotros”, y que “favorezca la formación de un equipo de expertos para evaluar debidamente dichos daños, ocasionados por la institución de la Legión de Cristo a lo largo del tiempo”.

Otra exigencia es “que nunca más la Iglesia interfiera con nuestros derechos, ni civiles ni canónicos, y que por ello no vuelva a conminarnos bajo ningún modo al silencio, limitando nuestra libertad de expresión”.

A la comisión vaticana investigadora, de la que forma parte Watty, le preguntan:

“¿Se ha investigado la doble constitución de la Legión de Cristo y su sólo gradual revelación a los candidatos religiosos? ¿Se han investigado los casos de suicidio testimoniado y de muertes ocurridas en circunstancias inexplicables? ¿Se ha investigado la doble contabilidad de sus finanzas? ¿El mencionado lavado de dinero? ¿Quiénes son sus apoderados? ¿Cómo están constituidas sus asociaciones civiles?”

Este documento fue el eje de las preguntas y respuestas de la visitación apostólica efectuada en El Altillo.

Dice Alejandro Espinosa:

“El informe condensa todas las humillaciones y calumnias en contra nuestra. Después de su lectura, nosotros tomamos la palabra para afinar o ampliar lo expuesto. Monseñor Watty tomaba nota y nos hacía alguna que otra pregunta.”

–¿Ninguno de ustedes le expuso a Watty su caso particular?

–No, ninguno del grupo de abusados por Maciel, ya que la reunión se hubiera alargado muchísimo. Fue solamente Marita Lapalm la que habló de su caso. Mencionó que trabajó para el Regnum Christi en Estados Unidos y la ciudad de Monterrey; habló sobre el abuso emocional que padeció, al grado de que intentó suicidarse y cayó ocho días en un hospital, donde le estuvieron lavando los intestinos y finalmente lograron salvarle la vida. El suyo fue un testimonio muy valiente.

–¿Le pidieron a Watty una reestructuración a fondo de la Legión de Cristo?

–Sí, por supuesto, pero esa petición también se la hicimos por escrito, mediante otro documento que le entregamos y que redactó nuestro compañero Francisco González Parga.

En esa petición de nueve páginas, también en poder de Proceso, González Parga le dice al obispo Watty:

“Para una operación radical de saneamiento de esa obra de Marcial Maciel, y no del Espíritu Santo, no bastaría con separar de ella a sus miembros contaminados, aquellos de los que ya se sabe, o se puede llegar a saber, que han heredado y repetido de una u otra manera los ejemplos de inmoralidad del fundador, sino que se debería cortar y desarraigar el sistema establecido en cada una de las actividades de formación y de apostolado, con todas aquellas normas, reglas y costumbres que lo sostienen y lo constituyen.”

Con la actual visitación apostólica, agrega el documento, “la Iglesia católica romana se está jugando su prestigio, si es que tenía alguno en siglos pasados como ‘columna y baluarte de la verdad’”. Y advierte que sería “desastroso para todos” que no se lograra el “saneamiento y limpieza”, así como la “restauración y reestructuración” de la Legión de Cristo.

La comisión investigadora fue dada a conocer en mayo del año pasado por la Curia Romana. Aparte de Watty, obispo de Tepic y miembro de la congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, la integran otros cuatro prelados: Charles Joseph Chaput, arzobispo de Denver, Estados Unidos; Giuseppe Versaldi, obispo de Alejandría, Italia; Ricardo Ezzati Andrello, arzobispo de Concepción, Chile, y Ricardo Blázquez Pérez, obispo de Bilbao, España.

Comenta José Barba:

“Veo a esos visitadores como a un grupo de arquitectos que inspeccionan un edificio estructuralmente muy dañado, que hace peligrar la vida de quienes lo habitan. Tiene que reestructurarse drásticamente o tiene que demolerse. Igual la Legión: debe someterse a la reestructuración… o a la extinción.”

–¿Esa es la condición que ustedes ponen para dar su perdón?

–Mire, el perdón purifica a quien lo da, pero más a quien lo pide. Actualmente, los dirigentes de los Legionarios han estado pidiendo perdón a las víctimas de Maciel. Pero ni siquiera dan sus nombres. Piden perdón a una nebulosa. Esa vaguedad esconde su falta de sinceridad y de arrepentimiento.

“De parte nuestra, no podemos perdonar de manera absoluta porque somos parte de una sociedad agraviada. En este caso, y por el bien social, el perdón debe venir acompañado de la justicia.”