José Mujica hubiera deseado quedarse en su huerta cosechando legumbres, alfalfa y maíz. Ahora se siente obligado a “agarrar una changa (empleo temporal)”: la presidencia de Uruguay. Contra su costumbre, se pondrá saco para recibir la banda presidencial este 1 de marzo. Exguerrillero, preso político torturado durante la dictadura militar, Pepe Mujica hace a un lado la ortodoxia de izquierda radical y aplica con pragmatismo una estrategia que le permita ser congruente con sus ideas: alienta a los empresarios a generar la riqueza necesaria para financiar los grandes proyectos sociales de su país.
MONTEVIDEO.- “Invertir no es una timba (apuesta). Hay que correr ciertos riesgos, porque en la vida seguro se suele morir en la sopa. Lo tenemos que decir nosotros porque esto lo dicen todos los economistas, pero no son muy creíbles los economistas. Lo tenemos que afirmar los políticos, que somos los que ponemos la caripela (la cara) con la gente”, dijo José Mujica, y el auditorio, compuesto por mil 500 empresarios uruguayos y extranjeros, estalló en aplausos.
El episodio, ocurrido el pasado 10 de febrero en el hotel cinco estrellas Conrad and Resort de Punta del Este, ilustra la metamorfosis que ha sufrido un exguerrillero que combatió un régimen democrático en decadencia en los años sesenta, y que este lunes 1 de marzo asume la Presidencia de Uruguay.
Esmeradamente afeitado y peinado, con saco azul de tela importada, Mujica exhortó a los empresarios a que dejen su capital en este pequeño país de Sudamérica.
“¡Jugala acá, que no te la van a expropiar ni te van a doblar el lomo de impuestos! Cuanto más crece la economía, más aumenta la recaudación que necesitamos para fenomenales inversiones sociales. Pero si queremos recaudar aumentando los impuestos sobre la misma masa de riqueza, estamos fritos, porque matamos la gallina de los huevos de oro”, planteó Mujica, y los representantes del capitalismo del cono sur volvieron a aplaudir, aliviados, si acaso esperanzados.
El almuerzo y conferencia en el balneario más top del Río de la Plata fue un punto de inflexión en el periodo de transición entre el gobierno saliente del médico socialista Tabaré Vázquez, quien encabezó el primer gobierno de izquierda, y la asunción de Mujica. De hecho, fue la confirmación de un viraje ideológico hacia el pragmatismo que Mujica quiere demostrar desde que la oposición empezó a desconfiar y sus publicistas se dedicaron a asustar a electores incautos.
También fue una oportunidad para empezar a acostumbrarse al Mujica de saco… y para sonreír socarronamente al ver cómo el viejo Pepe, aquel de cuna obrera y pasado de atentados y tortura militar, a punto de calzarse la banda presidencial, ahora alienta a los inversionistas.
“Políticos con armas”
A sus 74 años, Pepe Mujica es la representación del uruguayo de a pie, es el pueblo llegando al poder. Su organización, el Movimiento de Participación Popular (MPP), aportó 29% de los votos al Frente Amplio para que Vázquez ganara las elecciones en octubre de 2004 y consolidó a Mujica como la fuerza más poderosa de la izquierda. En marzo de 2005 fue nombrado ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca; antes fue diputado y senador.
Pero mucho antes de ser político, fue un guerrillero que abrazó las armas para luchar contra el sistema.
De niño ayudó a su madre Lucy vendiendo flores en la feria del Cerro, un barrio humilde de la capital. De jovencito, y con apenas un par de materias aprobadas en la Facultad de Humanidades, fue secretario de Enrique Erro, un ministro del derechista Partido Nacional. Luego pasó a la clandestinidad y desde 1963 hizo la revolución con el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). Era una locura. Liderados por Raúl Sendic, quisieron llevar adelante la guerrilla urbana, desaconsejada hasta por el propio Che Guevara, de visita en Montevideo como ministro de Cuba.
“El golpe se veía venir, estaba en el aire”, dijo a este reportero en su casa de Rincón del Cerro en la periferia montevideana, en junio de 2009. Mujica ha definido a los tupamaros como “políticos con armas”, que es su forma de legitimar una guerrilla que él considera que fue necesaria cuando el colorado Jorge Pacheco (1967-1972) imponía medidas de seguridad y reprimía con violencia a los manifestantes.
El resto de la biografía de Mujica hoy es conocida gracias a los medios y las empresas editoriales, embelesados ante su exótica imagen: se tiroteó con policías y militares; salvó su vida de milagro, cuando ya estaba detenido, gracias a un cirujano “compañero”, y en septiembre de 1971 se escapó junto con 110 presos por un túnel de 40 metros del Penal de Punta Carretas (ahora hay allí un shopping center). La fuga fue de tal magnitud que quedó inmortalizada en el Libro Guiness de los Récords con el nombre de “El Abuso”.
Un año después la policía lo capturó. Fue salvajemente torturado junto con otros ocho “rehenes especiales” de la dictadura de la época, a quienes trasladaban continuamente por cuarteles del interior. Soportó 14 años preso en pozos y aljibes donde se hizo amigo de nueve ranitas y algunas hormigas para no enloquecer, según su biógrafo Miguel Campodónico. Llegó a beber su propio orín y lo único que podía leer eran recortes de diarios.
Quedó en libertad en 1985 con la restauración de la democracia, indultado por una ley de amnistía a presos políticos que también perdonó a los represores que violaron los derechos humanos.
Ahí comenzó su reconversión, pergeñada con tiempo en la cárcel. Junto con su compañera Lucía Topolansky (exguerrillera del MLN-T, senadora del MPP e inminente primera dama), salió a hablar con la gente en asambleas populares. Las llamaron “mateadas”, porque en esas reuniones se compartía la infusión criolla con base en el mate.
“Empezamos a discutir con compañeros que recién salían de la cárcel, algunos que habían sobrevivido calladamente a la dictadura y otros que estaban retornando del exilio, para rearmarnos políticamente. En esas asambleas salió la consigna de darnos un baño de pueblo. Habían pasado 11 años y el país era otro. Había que reconocerlo y el país tenía que reconocernos”, contó Topolansky en junio pasado, cuando el reportero visitó la huerta donde viven ella y Mujica.
“Era claro que había que actuar en la legalidad. Empezamos con esa filosofía y ese vínculo directo con la gente. No nos importaba si la ‘mateada’ tenía 10 personas, 100 o mil, lo importante era tener el vínculo directo. La gente apreció eso, el discurso de cercanía o proximidad”, opinó.
La estrategia de Pepe fue exitosa. El floricultor se hizo tremendamente popular y cautivó a todos. Ingresó al Parlamento en 1994 con un suéter raído, la campana de los pantalones sujeta a los tobillo con pinzas de madera para tender ropa y estacionando su moto Vespa frente al Palacio Legislativo, una mole de mármol que representa a la democracia desde 1925. Los canales de televisión fueron a buscarlo y él les dijo lo que querían oír: “Me siento un florero acá adentro”.
Mujica y su esposa viven en una huerta donde plantan y cosechan durante todo el año legumbres, alfalfa y maíz. En contra del protocolo, anunció que desde ahí gobernará. Antes de ganar las elecciones internas de su partido y resultar candidato para las nacionales, Pepe confesó a la revista Gatopardo que prefería estar en su huerta cultivando verduras que ejerciendo la Presidencia de la República. Pero lo obligaron a “agarrar una changa”, un empleo temporal, y no pudo negarse.
También le quitó trascendencia al histórico hecho de tener que tomar decisiones de estadista: “De eso hacen un misterio (…) Los que laburan, los que andan con un plumero en el culo, son los ministros”, me dijo en el living de su casa, un día que había faltado al Parlamento para trabajar arriba de su tractor.
Cambio de imagen
Si en el escenario local llamó la atención la llegada de este exguerrillero al sistema político hace 15 años, su ascenso al poder ya no puede sorprender a nadie en América Latina. De líderes izquierdistas poco convencionales ya está lleno el continente: dos mujeres presidentas, en Argentina y Chile; un exmontonero casado con la primera de éstas; un indígena aymara en Bolivia; un cura con antecedentes non sanctos en Paraguay; un militar que intentó un golpe de Estado pero con discurso de izquierda radical en Venezuela; un sindicalista metalúrgico en Brasil. Hasta hay un afroestadunidense en la Casa Blanca.
Mujica, el último que se sumó a la ola, ahora se afeita todos los días, a veces se peina con gel, se pone lentes de sol y hasta usa saco de vestir. “Pero no uso corbata ni que me lo pida Mandrake”, advirtió alguna vez al reportero.
La oposición se mofó de su cambio de imagen “a lo Lula”, y todavía le endilga un par de comentarios desafortunados. En la campaña electoral de 2004, Mujica dijo que sería capaz de “tragarse sapos y culebras” con tal de ganar y gobernar para los más desposeídos, en alusión a convenios firmados con el FMI y el Banco Mundial. Un par de años después comenzó a repetir otra frase poco feliz: “Como te digo una cosa, te digo la otra”. Dirigentes de la derecha (colorados y blancos) entienden hasta hoy que el líder tupamaro tiene un discurso para cada auditorio.
Aunque haya edulcorado su viejo discurso extremo que encantaba a la izquierda fundacional y más ortodoxa, todavía se puede distinguir la esencia de su forma de pensar. Mujica anunció un plan de viviendas para los más pobres y para aquellos que viven en zonas inundables, y marcó como prioridad eliminar la indigencia, duplicar la cantidad de escuelas de tiempo completo y llevar la universidad al interior del país.
Reivindicar el olvidado Uruguay rural y su matriz agroexportadora, así como las “fenomenales inversiones sociales” que quiere apuntalar, son los asuntos que lo desvelan. Sin ir más lejos, en el almuerzo con la flor y nata del empresariado rioplatense en el balneario esteño, recaudó 102 mil 500 dólares que donó al Hospital de Maldonado.
Algo parece dejar tranquila a la población uruguaya: el próximo presidente no se enriquecerá mientras dure su mandato. Donará 87% de su sueldo. Durante su gestión, Mujica vivirá con 37 mil pesos uruguayos (unos mil 850 dólares), cuando el salario neto del presidente de la República en Uruguay es de 226 mil pesos (11 mil 300 dólares).
A instancias de Mujica, el MPP pone límites a los sueldos de sus miembros que ocupan cargos jerárquicos. Con el resto del dinero, el movimiento creó hace cuatro años el Fondo Raúl Sendic, que otorga préstamos a los pobres que formen pequeñas cooperativas de vecinos para lanzar proyectos, sin cobrar intereses ni pedir garantías. Este año, además, quiere fundar una organización similar para dar soluciones de viviendas a los más necesitados con el sobrante de salarios de ministros y legisladores del MPP, según publicó el diario El País el 14 de febrero.
Mujica pretende imprimir a su gobierno la misma austeridad con la que él se conduce en la vida. Explica Topolansky, su esposa: “La enorme cantidad de años en cárcel, en los que uno tuvo que vivir con lo mínimo, hace que uno no necesite mucho para ser feliz (…) En una sociedad que se ha vuelto muy consumista y hay mucho de superfluo, lograr desprenderse de esa mochila es positivo”.
Mujica aplacó ánimos al sugerir un continuismo del gobierno de Tabaré Vázquez, pero se las ha ingeniado para exhibir cuál será su impronta. Mientras el actual presidente dijo una y mil veces que no negociaría con Argentina una salida al conflicto bilateral por la instalación de la pastera finlandesa Botnia sobre el río Uruguay hasta en tanto no se levante el piquete de los asambleístas argentinos en la ruta, Mujica se reunió con Cristina Fernández de Kirchner un mes después de resultar electo. “Vine a Buenos Aires para destapar los puentes. No tengo nada en contra (de Vázquez), pero asumo una actitud activa para que se destrabe esto”, argumentó el 14 de enero.
De la misma forma le puso paños tibios a dos proyectos de Vázquez, que éste dejó en suspenso: un proyecto para votar 29 alcaldías por primera vez en el país y la puesta en marcha del Plan Cardales, una iniciativa estatal para ofrecer a los uruguayos el triple play: internet, telefonía y TV cable. Y eso que Vázquez –líder indiscutido de la coalición de izquierda– deja el gobierno con 80% de aprobación a su gestión, según anunció la encuestadora Factum el pasado 22 de diciembre.
Con el saco puesto y un discurso llano, plagado de metáforas campesinas, aunque carente de algunas eses, Mujica se prepara para asumir este lunes 1 como presidente de Uruguay. En el barrio histórico Ciudad Vieja de Montevideo, frente al mausoleo del prócer José Artigas, recibirá a su admirado Lula y a su amigo Hugo Chávez –del que se intenta despegar–, entre otros mandatarios extranjeros. Pero a partir del martes 2 tendrá que demostrar la coherencia de su pensamiento y dejar atrás el estigma de “como te digo una cosa, te digo la otra”. Es de prever que no abandone la dieta de sopas de culebras y tortillas de sapos.








