Las ganas y la prisa que tenía Brasil de empezar a negociar con México un Tratado de Libre Comercio (TLC) –y que entusiasmaba a la administración de Felipe Calderón– toparon con el miedo de los empresarios mexicanos.
Se había previsto que la visita a México del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva para asistir a la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, la semana pasada, sería la ocasión para que ambos gobiernos anunciaran el inicio formal de las negociaciones para un TLC entre las dos economías más poderosas de la región (Proceso 1738).
Pero no se pudo. El miedo de los empresarios mexicanos hacia sus contrapartes brasileñas postergó la decisión. El temor también es compartido por algunos en Brasil, aunque en menor medida.
A lo más que se llegó, la tarde del martes 23, fue a anunciar “el inicio de un proceso formal de trabajo para evaluar y determinar las áreas de oportunidad, alcances, beneficios y sensibilidades de un acuerdo estratégico de integración económica entre México y Brasil”.
Según el comunicado conjunto que emitieron ambos gobiernos, luego de sostener una reunión bilateral con empresarios y funcionarios mexicanos y brasileños, el acuerdo tiene el propósito “de profundizar el intercambio bilateral de bienes y servicios, promover las inversiones, así como garantizar el acceso a los mercados, atendiendo de manera ágil y efectiva los problemas puntuales, como normatividad, subsidios agrícolas y barreras no arancelarias”.
En conferencia de prensa, Calderón no se atrevió a decir que éste es el paso previo para un TLC: “No lo sabemos”, dijo. Las pláticas permitirán “ver, valorar los pros y los contras de un posible acuerdo de libre comercio, pero no lo podemos anticipar”, comentó.
Mirar al sur
El presidente brasileño Lula da Silva no ocultó su desencanto.
Luego de explicar a empresarios, funcionarios y periodistas cómo Brasil resistió la crisis gracias a la diversificación de su comercio exterior y a las políticas internas para fortalecer el mercado interno, con aumentos salariales y bajas en tasas impositivas, con el propósito de aumentar el poder de compra de la población, sobre todo la de menos recursos (“fueron los pobres los que nos salvaron” de la crisis), Lula expresó:
“Esta política me da el necesario coraje, realmente la voluntad, para decirle a mi amigo Calderón, a los empresarios mexicanos –y desde tiempos del presidente Fox vengo diciendo esto–, que México tiene que mirar hacia Sudamérica. México no puede mirar sólo hacia un lado. Tiene que mirar para un lado pero también para el otro. El mundo es redondo. El mundo no es rectangular. Entonces es necesario mirar para todos los lados. Y mirar mucho hacia Sudamérica, y al mirar a Sudamérica, mirar hacia Brasil, que tiene una población de 200 millones, que tiene un mercado interno fuera de serie, que tiene muchas semejanzas con México.
“Nosotros no somos adversarios, y muchísimo menos enemigos. Nosotros tenemos todas las condiciones de ser aliados en esta relación comercial, de ser aliados con los empresarios mexicanos que estén creyendo y haciendo inversiones en Brasil, y ser aliados con empresas brasileñas que resuelvan hacer inversiones en conjunto con México, en petroquímica, por ejemplo.
“Este es el destino que está trazado para mexicanos y brasileños. Dos economías que juntas son 300 millones de habitantes, con un PIB extraordinario.”
Y enfático, el brasileño preguntó: “¿Dónde surge ese miedo? ¿Cuál es la preocupación que los empresarios mexicanos tienen en relación con los empresarios brasileños, y que no la tienen en relación con los estadunidenses, los alemanes, los japoneses o con los chinos? ¿Qué preocupación tienen los empresarios brasileños en relación con los mexicanos?”.
Se desesperó: “¡Dios mío! Dos economías emergentes, dos economías con una mano de obra más o menos semejante, dos pueblos que no se entienden perfectamente bien, pero se entienden más o menos. Una lengua muy cercana. ¡Por qué no existe esa integración! Por qué Brasil tiene que irse 100% para un lado, y México 100% para otro.
“Por qué nos repartimos ese potencial nuestro. Por qué Brasil no mira un poco hacia América del Norte vía México; y México hacia América del Sur vía Brasil.”
Pero el TLC no pasó. Y tendrá que esperar un buen rato si es que se da. Porque el propio presidente mexicano advirtió que se la llevarán tranquila con el acuerdo estratégico: “No se trata de hacer nada apresurada o irracionalmente; no se trata de atropellar tiempos”.
Y entonces, por lo pronto, el intercambio comercial entre los dos países seguirá siendo “una vergüenza”, como lo calificó el presidente de Brasil, pues para uno y otro país apenas representa poco más de 1% del total de su respectivo comercio exterior.
Acceso denegado
Las palabras del presidente brasileño, en el encuentro con los medios, el 23 de febrero, no aparecían hasta el jueves 25 en el portal de la Presidencia de la República. En ella se pueden ver todas las declaraciones completas de quienes intervinieron en el anuncio del acuerdo estratégico y el de una inversión conjunta de 2 mil 500 millones de dólares entre la principal petroquímica brasileña, Braskem, y la mexicana Idesa, para la construcción de un complejo petroquímico en Coatzacoalcos.
Aunque se anuncia en el portal, el acceso al discurso inicial de Lula es denegado.
Además de expresar su desencanto por el miedo de los empresarios mexicanos, y por su falta de decisión para entrarle a un TLC, Lula presumió logros que bien podrían causar envidia al gobierno mexicano: en Brasil, el año pasado, el de la más grave crisis internacional, “tuvimos algo fuera de lo común: creamos 900 mil nuevos puestos de trabajo, y en este enero ya creamos 385 mil nuevos puestos de trabajo”.
Aquí en México, en los primeros 10 meses de ese año se habían perdido casi un millón de empleos. Y en enero pasado se crearon 35 mil empleos. Fue el propio presidente Calderón quien dio a conocer la cifra, celebrándola.
Y sobre la manera en que enfrentó la crisis el gobierno brasileño, Lula dio una autentica lección: además de la fortaleza económica que da tener un comercio diversificado en todo el mundo, el impulso decidido al mercado interno hizo que, en el vendaval internacional, “sufriéramos menos”, dijo.
Lula explicó: “Tenemos un mercado interno muy fuerte y con muchas carencias de oportunidades. Siempre digo que en la crisis económica en Brasil, en un primer momento, fueron los pobres los que nos salvaron; los pobres que no tenían acceso al mercado. Cuando empezamos a hacer políticas de transferencias de ingresos, y políticas de aumento del salario mínimo y de la masa de sueldos, y cuando facilitamos la venta de automóviles, de refrigeradores, de lavadoras, cocinas, nos dimos cuenta de que el pueblo estaba ávido de comprar esas cosas.
“Entonces ajustamos la economía brasileña a la realidad del mercado interno, y ajustamos el precio al poder de compra de la gente, y para eso el gobierno hizo un esfuerzo inmenso por reducir prácticamente todos los tributos, las tasas, para que los productos fuesen más accesibles para la gente.”
Todo lo contrario de lo que se hizo en México.
Y Los Pinos no quiere que se lea nada de eso. l








