Un caso típico: actores que sucumben ante sus personajes… Jesús Ochoa es Boogie; Susana Zabaleta es Marcia Frog. Sólo prestaron sus voces, pero, sin quererlo, ambos actores acabaron entregando, completita, su alma al diablo. “Me gustaría ser como él cuando veo a los políticos. Todos quisiéramos serlo cuando te encuentras en desventaja”, confiesa Ochoa. Y Zabaleta igual: “Por más que al principio quieras que se largue de tu vida, terminas por adorarlo”.
¡Háblame!”, se lanzó Julio Scherer García contra Jesús Ochoa. El actor balbuceó “cualquier cosa”, entre el nervio y la sorpresa. “¡Ésa es! ¡Ahí está la voz de Boogie!”, repetía efusivo Scherer, mientras se alejaba. “Me lo aventó de primera intención, sin anestesia. Fue el casting más curioso de mi vida”, cuenta Ochoa, que en más de 30 años de carrera no puede ocultar la emoción por interpretar a un personaje. Es la voz de Boogie El Aceitoso.
Hacerlo, confiesa, es un honor. “Me ametralla en cada palabra que dice. Si lo hice bien o mal, ojalá no me juzgue”.
Llevarlo a la pantalla fue una victoria. “Por fin le ganamos un duelo a Boogie. Lo agarramos y lo llevamos a la pantalla grande para exhibirlo, acusarlo y denunciarlo”, dice.
Ochoa ha visto la muerte de frente. Lo han matado de todas formas, muchas veces. “A los villanos así nos toca, cuando menos en la ficción”.
De Boogie, el actor envidia dos cosas: su gabardina y la posibilidad de saldar alguna cuenta. “Me gustaría ser como él cuando veo a los políticos. Todos quisiéramos serlo cuando te encuentras en desventaja. Pero nos gana la compasión, ¡maldita sea!”, afirma envuelto en carcajadas.
A los ocho años, Boogie le sacó la lengua a su abuela… con unas pinzas. “Yo una vez le cerré el ojo a una chava… ¡pero a golpes!”, cuenta en broma Ochoa, y estalla en risa.
No tiene ninguna historia personal con Boogie ni quiere tenerla. “Le tengo miedo. Afortunadamente sólo me lo he topado en la ficción, porque encontrárselo en la realidad debe ser muy cabrón”.
Supo por primera vez de Boogie en sus años como estudiante de actuación, a finales de los 70, leyendo Proceso. Entonces empezaba a ver la revista desde el final, como tantos, donde les esperaba El Aceitoso. “Uno quería endulzarse un poco la cara con una sonrisa para que luego el resto de la revista te la desfigurara otra vez con la realidad”.
Boogie se convirtió en una presencia cotidiana, un fantasma que nos persigue, sostiene Ochoa. “Ya hay Boogies donde quiera. En Proceso ya te lo encuentras en cualquier página”.
Con el personaje lo une el ser “culero”, platica regodeándose en su humor oscuro. “Pero sólo eso y sólo es desde el humor”. No sabe manejar una pistola, no le atraen las armas. “No he estado ni quiero estar en una guerra, aunque ahora esté en medio de una que no me corresponde”, dispara Ochoa, aniquilando de golpe la sonrisa en su quijada.
Boogie no puede estar en un solo lugar. Si existe, en cualquier guerra inútil va a estar. Incluso en la del narcotráfico. Ahora mismo podría estar caminado por las calles de cualquier ciudad en México, dice Ochoa. “Está instalado aquí. Nos secuestró. Uno ve la violencia exaltada en las calles. Lo puedes imaginar caminando cerca de ti”.
Siempre se puede estar en un fuego cruzado con Boogie. “Lo vemos todo el tiempo: decapitaciones, hombres masacrados sin importar absolutamente nada. Los narcos se dan un quién vive con la violencia que maneja El Aceitoso. Él revive en cada acto de violencia. Todo el tiempo va a estar para apuntarte”, dice el villano de Ciudades oscuras.
Boogie “es un madrazo”
Ochoa interpretó al sicario sin culpa alguna. “A Boogie no se le debe juzgar. Él se cree bueno. Piensa que está arreglando el mundo. Eso es lo cabrón, lo que avasalla. No existe el arrepentimiento en él. Ahí está lo maravilloso. Es la parodia del mercenario gringo. No sé por qué no lo han llevado a presidente”.
De origen, según el actor de La ley de Herodes, Boogie desborda la violencia al superlativo de lo absurdo. “Yo creo que era un escalón para reírse de los gringos, descubrir al vecino fuerte y quitarle la careta a un sistema de terror que prevaleció en el siglo XX”.
Según Ochoa, el “intervencionismo” estadunidense en las salas de cine en México debe combatirse con el principal potencial de la cinematografía nacional: la imaginación. “Lo importante primero es lograr una calidad para poder competir. ¡Ahora!, que dentro de un marco legal no lo podemos hacer, no podemos. Porque, efectivamente, todo está puesto para que la gran industria del cine norteamericano se sirva”.
Pero El Aceitoso no sigue los lineamientos de una empresa hollywoodense. “No tiene compasión. No está buscando un final feliz. Boogie va a las vísceras. Va directo a sacar nuestro ser violento y a arrancarnos una carcajada a quijada abierta. Yo no puedo comparar el personaje de Fontanarrosa con ningún otro, por más Llaneros Solitarios que nos encontremos en el cine gringo”.
Lo importante, afirma, es que cumple “absolutamente” con la carcajada que debe arrancar la farsa, exagerando la realidad de un drama. “Primero te lleva a la risa, luego te golpea, te destruye y te aniquila, como el mismo Boogie con su pistola. Y después te preguntas: ¿de qué me estoy riendo?”.
Roberto Fontanarrosa tenía mejor puntería que el mismo Boogie. “Fue un tipo muy inteligente, muy ácido. Boogie es un madrazo. Te lleva a la realidad a punta de balazos”. Siempre esconde una amenaza. “Te está advirtiendo que te pueden desaparecer, que te pueden arrancar la vida, incluso por equivocación, y después irse con un cigarrillo en la boca sin siquiera pedirte perdón”.
–¿Usted cree que Boogie podría atrapar a El Chapo?
–Más bien creo que El Chapo ya lo tiene por ahí, que está trabajando para él. No puede ser tan tonto como para echárselo de enemigo. No puedes echarte de enemigo ni a El Chapo ni a El Aceitoso –liquida la entrevista a risotadas.
Zabaleta y la Boogie que lleva dentro
Descubrir el poder de su voz fue para Susana Zabaleta como haber comprado una “uzi”; un arma de seducción. “Consigues lo que sea: con un simple tono puedes pasar del sarcasmo al amor; puedes mentir y hacer que te crean o decir la verdad absoluta”, cuenta a Proceso la concertista, quien estudió ópera en la ciudad italiana de Florencia, en una conversación que adornó con su sensualidad y su humor negro.
Dueña de una figura violenta y ojos de caoba, la protagonista de Sexo, pudor y lágrimas y Vivir mata se despojó de su cuerpo para dar vida a Marcia Frog, la femme fatale que pretende doblegar el corazón de El Aceitoso.
Boogie se fija en Marcia, su personaje, cuando la ve bañada en sangre… Es una atracción “destructiva, pasional”, dice Zabaleta, a quien le atrajo la idea de ser, desde la ficción, la amante de un asesino. “Es un machín. Llegaba un momento en que ya decía: ‘yo sí te voy a partir tu madre, Boogie’”.
De existir, la versión femenina de El Aceitoso sería más interesante y mucho más perversa, piensa la soprano y se postula: “A mí me gustaría ser la amante de Boogie y manipularlo a tal grado que yo no tuviera que matar a nadie. Lo utilizaría para decirle a quién eliminar. Esa es la Boogie que llevo dentro”.
Los antihéroes, comenta, son los personajes más disfrutables “porque se parecen a nosotros”. Religiosos, millonarios, estudiosos… “todos traen un asesino y un violento dentro de sí, esperando el punto que los detone. El hacer cosas malas provoca el mismo cosquilleo que estar enamorada”.
Emblema del feminismo, por la fortaleza que proyecta, no buscaría venganza contra Boogie, el misógino. “Sucede que es adorable. Por más que al principio quieras que se largue de tu vida, terminas por adorarlo. Él se reconoce violento y le vale madres. No hay nada que aprecie más que la autenticidad. Si eres asesino, sé asesino siempre. Me chocan todos esos personajes de la política que van por la vida con letrero de ser buenas personas. Esos son a los que hay que tenerles miedo”.
“… y entonces necesitamos sangre”
Hace unos días Zabaleta realizó una producción fotográfica con el torso desnudo y las leyendas “impunidad” y “violencia” pintadas en la piel. “No podemos negar lo que está pasando, encerrarnos en casa y dejar que el mundo ruede”. Habla de la falta de unidad en el país donde “sólo ante la tragedia somos solidarios. La esperamos como si nos gustara. Me hace pensar que Boogie forma parte de nuestra cotidianidad, que nos aburrimos de la vida y entonces necesitamos sangre”.
El mexicano se ríe de la tragedia, la contempla. “Yo creo que nos reímos para que no nos duela. Pienso que si no lo hiciéramos, nuestra alma no aguantaría. También nos reímos de nervios, de saber que cualquier día puede tocarnos”.
Según la actriz, incorporar el humor al drama que vive el país es necesario. “Va a llegar el momento en que también haya que reírse de la sangre y de la muerte. Y creo que la llegada de Boogie es un buen momento para hacerlo. Es una manera de prepararnos, de acostumbrarnos, de cubrirnos de esta vorágine, de tanta muerte”.
Los medios televisivos eligen las desgracias más mediáticas para enviar un batallón de reporteros que lleve a las víctimas como protagonistas estelares del prime time. “Se explotan porque tienen rating. Lo condeno, pero es así de fuerte. A la gente que no le guste, que lo apague, y los del conflicto van a ser los de las televisoras. La culpa es nuestra por morbosos”, opina la actriz.
Pero la realidad supera la ficción, sostiene. “Boogie no me da tanto miedo como el JJ (José Jorge Balderas Garza)”, presunto responsable del atentado contra el futbolista Salvador Cabañas y a quien se asocia con el crimen organizado y, a su vez, con mujeres del mundo de la farándula.
Zabaleta no es ajena a los cortejos de los mafiosos y sus excesos. Erizada su piel blanca, la actriz recuerda: “Estaba de gira en Culiacán. A mi suite llegó un ramo de flores espectacular, del tamaño de toda la habitación. Me fui a cantar y, en la noche, al regresar, encontré un paquete con una tarjeta que decía: ‘eres igualita a ella’. Abro la caja y era una Barbie de colección, de esas que cuestan miles de dólares, idéntica a mí. Tenía el pelo con mi mismo corte y un vestido largo muy elegante. Era como si me la hubieran mandado a hacer”.
Sintió pánico. Tomó el primer vuelo…
Meses más tarde, en Matamoros, durante un homenaje a Elena Poniatowska donde Zabaleta cantaba canciones de Liliana Felipe, le enviaron un enorme anillo de diamantes. Iba de parte de un “narquito”, según la mensajera. “Yo creo que en un país como éste todos hemos estado cerca de un Boogie”, remata.
Los dirigentes del país le dan risa. “Los políticos se sienten artistas con poder”. Los ha padecido. De Natividad González, exgobernador de Nuevo León, sufrió la censura: “La Naty dijo: ‘Susana no va a pisar Monterrey’. Me vetó porque alguna vez hice una crítica de él. ¡Como niña!”.
A su entender, son los políticos los primeros que agreden a la población… Como Felipe Calderón con respecto a los adolescentes acribillados en Juárez. “¡Ay, perdón! Es que ayer dije que eran unos traidores a la patria y ahora digo que son unos buenos muchachos. ¿Hoy te digo chinga tu madre y mañana te digo perdóname? ¡No! ¡Qué huevos de la señora que le dijo (a Calderón): ‘usted no es bienvenido’! ¡La adoré!”.
La historieta de Fontanarrosa cambió a Susana Zabaleta. Boogie es como los sueños, dice: “Una tira cómica te da ciertos permisos. Es una puerta para llegar a cualquier sitio sin culpa, sin remordimiento; sin pensar que lo que estás viendo te va a hacer más violento. Nos deja imaginar. No es que vayas a hacer las estupideces que hacen de repente los soldados americanos en sus películas –una gringada te lleva a pensar que si tienes un arma no pasa nada–, pero hay a quien bien podrías decir: ¡Vuelves a hablar, y te mato!”.
La soprano siente una cierta atracción por la sangre y el peligro. “Todos somos violentos por naturaleza”, asevera. Recuerda que a su padre, doctor de profesión, algunos pacientes de pocos recursos llegaban a pagarle con chivos. Ella, con sus hermanos, cuidaba de los animales hasta el día que les cortaban la cabeza para cocinarlos. “Se desangraba para hacer la moronga o algo así. Jamás nos dijo mi papá que no viéramos. En algún momento, los cuatro hijos estábamos felices de ver cómo al puto chivo le salía sangre de la yugular… Y nos lo acabábamos comiendo, después de que le habíamos puesto nombre. Ya sabíamos que tenían que morir. Somos violentos porque así lo vivimos. Al lado de la violencia hemos estado siempre”.








